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TEODORO “LOLO” FERNANDEZ: UNA ANÉCDOTA

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Darío A. Núñez Sovero

El presente,  es un post que está dirigido a toda la fanaticada de uno de los clubes más importantes del país, el “Universitario de Deportes”, sin que ello comprometa mi filiación a dicha institución y, lo hago, para aportar a la vanidad de toda esa inmensa legión de seguidores de la popular “U”.

Por todo el Perú es conocido el riquísimo historial de este singular futbolista cañetano, Teodoro “Lolo” Fernández, que acrisoló su incipiente experiencia deportiva en los arenales de la hacienda “Hualcará” de su tierra natal. Meritúa su trayectoria el hecho de haber jugado durante 23 años en el mismo club, hasta su retiro en el año de 1953, después de haber sido un innato goleador y haberse desempeñado, también, como insustituible en las selecciones nacionales de fútbol, habiendo coronado su participación, junto a notables y eximios de aquel tiempo como “Manguera” Villanueva, Juan “el Mago” Valdivieso, Teodoro y Prisco Alcalde, etc. en los Juegos Olímpicos de Berlín en 1936, de donde nuestros dirigentes optaron por el retiro luego de que, injustamente, se anuló el triunfo peruano ante Austria, obligándosele a jugar un segundo partido, situación que no fue aceptada. Sobre esta participación en internet existen interesantes videos, uno de los cuales es el de una entrevista al célebre escritor uruguayo Eduardo Galeano, quien menciona que “fue la vez en que Perú humilló a Hítler”. La constante de tan rico historial fue que  partido que jugaba, el gran Lolo, anotaba y, curiosamente, nunca dejó de usar en la testa una redecilla que, en mi tiempo le decían vasca, fuera una manera de tener siempre presente a su madre quien se la tejió.

Como diría nuestro escritor Edgardo Rivera Martínez, Lolo Fernández, con la aureola triunfal que tenía y “rodeado de tan justa fama”, a la semana de haberse retirado (Octubre de 1953) fue invitado por el Club “José Soriano” de Trujillo para hacerle un homenaje. Esta institución estaba integrada por jovenzuelos de posición media que se caracterizaba por proveer de jugadores jóvenes a los mejores equipos trujillanos de la década del 50. Me refiero al “Sanjuanista”, “Seminarista”, “Rambler de Salaverry”, “Los diablos rojos de Chiclín, “Unión Laredo”, etc. La sede de esta entidad estaba ubicada entre los jirones San Martín y Gamarra, a dos cuadras del Estadio Mansiche. Llegó Lolo, ataviado con terno y su inseparable redecilla y más pudo la inquietud que, cual comején, corroía el espíritu joven de los anfitriones, que no pudieron evitar pedirle a Lolo una demostración de su innata capacidad goleadora. Ante la aceptación de éste, todos se dirigieron al recinto del estadio y allí, el héroe de mil jornadas deportivas, pidió ubicarse frente al arco y solicitó la presencia de un balón y un arquero. No le fue nada difícil anotar ante la sorpresa del custodio que ni vio la pelota ingresar. Pidió dos arqueros y volvió a anotar, y así sucesivamente hasta  que con seis porteros, dio dos pasos atrás, y de un furibundo remate anotó con arquero y todo. Los presentes quedaron pasmados del asombro y no pudieron más que aplaudir. La contundencia de este futbolista era evidente, sus adversarios lo temían y por algo lo motejaron como el “cañonero”. Ese símbolo viviente estaba allí con su espíritu siempre jovial, su terno y, en la cabeza, su irrenunciable redecilla. A un costado, mi aniñada curiosidad grabó en mi memoria este hecho.