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“MICROPANDEMIA” JOSEFINA DEL 57

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Darío A. Núñez Sovero

Esta crónica, pareciera haber sido sacada de alguna página de humor negro. O quizás seleccionada de entre aquellos relatos a los que nos tenía acostumbrado el humorismo grueso de Sofocleto. Pero, el hecho es que, ocurrió. Y protagonista de todo ello fueron los estudiantes del centenario y glorioso “San José” de Jauja que cursábamos estudios en sus aulas allá por el año de 1957, en el viejo local del jirón Grau.

Ocurre que entonces, la uniformidad de los estudiantes estaba caracterizada por el famoso comando de cristina, corbata, camisa y pantalón color caqui, que es el color propio de los uniformes militares. La pulcritud de nuestra uniformidad estaba recelada por la adustez de los instructores de IPM y los auxiliares de educación que por entonces estaban distribuidos así: “Salupo” Ernesto Quintana y “Pepe” Martínez a cargo de los primeros; “Fosforito” Fortunato Reyes a cargo de los segundos; “Caballo” Núñez Caballero a cargo de los terceros y cuarto y el “Viejito” Castilla a cargo del quinto. Todos al mando del famoso “Sherif” César Méndez Portillo. La revisión de lo impecable del uniforme era diaria y se daba en la formación que hacíamos a las 8 de la mañana. Los días lunes, al iniciarse la semana lectiva, previamente y en el patio de formación que da al Jr. Sucre, los estudiantes, bajo el liderazgo del brigadier general y la presencia del profesorado, entonábamos las vibrantes notas de nuestro himno nacional. Infaltable era la presencia del Director, don Abdón Max Pajuelo, quien habitualmente miraba panorámicamente a los congregados bajo una severidad y gravedad del rostro que, sin embargo, no podía ocultar su complacencia por lo patriótico y emocionante que era el momento.

 El entonces director del colegio,  Pajuelo, era Dr. en Educación, su autoridad académica en la región y el país era largamente reconocida. Había publicado obras de Historia Universal e, indudablemente, su personalidad inspiraba respeto y la admiración de sus interlocutores, conversar con él era aleccionador no solo por su bagaje cultural e intelectual sino, además, por esa inmanente fuerza interior que tienen algunas personas versadas. En suma, su autoridad como líder del colegio era natural y, su palabra era religiosamente asumida (su nieto, el periodista Beto Ortiz, con orgullo, reconoce ser el depositario de la vasta y rica biblioteca que heredara de su abuelo Max). Por su dotes personales y profesionales, nuestro Director, al poco tiempo, fue trasladado a igual cargo en el Colegio “San Isabel” de Huancayo, con lo que nuestra alma máter perdió a un gran Maestro.

Fue al iniciarse el mes de Julio de aquel año que ocurrió el hecho que motivan estás líneas. Los autores intelectuales, probablemente, fueron los estudiantes mayores del 5to. Año y sus promotores y operadores fueron Alberto Limache Canchaya a quien todos llamábamos con el mote de “negro lindo”, por esa manera dicharachera de saludar a todo el mundo exclamando “¡Hola negro lindo!”; y el “poto” León, un estudiante fornido, muy bromista él. El día sábado por la mañana, antes de retirarnos para el descanso de fin de semana, súbitamente, ambos estudiantes ingresaron a nuestro salón del 2do. “D”. Cerraron la puerta y, poniéndose al frente, nos indicaron que el lunes siguiente, a la hora de la formación, todos debíamos estar complementados con  chalinas, gorros, guantes y untados en visibles olores de alcanfor, mentol, etc. Debíamos simular que una grave gripe nos aquejaba, otros deberían dejar notar sus resfríos, temblores, estados de incontenible tos, etc. Nos comentaron que ya habían instruido a los alumnos de otros salones para lo mismo. Todo ello en el marco de las terribles heladas que son características en esa temporada a lo largo de toda la región andina y que, en verdad y especialmente por las mañanas, contraían nuestras articulaciones de frío.

Y así fue, aquel lunes de marras, los estudiantes que provenían de los distritos aledaños y que eran más puntuales que los citadinos, ya estaban bien ataviados con todo lo recomendado. En la formación, los alumnos por secciones ocupábamos el lugar que nos asignaron para cada lunes. Ya en medio de la formación, el brigadier general gritó a toda voz “¡Atención!” y prestos, hicieron solemnemente su ingreso el Director Pajuelo y los profesores para dar inicio a la entonación de nuestro himno patrio y luego recibir las recomendaciones semanales que habitualmente nos daba el Director. Fue, cuando a una señal de “Negro Lindo”, los estudiantes enfundados entre chalinas, guantes y otros, empezamos a toser escandalosamente, otros a estornudar con estridencia, otros a contorsionarse por los “calambres”, etc., tanto que el severo Director, con rostro desencajado y absorto y alzando la voz, ordenó a los presentes calmarse, controlarse y, sin dudar ni contar con los consabidos acuerdos de profesores de estos tiempos, dispuso enérgicamente que todos los estudiantes volviésemos a casa una semana, para que nos podamos atender y restablecernos de la “severa epidemia” que asolaba a los estudiantes de su colegio, despidiéndonos hasta el lunes siguiente. Al pronunciar esta decisión, una exclamación de júbilo brotó de la garganta de cada uno de los asistentes, el buscado y forzado “asueto” había sido logrado. “Negro Lindo” y el “Poto” León habían triunfado y, muy discretamente, sonreían.