Archivo por meses: enero 2021

¡MISERABLE PANDEMIA ECUMÉNICA DE CADA DIA!

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Darío A. Núñez Sovero

A esta hora de un incoloro véspero de enero, muchas voces asfixiantes, en los parcos lechos de algún hospicio, tratarán de aferrarse desesperadamente a la vida. A esta misma hora, miles de rostros mustios ensayarán una mueca pálida y crepuscular en clara antesala del arribo de la muerte, mientras sus más cercanos parientes se acordarán del genio de Vallejo cuando en su poema Masa espetaba con una languidez lacerante y desesperada: “…Le rodearon millones de individuos/ con un ruego común “quédate hermano”/ Pero el cadáver ¡ay! Siguió muriendo…”. Entonces, como un largo filme de gratos recuentos, al unísono, todos lloraremos sin remedio por el viaje sin retorno que emprende nuestro más querido pariente o amigo ante la llegada odiosa e inesperada de este trágico final. Y así, como en esta dolida Jauja, la humanidad toda mira absorta e impotente cómo la muerte -esa tétrica realidad de la existencia hecha ahora pandemia- destroza la vida de miles de seres amados que eran personas de bien Y sobre las que descansaba la felicidad de familias, pueblos y naciones enteras.

¡Ah! Tiempos aciagos los nuestros. Tiempos crueles de desconcertantes borrascas sanitarias que han anegado de llanto el orbe. Tiempos en los que se ha borrado nuestra alegría y se ha exiliado la risa para trocarlos en una desesperada ansiedad e insanía. Tiempos duros que, sin merecerlo, vivimos con nuestros hermanos, hijos y nietos, con el mortal patógeno al acecho del menor descuido para darnos el zarpazo final y definitivo.

No hemos asumido la maldad para recibir este castigo. No hemos sembrado espinas para ganarnos este azote. Cuando tratábamos de rectificar nuestros yerros para hacer más feliz y sonriente al mundo y tratábamos de cambiarlo con los estandartes de la fe y la esperanza, llega esta malhadada realidad, oculta en personas que no sabemos quiénes son para de ellos cuidarnos. Entonces, para ensombrecimiento de nuestras amables relaciones, se ha institucionalizado la desconfianza y se hace clara la no deseada distancia en clara demostración de nuestros cuidados. Por eso es que mi odio a esta pandemia es irreversible. Ha cercenado brutalmente todos mis hábitos de hermandad y camaradería para encerrarme en una concha de egoísmo y extrema profilaxis. Odio esta pandemia porque me ha impuesto un permanente ritual ajeno a mis conductas rutinarias, pues eso de andar semi enmascarado en barbijos, lavarme las manos aunque sea por puro gusto y mantenerme alejado de los míos y extraños, nunca lo había presentido. Sin embargo, si todavía quiero seguir incomodando a mis contertulios, no tengo otra alternativa que hacerlo con afán y esmero porque de eso se trata para nuestra supervivencia.

Con esta castigante realidad, ¡cómo no añorar tiempos idos! Tiempos en que la hermandad era el pan de cada día y donde los más tratábamos de mitigar el dolor que agobiaba el mundo de los desposeídos. Cómo no llenarme hasta la saciedad de la fortaleza que sabe infundirme el Supremo Hacedor. Cómo no buscar su palabra -autorizada y divina- contenida en sus santos evangelios. Y aquí quiero repetir una clara y valiente admonición, a manera de catilinaria mística, escuchada de un venerable sacerdote en la misa dominical –virtual- en memoria de una dama jaujina víctima de este aborrecido mal: “este virus nos habrá podido arrinconar y quitar muchas vidas, pero lo que no podrá es quitarnos la fe en la gloria eterna, no podrá quitarnos la esperanza de un mundo mejor”, palabras que suscribo con énfasis especial porque estoy convencido que bajo las leyes eternas de la palabra divina, llegará el momento en que el mundo tenga otro amanecer, lleno de vivificante luz, donde –como dijo Manuel Scorza magistralmente – “…mientras alguien mire el pan con envidia, el trigo no podrá dormir, mientras  llueva sobre el pecho de los mendigos, mi corazón no sonreirá…”.

Jauja, 30 de Enero del 2021

Foto: Martín Valenzuela Gave

 

JUAN BOLIVAR: EL ZORZAL QUE SE ENAMORÓ PARA SIEMPRE DE JAUJA

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Darío A. Núñez Sovero

En una casa de Jauja, cuadra 4 del jirón Bruno Terreros, vibrante, colorida e intensa, se muestra la figura de Juan Bolívar Crespo, el bardo jaujino que hizo de sus sentimientos un supremo altar para esta sosegada Jauja que lo viera nacer. Los caminantes, presurosos unos y reflexivos otros, no pueden ocultar su curiosidad y dirigen su mirada al ícono que se muestra risueño y festivo en una pared celeste mimetizada con el azul luminoso del cielo jaujino.  Deberían saber que allí yace el recuerdo del heredero de la musa Erato que desde el Acrópolis helénico fue enviado a esta pródiga tierra para cantarle con el lirismo más refinado que puede inspirar su acogedora belleza. Es que Juan Bolívar amó a Jauja con el más puro eros griego, ese que se inspira en la acuarela del paisaje infinito y del embovedado cielo que envuelve el cosmos que abriga nuestros días. Fue enviado para cantarle con el sentimiento que los predestinados guardan en esa misteriosa arca de su vibrante y maravilloso verbo. Solo así podemos explicar el feliz y luminoso día en que, sentado en las cumbres de Ataura Jasha y dirigiendo su mirada hacia el norte del valle, exclamó desde sus interiores y mirando a nuestra longeva ciudad,  “ Jauja ¡Qué dulzura!/ rinconcito de mi valle/ que yo quiero/ Pedacito de cielo/ alegría del corazón. Eres por tu clima/ el orgullo de mi patria/ ¡Qué fortuna!/ En el mal un consuelo/ en la vida una esperanza…”.

Canto sencillo pero de una terrible profundidad terrígena que conmueve el espíritu más pétreo del cristiano que haya visto la luz en estos andinos parajes jaujinos. Canto que, finalmente, corona nuestros labios como un obligado himno que perenniza -cual un sello de tinta indeleble- nuestra orgullosa condición de ser xauxas. Ésta y las numerosísimas canciones de la autoría de Juan Bolívar Crespo, tienen la virtud de recoger de modo alguno la vida de este juglar del pueblo nuestro. Repasando pasajes de su vida, por ejemplo, el huayno “Juan Porongo”, es el lastimero canto que desde el interior de su humanidad gritan impotentes sus vísceras ante el cadáver de su madre, en recuerdo lejano al mote de cómo ella solía llamarlo de niño. Este hecho trágico marcó su derrotero artístico porque a partir de allí la temática de sus inspiraciones van a conjuncionarse con la no menos triste melodía tunantera. Aquella melodía que, como lo dice Ernesto Bonilla del Valle, es como si un llanto o todos los llantos de la tierra te cayeran sobre el alma. Una expresión de ello es el himno que todos los tunantes ensayan: “Jara Arteaga”, que es la exaltación al amigo y pariente ausente, al compañero con el que se compartió, en las fiestas de Yauyos-Jauja,  las experiencias más insólitas e inolvidables del trasuntar moceril que tenemos todas las personas. Composiciones en recuerdo de festividades jaujinas, compañeros de ruta tunantera,  barrios y pueblos de la región, con sus pintorescos paisajes y plazas, serán los motivos que encienden su fabulosa y prolífica creación. Juan Bolívar es el cantor de la exultante vida y la alegría plena; su sobrina Nilda  -en este acápite del repaso de su vida- no por gusto nos dice “lo veía como un trovador, todas sus composiciones son poemas a la vida, el amor a la tierra que nos vio nacer, el amor entre las personas, el amor entre las parejas, todas son bellas y hermosas entregas; ese es el Juan que admiro y del que, como jaujina, me siento orgullosa”.

Juan Bolívar y su cuñado Juan Arteaga, en la plaza de Yauyos, en un 20 de Enero. A la izquierda aparece Epifanio Sánchez Yupanqui.

Por toda la obra desplegada en su provechosa vida, Juan Bolívar, fue merecedor de justificados reconocimientos, tanto en la capital de la república como en su tierra xauxa. Tuve la feliz ocasión de participar en uno de ellos cuando en enero del año 1995, durante la gestión del abogado Luis Balvín Martínez como Alcalde de la Municipalidad Provincial de Jauja, fue reconocido como Hijo Predilecto de Jauja y galardonado con un plato de plata, conjuntamente con otros ilustres jaujinos como Hugo Orellana Bonilla y Teófilo Jorge Aliaga Osorio. Ocurrió que, luego de la ceremonia protocolar, por encargo del mismo alcalde, hubo un momento de tertulia íntima en un apartado del jirón Sucre –detrás del local del municipio- del cual lamento no haber estado portando una grabadora para registrar los hermosos momentos compartidos. Sin embargo, recuerdo con exactitud y nitidez los pasajes narrados por cada uno de ellos (Hugo Orellana recordaba su vida en París donde tuvo la oportunidad de recibir las visitas de Mario Vargas Llosa y su esposa Patricia, las reuniones en cafés parisinos con el “negro” Lobatón y cómo se fueron germinando las guerrillas de Pucutá donde apoyaría Luis de la Puente Uceda, las reuniones que furtivamente tenía con Víctor Raúl Haya de la Torre en hotelitos parisinos donde iba acompañado del acollino Víctor Ladera Prieto. Jorge Aliaga comentaba sus experiencias en laboratorios de la Universidad de la Molina con la muña y sus maravillosas propiedades para conservar los alimentos, sus intentos de forjar el INDA –Instituto Nacional de Desarrollo Alimentario- en Jauja, para lo cual empezaron a construir el local donde hoy se ubica el Instituto “Pedro Monge” luego de ser inconsultamente invadido y, Juan Bolívar, comentaba la temática de sus composiciones ensayando “a capela” algunas melodías de ellas). Esta reunión, totalmente distendida y sin ataduras de ninguna índole fue la última en que se juntaron quienes con su obra han posibilitado incrementar la grandeza de Jauja.  Esa grandeza forjada por los iluminados como estos tres prohombres de nuestra querida tierra. ¡Bienhadado el momento que me tocó vivir con ellos y justificado el homenaje a quienes engrandecen a nuestra Jauja!

Juan Bolívar, como producto de su larga y continuada actividad vernacular, tuvo una fluida relación con conocidos personajes del mundo cultural y folklórico nacional y con quienes alternó en cuanto escenario hay en el país. Conocidas son sus relaciones con músicos de renombre como Tiburcio Mallaupoma, Julio Rosales, Zenobio Daga, Pedro Pastor Díaz; con notables intérpretes del cancionero regional como Víctor Alberto Gil Mallma “Picaflor de los Andes”, “Pastorita Huaracina”, “Jilguero del Huascarán”, entre otros. Pero, de todas, las relaciones más visibles fueron las que tuvo con la gran compositora e intérprete Alicia Maguiña, para quien ejerció docencia y le enseñó a adentrarse en el cantar local mediante quiebres y modulaciones típicas de nuestras mulizas y hauynos jaujinos, lo que ella reconociera cuando en su libro “Mi vida entre Cantos” (Lima, 2018) escribiera “El enorme autor y compositor Juan Bolívar Crespo “El Zorzal Jaujino” cuyas canciones están registradas en mi repertorio y en mis discos” (p. 214). Este aprendizaje, para la cantautora Alicia, inspiró curiosidad y compromiso en ella para participar luego en nuestras fiestas tunanteras y de carnavales, llegando a ser una asidua visitante y cultora de estas festividades, pues en su primer disco de larga duración –sabemos- incluyó los temas “Jauja” y la muliza “Súplica de amor” de Juan Bolívar, apareciendo, además, en la carátula con vestido típico de jaujina (por ello, recordar las muertes de Juan Bolívar y Alicia Maguiña, son motivos de profunda tristeza para los jaujinos).

Alicia Maguiña y Juan Bolívar bailando en un cortamonte jaujino realizado en la Universidad Ricardo Palma (foto extraída del libro “Mi vida entre Cantos” editado por la Universidad San Martin de Porres).

Humano él, con todas las formidables fortalezas que le impelían como autor e intérprete del cancionero jaujino, Juan Bolívar tuvo las debilidades que tenemos todos y ello lo llevó a asumir nuevas responsabilidades frente a la vida, lo que le obligaba a seguir bregando para proteger y apoyar a los suyos. Es así que, en reconocimiento de su grandioso apoyo a la construcción de la identidad jaujina, la Municipalidad de Jauja, acordó entregarle un subsidio mensual y estaba ad- portas de que el estado peruano le otorgue una pensión de gracia del Congreso (año 1997) cuando el 13 de Junio de 1998 una neumonía fulminante -que lo sorprendió de madrugada- le arrebató la vida en su vivienda de Chaclacayo. Los denodados  esfuerzos por reanimarlo que le prodigaron sus parientes más próximos fueron inútiles, Juan Bolívar expiraba en brazos de su sobrina ante el estupor de quienes los rodeaban en ese aciago momento. Luego vendrían las sordas disputas del sepelio: la Municipalidad de Chaclacayo quiso que se enterrara allí en mérito a ser uno de sus vecinos más notables, otro sector de sus familiares más próximos pugnaban por sepultarlo en esta Jauja que tanto amó, pero al final se impuso el criterio de sus hijos que decidieron enterrarlo en Surquillo donde finalmente descansa, luego de que –enterados- sus colegas del arte como Eusebio “Chato” Grados, los Tres de Junín, Amanda Portales, entre otros insistieron en darle sepultura al estilo de Jauja: llevando el ataúd en hombros y danzando hasta su tumba bajo las melodías de tres orquestas típicas que llegaron para este efecto. En medio de una dolida multitud y con el coro de sus huaynos y mulizas Juan Bolívar fue despedido de este mundo. En recuerdo de esa fecha memorable y para que los jaujinos que residimos en esta nuestra Jauja lo tengamos siempre presente, la familia Rojas Bolívar, decidió mandar hacer el mural que encabeza este artículo.

Juan Bolívar acompañado de su hermano menor Roberto, en la mocedad de su juventud.

La heredad de Juan Bolívar Crespo, para el universo xauxa, es grandiosa. Interpretó con mucha sabiduría, a partir de la sensiblería del poblador jaujino, sus delicados afectos y lo dotó de ricas melodías que entonamos diariamente. No hay un solo comprovinciano que en sus momentos de lejanía y larga ausencia evoque y musite con nostalgia entre sus labios “Jauja”. Y evoque, con singular recuerdo, que esta nuestra Jauja es  el pedacito de cielo que diariamente retorna a nosotros porque es “…en el mal, un consuelo/ en la vida, una esperanza” .

Jauja 13 de Enero del 2021

 

 

LA EXTRAORDINARIA VISIÓN DE MANUEL PARDO Y LAVALLE PARA DESARROLLAR EL VALLE DE JAUJA: EL FERROCARRIL CENTRAL DEL PERÚ

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Darío A. Núñez Sovero

El 28 de Julio de 1908, para beneplácito de la comunidad entera, el Ferrocarril Central del Perú –que fue denominado inicialmente como ferrocarril transandino- llegó por primera vez a Jauja. Entonces la presidencia del Perú la ejercía don José Pardo y Barreda, hijo de Manuel Pardo y Lavalle, el gran visionario de la obra.

Con este motivo y con gran acierto, al cumplirse el primer centenario de tal memorable hecho, la Sociedad Amantes del Ferrocarril que presidía el extinto sociólogo Francisco Núñez Gonzales y con el patrocinio del sacerdote jaujino José Chuquillanqui Yamamoto tuvieron a bien de reeditar la obra “Estudios sobre la Provincia de Jauja” escrita el año 1862 y cuya autoría le corresponde a Manuel Pardo y Lavalle. Esta obra, reeditada, fue presentada en la Municipalidad Provincial de Jauja en Setiembre de 2009.

Manuel Pardo y Lavalle, por razones de salud y sabedor de las extraordinarias cualidades sanatorias del clima, residió en Jauja (antes de ser Presidente del Perú entre 1872 y 1876), en dos períodos: el primero los años 1858-1859 y el segundo el año de 1864. Miembro de una familia de abolengo y perteneciente a la aristocracia peruana, Pardo en su referida obra propone a la sociedad peruana el desarrollo del Perú dándole prioridad a la integración del país a partir de la construcción de una vía ferroviaria que una la capital de la república con lo que él llamó “el valle de Jauja”. Justificó su propuesta manifestando que, para entonces, la bonanza del guano estaba llegando a su agotamiento y el país debería ver otras alternativas de desarrollo que le permitan sostener los ritmos de vida que la nación tenía. “Pero llegará por fin el día, y no está lejos, en que se saque de las islas la última tonelada”, decía (p. 79). “Póngase a Jauja a seis horas de Lima, y ábranse caminos carreteros de Jauja a la montaña, es decir, póngase a la montaña a dos días de Lima, y ¿puede dudar nadie de que ese solo hecho no sería suficiente para que acudiera a ella no solo una gran parte de la población flotante (principalmente la extranjera) de la costa, sino también de ultramar, a aprovechar de las primicias de estos territorios vírgenes y a recoger los pingües y precioso productos, que podrían ser fácilmente trasladados a la costa del Pacífico y de allí muchos de ellos hasta Europa” (p. 74). Agudo en sus observaciones y consiente de la gran riqueza de la región, sostenía que “los artículos que hoy se exportan de ese departamento son principalmente: comestibles para el consumo de Lima y de toda la costa, ganados vacuno y lanar para el mismo consumo, lanas y metales para el comercio exterior. La carestía de los artículos de alimentación, que de algún tiempo a esta parte se observa en el departamento de Lima … bastaba por si sola a nuestro juicio para haber llamado la atención pública hacia el natural granero del Perú” Todo ello “podría exportarse con un ferrocarril” (p. 51).

Visionario de su tiempo y, naturalmente, considerado utopista, reforzó sus planteamientos haciendo cálculos económicos de lo que al país le podría costar esta grandiosa obra, no por gusto había seguido estudios de Economía en Barcelona y París. A este respecto, decía que los costos podrían ser asumidos de dos maneras: o bien por endeudamiento externo que con los beneficios de la exportación de productos de la región podrían ser pagados en breve tiempo o bien con los recursos propios producto de las utilidades extraordinarias que al país le otorgaba el guano de las islas. Su arrojo, lo llevó a la minuciosa tarea de establecer los montos que al Perú le costaría cada legua de construcción. Y no satisfecho con esta propuesta integral de comunicación, hizo un esbozo técnico del recorrido del ferrocarril, estableciendo tres tramos con  diferentes dificultades de construcción: el primero “sobre un terreno llano y seguro” desde Lima hasta Cocachacra, el segundo tallado a cincel sobre roca viva desde Cocachacra hasta Morococha y el tercero de estepas inmensas y suaves ondulaciones desde Morococha hasta el valle de Jauja, propuesta que fuera respetada por los estudios que hiciera el Ingeniero Enrique Meiggs, ganador de la buena pro, y el trazo confiado al Ingeniero Ernesto Malinowski. El tema es que, esta valiosa propuesta premonitoria de Manuel Pardo y Lavalle, desde su concepción en Jauja el año 1859 hasta su concreción, en que el tren hizo su ingreso por primera vez a nuestra ciudad el año 1908, demoró 49 años en hacerse realidad. Aquellas lejanas fiestas patrias en nuestra provincia fueron días de justificado júbilo. Los agobiantes y peligrosos viajes a lomo de bestia hacia la capital de la república habían concluido, la región había sido penetrada por pesados rieles y sobre ellos reposaba el progreso y la integración regional, en adelante el transporte de pasajeros sería más rápido y los fletes para transportar materiales, enseres y diversos productos serían más baratos. El advenimiento del progreso se avizoraba.

Nuestro ferrocarril central hoy persiste su presencia en medio de la indiferencia de la población desde que el concesionario, Ferrovías Central Andina S.A., administra la obra y –como empresa interesada en maximizar sus utilidades- ha preferido dar importancia al transporte de minerales en menoscabo del transporte de pasajeros. Hoy día, ante el lamentable colapso de la carretera central, es una de las soluciones que el país podría encontrar para eliminar el gran congestionamiento de dicha vía.  Alguna vez, esta misma empresa trato de edulcorar a la opinión pública regional insinuando que entre Jauja y Huancayo instalaría un servicio del llamado “tren bala” que acortaría el recorrido entre ambas ciudades a solo 20 minutos, siendo que esta ha sido una oferta que hoy duerme la injusticia del olvido pero que en su momento generó expectativa porque revivió el servicio de vagones de la década del 50 y 60 pasados en que estos viajes se hacían. El asunto es que, en cuanto a transporte en ferrocarril hemos retrocedido sideralmente. En Europa, el principal medio de comunicación es el tren rápido que va a 300 Km. por hora, como lo hace el AVE español y el TGV francés, ni qué hablar del ferrocarril Transiberiano que une la Rusia europea con el océano Pacífico con sus ramales Transmongoliano y Transmanchuriano y cuyo recorrido alcanza la longitud de casi 9,300 Km. uniendo urbes como Moscú, Vladivostok, Pekín y todas las ciudades intermedias. Los gobiernos nuestros, insensibles ante el clamor ciudadano, ignoran los esfuerzos que significaron a nuestros antepasados tener una obra colosal como es el ferrocarril. Obra que, en la afirmación del historiador jaujino Heraclio Bonilla Mayta, tuvo el altísimo costo social de casi 10 mil muertos (especialmente en el tramo de San Mateo donde los obreros fueron diezmados por la temible verruga). Atrás han quedado los 417 Km de longitud de esta obra, con sus 66 túneles, 62 puentes, 27 estaciones y 37 paraderos. ¡Paradojas funestas de un país pobre como el nuestro!

La memoria histórica reclama justicia para la gran obra de Manuel Pardo y Lavalle. A estas alturas de la vida, ninguna calle, obra pública o recinto público lleva su nombre, acto que reivindicaría la visión adelantada de quien, siendo foráneo pero viviendo en nuestra querida ciudad, pensó en la manera de hacerla próspera y desarrollista para provecho de todos quienes la habitamos y hemos nacido en ella.

Jauja, 06 de enero del 2021

CLODOALDO ALBERTO ESPINOZA BRAVO, LUMBRERA JAUJINA ACERADA EN LA FRAGOR DE LA VIDA

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Darío A. Núñez Sovero

Probablemente las generaciones del presente milenio lo ignoren, otros quizás tengan vaga referencia de algunas de sus obras y habrá algunos que lo evoquen lejanamente como alguien que dedicó su vida a resaltar y ennoblecer los valores de su Jauja natal. Es el precio que los pasos de los años imponen en la memoria colectiva de los hombres y lo cubre con un ignominioso manto de olvido, manto que te aplasta con nebulosas cargadas de ese vaho espeso que se confunde con el polvo del tiempo, llenos de inmerecidos silencios.

29 de diciembre de 1954: inauguración de la Biblioteca Popular Municipal de Jauja. Pueden apreciarse la presencia de Jesús Rivera Caballero, Armando Castilla Martínez, Abdón Max Pajuelo, Clodoaldo Espinoza Bravo (sosteniendo en texto de su discurso), César Méndez Portillo, Alejando Castro Fernandini, entre otros.

 

Por ello es que estas líneas tratan de llenarse de coraje y esfuerzo para retrotraer al presente la colosal presencia de un hombre que, en la primera parte de la centuria pasada, dejó su huella como una marca indeleble fraguada en el crisol de su amor entrañable por esta su Jauja natal: Clodoaldo Alberto Espinoza Bravo; aquel huerteño de sangre andina que como nadie, en su tiempo, se entregó al estudio del pasado xauxa e hizo de sus reflexiones un enfoque vital de lo que le aguardaba a nuestra tierra.

Nacido en Huertas en los albores del siglo XX, nunca abandonó los parajes alfombrados de ese verde de ensueño donde vio por primera vez la luz de su existencia. Muy joven aún -tenía 18 años- vio morir a su padre, don Teodoro, y desde entonces se entregó al cuidado de su madre María Cristina a la que diligentemente asistió hasta su muerte en el año 1942. Desde entonces, quedó en medio de una escalofriante soledad por lo que decidió vivir acompañado de su sobrino Enrique con quien compartió su ermitañismo hasta su fallecimiento en el año 1969.

Enrique lo recuerda con ese ímpetu arrollador que bendice la vida de los jóvenes. Su tío, Clodoaldo, era un intelectual de una personalidad avasallante, dotado de un atronador timbre de voz y contraído íntegramente a sus estudios, los cuales le proveían una vigilia casi permanente -en aquel tiempo sólo alumbrado por la tenue palidez de una lámpara Coleman ya que Huertas carecía de alumbrado eléctrico- pero gratificado por el caudal de conocimientos que continuamente le incrementaban sus interminables lecturas. Su casa era un laberinto de libros, folletos y papeles que le llegaban de todas partes del mundo (no olvida que diariamente, su tío Clodoaldo iba a pie hasta Jauja para abrir en la oficina de correos su casilla postal y retornar cargado de correspondencias que respondía inmediatamente). Ya para este tiempo, nuestro escritor y poeta, cursaba el cuarto de media en el glorioso colegio “San José” de Jauja y su visibilidad lo hizo líder de entre todos los estudiantes. Manuel Espinoza Galarza, en su obra “Relatos referentes a Jauja” (1) nos dice que el año 1921, Clodoaldo Espinoza Bravo cursaba el cuarto de media y Espinoza Galarza el tercero, cuando se dio la ocasión de una huelga estudiantil -la primera- que fue encabezada con espíritu justiciero por ambos y otros más, entonces concluida esta, la Junta de Profesores, acordó expulsar de las aulas josefinas a Clodoaldo y Manuel, decisión drástica que ensombreció el porvenir de una de las mentes más promisorias de las letras peruanas y jaujinas, expresando que “… el talento y las cualidades literarias de Espinoza Bravo, que todos reconocemos, pudieron tener tónica superior, técnica depurada, si es que nuestro poeta hubiera cursado estudios universitarios, a los que no llegó como consecuencia de la separación expresada…” (pp.79-80). Dotado de una reconocida autosuficiencia, ante la invitación del director del colegio josefino, César Lira, para su reincorporación por cuanto debían contar con su concurso para los primeros “juegos florales” que se realizaron el año 1923 en Tarma entre los colegios más antiguos del departamento de Junín, “Santa Isabel” de Huancayo”, “San Ramón” de Tarma y “San José” de Jauja, Clodoaldo se negó al retorno -que si aceptó Manuel Espinoza- decidiendo desde entonces ser un contumaz autodidacta, un febril acopiador de autoaprendizajes. Debe ser por ello que su abundante producción intelectual está cargada de locuciones latinas -que muy pocos entienden- y que lo escribía con la evidente intencionalidad de darle cierto elogioso rango a su pensamiento, pues esta clase de citas son usuales en las tesis universitarias. Justo, sobre esto, recuerdo, que cierto día del año 1986, en una extraña reunión coloquial que tuvimos en las alturas del cerro que vigila el tráfago de Chupaca, con Víctor Ladera Prieto y Hugo Orellana Bonilla -ambos artistas jaujinos llegados después de su estancia en París- me comentaban lo difícil que se les hacía leer a Clodoaldo, refiriéndose a la profusión de citas latinas que usaba. Sin embargo, Clodoaldo, escribía diariamente sobre sus averiguaciones del glorioso pasado xauxa y se daba maña para atender todos los requerimientos académicos que recibía para exponer su pensamiento. Mario Vargas Llosa, el Nobel peruano, en su obra autobiográfica “El Pez en el agua”(2) refiriéndose a sus propios desvelos por ser escritor dice “…Solo sería un escritor si me dedicaba a escribir mañana, tarde y noche, poniendo en ese empeño toda la energía que ahora dilapidaba en tantas cosas…”(p. 403), Clodoaldo como presagiando la tragedia que le sobrevendría después no desperdiciaba su tiempo, lo entregó voluntaria y generosamente al estudio e interpretación de nuestra vibrante historia xauxa. Esto explica que, su sobrino Enrique, ahora evoque con mucha nostalgia el recuerdo del tío que, en las mañanas, consagraba unas horas para cocinar sus alimentos y, en las tardes, a leer y escribir indesmayablemente en una vieja máquina de escribir marca Remington. Esta provechosa rutina es la que lo acompañó hasta su desgraciado accidente ferroviario, el año 1956, en que al bajar y resbalar súbitamente por el enredo del pantalón en la escalinata del tren (luego de haber dado, la noche anterior, una disertación en el hotel de turistas de Huancayo) le significó el cercenamiento de los dos pies, tragedia que se complicó con la aparición de gangrena en sus heridas y motivaron que, ya en el hospital Obrero de Lima -hoy Almenara- le amputen ambas piernas.

Hospital Almenara de Lima, año 1956, Clodoaldo flanqueado por dos enfermeras, en franco proceso de recuperación después de sufrir la desgracia de su accidente.

 

Esta tragedia de Clodoaldo no lo arredró y, desde su lecho de dolor coordinó la publicación de algunas de sus obras (“Cuadernos de Poesía” junto a Algemiro Perez Contreras y Jaime Galarza Alcántara, “Madre”, “Diez Figuras de América”, “Jauja Antigua”, “El hombre de Junín frente a su paisaje y su folklore”) y seguir colaborando con diarios regionales y nacionales donde se publicaban sus artículos. Comprendiendo que su nuevo estado de salud demandaba los mayores cuidados para su recuperación, luego de su alta y dentro del mismo nosocomio, decidió casarse con su antigua enamorada Fina Carmela Villar Olivera, prescindiendo de otros amores de juventud (la dama Isabel Velasco y la “Misteriosa”, esta última, una dama miraflorina que durante toda su estadía en el hospital limeño le hacía llegar ramos de flores y cuyo secreto nombre se llevó a la tumba el buen Clodoaldo). Ya de vuelta al terruño para completar su recuperación, decide consolidar su matrimonio por lo religioso y se casa en el santuario de Muruhuay con el padrinazgo de don Jorge Zapatero, un acaudalado tarmeño de aquel tiempo. Fueron estas las épocas aciagas en que confrontó el cariño de los amigos y, siempre en versión del sobrino Enrique, evoca con especial acento afectivo las visitas que sabatinamente recibía de parte de Pedro Monge Córdova, Miguel Martínez Saravia y Armando Castilla Martínez, la trilogía lírica más visible de la década del 50, además de otros intelectuales de entre los cuales solo recuerda el nombre de Sergio Quijada Jara. Quien esto escribe, adolescente, alcanzó a conocerlo muy tangencialmente, fue en la plaza de armas cuando él, elegantemente vestido con saco y corbata y protegido con un pequeño sombrero, relajadamente dialogaba con su interlocutor dejándose notar como una persona con una sobria estampa y recio carácter; me llamó la atención, sin embargo, verlo desplazarse en una pequeña tarima rodante que empujaba con sus manos enguantadas. Su sobrino, me comenta que así fue al principio hasta que le llegaron sus prótesis traídas desde Norteamérica.

Casa de Clodoaldo en Huertas, año 1959. La dama del medio es su esposa Fina Carmela. Las acompañantes de los flancos son sus parientes.

 

Clodoaldo Espinoza, pudo haber sido nuestro representante parlamentario en el tiempo posterior al ochenio de Odría: un buen día fue sorprendido por la visita de Fernando Belaunde Terry, quien acompañado de los doctores y a la vez magistrados Manuel Marull, Luis Piana y Santos Galarza, le formularon la invitación para integrar la lista parlamentaria de Junín. Clodoaldo Espinoza, comprendiendo que su rol histórico frente a Jauja no era el político sino el cultural declinó cortésmente la invitación. Y justamente por esta preocupación cultural es que indicó a sus parientes que, a su muerte, su riquísima biblioteca debía pasar a engrosar el patrimonio bibliográfico de la Municipalidad de Jauja. Cuando ocurrió lo inevitable y fue sepultado en el cementerio El Ángel de Lima, los familiares encargados se acercaron ante el alcalde Jaime Yuli Linares para hacerle conocer la voluntad del ilustre finado, recibiendo por respuesta que el municipio de Jauja no tenía ambientes para la recepción, ante lo cual este preciado bien empezó a ser depredado por algunos curiosos y, otros extraños, empezaron a vandalizarlo en la librería “suelo” de Lima. Su bella casa de Huertas, antes llena de colorido y de pequeñas granjas y breves parcelas de sembríos, poco a poco ha ido derruyéndose hasta casi desaparecer. Sus paisanos, que eran los llamados a cautelar su heredad, no han sabido valorar todo lo que el escritor poseía, pero la grandeza de su gesto nos hace ver que en él había motivaciones mayores que todos los jaujinos tenemos que agradecer por el gran legado cultural que ha dejado para la grandeza de Jauja.

Sobrino Enrique Espinoza Espinoza, en el nicho del tío Clodoaldo del Cementerio El Ángel de Lima. Persona con la que compartió su vida hasta el último momento.

En nuestra provincia, el nombre de Clodoaldo Espinoza Bravo es el que designa la avenida que conduce al distrito de Huertas. En la localidad de Tingo-Acolla, el colegio secundario también lleva su nombre y en su pueblo, Huertas, la biblioteca municipal también es denominada Clodoaldo Espinoza además de tener un busto en la plaza del distrito que fuera donado por sus paisanos del barrio Lunahuaná. Más allá de estos menores reconocimientos, no hay monumentos, complejos arquitectónicos u otras obras que nos digan que Jauja tuvo una de las lumbreras más notables del siglo pasado. Es tiempo que, las nuevas generaciones, hagan justicia a uno de los grandes de la tierra de los Xauxas.

Busto en la plaza de Huertas, donado por huerteños residentes en Lima

 

  • ESPINOZA GALARZA, Manuel. “Relatos referentes a Jauja”. Lima, Ed. Juan Mejía Baca, 1958.
  • VARGAS LLOSA, Mario. “El pez en el agua”. Santa Fe-Colombia, Ed. Seix Barral, 1993.