AMENOS Y ARROBADORES RECUERDOS DE NUESTRO EX-PÁRROCO ASENCIO TOLEDO

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Darío A. Núñez Sovero

Este 9 de Mayo cumplirá 90 años. En su vida religiosa, probablemente, cientos de recuerdos turbarán su cansada memoria, por ello, a manera de homenaje por tan visible longevidad, me propuse ubicarlo para saber de su estado de salud, así como también recoger los recuerdos más significativos del tiempo que le cupo ser Párroco de Jauja entre los años 1983 y 1998, 15 años en los que, notoriamente, vivió muchas experiencias que debemos recoger para ilustración de las nuevas generaciones de gentes de estas seculares tierras.

Lo ubiqué en su domicilio, en Huancayo, donde me acogió con emocionada actitud. Y, la verdad, no sé si mi presencia le activó gratos recuerdos o había encontrado la oportunidad para refrescarlos. Pero, lo primero que me dijo es que tiene a Jauja en su corazón por el cariño que siempre recogió, pese a la dureza de su temperamento. Evocó el tiempo en que, a la par de su labor pastoral, desempeñaba la docencia en el centenario colegio josefino donde forzaba el respeto a su labor frente a la visible renuencia que recibía de parte de dos marxistas confesos y, además,  directivos del colegio como Pedro Monge Córdova y Miguel Martínez Saravia, quienes, entre otras cosas, no simpatizaban con que los estudiantes participaran en las procesiones con sus pintorescas alfombras y preferían que, estas muestras de fe, sean reemplazadas por el dictado de clases. Con regocijo, mencionó los ardorosos debates filosóficos que sostenía con docentes “izquierdistas” que negaban la trascendencia del ser y a quienes finalmente persuadía. De su experiencia en el turno noche, con nitidez recuerda cómo enfrentó el tema de las alumnas que dejaron de asistir a clases por el temor de ellas ante algunas violaciones sufridas por miembros del cuartel del ejército,  para lo cual convocó con éxito el apoyo de los estudiantes varones. Una expresión de pena y rabia le asoma cuando relata que, al día siguiente del asesinato del Párroco de Huaripampa, un “terruco” lo abordó en Jauja y a quien, antes que nada, le dijo que oraría y le pediría a Dios por la salvación de su retorcida alma ganada por las causas extremistas, ante cuya firmeza el sujeto desistió de sus propósitos homicidas. Los tiempos eran temibles, pero él nunca se acobardó.

Pero si quisiéramos saber de su obra parroquial, ésta, sencillamente, es riquísima y fue de mucho provecho para la fe colectiva de nuestra provincia. Pero eso sí, nos anticipa con franciscana humildad, que ´todo lo hizo a voluntad del Señor, que “el Señor hace lo que Él quiere” y que “el pueblo es el que lo ha hecho” y él solo movía su palabra como quería el Señor. Del resultado de esta  divina sinergia Dios-pueblo-párroco, menciona que en su tiempo y con el apoyo de jaujinos residentes en Lima lograron hacer el enrejado del atrio de nuestra Iglesia Matriz, donde, recuerda, se encendió calurosas conjeturas al descubrirse osamentas humanas del que decían eran de personas que fueron fusiladas en los períodos de la independencia nacional (recuerda asimismo que la Virgen del Rosario que está en el muro externo se debe a la inquietud del Padre José Chuquillanqui Yamamoto). Me dice, con devoción clericlal, de sus empeños para levantar el Altar al Señor de la Justicia, a cuyos costados ubicó a la Virgen de Fátima y la Virgen del Carmen, para cuyo efecto fue valioso el apoyo del comité que presidió el profesor Guillermo Calderón y el artista Miguel Leyton. Su voz, siempre pausada, adquiere un tono más grave para comentarme el esfuerzo que les significó construir el altar al Señor de Muruhuay, afán para el que contó con el apoyo del comité y de los artistas desaparecidos Hugo Orellana Bonilla y Hugo Espíritu Escobar (el primero en vida me decía, con disimulado orgullo, “somos los Hugos de Jauja”), y para lo que, previamente, trasladaron lajas del cerro tarmeño en volquetes que facilitó la comuna jaujina. Su semblante pinta su regocijo cuando nos cuenta cómo, con apoyo de la comunidad, concluyeron la Iglesia de Pomate-Huertas, de la que evoca que estando reparando la cúpula, “llegó un señor Castro” (probablemente el emérito huertino Juan R.) que desafiantemente le dijo que si concluía ese segmento “él donaba el piso y el retablo”, lo que finalmente así ocurrió (concluye diciéndome, en esta parte, que tan ilustre ciudadano reposa sus restos en dicha iglesia). Es en este pasaje de nuestro encuentro que su memoria discurre generosamente para contarnos cómo arreglaron la torre de la Iglesia de Paca conjuntamente con el Padre Gutarra. Cómo construyeron la Capilla de Paca-Paccha, para lo cual, el comité, movió a medio Chosica mediante diversas actividades que le permitieron recaudar fondos. Cómo la comunidad de Sincos obligó a cada familia donar cuyes mientras ellos donaban carneros para que puedan  agenciarse de medios y reconstruir la torre de su colonial Iglesia. Asimismo, los trabajos realizados en la Iglesia ruinosa de Yauli, la refacción de la Capilla del Barrio La Samaritana y la compra del terreno donde se ubica la actual Iglesia del distrito de Yauyos.

Hay, en nuestro interlocutor, una apasionada exposición de su provechoso paso por tan delicado encargo que le confiaron para ser el guía espiritual de nuestra provincia. Mientras le escuchaba, pensaba, si acaso esto no es motivo para convocar la gratitud de la feligresía y, especialmente, de nuestras autoridades. Modestamente, creo, que es una tarea pendiente. Estamos a tiempo.

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