La literatura peruana de la violencia política: más allá de las «voces masculinas»

Los libros que hablan de las guerras son incontables. Sin embargo, siempre han sido hombres escribiendo sobre hombres […] Todo lo que sabemos de la guerra lo sabemos por la «voz masculina». Todos somos prisioneros de las percepciones y sensaciones «masculinas». De las palabras «masculinas».

Svetlana Alexiévich

Se han escrito y se seguirán escribiendo novelas, cuentos, poemarios y obras teatrales sobre el periodo de violencia política que sufrió el país en los años ochenta y noventa. Dicha época constituye un episodio traumático y aún incomprensible de la historia peruana reciente. Sin embargo, ¿cuántos de estos textos son escritos por mujeres? ¿Cómo se representan la subjetividad femenina y el horror de la guerra más allá de las voces masculinas a las que alude Alexiévich en el epígrafe? Debemos iniciar por mencionar que, afortunadamente, la lista de escritoras que han explorado estos temas, poco a poco, empieza a visibilizarse, gracias a investigaciones y antologías, por ejemplo, Al fin de la batalla (2015), libro de cuentos compilados por Ana María Vidal.

En este contexto de reescritura desde la femineidad, las siguientes líneas tienen como propósito comentar el poemario Las hijas del terror (2007) de Rocío Silva Santisteban, uno de los textos más representativos de la literatura sobre la violencia política.

Las hijas del terror y la resemantización de Unos cuantos piquetitos de Frida Kahlo

Este poemario, galardonado con el Premio Copé de Plata en el 2005, consta de cuatro secciones: «sabes bien que perdí la batalla», «todo lo sólido se desvanece en el aire», «por la calle nadie revela jamás la pena que le roe la vida» y «unos cuantos piquetitos». Si bien se establece una relación intertextual diferente en cada sección, según sugieren los títulos, interesa destacar la relación entre el poemario y la pintura Unos cuantos piquetitos de la artista mexicana Frida Kahlo.

Para ello, es necesario contextualizar. ¿Cómo surgió la idea de retratar un feminicidio? De acuerdo con la historiadora del arte Emilia Bolaño, «Frida Kahlo leyó en el periódico la siguiente noticia: un hombre mató a su mujer y en los tribunales se defendió diciendo que sólo le había dado “unos cuantos piquetitos”. Según la policía, fueron veinte puñaladas». La indolencia que expresaba la respuesta del asesino revelaba, ante la mirada de la pintora mexicana, la normalización de la violencia ejercida sobre la mujer y, específicamente, sobre su cuerpo. Kahlo no solo registró el hecho, sino que intervino en el «mundo» del espectador al pintar «rastros de sangre» por toda la extensión del cuadro, incluso en el propio marco.  De esta manera, la violencia, simbolizada por la sangre, se desborda y parece «salpicar» al espectador, con lo que se logra interpelarlo.

Al igual que Unos cuantos piquetitos, el poemario de Silva Santisteban deviene en un «espacio» de denuncia contra la violencia de género al incorporar las voces de las víctimas y las sobrevivientes del conflicto, con lo cual les devuelve su protagonismo. Dichas voces se sitúan en dos espacios geográficos determinados, el urbano y el rural, lo que modula el nivel de violencia experimentado, tal como se observa en los poemas «Los muertos huelen en la parte más profunda del paladar» y «BAvioLADA».

Por un lado, en el primer poema, el sujeto femenino urbano es descrito como «prisionera-de-sí-misma», porque busca llenar un vacío inexplicable y persistente —el vacío y el horror de la guerra y sus cadáveres—, recorriendo centros comerciales «para poder sonreír un poco». Sin embargo, pese a sus esfuerzos, no consigue olvidar el «olor» de los muertos, el cual no proviene de afuera, sino del interior de ella: su paladar. Así, la entrega a una vida consumista o el deseo de volver a un «orden» anterior a la guerra resulta ser un paliativo momentáneo porque la memoria y la violencia no pueden ser eliminadas del inconsciente ni del cuerpo.

[…] Un trago, una cita, un beso furtivo, algo de sexo rápido y la ciudad empieza a despejarse.

La bruma se disipa.

Los colores de las luces en la noche cobran dimensiones inexplicables. Las bombillas rojas, el neón lila de las discotecas, el aire denso, los anuncios de las tiendas.

Pero el olor sigue ahí, ahí, en el fondo del paladar (Silva Santisteban 2007: 52)

Por otro lado, la representación del sujeto femenino rural en «BAvioLADA» es el de una víctima directa del conflicto, que es ultrajada sexualmente por una tropa del Ejército. No obstante, la violencia de los hechos descritos en el poema contrasta, pero, al mismo tiempo, se complementa y «romantiza» con la voz de la balada «Fuiste mía un verano» de Leonardo Favio. Así, en la textura del poema, se entrecruzan tres «voces»: la de la víctima, la del perpetrador y la de la canción. La suma de estos discursos superpuestos, como el rastro de sangre en el marco de la pintura de Frida Kahlo, interpela e incomoda  deliberadamente al lector al homologar la imposición del deseo masculino en uno y otro registro, pese a las negativas y a las súplicas de la víctima.

Asimismo, es necesario agregar otra capa de violencia en este poema: el insulto. Al respecto, Carlos Aguirre sostiene que «insultos tales como “perros” y “perras” fueron usados constantemente tanto por Sendero Luminoso como por miembros de las fuerzas del orden para referirse a sus “enemigos”. La deshumanización del contrario es parte sustancial de una guerra. El insulto se convierte también en un arma de combate» (2011: 109). No obstante, designar al sujeto femenino como «perra» no es solo un gesto propio de un contexto bélico, sino constituye también un insulto que forma parte de la vida cotidiana de las mujeres. En otras palabras, comparar y reducir a lo animal a las mujeres, resulta otro mecanismo de desacreditación y agresión más.

¿su nombre?, ¿para qué?

era suboficial o teniente o no sé qué

porque ordenaba, les dijo, háganlo rápido

como yo y no se ensucien demasiado

entonces pasaron uno por uno, dos, tres

no más, por favor, no, no, déjenme morir

cuatro cinco seis

ya no, Dios, ya no, ya no

siete

estaba completamente muerta, muerta, muerta,

ocho

fuiste mía un verano

ocho, fueron ocho

perra, ladra

solamente un verano (Silva Santisteban 2007: 21)

En suma, ¿cómo se resemantiza el cuadro de Frida Kahlo en Las hijas del terror? Por un lado, en el texto, se agregan capas adicionales de violencia al cuerpo femenino, marcado claramente por un contexto bélico, pero también por las mismas relaciones de poder que operaban en el cuadro. Asimismo, ya no se trata únicamente de una violencia física y simbólica, sino también sexual, lingüística y de clase. Por otro lado, a diferencia de Unos cuantos piquetitos, en el poemario, las voces femeninas —urbanas y rurales, víctimas y sobrevivientes— toman la palabra y el protagonismo de su relato, de modo que dan cuenta de la violencia en o sobre su cuerpo, tal como ocurre con «Los muertos huelen en la parte más profunda del paladar» y «BAvioLADA», respectivamente.

 

Bibliografía

AGUIRRE, Carlos
2011 “Terruco de m… Insulto y estigma en la guerra sucia peruana”. Histórica. Lima, volumen 35, número 1, pp. 103-139. Consulta: 8 de junio de 2019.

http://revistas.pucp.edu.pe/index.php/historica/article/view/2813/2743

BOLAÑO, Emilia
s/f “Unos cuantos piquetitos. Frida denuncia la violencia machista en esta desgarradora escena”. Consulta: 11 de junio de 2019.

https://historia-arte.com/obras/unos-cuantos-piquetitos

SILVA SANTISTEBAN, Rocío
2007 Las hijas del terror. Lima: Ediciones Copé.

https://www.verdadyreconciliacionperu.com/libros/librosDetalle.aspx?Id=1097

Elaborado por Sha Sha Gutiérrez.

La imagen ha sido tomada de Historia/Arte (HA!) (https://historia-arte.com/obras/unos-cuantos-piquetitos).

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