Fortuna

La suerte del hombre por sí sola tal vez no signifique nada. Qué sería de la suerte si nadie la mereciera? Si se tratara de hablar de ello, todos los que lograron la oportunidad de nacer ya la tuvieron, aunque sea solo el comienzo. Luego nos embarcamos en las circunstancias y lo que pueda ser el destino. El solo hecho de lograr células fertilizadas ya es motivo de alegría, “embriones sintéticos”. Como Job uno puede ser probado y el que permite la prueba es la suerte misma. Lo peor es confiar la suerte en un mortal como uno mismo o en algún objeto que luego el fuego o el tiempo deshará. Pedimos que nos acompañe la suerte cuando no hacemos nada por ella, nada por uno mismo. Le den el nombre que le den, desde superstición, cábala, amuleto, azahar, etcétera, la suerte es un don. Qué sería de una bestia como un león con la razón e inteligencia de un humano? Como la fuerza, no es algo que le pertenezca del todo a un mortal. No es algo que se pueda tocar ni se le pueda dar en demasía al que no la merece, aunque a veces suceda. No se puede donar lo que no se tiene, dar cariño a alguien que no lo siente; o también, claro, se podría intentar romper rocas con los puños. Inútil como dar razones a un irracional. Parte de tener suerte es tener cariño, querencia, para dar y recibir. Todo don viene únicamente de quien puede donar. Suerte es resucitar después de tres días de muerto! 

           Lo contrario sería toda la desgracia, vivir humillado, despojado y alejado. Si no se puede exterminar, existe la opción (suerte) de alejar eso que no se desea. No tener suerte, lo que es lo mismo que tener mala suerte, es dejar de tener conciencia, dejar de existir, perder el alma: la llamada “segunda muerte”. Más miedo o preocupación debería dar el dolor más que desaparecer, pues el dolor no es solo físico, se bifurca y se suele hacer caos antes de desaparecer; en cambio, la desaparición, es un cese, un pare. A una se le puede percibir, a la otra no. La tanta maldad y bondad del hombre hecha y por hacer también encuentra un descanso. Lo cierto es que el dolor es la mentira y a su vez la misma mala suerte. Lo único verdadero doloroso es la mentira. Tal vez parte de tener algo de suerte sea pasar a la desaparición sin pasar por el dolor. Nadie más que un mentiroso detestaría a un veraz. Nadie podría decir que por mentir no ocasionó algún dolor. Menos mal que uno es en lo que pone su confianza, si ésta se deposita en algún amuleto o figura que se roe y se pudre, igual es lo que se obtiene, algo roído y pútrido. Hay Imágenes e imágenes, cada cosa que perdura o se acaba. Nada creado es la suerte sino lo que crea, lo que ha engendrado y fabricado absolutamente todo. Lo que de verdad ha sido bueno y útil regresa, aunque sea en otra piel. 


Moderna infertilidad

Ahora parece que lo moderno se normaliza con lo infértil. No todo, claro, tendría que tender a evolucionar, prosperar. En uno u otro momento, sobre todo por errores propios, nos podemos encontrar con el estancamiento. Lo estancado es lo más cercano a la extinción. Cada uno en su momento tiene su propia señal de pare, su acmé. Para que algo se estanque y tal vez luego se extinga, debe ser porque no se adaptó y por ello perdió su oportunidad. El planeta mismo es una oportunidad para compartirlo de la mejor manera, explotarlo de la misma forma y poder algún día escapar; ya la palabra “explotar” de por sí suena grave y fuerte. Como cualquier cosa que se mal usa y se mal comparte se arruina pronto. De la más absoluta opulencia y fertilidad se puede pasar a la desaparición total. La oportunidad es para ser oportuno y aprovechar el momento, luego no hay más; al menos, en cosas relevantes y que de verdad importan, las oportunidades son escasas y hasta únicas. Vivimos rodeados de cosas que a cada instante se desvanecen, lo peor es acelerar ese desvanecimiento, colaborar con la desaparición. La idea es que todas las cosas, tengan o no vida, duren el mayor tiempo posible. Fértil no solo es lo que se reproduce, sino también lo que se mantiene a través del tiempo. Qué sentido habría en darle más años de vida a un ser malvado? Qué sentido tendría un mundo lleno de malvados? El único sentido de todos estos es la destrucción por la destrucción; de cualquier modo, en cualquier ámbito. Su sostén y refugio son el mantener ciegos, atontados y fanáticos a sus consumidores (seguidores) con lo “nuevo” de cada temporada. Si se supone que hay un Dios y ese Dios es todo, entonces ya no existe nada nuevo. Fuera de Él todo lo demás es pura y mera vanidad. Algo que creadores y buscadores de modas y tendencias jamás entenderán.  

          Si es que hay algo que pueda ser nuevo o moderno, solo podría ser lo verdadero bueno. Lo malo es todo el estancamiento, destrucción e involución. Algo destructivo no puede hacer ni crear nada nuevo. Mucho peor que querer normalizar la infertilidad es querer hacer ver lo malo como bueno. Como llamar trabajo, un acto en toda su esencia bueno y positivo, a actos tan deplorables como despreciables como el asesinato, el secuestro, la extorsión, el robo, la estafa y la violación. Salvando todos los tiempos y distancias, quizás la sociedad en general en un futuro acepte y adopte sus propias “hienas”, esa gente, varones, pagada por mantener relaciones sexuales con féminas púberes en algunas zonas y pueblos de Malawi. Me ha tocado ver y oír comunicadores en sus noticieros (de diversos países) que llaman trabajo a todos esos actos más que repudiables, con excepción al de violación. Es parte de esa indignación estás líneas. Tal vez algún día se normalicen las “hienas” en todos los países del mundo y esto escrito quede desfasado. Como es una “cultura” y costumbre se la tendría que respetar. La violación como trabajo…


Ígneo

En el lugar de Ígneo tenían un fuego enorme y vivo en un hoyo en el centro de sus plazas principales. El agujero era de dos veces y media la estatura de un hombre y en el que podían caber parados seis a ocho adultos con un codo de distancia entre ellos. Todos sus habitantes colaboraban para que la llama no se apagara y la alimentaban de tiempo en tiempo. No solo por el temor a que cayeran ahí por accidente, pero no era un espacio para niños hasta el punto de estar prohibido que los acercaran. En algunas ocasiones, muy lastimosamente, su llama era más intensa y trabajaba. Cansados de sus batallas y guerras decidieron pelear solo frente a la maldad misma. Todos gobernaban, todos tenían voz. La única diferencia que reconocían entre ellos eran la de niños y adultos. Cuando hay equidad y se está bien, qué sentido habría en desear el mal a otros. Todas esas malas excepciones que a veces se presentan terminaban en el foso ardiente. El deseo, como no es solo de riqueza, ocasiona problemas en todos los ámbitos, que incluso pueden llevar hasta la muerte; tal vez no habría que culpar solo al mero deseo, sino al mal deseo, al deseo irracional. Qué perdón podría tener un supuesto inteligente y racional que provoca tanto daño y dolor a alguien que sea inocente en todo el sentido. Quizás solo un animal salvaje, un incivilizado total, alguien que no conoce la palabra familia podría tener algún perdón. Es posible que ni a la primera ni a la segunda ni a la tercera vez de un crimen el culpable sea descubierto, pero es imposible ocultar para siempre sus viciosas maldades. Tarde o temprano en un paso en falso eran descubiertos y a las llamas se las volvían a avivar. Como entre iguales, a diferencia de los animales, no se pueden comer, no queda más remedio que el ardor de las llamas. Sucesos así en Ígneo pasaban una o dos veces en un quinquenio, por lo general era un lugar tranquilo y pacífico. Hasta antes de encontrar cierta paz solo luchaban por sus espacios, por sus egos, por sus futuros que veían distintos. Si en algún planeta hubo algunos llamados espartanos, los ignitas eran cuanto menos diez veces más fieros y belicosos que estos. Su misma belicosidad mermó su población, sin conocer ninguna enfermedad morían solo a consecuencia de guerrear. Salvaron sus vidas gracias a entender que lo externo a ellos no debería ser causa de aniquilarse. Ígneo era un planeta entero y todo lo indeseable que quizás no merecía llegar a hacerse cenizas estaba en una isla alejada. Su propia perversa naturaleza hacía que entre ellos mismos se aminorasen. Como Carontes, solo una familia de generación en generación era la encargada de transportar a los desterrados, pues eran gente de tierra que aborrecían los grandes cúmulos de agua, ríos, lagunas o mares. 


Ruteros

Tendría que ser ya muy sabido que, lo que tiene que ser, siempre se abre paso. Sabido es también que dentro del Hombre conviven lo perfecto y lo imperfecto. Cada uno de sus órganos y partes, como cada lesión y hasta alguna pequeña verruga. Su perfección de nacer, su imperfección de morir. Sus buenas y malas en su vivir. Su bondad y su maldad. Por sus actos, por la falta de ellos. Aun con sus dos o quizás más caras, que podrían ser también máscaras, el Hombre no deja de ser una unidad. Después de todo, todo es una unidad. Un todo con partes, no partes con todo. La humanidad tendría que ser más unidad todavía, dejar todas sus caretas, sus falsos egos de mortal. Si hay dos caminos, no se puede ir por ambos a la vez. Mucho peor si no se sabe en dónde acaba uno ni el otro ni cuán lejanos son. Tendrías que ir por uno y si es el incorrecto, tener que regresar y recomenzar; algo de tiempo desperdiciado. Luego un solo camino, al menos por mientras. Si es cierto, dicen que solo algunos santos pueden estar en más de un lugar a la vez, ubicuidad, bilocación. Tal vez porque sus destinos ya lo entregaron en algún momento y por completo, así, se les enseña su propio camino y ubicación e incluso hasta la de otros. No tener que recorrer más caminos, sino quizás solo por el mero placer y gusto de ayudar. Ayudar que fácilmente podría ser caridad. Ni como individuo ni en conjunto el Hombre escapa a sus máscaras. El Hombre se aferra a lo que cree que es y como tal acaba. Los más recordados son los que menos tenían, Jesucristo, Sócrates; qué santo era acaudalado!? Materia y nada más que materia. Tal vez para algunos sea un camino con un final, mientras, para otros, es uno interminable. Retrasos, casi siempre existen retrasos y hasta cambio de planes al último momento. Se puede tener más de un camino como se puede no tener ninguno o uno muy corto. El Hombre tiene un poco más su camino que su meta, pues no siempre llega a ella. Avanzado el camino, este podría tener bifurcaciones y así y así a más distancia. Bifurcaciones, dudas y decisiones para llegar a la meta, al objetivo, a un fin; qué tantos más rumbos y metas podría haber en este planeta!? Una época antes de los satélites, naves espaciales, antes de los plásticos con todas sus variantes y sus nombres. Poder circundar todo el sistema solar es una meta y otra viajar todo el universo.


Bárbaro extranjero

En el tiempo de los extranjeros conocían la sangre, sobre todo la sangre en vano, sangre de unos como ellos mismos, sus semejantes. En aquel tiempo se odiaban por sus diferencias, felizmente luego aprendieron a respetarse y quererse. La distancia, la que también llegaron a dominar, tal vez aquella los había hecho odiarse. Entre extranjeros unos para otros eran bárbaros, querían tener su razón, olvidaban su paso prestado por la tierra, sus cortos largos días en vida. Tuvo que suceder mucha guerra y con ella sus sangres derramadas, sus verdaderos y falsos héroes. Se abrieron las fronteras, despertaron al verdadero mundo, no uno extremadamente dividido por vanidades ni ceguera egoístas, ceguera de verdaderos bárbaros. Todo lo malgastado y desperdiciado en armas para asesinar a sus semejantes, a unos con quienes en toda la soledad al menos podrían dialogar, acompañarse, aprender uno de otro, alimentó más bocas, vistió tanta fría desnudez. Pobreza, guerra, racismo, todo lo que antes los dividía era solo historia, una triste historia. Si bien la muerte no desapareció, se hizo más larga, tarda, muy lenta. Se moría porque se tenía que morir y no por ninguna saña ni odio. Tal vez entendieron que los únicos quienes se podían aniquilar eran ellos mismos, entendieron más su fragilidad. Tanta, pero tanta muerte, tanto desecho habían desaparecido. Si ellos querían era verano, si ellos querían, invierno, el clima estaba más a sus pies. Con sus muertes vanas no hacían más que acelerar el tiempo y lo que ellos querían era detenerlo, hacerlo lento como a la propia muerte. No mataron al tiempo como al clima, pero empezaron a convivir mejor con él. Convivir mejor entre ellos, con su propio planeta, con su propia riqueza. Después de todo comprendieron que las armas, fuera de sus puños y dientes, era solo de cobardes. No solo el mejor podría quitar una vida, sino también el peor malo. Cualquier lelo podría convertirse en asesino y lo que ellos querían era conocer. «Extranjero, extranjero», jamás se volvió a oír en ninguna calle, en ningún lugar. Ninguno de sus vivientes, en ningún lugar, estaban fuera de su terruño. Ah, y los gobernantes, ellos mismo de sí mismos, de sus propios actos y responsabilidades. Unión, cooperación, cero lucha y competencia. Extranjero, bárbaro, enemigo, anacrónicos. Tal vez su único enemigo era su propia superación, retrasar al tiempo. No volvieron a olvidar la poderosa y misericordiosa mano que siempre los salvó y sustentó.


Sacrificio

Busco el silencio y, a veces, para encontrarlo, tengo que hacer ruido. Porque cada uno con su bulla está contento y esa bulla es su silencio. La calma está muy por encima de la revuelta, aunque ésta crea que está primera. Lo calmo, si no es la paz, es seguro lo más cercano a ella. Cómo algo alocado, algo que no sabe lo que quiere, que no sabe lo que busca, puede ser mejor que algo que ya se ha encontrado. La violencia es algo que todavía se está cociendo, moldeando. En los términos mortales algo terminado se podría arruinar, romper, deshacer; es lo natural para ellos. Ningún mortal podría eliminar cualquier equis número. Ni menos tampoco habría necesidad de eliminar algo que verdaderamente es útil. Formamos parte de lo dañado. Es cuestión de cada uno poder recuperarse. Si se dejó dañar no fue por ninguna debilidad, sino para mostrar la maldad que existe entre la gente que vive con miedo. Poder salvar a su pueblo y no solo a sí mismo. Desde el pasado, desde el futuro, por siempre. Lo inocente y bueno no teme a nada. El que sabe que la justicia, y no la del hombre, existe, no teme a nada. El que sabe que la justicia existe la busca. Quién podría negar que la violencia está más cerca de la muerte que de la vida, aunque veamos y sepamos que un animal de presa muchas veces cumple su cometido, poder subsistir junto con los suyos. Pero qué tanto de perdón sabrán los animales que menos conocen de las sutilezas! Una forma de mejorarse es desechar las apariencias, lo superficial. Buscar el verdadero silencio, lo que está más cercano de la paz. Aunque vivamos no sabemos de la vida, lo que es peor, a veces ni la de la propia; así cómo podrían importarnos otros seres, el planeta mismo. Si la injusticia no es la violencia, tan lejanas no están una de otra. El calor, sino es el fuego, es una de sus partes o alguna de sus formas en las que se presenta. El mejor de todos los fuegos es el que no destruye, aunque también lo pueda hacer.

            Hace dos o tres meses o quizás medio año todavía vivías, te movías, te nutrias. Espero un día no tengan que morir nunca más. En el peor de los casos reducirles en todo lo posible sus sufrimientos. De los argumentos más “fuertes” de los carnívoros, que sean sobre todo creyentes, es el que se refugia en el alimento como un don de Dios; y no es que no lo sea. Pero también, parece, todavía, podemos tener al menos una mínima noción de lo que podría ser la compasión. Quizás si Pilato lo hubiese defendido con sus legiones, aunque no necesite ayuda alguna de ninguna legión, pues de un solo soplo podría eliminar a todas, aun así, ese solo gesto podría haber cambiado todo. Lo que tal vez se recuperó con Constantino. Siendo mejor esto último, pues a todas luces es mejor un emperador a un prefecto o procurador. La compasión son todas las gotas de los actos sinceros de cada uno y los ríos y lagos están hechos de la unión de todas ellas. En algún momento, en cualquier lugar, una gota más o una gota menos podría hacer la diferencia. Toda la materia existente concentrada en un solo punto. Volver a rehacernos. Recomenzar.


Hora

Después de todas las guerras, tal vez cansados por ello mismo, cambiaron. Es posible también que después de ser miles de millones y descender a solo un par de millones, asustados y hasta traumados por el miedo a desaparecer por completo, se haya producido el cambio radical de dirección. Ya no conocían, mas que como historia, los años, meses y días. Qué miércoles, qué domingo u otro de los llamados días, en cualquier idioma, eso ya no se usaba más. Su medida de tiempo era el cumplimiento de los objetivos propuestos. Cada meta lograda, otra era, aminorar las distancias. Los segundos y las horas eran meramente referenciales, pues estaban en un solo momento hasta cumplir con su plan. Mucho menos si ya no había días ni años, menos había fronteras, por fin una sola sociedad. Qué leyes podría haber para una especie que está literalmente al borde de la extinción, mas que o la ley de la selva o la ley de la razón. Razón que fácilmente podría ser también amor. El mismo planeta en el que vivían cambio de nombre, pasó a llamarse Hora en honor al tiempo. Otra razón para el cambio fue, porque de lo que era, quedaba solo una parte, entre contaminación nuclear, zonas áridas, así como inundadas; cómo podría mantener su nombre cuando el cambio era más que catastrófico. Además de un clima extremo, totalmente rudo, cambiado e inestable, hacerse la guerra unos con otros fue la peor idea. Tuvieron que achicarse los espacios para entender que una natalidad no puede ser descontrolada, hacer del exceso la regla. Tuvieron que desaparecer ingentes cantidades de otras especies, ya por sus manos o las de la naturaleza, para verse más solos en todo ese espacio. Cómo siendo adultos mayores, supuestamente racionales, podrían necesitar de gobiernos, de no civiles con capacidad de portar armas, de otras personas que los ayuden con su propia psique y relaciones interpersonales, de excesiva riqueza en un puñado de personas, ahora en Hora cada uno era responsable de sí mismo y de los que en verdad podía hacerse cargo. Si existía eso llamado riqueza era para cada uno de los que vivía y de los que vivirían luego, para cumplir sus objetivos como una sola fuerza. Riqueza que no sirve para adquirir lo que realmente importa, así se convirtió enteramente en una herramienta, en lo que como otras que poseían, pasaron a dominar de una mejor manera. Qué podrían hacer mejor juntos que divididos y más siendo pocos, por qué tendrían que ponerse trabas entre ellos mismos, si tenían que progresar y sobrevivir. En Hora, en cualquier parte del globo estaban en el mismo tiempo, no importaba con la luz de su estrella a su favor o en su contra en algún cualquier lugar. Era inadmisible que algo que debía, sino estar a su servicio, al menos estar más controlado; no dejar que algo como el tiempo los dividiese. Cómo podrían dividir las matemáticas! Le pusieron el nombre de lo que también ya habían perdido, pero para mejor.


Zul

Había una luz pero nadie sabía qué más podría ser aquello. Estaba en el cielo y no se le podía mirar de forma directa. Una luz, un resplandor podría ser cualquier cosa; desde algún fuego artificial, algún cohete con alguna nave o misil, algún asteroide o cometa. Aunque no la mirasen de forma directa todos sabían que estaba. El no saber qué era nos asustaba. Ya estaba suspendido por unas horas en el cielo que recién empezaba hacerse de noche. Ningún sonido pero sí una luminosidad que opacaba todas las otras luces que podrían haber en el firmamento. Con quienes estaba no sabíamos si escapar o intentar acercarnos. Para todos esa luz estaba en el mismo sitio, desde cualquier punto del globo todos miraban la misma luz en el mismo lugar, evento muy extraño. Se les había hecho la verdadera noche. Era un objeto que no tendría ningún impedimento ni resistencia para hacerse parte de todo, traspasar cada molécula y partícula. Así, escaparse o acercarse era lo mismo. Habíamos dejado todas nuestras distracciones para intentar mirar al cielo, además de mirarse unos con otros o intentar mirar en otras direcciones, todos querían tratar de fijar la vista hacia el cielo, hacía ese destello. Aunque trataran de mirar con espejos, lentes, cámaras, telescopios, lo que fuese con que se pudiera usar para mirar, todo lo observado estaba deslumbrado, copado de luz. Después de ya mucho rato en el cielo, el fulgor parecía expandirse un instante y al rato volver al tamaño de cuando empezaba a manifestarse. Pulsos discontinuos siempre de forma casi circular. Para ese entonces, sin ninguna noticia por ningún medio que pueda explicar la naturaleza de lo que sea que estuviese en el cielo, los grupos reunidos en las calles, amigos, familias y hasta desconocidos que se encontraban de forma circunstancial por el mismo lugar, estaban abrazados, como dándose aliento, consolándose. Para la relativa pequeña ciudad en la que nos encontrábamos ya no quedaba nadie más dentro de sus casas. En un muy corto instante se pulverizaron, se hicieron radiación, algo menos que polvo cósmico. Cómo no anticiparlo con tanta tecnología, pero cómo anticipar algo que proviene de otra dimensión. Tal vez estábamos al borde mismo de un agujero negro. Todo empezaba para todos.


Hormiga

Un día estaba el niño y le declaró la guerra a las hormigas. Con lo que podía para exterminarlas a fuego o agua o la presión de algo como un pie o un dedo para acabarlas. En cualquier lado que las viese, por las esquinas de una casa, por entre el césped del jardín o un parque, por donde fuese las mataba. Algún cebo, una mosca muerta o algún resto de comida para atraerlas y matarlas. Por momentos no quedaba ni una sola por las gradas, entre las grietas de la pared, a unos metros a la redonda era la desolación de las hormigas. En minutos, que deben de ser como horas y quizás días para ellas, entre ocultarse en pleno verano y no estar consiguiendo alimento alguno, aparecían de algún lado unas pocas contadas, qué más por alimentarse y vivir. Qué mal no poder seguir matándolas, mamá llama y dice que la acompañe, por el momento que dure entre ir y venir, estarán a salvo, se seguirán reproduciendo, algo que no sea un cebo conseguirán para almacenarlo y comerlo luego. Y mira, en el lugar a donde debía de ir a acompañar, habían muchas otras más, hasta algunas un poco más grandes y rápidas, más negras y ya no pardas, y cómo acabarlas, sembrarles el terror. El tiempo que estaría en el lugar no sería suficiente ni para acabar con unas cien, además de su libertad de movimiento limitado por la vigilancia materna, no te alejes, quédate aquí, no te muevas. Al fin, la hora de volver, de nuevo a las gradas o en el patio, ahí donde las encontraba las acababa, ahí dónde las dejó la última vez retorciéndose o ya inmóviles sin ninguna reacción. Quemadas por la luz potenciada del sol en la luna de la lupa, perseguidas hasta que se carbonicen, ahogadas con el agua de un chisguete. Se acabaron los días de sol, no se las ve mucho ni en otoño ni en invierno, quizás una que otra aventurera desorientada, alguna expulsada o autoexpulsada de su nido a punto de morir de hambre. Y en un día de tantos murió una hormiga, y en ese día de muchos, el niño que ya era un anciano murió también. Igual ellos y ellas todavía caminaban, se tropezaban entre todos, se aplastaban sin querer. Ninguno se acordó del otro cuando ya no quedaba nada, corrieron el mismo fin, unas antes y otros después.


Por Februa, el último mes

Salve a una, pero mate a muchas. Salve algunas, pero mate a muchas. De ninguna supe su nombre, no tendría que saberlo; ni de las que salvé ni de las que maté. Tal vez ni siquiera las maté o las salvé yo, quizás fueron sólo circunstancias. No cuidar para que no mueran es matar. No las cuidé. A todos nos hace matar algo, alguna pasión, alguna venganza, algún error. Mata el instinto porque no sólo son razones, si por éstas fueran nadie tendría que matar a nadie. Mata lo que no es ni instinto ni razón. Mata eso mismo que parece sólo materia inerte, impulsado o no por algún viviente. Y todos sabemos que más muerte de las cosas es su olvido que su desaparición. A todos hay algo que nos mata. Y es culpable! Por ello no tiene ni nombre ni rostro, porque es a todos. Algo que no tiene olvido porque es el olvido, aun peor, olvido que nunca fue recuerdo. La peor de las fantasías. Todos o algunos viven después de ella. Todos o algunos porque así tiene que ser. Porque no es un nombre lo que es. Porque no es un hombre lo que es. Porque nada de ella es. Aunque mueran, viven y ella sigue sin nombre. No dura más lo defectuoso que lo perfecto. Defectuosas las que por mi murieron y menos defectuosas y un poco más perfectas las que lograron huir de cada vez que las intente matar. En un ademán de golpe desaparecieron, no las vi de nuevo. Revolotean, todavía revolotean. En el suelo o en el aire, con dos o cuatro o cien patas. Es que en ese mes nacieron y en ese mismo mes murieron.