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Cenicero

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De a pocos adquirían la costumbre, de a pocos iban apareciendo. Ya no respiraban ni total ni completamente oxígeno. El problema de cada uno de estos era que, si bien podían resistirlo, era también su última oportunidad. Ya no como los otros que podían asimilar además de oxígeno algún otro veneno. Qué más venenos podrían ingerir ya. Ya habían logrado acostumbrarse a toda la toxicidad y combustibilidad del oxígeno, ahora, para su último fin, a otros tipos de venenos más. Alquitrán, amoníaco, arsénico, amonio por mencionar algunos. Los últimos que respiraban solo oxígeno desaparecieron, quedaban muy pocos de los que podían respirar oxígeno y sus demás otros venenos. Empezaban a reinar quienes ya solo respiraban sus venenos. Aun sabiendo que ya no podrían con el fuego, su locura por este era tanta que no les importaba ni que fuese su última oportunidad ni que se quemaran y vivieran con ampollas y llagas. Todo el monóxido ponía negros sus pulmones como sus corazones. Todas sus neuronas ya eran corruptas con sustancias demás que hacían que ellos ya no fueran ellos aunque todavía se lo creyesen. Eran seres más pesados. Porque además de vivir, necesitaban y dependían a morir de lo que los mataba. Qué corazones pueden haber ahora después! Vivir no es solo el intercambio de oxígeno. No se puede vivir contaminando. No piensan ni en ellos mismos mucho menos en los otros. Estar y quedar juntos es una mera circunstancia, si no se matan es porque no pueden comerse. Como ellos mismos son solo venenos. Rebasar toda tolerancia no por apartarla, sino por hacerla propia. Ellos son toda la extinción. Se quejaban y discutían por los desechos cuando ellos mismos son los desechos. Ellos mismos eran sus problemas. Desde el cielo ya no se miraba nada azul, en cambio se veían grandes manchas de humo, como si hubieran hecho erupción varios volcanes a la vez. Y era en los sitios más opacos, oscuros y humeantes en los que vivía toda esa gente; que no serían más de un par de decenas de millones. Se tomaban todos sus relaves y desechos industriales, esos eran sus mejores alimentos. A todas horas se valían de alguna linterna o reflector, pero de ninguna máscara ni filtro. Sólo vivían para contaminar y volver a contaminar. Si entre los que podían asimilar sólo oxígeno y los que podían asimilar alguno de sus comunes venenos además de oxígeno correspondían a un mundo en donde todos eran cualquiera, ahora los que solo asimilan sus monóxidos y tóxicos corresponden a un mundo en donde todos son nada. Todos sus colores son de tonos oscuros, sus luces no son tan luces, alguna común vela solitaria en algún otro tiempo antiguo alumbraría más que aquello. Pero así están acostumbrados, tampoco podrían tener ya mayor oscuridad. En algún lado tienen que caer todos sus propios desperdicios, todos ellos mismos.