En el tiempo de los extranjeros conocían la sangre, sobre todo la sangre en vano, sangre de unos como ellos mismos, sus semejantes. En aquel tiempo se odiaban por sus diferencias, felizmente luego aprendieron a respetarse y quererse. La distancia, la que también llegaron a dominar, tal vez aquella los había hecho odiarse. Entre extranjeros unos para otros eran bárbaros, querían tener su razón, olvidaban su paso prestado por la tierra, sus cortos largos días en vida. Tuvo que suceder mucha guerra y con ella sus sangres derramadas, sus verdaderos y falsos héroes. Se abrieron las fronteras, despertaron al verdadero mundo, no uno extremadamente dividido por vanidades ni ceguera egoístas, ceguera de verdaderos bárbaros. Todo lo malgastado y desperdiciado en armas para asesinar a sus semejantes, a unos con quienes en toda la soledad al menos podrían dialogar, acompañarse, aprender uno de otro, alimentó más bocas, vistió tanta fría desnudez. Pobreza, guerra, racismo, todo lo que antes los dividía era solo historia, una triste historia. Si bien la muerte no desapareció, se hizo más larga, tarda, muy lenta. Se moría porque se tenía que morir y no por ninguna saña ni odio. Tal vez entendieron que los únicos quienes se podían aniquilar eran ellos mismos, entendieron más su fragilidad. Tanta, pero tanta muerte, tanto desecho habían desaparecido. Si ellos querían era verano, si ellos querían, invierno, el clima estaba más a sus pies. Con sus muertes vanas no hacían más que acelerar el tiempo y lo que ellos querían era detenerlo, hacerlo lento como a la propia muerte. No mataron al tiempo como al clima, pero empezaron a convivir mejor con él. Convivir mejor entre ellos, con su propio planeta, con su propia riqueza. Después de todo comprendieron que las armas, fuera de sus puños y dientes, era solo de cobardes. No solo el mejor podría quitar una vida, sino también el peor malo. Cualquier lelo podría convertirse en asesino y lo que ellos querían era conocer. «Extranjero, extranjero», jamás se volvió a oír en ninguna calle, en ningún lugar. Ninguno de sus vivientes, en ningún lugar, estaban fuera de su terruño. Ah, y los gobernantes, ellos mismo de sí mismos, de sus propios actos y responsabilidades. Unión, cooperación, cero lucha y competencia. Extranjero, bárbaro, enemigo, anacrónicos. Tal vez su único enemigo era su propia superación, retrasar al tiempo. No volvieron a olvidar la poderosa y misericordiosa mano que siempre los salvó y sustentó.

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