Hormiga

Un día estaba el niño y le declaró la guerra a las hormigas. Con lo que podía para exterminarlas a fuego o agua o la presión de algo como un pie o un dedo para acabarlas. En cualquier lado que las viese, por las esquinas de una casa, por entre el césped del jardín o un parque, por donde fuese las mataba. Algún cebo, una mosca muerta o algún resto de comida para atraerlas y matarlas. Por momentos no quedaba ni una sola por las gradas, entre las grietas de la pared, a unos metros a la redonda era la desolación de las hormigas. En minutos, que deben de ser como horas y quizás días para ellas, entre ocultarse en pleno verano y no estar consiguiendo alimento alguno, aparecían de algún lado unas pocas contadas, qué más por alimentarse y vivir. Qué mal no poder seguir matándolas, mamá llama y dice que la acompañe, por el momento que dure entre ir y venir, estarán a salvo, se seguirán reproduciendo, algo que no sea un cebo conseguirán para almacenarlo y comerlo luego. Y mira, en el lugar a donde debía de ir a acompañar, habían muchas otras más, hasta algunas un poco más grandes y rápidas, más negras y ya no pardas, y cómo acabarlas, sembrarles el terror. El tiempo que estaría en el lugar no sería suficiente ni para acabar con unas cien, además de su libertad de movimiento limitado por la vigilancia materna, no te alejes, quédate aquí, no te muevas. Al fin, la hora de volver, de nuevo a las gradas o en el patio, ahí donde las encontraba las acababa, ahí dónde las dejó la última vez retorciéndose o ya inmóviles sin ninguna reacción. Quemadas por la luz potenciada del sol en la luna de la lupa, perseguidas hasta que se carbonicen, ahogadas con el agua de un chisguete. Se acabaron los días de sol, no se las ve mucho ni en otoño ni en invierno, quizás una que otra aventurera desorientada, alguna expulsada o autoexpulsada de su nido a punto de morir de hambre. Y en un día de tantos murió una hormiga, y en ese día de muchos, el niño que ya era un anciano murió también. Igual ellos y ellas todavía caminaban, se tropezaban entre todos, se aplastaban sin querer. Ninguno se acordó del otro cuando ya no quedaba nada, corrieron el mismo fin, unas antes y otros después.

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