Eramos amigos, pero alguna vez nos habremos hecho un corte, algún golpe con alguna piedra o lo que haya al alcance. Cuando ya nos sentíamos satisfechos y creíamos haber resuelto alguna diferencia, pues así las resolvíamos, nos abrazábamos y sabíamos que eramos amigos y no íbamos a dejar de serlo. Cuando venían algunos nuevos reemplazos o si por pasar el invierno o por alguna otra razón nos juntaban con algunos de otros grupos, los que no nos conocían, se sorprendían al vernos luchar y hasta pensaban que era real, que eramos los peores enemigos entre la legión. Otra sorpresa también se llevaban cuando al final nos estrechábamos los brazos y andábamos juntos casi todo el tiempo, para entrenar, para cazar, para comer y al estar con otros amigos. Nos nos habíamos conocido desde niños, tampoco nuestras madres se conocieron ni nuestros padres, confluimos en ese mar de gente que va a la guerra para sobrevivir, para defender lo que quiere, para ensancharlo. Lo que si nos era común eran sus oficios, así, como conocedores del trabajo de la madera, estábamos juntos desde talar el árbol hasta hacerlo empalizada o campamento. Cuando uno de nosotros murió sin que el otro pueda hacer nada, también sabíamos que no íbamos a ser los mismos. Y muy claro debería ser que la muerte de un amigo en la batalla no debe ser jamás sinónimo de una moral baja sino todo lo contrario y hasta con más ahínco y ardor todavía. En una guerra no sabes quién se va o a quién pierdes ni menos cuando, como en la vida pero más rápido y violento; cómo pedirle a la guerra que no se lleve algo que debía llevarse? Así no fuésemos los mismos en otros cuerpos, que se encuentren los que deban encontrarse. Si preguntaran si era necesario tanta violencia hasta el producirse heridas, no sabría qué responderles, tal vez conocíamos nuestros límites o tal vez queríamos conocerlos; deberían recordar también que eran otros tiempos en que solo había fuego pero todavía no pólvora; pensar también en que sabíamos que los verdaderos enemigos eran otros y que ambos y con los demás que combatíamos no podíamos ser contrarios. Cómo podríamos seguir “combatiendo” contra esos troncos a los que se le quieren dar pies y manos y cabeza, cómo podríamos no esforzarnos hasta en el juego para enfrentar mejor al enemigo? No pueden ser nuestro enemigos más fuertes que nuestros amigos, no podríamos defenderlos. El hombre puede herir a su amigo, pero si lo mata ya no es su amigo ni tal vez lo fue nunca. Qué hace agresivo a un perro y qué a un soldado? Aun así ambos reconocen a quienes conocen como cercanos, su olor, sus gustos, su humor, su carácter, su pérdida.

Puntuación: 0 / Votos: 0