Pasaban por montones entre los pies, por estar ya acostumbrado aunque en una escala algo más pequeña, no les podía temer. En la casa que se cerraba entre dos, dejando un espacio interno que servía como patio interior, no faltaban animales de granja. Para el desayuno, tenía que ir detrás, al que podríamos llamar galpón o enramada que había dentro de la casa, no podía tomar todos los huevos que hubiesen, todavía calientes, sino que debía dejar como mínimo uno de seña. Cuando pregunte el por qué, me dijo que si no fuese así, la gallina podría dejarlo en cualquier sitio, podríamos no encontrarlo. A los que normalmente comía, eran más fuertes, su aroma y sabor. Verlos moverse persiguiéndose en grupo u otros más alejados y en los otros ambientes contiguos a la cocina en los que se depositaba la retama para dar de comer. Aunque también ya acostumbrado a verlos primero degollados, desangrándose y luego en el agua hervida sancochándose para pelarlos, no se me permitía ver el momento ni tampoco quería, cuando el cuchillo hacía su trabajo. Los ya más grandes y no los que su dueño seguro sabía que eran madres amamantando ni uno que otro macho que eran sus preferidos, habrían sido los elegidos para el almuerzo. Ir detrás de la casa y siguiéndolo yo a su espalda, lo veía caminar con sus manos, una cogida de la otra por la muñeca y en ella un cuchillo. En el sitio que no era muy lejos, del árbol de tuna, cortó una de la rama, la abrió y me la dio y sacó otra para él también. Saliendo de la casa y al cruzar la pista no muy transitada, a unos metros se llegaba a una pequeña bajada no tan empinada por donde podrían subir fácilmente niños, ancianos y animales. De arriba ya se podía ver el río al frente, en temporadas, las aguas podían llegar a cubrir el espacio, que en otras, quedaba para recostarse y para que pasteen los animales. En el pequeño riachuelo, en partes estanque, al costado del afluente principal del río, habían pequeños pececillos escurridizos llamados chalhuas. Una mañana, fuimos hacia allí, para pasar se tenía que esquivar algunos pozos y corrientes de agua, una vez ahí, con la hoz, cortaba la retama. Se golpea y a la vez se sierra, pues como una sierra, tiene en su hoja doblada, dientes. Habiendo recogido lo suficiente, regresamos a la casa. Seguramente los pies, aun ya sin peso, regresan por esos lugares en los que tal vez se hubiera querido quedar. No puede. Avanza y se pierde.

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