Por qué leer poesía

  “Donde los demás no ven
se detiene la mirada que soy”.

                                      La mirada, de Guillermo Sucre

La poesía, en palabras de Octavio Paz, “es conocimiento, salvación, poder, abandono. […] Enseñanza, moral, ejemplo, revelación, danza, diálogo, monólogo. […] Pura e impura, sagrada y maldita, popular y minoritaria, colectiva y personal, desnuda y vestida, hablada, pintada, escrita […]” (2014: 3). Esta conceptualización permite explicar ese cúmulo de emociones que produce en las personas la experiencia lectora. Debe añadirse que “cada poema es único, irreductible e irrepetible” (Paz 2004: 2), pues ha sido creado por la subjetividad de cada poeta y, además, las experiencias que genera en sus lectores serán distintas e infinitas. No obstante, esta pluralidad de sentidos es el primer efecto a partir del cual se multiplican los diversos impactos que genera la poesía, los mismos que se señalan a continuación.

La poesía, como toda obra de arte, es portadora de valores, por lo que enriquece la vida de sus lectores. A través de diversos recursos literarios, fónicos y semánticos pretende seducir, emocionar y conmover. Así, la invención de historias, el juego de metáforas o imágenes, la onomatopeya, la anáfora o elipsis… interactúan con el lector. Una evidencia de ello la señala Eagleton cuando se refiere al poema como “una declaración moral, verbalmente inventiva y ficcional en la que es el autor, y no el impresor o el procesador de textos, quien decide dónde terminan los versos” (2007: 35). Es decir, es el poeta quien determina qué grado de inventiva planteará y qué imágenes sonoras usará. Además, es él quien “utiliza, adapta o imita el fondo común de su época —esto es, el estilo de su tiempo— pero trasmuta todos esos materiales y realiza una obra única” (Paz 2014: 5). En ese proceso de comunicación, entre lector y poema, “las formas estéticas [promueven] valores de otra índole, cognitivos, antropológicos, sociales y, sobre todo, éticos”, tal como lo señala Amigo cuando se refiere al beneficio que generan las obras de arte en general (2009: 402). Esto se explica por el hecho de que la recepción y valoración que hace el lector implica que experimente nuevas emociones que pueden propiciar un mayor desarrollo de la sensibilidad y, a la vez, ser un vehículo para el reconocimiento de los sentimientos del “corazón humano”, como plantea Amigo. Como señala la autora, Aristóteles analiza en la Ética a Nicómaco el “sentimiento compartido de humanidad” que promueve la tragedia. Asimismo, se refiere a cómo la Novena Sinfonía de Beethoven resulta ser un símbolo de la fraternidad entre los hombres y de la confianza en el destino de la humanidad (2009: 424-425). De la misma manera, las obras poéticas, promueven emociones, potenciar los sentimientos y la reflexión de los valores.

Leer poesía también nos acerca a la comprensión de la realidad, no solo desde nuestra perspectiva individual del mundo, sino en relación con el otro, es decir, desde la alteridad. Un aspecto fundamental que debemos considerar para esta aproximación es el concepto de imagen en la poesía. ¿A qué nos referimos? La poesía no puede entenderse solo desde el aspecto formal, es decir, abordando únicamente sus características elocutivas como metro, ritmo y melodía. Tampoco debemos acceder a ella centrándonos en los aspectos de fondo, tales como las ideas o los problemas que propone un poema. Antes bien, en palabras de Johannes Pfeiffer, un objetivo más plausible de la aproximación al objeto poético sería dilucidar si “aquello que la poesía se propone y pretende decir [su fondo] ‘existe’ realmente en ella, si se ha transformado o no en configuración verbal” (1971: 13). En tal sentido, esa realidad que se proyecta desde el fondo a la forma, esa existencia autónoma objetiva instalada tanto en el estilo como en la sintaxis del poema, es la imagen. El siguiente poema de José Watanabe titulado “La piedra alada” nos permitirá ejemplificar mejor esta idea:

 

EL pelícano, herido, se alejó del mar
                   y vino a morir
sobre esta breve piedra del desierto.
Buscó,
durante algunos días, una dignidad
para su postura final:
acabó como el bello movimiento congelado
                                 de una danza.

Su carne todavía agónica
empezó a ser devorada por prolijas alimañas, y sus
            huesos
blancos y leves
resbalaron y se dispersaron en la arena.
                                      Extrañamente
en el lomo de la piedra persistió una de sus alas,
sus gelatinosos tendones se secaron
y se adhirieron
a la piedra
          como si fuera un cuerpo.

Durante varios días
            el viento marino
batió inútilmente el ala, batió sin entender
que podemos imaginar un ave, la más bella,
                          pero no hacerla volar.

 

De la primera estrofa del poema nos parecen significativos los dos versos finales en los que se presenta el último respiro del pelícano agonizante. Lo curioso de este pasaje es que, contrariamente a cualquier descripción denotada, el momento perentorio del ave se nos presenta como un instante en movimiento: “el bello momento congelado de una danza” (Watanabe). Ya en esta primera instancia, el tema que este poema parece desarrollar es la persistencia de lo trascendental más allá de la muerte. Sin embargo, en el plano formal del poema, son las palabras (“bello momento”, “danza”) o las figuras literarias (el símil) las que concretan la transformación del concepto en objeto. He ahí el poder de la imagen. He ahí la potencialidad reflexiva e interpretativa del poema sobre la realidad.  

Más interesante aún para el lector son los siguientes versos que describen el proceso de descomposición del cadáver del pelícano y la extraña persistencia de una de sus alas a una piedra. Lo que el poeta pone en contraste es la degradación inexorable de la materia frente a la inmutabilidad del espíritu. Esta oposición se acentúa aún más cuando Watanabe nos presenta la imagen de la piedra alada y la vana voluntad del viento por batir el ala muerta. El lector se enfrenta a una paradoja: el ave más hermosa que su imaginación haya podido concebir se enfrenta a las fuerzas reales que gobiernan el mundo. Nada otorgará vida a la piedra. Y, sin embargo, la piedra alada ha adquirido una existencia paralela en el poema, y esta posibilidad genera un desborde de lo real. La imagen dota de vigor al poema; es decir, le confiere su calidad de cosa viva.

En síntesis, la poesía resulta efectiva para los lectores por ser portadora de valores, tanto morales como estéticos. Asimismo, permite al lector ponderar o asociar distintas representaciones para configurar su comprensión de la realidad. En ese proceso, juega un rol importante el concepto de imagen. No obstante, es preciso indicar que la poesía posee otras cualidades que siempre podrán explorarse. Por ejemplo, ¿de qué forma un poema se convierte en un discurso que interroga la realidad social?, ¿es posible que la poesía asuma las urgencias de la coyuntura política?, ¿puede un poema darle voz a un grupo o una minoría silenciada por la historia? Estas cuestiones precisan de un análisis más amplio del discurso poético, lo que evidencia las posibilidades infinitas de su lectura.

 

Bibliografía

AMIGO, Luisa
2009 “Beneficios de la experiencia de ocio Estético”. Revista Mal-Estar Subjetividade – Fortaleza, Volumen IX, número 2, pp. 397-432. Consulta: 6 de noviembre de 2018.

http://www.redalyc.org/pdf/271/27112273003.pdf

EAGLETON, Terry
2007 “¿Qué es la poesía”. En Cómo leer un poema. Madrid: Ediciones Akal, pp. 35-62.
PAZ, Octavio
2014 El arco y la lira. Consulta: 6 de noviembre de 2018.

http://www.ecfrasis.org/wp-content/uploads/2014/06/Octavio-Paz-El-arco-y-la-lira.pdf

PFEIFFER, Johannes
1971 “Captación: figura verbal de la poesía”. En La poesía: la comprensión de lo poético. México: Fondo de Cultura Económica, pp. 15-52.
WATANABE, José
s/f “La piedra alada”. En A media voz. Consulta: 5 de noviembre de 2018.

http://amediavoz.com/watanabe.htm#LA%20PIEDRA%20ALADA

Elaborado por Sonia Valdez y Armando Alzamora.

Puntuación: 5 / Votos: 2

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