Con los pies, cada montaña y el bebedero, los árboles y el camino que se pueda abrir. Algún freno existe, de otro modo la sangre saboreada y la que caiga por el rostro sería la de uno. En los de menos preparación ese freno es aún más lejano. Al primer abatido se cree haber ganado la batalla, pero si de ese abatido el compañero lo presencia y está en capacidad de poder vengarlo, no dudará de demostrar su furia. Siendo en ocasiones minoría la muerte de uno duele más que siendo mayoría, aunque siendo más número podría relajar y hacer confiar con demasía al grupo. La rienda que se tira se activa con cada cabeza nuestra inmóvil, si ésta se rompe o es que fuimos superados o es que el que hizo caer esa cabeza esta siendo matado, y así, el nuestro vengado.

JA, JA. Se reían. Está ciego. Avanzaban. Saber de la sangre en el rostro aún caliente o tripas esparcidas y el olor, y aun así seguir avanzando, de oídas, era a lo que se referían. Avanzaban. Hasta parecía un avance de entrenamiento, pero los que gritaban ciegos a los que eran ciegos lo sabían. Si se rompe la formación se es presa más fácil. En fila y orden avanzando era, como es natural y hasta intuitivo, que no había superado el número a los hombres. Mantener la fila, aun en desventaja numérica, era hacer prevalecer la línea. Rota la defensa, sin flancos y una mínima herida, puede entorpecer al guerrero, los otros, enemigos, van entrando más y más como la sangre que se escapa. El que hizo mella el muro puede entrar y herir a dos o tres antes de morir, sabe a lo que va. Los ciegos, con cada enemigo caído o deberían celebrar o preparase a defender la linea, ponerse en la línea, dejar los muñecos de madera para sentir la sangre, propia o la del enemigo. Algunos que ya no eran ciegos dependían de que uno de los ex-ciegos no desfallezca y sepa cubrir su parte y apoyar al de su costado. No dejarse vencer por la sangre y las cabezas que pudo haber cortado y olvidarse de la batalla y perder la suya. Era avanzar un tiempo y al pito, al tiempo y al pito.

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