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Ricardo Palma y las Tradiciones peruanas: entre la historia y la lexicografía

 

“Las Tradiciones son mi ofrenda de amor al país y a las letras […]. En esta tarea no aspiro a ser un obrero del presente, sino del pasado”.

Ricardo Palma

Ricardo Palma (1833-1819), escritor limeño y recopilador de la oralidad popular de su tiempo, vierte en sus Tradiciones peruanas (género que discurre entre la crónica, el costumbrismo y el relato) un espíritu travieso y divertido, logrado, crucialmente, a partir del recojo de los usos de palabras regionales propias de la coloquialidad en el discurso. A cien años de su muerte, su obra aún posee un valor literario y lingüístico invaluable. En este post, nos interesa concentrarnos en su relevancia para los estudios lexicográficos, pues las Tradiciones junto con Papeletas lexicográficas y Neologismos permiten acercarnos al lenguaje limeño de fin de siglo (Arrizabalaga 2013: 3).

Como se señaló, Palma reflexiona en sus obras sobre cuestiones lingüísticas. Un claro ejemplo de ello son las Tradiciones. Así, en “Carta canta”, se aclara el origen de la frase que lleva por título esta tradición. Palma inicia enfatizando que, hasta mediados del siglo XVI, la frase era rezan cartas y, luego, precisa:

Leyendo anoche al jesuita Acosta, que, como ustedes saben, escribió largo y menudo sobre los sucesos de la conquista, tropecé con una historia, y díjeme: «Ya pareció aquello –o lo que es lo mismo, aunque no lo diga el padre Acosta–: cata el origen de la frasecilla en cuestión, para la cual voy a reclamar ante la Real Academia de la Lengua los honores de peruanismo» (Palma 2001: 101).

Como se recuerda, en esa tradición, Palma cuenta que a dos mitayos se les encargó transportar diez melones y una carta. En el camino, estos decidieron comerse dos de los frutos. A fin de que la misiva no los vea ni los delate, la ocultaron detrás de una piedra mientras comían. Sin embargo, fueron descubiertos por el mensaje escrito en la carta. Los mitayos le atribuyeron poderes mágicos a la carta, dado que por entonces desconocían la escritura.

De forma similar, en “Los refranes mentirosos”, el autor demuestra que el significado de un refrán que consigna la Real Academia de la Lengua de la época no es preciso. Se trata del siguiente dicho: “El gozo cayó en el pozo”, el cual aludía a algún evento que causaba alegría inicial y, luego, desazón por ser una mentira. Palma rastrea la historia en la cual se populariza la frase y descubre que ha sido trastocada. Se cuenta que durante una época de poco caudal del río Rímac, las monjas bernardinas realizaron una procesión de rogativa a San Nicolás de Tolentino dentro de su claustro para solicitarle que les proporcione el agua que ya era escasa.  En medio de las súplicas, el agua empezó a rebosar del pozo y todo el pueblo fue a presenciar el milagro y se llevó un cántaro lleno. Por lo tanto, Palma consideraba que la frase debería ser “el gozo salió del pozo” y, en honor al origen, sugiere que “bien puede la Academia echarle un remiendo al refrancito”.

Este espíritu por recopilar o explicar el origen de las palabras y frases es una constante en la vida intelectual del escritor. Así, en sus Papeletas lexicográficas, revela manifiestamente su afán recopilador de vocablos propios de nuestra oralidad:

Tengo (entre otras, seguramente) la inofensiva chifladura de que cuando encuentro una palabra, en la conversación o en mis lecturas, que me parece necesaria o apropiada, y que no se halla en el Diccionario, sin pérdida de minuto la consigno en mi cartera de apuntes, para después estudiarla y alambicarla. Tal es el origen de este librito, para el que he puesto a contribución también, entre otros americanos aficionados a la Lexicografía castellana […] (Palma 2011 [1903]).

Así, pues, se trata de una obra que consigna una gran cantidad de peruanismos, con sus respectivas definiciones, incluso a manera de protesta contra la Academia Española, pues, como menciona repetidas veces en el documento en cuestión, esta había rechazado previamente su propuesta de concluir entradas de origen peruano.

Como muestran estos casos, entre muchos otros, Palma ha contribuido tanto con la literatura como con los estudios lexicográficos del Perú a través de sus obras. De no ser por ellas, muchas voces y refranes tradicionales se hubieran perdido en el tiempo, y tal vez serían recordados solo parcialmente por la tradición oral.

Bibliografía

 

ARRIZABALAGA, Carlos
2013 “«Barbarismo» en las Papeletas lexicográficas de Ricardo Palma”. Revista de la Casa Museo Ricardo Palma. Lima, número 4, pp. 13-28. Consulta: 10 de junio de 2019.

https://pirhua.udep.edu.pe/handle/11042/3038

CISNEROS, Luis Jaime
2001 “Palma en su epistolario”. Revista de la Casa Museo Ricardo Palma. Lima, año 2, número 2.
PALMA, Ricardo
2001 Tradiciones peruanas. Lima: Peisa
2011 [1903] Papeletas lexicográficas. Biblioteca Virtual Miguel Cervantes, edición digital basada en la edición de Lima: Imprenta la Industria. Consulta: 10 de junio de 2019.

http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/papeletas-lexicograficas–0/html/01c25134-82b2-11df-acc7-002185ce6064_2.html

 

Elaborado por Mariana Carlin y Rubí Huamán.

La imagen ha sido tomada de http://www.asale.org/noticias/lima-en-la-pluma-de-ricardo-palma.

Casos curiosos de la Academia: las Papeletas lexicográficas de Ricardo Palma

Una de las principales labores encomendadas a la Real Academia Española, desde su fundación en 1714 es la de homogeneizar la lengua. Susana de los Heros (2012) señala que “estas ideas de estabilidad lingüística son comprensibles en esa época, pues entonces las lenguas se visualizaban como entes naturales que podían corromperse por numerosos motivos, entre ellos, el contacto con otros idiomas.  Asimismo, se creía en la idea de un orden que ayudaría a la planificación nacional más efectiva”. De esta manera, la unidad en el idioma era un recurso con valores políticos y sociales.

Si bien hay una fuerte tendencia de la Academia a conservar la unidad del idioma, esto no excluye que la lengua es un sistema dinámico debido a que sus hablantes son sujetos sociales en constante intercambio e interacción y, además, porque una lengua que no cambia, está condenada a morir. Esta situación de cambio de la lengua en América, especialmente en Perú, es la que observó con esmerada atención el literato y filólogo Ricardo Palma Soriano. Este trabajo constante lo llevó a anotar vocablos nuevos que sus amigos le sugerían o que venían apareciendo en el lenguaje, y que en 1892 – 1893 decidió presentar ante la Academia con la finalidad de que las incorporaran en el diccionario, puesto que las consideraba una necesidad en la vida social de los hablantes.

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