Obediencia a uno mismo y obediencia a otro. Lo anterior es lo ideal, lo que debería ser, mas lo otro contrario es lo que está rodeando a todo. En su sola diferenciación que no necesitaría lenguaje alguno, está también su identificación; se mira a sí y mira a otros, a veces los imita, en otras está totalmente en desacuerdo. Aunque otros animales fuera del hombre no sepan de los números, no necesitan conocerlos al ver algún objeto que los rodea. No es necesario, parece, el saber contar para qué hayan más o menos estrellas de las que se cree. La primera diferenciación de cualquier ser es la numérica, luego las características personales que los hacen ser quienes son. La convivencia no está para nada alejada a lo que es la obediencia, solo si todos fueran verdaderamente iguales en todo aspecto, no debería haber pues ésta. Si se fuera igual, no debería haber órdenes; cómo podría un igual mandar a otro como él. Esto último solo sería el verdadero cariño y aprecio. Nos parece que es hasta más difícil el obedecerse a uno mismo, con otros puedes pactar, que exista algún consenso previo a cualquier acción a desarrollar. Al otro podrías esquivar de algún modo, mentir, estafar, timar, etcétera. A uno mismo también se puede hacerse lo que al otro, pero lo que se hace solo mella al que cree salvarse. A menos con algún grado de esquizofrenia comprobada, no se puede escapar de las promesas a uno mismo. Las promesas o lo que sea, ha sido antes una idea, un pensamiento; cómo decirse y desdecirse en un instante a uno mismo o para con el otro? De esas promesas que uno se rompe, algunas afectan solo a uno y hay de otras que dañan también a otros, sobre todo a los más cercanos, a pesar de parecer personal. Se debería tratar de hacer el uno menos que el otro, pero mejor sería ninguno de los dos. Cuando se es obediente, solo así se puede ser consecuente. Pero qué lleva entonces a apostatar y cismar? El daño podría no provenir de uno, sino que el otro lo haya mal entendido. “Si quieres servirte bien, sírvete solo”. Obviamente otro no sabrá la medida del azúcar, la sal o algún otro condimento en sus alimentos, como uno mismo lo desearía. Cuando se tiene un verdadero compromiso, ese compromiso es una promesa; de otro modo solo es estar como disfrazado esperando ponerse la ropa común de diario. Otra manera de prometerse es al obedecer, uno no puede prometerse en contra de su propia voluntad, además, debe haber reconocido como mejor al que obedece. Como no se puede obviar el provecho que se tenga que sacar, en el compromiso las partes lo obtendrán a como lo hayan acordado, en la obediencia, el que obedece, sabe que todo el provecho no es para sí. Si es que alguna vez recae en éste algún beneficio, será solo porque a quien obedece se acordó de su vasallo. El que manda, aunque no lo parezca ni se lo diga, debería ver al que lo obedece como un amigo, alguien a quien deba cuidar y enseñar, a alguien quién tal vez llegue a ser lo que éste era. En el compromiso, aunque parezca llena de amistad y buena voluntad, podría ser solo lugar de golpes bajos y habladurías a las espaldas. Ver solo provecho y no personas.

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