Lo comunitario empieza por las personas

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Me dejó pensando que una amiga percibiera que las reuniones de una comunidad cristiana (por ejemplo, de la CVX) fueran algo “informal” y que no debiera preocuparnos tanto el hecho de ir o no ir a sus reuniones. Aunque se trataba de alguien que no ha transitado mucho en éstos espacios, relativamente joven, vinculada a una relación de iglesia más por herencia familiar… , era significativa la mirada que puede haber sobre un asunto que uno, muchas veces, da por lógico, consabido o más “uniforme” en su mirada.

El que se perciba como más o menos formal una instancia como la de una comunidad cristiana no significa necesariamente que no haya compromiso. Pueden generarse elementos vinculantes y comunicativos diversos, conllevando a una filiación. Sin embargo, puede ser algo que evidencia qué tan institucionalizada esta la relación comunitaria con sus integrantes y qué tanto desean éstos que sea así; porque una instancia comunitaria como la aludida es, ante todo, una entidad vital y que se teje con la presencia de sus integrantes; tiene razón de ser siempre por sus integrantes. Sin ellos, no puede darse, pierde sentido, no se puede construir ni generar procesos adecuados de crecimiento y de compartir común de vida y fe.

Con lo anterior quiero aludir a un hecho y tarea central en toda comunidad: a toda comunidad siempre le tocaría estar centrada en la preocupación por la persona humana y su crecimiento. Si se trata de una comunidad cristiana, tocaría vivir esa preocupación desde la experiencia de Cristo como centro de la comunidad. Pero hablando en términos amplios, “la preocupación por la persona humana y su crecimiento”, debiera ser lo fundamental de toda instancia comunitaria (o que quiera reclamarse como tal), ya sea desde la familia (en todas sus variantes) hasta lo que podemos denominar, con los antiguos griegos, la “polis”, la comunidad política de toda sociedad (o la sociedad organizada de todo grupo humano).

Eso que puede sonar como tan lógico y que en una sociedad se ubica como la “búsqueda del bien común”; eso que para toda familia se puede señalar como (o aspirar a que sea) la “célula viva de toda sociedad” (en tanto entorno de amor y favorable al crecimiento); eso que en todo trabajo debiera considerarse como la disposición de los medios necesarios para vivir y realizarse como persona (y no sólo el ámbito de la “sobrevivencia”). Sin embargo, todos esos espacios (u otros) pueden pecar de romanticismo cuando no responden a un realismo que contradice los valores de una sociedad solidaria e inclusiva y nos somete a un individualismo lacerante (“todo vale”), voraz (“competitivo”) y excluyente (por tanto, injusto).

De allí que lo más importante de una comunidad no sean las actividades que realizan, ya fuera hacia adentro o en sentido más apostólico; no lo sea en su número de integrantes que alberga, aunque pueda ser conveniente una cantidad adecuada (entre 5 y 12 si hablamos de una “comunidad pequeña”); tampoco la periodicidad de sus reuniones o qué tantos contenidos se abordan en ellas (aunque ayudan mucho los planes anuales, la revisión de vida de cada uno, los temas de formación y otros). Lo fundamental es la preocupación por la persona humana y su crecimiento.

Como se verá, hablamos con un sentido de ida y vuelta: cómo las personas están presentes en cada uno (y como comunidad) y cómo éstas se hacen presentes en cada uno y en el ámbito también de la comunidad. Porque no es posible que haya comunidad sin la presencia física y regular de sus componentes. Pero es responsabilidad de la comunidad que ello se haga posible. Es fundamental generar mecanismos de acompañamiento comunitario para cada uno de sus integrantes, empezando por hacer posible el compartir la vida de modo comunitario.

Se podrá compartir la vida en comunidad si se participa de sus diversos momentos importantes para la comunidad, como son el hacerse parte de las reuniones regulares de la comunidad así como de sus actividades. Si en ellas se asume una creciente actitud proactiva (o sea, con iniciativa propia hacia los demás, hacia la comunidad de referencia); siendo capaces de compartir la revisión de su vida con los demás integrantes; si aprendemos a intercambiar apreciaciones sobre temas diversos, con el propósito de aprender a discernir y a recoger un sentido inspirado en Jesús para nuestras labores más cotidianas o decisiones más de fondo.

Lo anterior, no busca tener sólo un sentido restringido. Hablamos de tener en cuenta a las personas en tanto grupo comunitario y de éste (y de cada uno de sus integrantes) respecto a las demás personas que nos rodean y, por extensión, la sociedad más en su conjunto (el distrito, la región, el país…). Cómo tomamos en cuenta a las personas del ámbito comunitario y cómo tomamos en cuenta a las personas en sentido más amplio, tejiendo sentidos relacionados entre uno y otro ámbito porque lo que se pone en juego en todo momento es la convivencia humana y nuestra capacidad de relacionarnos sin tener que matarnos, oprimirnos, segregarnos, diferenciarnos… y todo lo que tenga a la base la injusticia, la mentira y el mal en general.

Por ello, hacer buenas experiencias de comunidad pone en juego todo lo que somos y aspiramos a ser, desde lo que hacemos y crecemos, desde nuestros aciertos u omisiones, con nuestra alegría y deseos de amar en toda dimensión. Con nuestros errores y circunstancias adversas. Pero conscientes de los horizontes que nos vamos dando y en los que vamos poniendo los medios para salir de lo que nos ata al mal o nos esclaviza; porque queremos hacernos parte y nos decidimos a obrar el bien.

Obrar el bien por más limitaciones que sintamos o experimentemos. Justamente, la comunidad o las distintas comunidades que compartimos (familiar, religiosa, de amigos, etc.) y, ojalá, en el ámbito del trabajo y del ejercicio ciudadano, en todas ellas estamos llamados a dar todo de sí y a construir relaciones que nos permitan recibir todo lo mejor que nos sea posible.

Cuidemos nuestras comunidades y construyámoslas. Son espacios claves, entre otras cosas, de construcción de convivencia y solidaridad. Ello que nos ayude a centrar mejor nuestra vida y, qué mejor, si el centro de nuestra comunidad es Cristo.

Guillermo Valera Moreno
Lima, 19 de febrero de 2012

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