El sentido de la vida como propósito de una institucionalidad para todos

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Leyendo el artículo de Gonzalo Gamio “Vida buena sin certezas. El sentido de la vida buena como problema ético y político”, uno puede sentirse muy identificado por los puntos que aborda. Parte de la pregunta por el sentido de la vida como “cuestión crucial” en nuestro tiempo, situándolo en vínculo a la “vida buena”, y la búsqueda de fines últimos de la vida (según Aristóteles, la felicidad sería el fin supremo). Describe la “ética” como costumbre y carácter, “hábitos cuyo ejercicio nos aproxima al bien”; morada, “el habitat propio del agente práctico, la comunidad política”.

En esa perspectiva, estaríamos llamados a la plenitud y realización humana, cada quien desde sus capacidades y marcados por la interdependencia con los demás, en la búsqueda de ser plenamente humanos. En tanto mis elecciones y acciones pueden modificar la vida de mi entorno (y más allá) y somos también seres vulnerables y frágiles ante las elecciones de los demás, requerimos formas de entendimiento común, de una ética. Ella nos remite al tema de la conducción de la vida, la propia y la de todos. Dentro de un horizonte de creencias y valoraciones que comparten también controversias y misterio.

Porque no existe un único conjunto de prácticas sociales que nos puedan brindar plenitud de vida. Hay diversos modos de concebir el sentido de la vida y debemos saberlos acoger con conciencia crítica y propósito de construcción colectiva de la vida buena. El autor recurre a la “metanoia” de Platón para recordarnos la importancia de no dejarnos arrastrar por el sentido común e invitarnos a pensar, abriéndonos a otras experiencias, como “proceso profundamente renovador del pensamiento y de la acción” (hacernos “profetas”, “ciudadanos críticos”).

Sabiéndonos situar en la diversidad que no es igual a “relativismo” (todo da igual; no se afirman valores), aunque tampoco creyendo tener todo resuelto como pensamiento que nos lleve a formas de fundamentalismo. Frente a ello se nos sitúa en una visión pluralista, postulándose como “enfoque central para la cultura moderna, y también para las políticas democráticas”. En esa lógica se nos invita a tener una práctica sana de la duda, en tanto purifica nuestro pensamiento y nos puede permitir reconocer otras posibilidades de sentido. Es clave el diálogo en todo ello, como enorme reto ético y político de “construir instituciones públicas, leyes, formas de organización y, sobretodo espacios públicos”, abiertos a éstos propósitos.

Se trata pues de una reflexión significativa, sencilla y muy útil respecto al sentido de la vida como cuestión inherente y necesaria a todo ser humano, pese a qué muchas situaciones críticas podrían llevarnos a pensar que aquellos que viven miseria y pobreza, delincuencia o marginalidad, sufrimiento y exclusión, no serían pasibles de plantearse sus propios desafíos y pensar en proyectos de vida propios y sociales y políticos. Sin embargo, una cuestión como el sentido y el proyecto de vida (individual y social) es factible en toda persona y ello da la posibilidad de que se articule en posibilidades más amplias a las que pueda haberle tocado vivir; felizmente no se requiere de conocimientos académicos o similares para desarrollar la capacidad de pensar, aunque será siempre fundamental que todos podamos acceder a niveles mayores de formación y educación para enriquecer lo que ya nos planteamos “limitadamente”.

De hecho, no es obvio lo que da (o puede dar) sentido a la vida de las personas en tiempos actuales; menos aún que ello se formule orientado hacia la “vida buena”, en una perspectiva ética de esa naturaleza. Por tanto es muy importante no caer en el relativismo de asumir las diversas posturas que se pueden dar frente a la vida como igualmente válidas; aunque tampoco será muy adecuado buscar “atrincherarnos” en alguna de ellas, en tanto sea la que más nos pueda identificar.

Creo que es muy sugerente aquello de vivir abiertos a la diversidad, con un sentido pluralista y dialogal, partiendo del hecho de que somos seres relacionales y que todos podemos establecer una jerarquía de valores entre lo nos toca vivir, aprendiendo a discernir críticamente entre lo que puede ser mejor o más válido; siendo cautos en no darlo por zanjado de antemano.

Comparto ciertamente el sentido de buscar la felicidad como camino de bien y sentido de realización compartida, en un mundo que esta marcado por el individualismo y la competitividad de “quien puede más”, marcado por las relaciones del mercado capitalista que nos ha generado una cultura del interés, muchas veces alejada de relaciones solidarias; destacando más quién tiene la capacidad de imponerse sobre el otro, más allá de si tiene o no razón verdadera, o de si se respetan o no los derechos de todos.

Rescatar el sentido que nos aporta la democracia liberal como posibilidad de convivencia y diálogo abierto es importante aunque puede ser insuficiente, no porque signifique que estamos ante un sistema cerrado sino porque se muestra todavía muy limitado para resolver problemas tan cruciales como que la gente no se muera de hambre o no tengamos posibilidad de acceder a la educación y la salud de manera universal y con calidad. De otro lado, aceptar que no podemos tener certezas absolutas, ni siquiera en torno a nuestras propias ideas o experiencias de Dios me parece clave; ojalá cuestiones como esa pudieran llevarnos a establecer posibilidades de diálogo más efectivo con quienes piensan distinto a uno y hacer posible caminos de relacionamiento y de construcción de verdades comunes, “concertadas”. Empezando por lo que se teje a nivel del gobierno de cada país, sobre leyes y políticas públicas.

Es interesante también el no quedarnos en posturas como la tolerancia que podrían significar convivencias precarias sino el ir a consideraciones mayores de “aceptación del otro” con todas las diferencias que puede suponer, incluyendo a los mismos relativistas o fundamentalistas, sin que ello signifique compartir lógicas excluyentes o ajenas a valores que ayuden a definir posibilidades de una vida buena para todos.

Saber traducir esas orientaciones en instituciones sociales y políticas (también habría que decir económicas y culturales) son caminos que hoy están en juego a todo nivel. Desde nuestros propio sentido común y lenguaje cotidiano. Asumiéndonos como personas realmente dialogales, hacedoras del bien, constructores de sentidos inclusivos.

Guillermo Valera M. (guillovalera@hotmail.com)

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