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Encaminar la “vida buena” desde distintas experiencias (1)

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Resulta a veces difícil aceptar que haya un sentido común o una conciencia generalizada en la población, especialmente de zonas rurales alejadas, que cifran sus expectativas de futuro en “salir” de su comunidad, de ir a alguna ciudad más “desarrollada” (cercana o lejana) con la idea de que encontrarán siempre mejores posibilidades de “superación”. Viendo sobretodo en la educación, el vehículo natural de dicho propósito. Aunque se genere desarraigo y muchas veces alienación y olvido de los orígenes y de la propia identidad.

No es nuevo el punto. Pero no deja de ser significativo plantearse la discusión de cómo lograr que la educación pudiera colaborar en cultivar en los alumnos un mayor sentido de vínculo con los orígenes, la propia identidad y lo local, sin perder de vista una perspectiva de horizontes más amplios y de vocación “universal”, más aún, en un contexto de globalización como el que vivimos en las últimas décadas en todo el mundo. ¿Cómo debiera pensarse o inspirarse un proyecto educativo que tenga pretensiones de tal en realidades cada vez más complejas como diversas? Y no dejarse llevar por la tentación de hacer tabla rasa de las identidades, uniformizando y homogenizando todo proceso.

A mi modo de ver, un punto clave podría estar en cómo nos plantemos y aprendemos a amar lo propio, hasta por un sentido de autoestima. Desde lo más pequeño, de lo local de origen, pasando por la dimensión más de país al cual nos debemos; sabiéndonos ubicar en cómo cuidar del mundo desde el lugar en que a cada uno nos tocara estar. Vivir situados, con “alas y raíces” (aludiendo al título de un libro de M. Giusti), sería una primera gran cuestión.

Lo siguiente pienso que correspondería a cómo se puede lograr y garantizar que la gente fluya (se comunique, viaje, se traslade, etc.) todo lo que quiera y necesite; después de todo, el comercio y los mercados son flujos de mercancías varias. Por ejemplo, el que no se detenga que la gente joven (o no tan joven) pueda salir de su medio local y se “adentre” a horizontes más amplios (según el caso); sin embargo, cómo hacer para que, en ese proceso, no pierda sentido el valor que puede tener apostar por el desarrollo de la localidad de la que se proviene y el compromiso en esa dimensión con los “suyos” de origen. Es cierto que no se trata de incentivar sólo pequeños “chauvinismos” a todo nivel porque, en todo caso, importa (o debiera serlo) el desarrollo de todos los pueblos, de todas las personas. Y porque importan las personas, importan sus culturas y sus formas de realización de vida.(2)

Otro aspecto es cómo logramos un diálogo intercultural que ahora se complejiza en las propias culturas (pequeñas o grandes), en tanto se generan “subculturas” de diverso tipo, como pueden ser de tipo etáreo, profesional, de estrato social, de género y tantas otras que atraviesan en forma transversal a las sociedades en distintas latitudes, tanto por el influjo de los medios de comunicación y la internet, como por la mayor capacidad de movilidad que hemos adquirido las personas (migraciones), aunque ello no pueda ser de igual o parecido acceso a todos.

A la luz de lo anterior cómo es posible que adquiramos un interés sobre valores que puedan llevarnos a su vez a valorar al “otro”, al “diferente” por el solo hecho de ser humano. Cómo es posible aceptar que la construcción de la “vida buena” se puede encaminar desde distintas experiencias. Siendo consciente de que no todo nos puede dar igual o caer en fórmulas de relativismo que nos hagan diluir el sentido de lo bueno en forma universal, sin perder de vista el valor de los “multiculturalismos” existentes de facto o más históricamente.

La tesis que nos proponen filósofos como K. Appiah, acerca del cosmopolitismo no deja de ser muy sugerente y motivadora. Rápidamente me hacía pensar si una fórmula “cosmopolita”, una formación en una lógica de “ciudadanos del mundo” no debiera tener cabida desde las edades más iniciales en la educación de los niños en todo lugar. Que nos ayuden a situarnos en lo que es el mundo hoy, valorando más lo propio. Que nos permita conocernos mejor unos a otros y desarrollar la capacidad de influirnos mutuamente unos a otros. Sabiendo que tenemos que luchar contra la corriente en varios aspectos, como el hecho de vivir en un medio subliminalmente (o de hecho) tan “racista” como el que experimentamos todavía en nuestro Perú(3), poniendo un esfuerzo más grande en aceptarnos mutuamente. ¿Es posible hacernos de “ideas e instituciones que nos permitan vivir juntos como la tribu global en que hemos devenido”(4)?

En apariencia suena tan simple eso de llamar a “preocuparnos por la suerte de todos los seres humanos, tanto los de nuestra sociedad como los de las otras” o el hecho de convencernos que realmente todos “tenemos mucho que ganar de las conversaciones que atraviesan las diferencias”(5). Sin embargo preferimos priorizar nuestras propias “parcelas”, estatus o intereses; tienen mayor peso porque el peso de nuestros individualismos se han ido haciendo lo predominante.

De hecho, los sucesos ocurridos en Bagua, el 5 de junio pasado, nos volvieron a poner en cuestión éstos temas de fondo que estamos señalando. Porque es muy difícil entendernos y asumirnos como ciudadanos del mundo si al interior de países como el nuestro (o entre países con más desarrollo respecto a los que vienen más “atrás”), seguimos tratándonos como ciudadanos de distinta condición o valorando la vida de unos y otros de manera diferente en un sentido de discriminación, casi al estilo de considerar si se tiene alma o no (como se hacía hace unos siglos atrás).

¿Podemos o queremos ser un país integrado donde todos tenemos cabida? ¿Es posible considerar que todos somos valiosos en la construcción de la vida buena y para todos es válido poder acceder a ella? Seguramente podríamos aceptar un poema de Burton que cita Appiah: “Toda fe es falsa; toda fe es verdadera: / la verdad es un espejo hecho añicos, esparcido / en miríadas de fragmentos; y cada uno cree / que su minúsculo fragmento es el todo.”(6) Lo anterior tendría que hacernos un poco más conscientes de que “si no podemos aprender unos de otros qué es correcto pensar, sentir y hacer, la conversación entre nosotros carecería de sentido.”(7) Y, además, aprender a hacerlo constantemente y con humildad.

Guillermo Valera M.

Notas:
(1) El presente artículo basa su reflexión a propósito del Libro de Kwame Anthoni Appia, filósofo Ghanés, a propósito de su libro sobre “Mi Cosmopolitismo”.
(2) Como dice K. Appiah, a propósito de referirse al cosmopolitismo: “En el corazón del cosmopolitismo moderno está el respeto por la diversidad de la cultura, no porque las culturas sean importantes en sí mismas, sino porque las personas son importantes y la cultura les importa.” En: Appiah. Mi cosmopolitismo, p.24.
(3) No quiero ser macabro ni prejuicioso, pero habría que ver qué sentimientos iguales o diferenciados despierta en la población, el criminal que mató a Alicia Delgado (cantante de música folklórica) y el que lo hizo con Marco Antonio Gallego Gonzáles (conocido estilista). Uno de nombre Pedro Mamanchura y el otro de nombre Jorge Luis Glenni Ponce; uno trigueño y andino, y el otro blanco y de apariencia costeña.
(4) K. Appiah, Mi Cosmopolitismo, p.23.
(5) K. Appiah, Mi Cosmopolitismo, p.17.
(6) K. Appiah, Cosmopolitismo, p.31.
(7) K. Appiah, Cosmopolitismo, p.62.

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¿Es posible hacer “alta política”?

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Salió elegido para Presidente del Congreso el Sr. Luis Alva Castro del APRA, para el período agosto 2009 a julio 2010, penúltimo año del gobierno de Alan García. Se repitió una vez más, la alianza del APRA con el fujimorismo, ¿a cambio de qué? No sabemos con precisión, esperemos que no suponga indultos ni sorpresas mayores a lo Rómulo León Alegría o Agustín Mantilla.

Lo cierto es que el APRA (36 congresistas) y el fujimorismo (13 congresistas) no podrían hacer una mayoría, sino contaran con votos de errantes o centrífugas (o como se les prefiera llamar) de parlamentarios que terminan dando aire a un desinflado congreso. Dando mayoría a un gobierno que no lo merece; donde a estas alturas, debieran de primar las fuerzas políticas de la oposición, sea con Unidad Nacional u otra organización política a la cabeza. Sin embargo, se reitera una vez más lo frágil de nuestro sistema de partidos que, más allá de marcar continuidades en nuestro pobre sistema democrático, no logra consolidar posibilidades de juego político que marquen el ritmo de la coyuntura y absorban las variantes que se van dando en ella.

Quizá la confirmación más tremenda en ese sentido la marcó el voto de confianza que tuvo el gabinete de Yehude Simon, cuando fue interpelado por los luctuosos sucesos de Bagua del pasado 5 de junio. Lo lógico hubiera sido que renunciara por cierta decencia política (así el Presidente Alan García les pidiera que se quedaran unos días más), pero prefirieron el trámite del juego del poder y de los amoldamientos que permite nuestra débil institucionalidad democrática

Pero la presente nota no busca hacer juicios reiterativos sobre lo que no nos gusta de la política y de los sinsabores a los que uno corre el riesgo de acostumbrarse. Me preguntaba, por ejemplo, si después de la visita que hizo Ollanta Humala a Mario Vargas Llosa en España (¿el agua y el aceite?) era posible de pensar con mente más abierta y democrática las cosas de fondo que vienen para nuestro país. Me refiero a si gestos como ese serán posibles de realizar por los diferentes políticos para propiciar un nuevo camino de diálogo político. Que permita retomar iniciativas como lo avanzado con el llamado Acuerdo Nacional, firmado hace ya casi una década (en su versión inicial, ratificada después durante el gobierno de transición de Valentín Paniagua).

Podemos considerar que en un país como el Perú es posible hacer “alta política” sin tener que hacer cálculos previos de cuánto ganaré para mis propios (y mezquinos) intereses. Creo que sería interesante pensar en que es posible una conversación política sobre el futuro inmediato de nuestro país que reuniera inicialmente a Alan García, Ollanta Humala, Alejandro Toledo, Lourdes Flores, Henry Pease y Mario Vargas Llosa. ¿Es muy iluso o poco viable?

Los temas a conversar no tienen que ser demasiados. Creo que sería interesante si todos nos pudiéramos poner de acuerdo en: (1) cómo dar continuidad a la regionalización; (2) el manejo informativo que se hace, especialmente de las distintas variables claves en el país (datos de la pobreza, el PBI, el número de trabajadores en el Estado); (3) cómo priorizamos la cultura (y su desarrollo) en medio de las limitaciones que tenemos de recursos. Sólo esos tres temas y la manera más adecuada de encaminarlos o seguirlos encaminando.

Creo que lo anterior daría señales de una buena disposición para preparar en los mejores términos lo que serán las nuevas elecciones del 2010 y del 2011. De acuerdo a lo expuesto, no me anima escuchar cosas nuevas ni viejas en el discurso presidencial por Fiestas Patrias. Sólo aspiro a que se entable posibilidades de convergencia para la mayoría de los peruanos; que se plantee viabilidad a cosas que podemos sacar adelante juntos el conjunto de las fuerzas políticas (sin renunciar a las diferencias que se tienen); que se insista en construir puentes para fortalecer los caminos democráticos con los cuales debemos hacer una debida pedagogía política.

Teniendo en mente el crecimiento ciudadano de nuestra población, donde nadie se sienta ciudadano de segunda ni ninguneado porque no se toma en cuenta sus intereses.

¿Podemos superar el discurso del perro del hortelano, tanto en el sentido de quien lo revivió para la política como en el profundo sentido crítico que despertó en muchas conciencias respetables? No es solo conciliación ni tolerancia lo que reclamo. Es sentido de convivencia con responsabilidad, cariño y disposición de servicio. Ojalá podamos decir, así sea, como deseo, argumento, sentido práctico y decisiones.

Guillermo Valera Moreno
27 de julio de 2009
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¿Nos orientamos hacia el Bien?A propósito de Iris Murdoch (filósofa Irlandesa)

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Hay varios aspectos sobre las que reflexiona Iris Murdoch en su libro “La soberanía del bien” (acopio de tres ensayos escritos en la década de los ‘60s en el siglo pasado), los cuales tomo como base para el presente artículo. Antes que nada debo decir que me llamó mucho la atención la forma cómo inicia el segundo de sus ensayos Sobre ‘Dios’ y el ‘bien’, donde ella menciona que “Hacer filosofía es explorar el carácter de uno mismo, y sin embargo al mismo tiempo descubrir la verdad.” (p.53) Pues, pinta muy bien cuál es la “onda” filosófica de la autora, muy vinculada a una dimensión psicológica y situada en una central preocupación ética.

Realmente es una afirmación muy profunda y, se podría decir, que marca la pauta de una filosofía activa, “protagónica”, de búsqueda del crecimiento personal y asequible a todas las personas en tanto capaces de relacionarse con su entorno de manera autónoma. Creo que en ese “explorar el carácter de uno mismo” ella va descubriendo una situación de hipertrofia del yo que caracteriza a la cultura contemporánea. Nuestra tendencia natural a ser egoístas, a ser desbordados muchas veces en nuestra conducta por energías mecánicas de tipo egocéntrico, a ser asediados en la vida moral por ese “gordo y despiadado ego” que habita en cada uno de nosotros.

Murdock se planteará filosóficamente si “¿Podemos hacernos moralmente mejores?” (p.58), ¿cómo sería el hombre bueno? A partir de ello, como de otras reflexiones, se va a ir generando una pauta de aproximación ética a todo nivel, porque no sólo abarca a la persona como individuo aislado sino a éste en interacción con los demás hombres y mujeres, con la naturaleza, con “Dios”, etc. En ese camino se descubre que podemos generar buenas acciones; se identifica que existen cosas buenas fuera de nosotros; se experimenta que nuestras tendencias egoístas pueden ser superadas y diluidas en nuestra manera de relacionarnos y que la belleza de la naturaleza, el arte (en sus distintas expresiones), etc., nos pueden permitir salir de nosotros mismos (de nuestros egoísmos) y situarnos de otra manera “en relación con”.

Se descubre que uno mismo puede no sólo ser mejor sino aproximarse con mayor finura a la realidad; que el “ser mejores” nos da esa sabiduría para una mirada ética de la realidad y, por tanto, más justa. Pero no sólo eso. Sino que nos capacita para dilucidar una experiencia del Bien absoluto, de lo que para las religiones (y sus seguidores) sería Dios, expresión perfecta que es difícil de nombrar, definir y aproximarse a él.

La autora, por tanto, nos dice que la orientación de la visión hacia el Bien hace posible la ruptura con la deformación que nos produce una mirada de la realidad que sólo se hace desde nuestro ego. En tanto uno aprende a dominar su propio ego, a encaminarlo hacia sentidos amorosos y justos, a desprenderse paulatinamente de las cosas que nos pueden dominar internamente (por ejemplo, los mismos “afectos desordenados”), uno podrá irse situando mejor en la realidad, actuando mejor en ella y aproximándose mejor a la idea de “bien”.

Es importante, por ejemplo, el caso que señala la autora, suponiendo la relación entre dos personas imaginarias (una Madre – M y su Nuera – N). Donde la visión que podría tener inicialmente M de N es bastante prejuiciada, por las aspiraciones que tendría M respecto de N y cómo hubiera deseado M que fuera N para su hijo; si bien no la rechaza directamente vive con las ideas que ella se ha formado de la situación. Por tanto, si M decide hacer un esfuerzo por plantearse una mirada distinta de N, ésta vendrá de un cambio que tendría que operarse en M, de la manera cómo decide ella salir de sus prejuicios (porque se aproxima de mejor manera hacia el “bien” o “Dios”, según sea su experiencia de vida y por las razones que fuera).

En ese proceso se puede descubrir distintos momentos. Primero, como hemos indicado, una mirada marcada por los prejuicios y aspiraciones de M respecto a N (¿cómo yo hubiera querido que sea N?); segundo, una mirada que puede estar deformada más sutilmente, por la propia manera de ser de M y sus valoraciones de lo que en ella se vive y experimenta, deseando encontrar en N lo que en buena medida es M misma (cuestiones identitarias, carácter, etc.). Tercero, la capacidad que logra M de ver a N “tal cual es”, libre de deformaciones limitativas que pueden ser producidos por nuestro desordenado ego. En todo ese proceso no se trata de que M sea más indulgente con N sino que logre verla tal cual es, desde una mirada ética, a la luz del bien (o de Dios). Algo que me quedaba preguntando era que podría haber elementos externos a M y N que pudieran imposibilitar una mirada adecuada de M respecto a N y que tendría que también se parte del esfuerzo de objetivación.

De hecho Murdoch aborda otra entrada del tema (que podríamos emparentar con la última preocupación planteada) cuando se refiere al mito de la caverna de Platón. Allí se trata justamente de situaciones que van más allá de la capacidad de las personas que se encuentran en ella; en éste caso, de aquellas personas encadenadas que viven mirando hacia delante de sí mismas y sólo alcanzan a ver sombras en la caverna, producidas por la acción de un fuego inmenso que está detrás de ellos y delante del cual circulan otras personas y objetos que producen las sombras. Pero los cautivos de la caverna solo ven “sombras nada más”. Hasta que uno de ellos (siempre de manera figurada) logra escaparse y descubrir, primero, que es la acción del fuego lo que produce esas sombras que los cautivos piensan que son la “realidad” (se han acostumbrado a verla así); pero no sólo eso, porque, segundo, ese mismo “cautivo” liberado logra salir de la caverna y descubre que además del fuego existe una luz natural producida por el sol y una naturaleza más amplia a la que conocía en la caverna.

De alguna manera, para Murdoch, desde una visión que le emparenta grandemente con Platón, intenta decirnos también que las personas somos como esos cautivos de la caverna. Vemos la realidad identificada en esas sombras y podemos creer que esa es toda la realidad. Sin embargo, podemos convenir que no es así. De hecho los cautivos están convencidos de ello y viven presos de sus cadenas (de sus egoísmos podríamos decir con Murdoch), con la mirada fija hacia delante y nada más.

Ese esfuerzo por liberarse de las cadenas supondría seguir un camino virtuoso, donde el amor (“¿no es el amor humano corriente una evidencia mucho más obvia de un principio trascendente del bien?”, p.79) sería la energía necesaria que nos ayuda a situarnos entre mi yo (como persona egoísta) y el bien absoluto. A afirmarnos como personas libres, ha hacernos posible un camino (o varios) de descubrimiento de la verdad para llegar al Bien (a Dios)1. Es significativo cómo la autora descubre en el arte (el buen arte), en la belleza de la naturaleza (paisaje, un animal, etc.) o en la bondad (hacer el bien a otras personas), posibles caminos para salir de nuestro propio ego y buscar aproximarnos de mejor manera a la realidad. De romper nuestras cadenas y variar nuestra mirada, desde las sombras hacia el fuego que hay al interior de la caverna y las personas u objetos que producen esas sombras. Aproximándonos de mejor manera a descubrir el bien (el “sol”).

De hecho, Murdoch identifica una serie de medios para intentar ser virtuosos (liberarnos de nuestras cadenas). Indica el esfuerzo puesto en aprender un idioma (el ruso, por ejemplo que es muy difícil y complejo) o en cualquier otra actividad que suponga una conducta de autodisciplina y exigencia que nos ayude a ordenarnos, a establecer prioridades, a saber jerarquizar lo que valoramos en la vida y en nosotros mismos, a encaminarnos en última instancia hacia el bien. También indica la oración; podríamos decir, los ejercicios espirituales ignacianos; otras experiencias de espiritualidad que nos permiten salir de nosotros mismos (de nuestras cadenas de egoísmo) para transitar hacia la realidad que se nos impide ver.

Incluso más. Para darnos la posibilidad de no quedarnos en la caverna y aproximarnos a la luz del bien (sol). Bien que, como ya hemos señalado, se puede experimentar en su luz, en la vida que genera en la naturaleza, pero que es poco factible de mirarlo de frente o descubrirlo directamente. Nos da la luz necesaria para ver de mejor manera la realidad pero no es tan posible aproximarnos directamente a él. Giusti, comentando en su último libro al respecto, también aborda el punto. Me pareció interesante lo que él adiciona respecto a cómo dar a conocer ésta realidad “descubierta” a otros (a los que seguirían cautivos en la caverna), sin ser presa de ellos mismos, ya sea porque no nos crean o porque consideren que están bien en el lugar en que se encuentran. Nos dice, “Liberado así por completo de las ilusiones, habiendo entendido el verdadero sentido de las cosas, el prisionero volvería seguramente a la caverna para tratar de persuadir a sus antiguos compañeros de cautiverio a que caigan en la cuenta del grave error en el que viven. Pero muy probablemente le ocurrirá, como le ocurrió a Sócrates, que sus compañeros, habituados ya a la simulación, lo tomasen por loco, se burlasen de él y tratasen incluso de eliminarlo.”2

Es toda una reflexión filosófica muy dinámica de cómo podemos plantearnos, desde lo que cada uno hace y es, caminos hacia la “vida buena”, aprendiendo a descubrir la realidad con un sentido de bien. No sólo como ideas sino como sentido profundo de experiencia.

Guillermo Valera Moreno

(1) A pesar de que Murdoch va a decir que “Uno no puede sino estar de acuerdo en que de algún modo el amor humano es la más importante de las cosas; y sin embargo normalmente es demasiado posesivo –profundamente- y demasiado ‘mecánico’ como para ser un lugar de visión. He aquí una paradoja sobre la naturaleza del amor mismo. Que el amor más elevado es en algún sentido impersonal es algo que puede realmente verse en el arte” (p.79).
(2) Miguel Giusti. “El soñado bien, el mal presente. Rumores de la ética”, p. 98. Fondo Editorial de la PUCP. Lima, 2008
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