¿Podemos hablar de profetismo?

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Quiero ubicar el tema del profetismo en la presentación que hago a continuación, estableciendo un recorrido sobre cómo fue entendido este en el Antiguo Testamento (AT) y los elementos que nos pueden ser inspiradores para ubicarlo con un sentido actual.

Lo primero que debemos mencionar es que suele haber existido en todo tiempo personas que han sentido una especial inspiración de Dios o de un ser trascendente, en nombre de quien se ha buscado “hablar” o transmitir un mensaje a un determinado grupo de personas, un pueblo, etc. Algunos han pasado por “adivinos”, “futurólogos” u otras acepciones.

En nuestro caso no nos referimos a ellas. Cuando hablamos de profetas queremos referirnos a personas que han sido capaces de leer sus propios “signos de los tiempos”, mirando el futuro para leer el presente (y no al revés). Son personas efectivamente inspiradas por Dios pero que las distinguía su profunda experiencia de Dios, conjugada con un conocimiento muy importante de su realidad y una capacidad para ver y denunciar lo que podía estar ofendiendo a Dios o contradiciendo una auténtica vivencia de fe. Por esto último entendemos la existencia de una vida justa, de una vida buena para todos y una práctica del culto coherente con lo anterior.

Entendido el punto último, debemos decir que en la Biblia, en el Antiguo Testamento (AT), se hace referencia al profetismo, a una etapa que se da históricamente, y de manera especial, entre los siglos VIII y V antes de Cristo. Pese a que no todos los nombres que figuran como tales lo fueron de manera real o que a veces (como es el caso de Isaías) a un autor se le atribuyen escritos de distinta procedencia o siglos. A ello, debemos añadir todos los retoques y modificaciones que con el paso del tiempo pudieron ser objeto los textos y que, ahora, se pueden evidencia mejor con los diversos estudios exegéticos que se ha hecho de los mismos. Esos retoques y forma de haber sido recogidos los escritos tienen también que ver con las comunidades de fe que procesaron de manera cercana los hechos, experiencias y vivencias religiosas que se decidieron “guardarse”; esa fue la manera concreta como la fuimos recogiendo y heredando como documentos.

Ahora bien, en estos siglos en los que se sitúa buena parte del AT ¿qué preocupaciones nos transmiten los profetas? Principalmente podríamos ubicarlo en un ejercicio de denuncia de una serie de injusticias de las que era objeto el pueblo de Israel, ya fuera por los latifundistas y ricos de entonces; por las malas autoridades políticas; no sólo fue de denuncia sino también de anuncio; esto último se suele vincular al enorme sentido de esperanza que buscan los profetas transmitir, en un sentido de redención y, en especial, de la venida de un Mesías (rey) que salvaría al pueblo de su situación de opresión.

En especial me detengo en la tarea de denuncia porque me resultaba algo muy radical en la concepción de compromiso de fe y religiosidad en el conjunto de sus autoridades. Especialmente lo relativo a la mispat, la cual era el conjunto de normas de “reglas de juego” en las que descansaba el “recto ordenamiento de la sociedad”, el mismo que no solo involucraba un cumplimiento adecuado de las leyes sino el “compromiso con el prójimo, especialmente con el más necesitado” (Sicret p.298, cap. Miqueas). Ello tenía que ver con la prohibición de oprimir, perjurar o sobornar; con amar la bondad (heded), conducta compleja que involucraba el respeto, la benevolencia, la generosidad y la fidelidad, siendo una actitud interna que posibilitaba la práctica del derecho.

Este sentido de la heded era clave, en tanto supone actividad, sentido comunitario y estabilidad, encaminados en los deseos de Dios que “surgen del deseo divino de que su pueblo goce de libertad, de unas leyes y una tierra” (p.299). Todo ello debía además de acompañarse de una postura humilde y atenta.

Por tanto, no es tampoco extraño que hayan estas voces (a veces muy radicales como la de Miqueas) que identifican que la raíz de todos los males esta en la codicia y el dinero, así como en el olvido de Dios y de las exigencias de la Alianza. Eran tal las denuncias de algunos poderosos que no se esperaba su conversión sino su castigo, el mismo que debía suponer la “salvación para los débiles y oprimidos”.

Por ejemplo, se les acusa de que “comen la carne de mi pueblo / y le arrancan la piel / y le rompen los huesos…” (Miq.3,3). El pueblo vale para los poderosos en la medida en que pueden aprovecharse de él. Pero llegarán tiempos difíciles también para éstos “en los que clamarán a Dios y el los escuchará”; señalando frases tan hondas como que “los poderosos se agarrarán a Dios como a un clavo ardiendo” y “Dios callará, ocultará su rostro”.

Estos y otros puntos me conducían a reflexionar sobre cómo ubicarnos en nuestro propio contexto de realidad. En particular, quiero tomar el tema del latifundismo (la tierra, el territorio) para buscar algunas aproximaciones. El tema del latifundismo es uno de los más fustigados, justamente por contradecir los designios de justicia de Dios (la mispat). Isaías señala “que añaden casas a casas / y juntan campos con campos / hasta no dejar sitio” (Is. 5,8-10). Esta el caso de la viña de Nabot (1 Re 21) o cuando Nehemías señala que no solo “nuestros campos y viñas están en manos ajenas” sino que además les arrebatan a sus hijos como esclavos y les añaden impuestos, siendo que el “problema capital es la tierra”. En general se recoge una condena generalizada de los profetas contra el latifundismo, hecho además “en nombre de Dios”. “Condena, escepticismo, búsqueda de soluciones, exhortación a la esperanza, son las actitudes fundamentales ante el problema del latifundismo” (Sucre, p.269).

En términos actuales yo me preguntaba ¿cuáles son nuestros “latifundios” en el Perú y en el mundo que vivimos? Pensar que en muchos países aún los existen en forma literal; como fue la experiencia de nuestro país, la misma que se mezcló y conoció con lo que fue el gamonalismo. Nosotros, al menos, tuvimos la experiencia de una reforma agraria que, sin ser una solución muy consistente, replanteó el tema de la distribución de la tierra. Sin embargo, hoy asistimos a otra forma de posesiones y formas de explotación económica que han hecho de la rentabilidad capitalista el nuevo “Dios” y “máximo objetivo”, siendo su paraíso terrenal lo que conocemos como mercado, casi llevado a la condición de santidad por quienes se sienten dueños del “nuevo orden internacional” que impera, dominado por lo que conocemos como las empresas transnacionales (ET).

¿Actúan las ET, el mercado y la búsqueda de rentabilidad de acuerdo a los designios de justicia y amor al que Dios nos llama a construir en la sociedad que vivimos? ¿Se respetan los derechos de las personas y se garantiza su posibilidad de vida y capacidad de realización para todos? Lo que tenemos que reconocer es que hay muchos abismos que no hemos superado en ese y otros sentidos (por ejemplo, interculturalidad o el propio diálogo interreligioso).

Lo vivimos de muchas maneras y un caso que nos volvió a “despertar” y a resignificar lo que venimos siendo y viviendo fue lo sucedido el pasado 5 de junio en Bagua. Con los justos reclamos de las poblaciones indígenas (y ciudadanos) frente a la amenaza y voracidad de empresas extractivas diversas (petroleras, mineras, madereras, etc.) que poco les interesa la vida del otro sino es el maximizar sus respectivas ganancias. Allí uno dice, ¿cómo hacer de nuestra Iglesia una Iglesia más profética? Que no hable con debilidad o limitadamente sino que ponga el dedo y la mano “en la llaga”. ¿Cómo hacemos conciencia y recuperamos para todos, algo que es propio al ser de todo cristiano, nuestro don profético y podemos hacer actual y efectiva la llamada a realizar la utopía del reino de Dios?

Llevándonos a tomar posturas decididas y comprometidas; donde no quepa inhibición posible, así nos acarree incomprensiones o persecuciones (como lo señala José Castillo). Cómo cultivar un auténtico sentido por la justicia, como rasgo distintivo de nuestra institucionalidad eclesial (nuestra “mispat”); como decían los profetas, con fortaleza, valentía, cualidad de soldado y energía espiritual procedente de Dios (y no de nuestgros apetitos mezquinos que tanto abundan).

Felizmente tenemos motivos de esperanza y luces proféticas recogidas en casos como la teología de la liberación de la liberación, de los Luther king, de la organización y conciencia creciente en la población, en nuestras comunidades cristianas sensibles al cambio, entre otros. Todos estamos invitados a mirar con los ojos de Jesús, a oír con los oídos de Jesús, a sentir con el corazón de Jesús. A ser profetas individual y comunitariamente.

Guillermo Valera Moreno
Ensayo realizado el 6 de julio de 2009 para el curso de Biblia 1 (profesor Luis Ascenjo), Diplomado de Religión y Cultura – UARM.

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