“Yo compartí algunos años con ellos” (TESTIMONIO)

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Era el año 1948, el Sub-teniente Erasmo Ninamango, apenas egresado de la Escuela de Maestros Armeros del Ejercito, es enviado al campamento de construcción de la carretera Olmos-Río-Marañón, en Pucara-Jaén-Cajamarca; al llegar lo hacen responsable de los talleres de Mantenimiento General de todos los equipos mecánicos; por haber estudiado en el Instituto Tecnológico José Pardo, estaba preparado para asumir el reto e imparte clases de mecánica a sus inexpertos ayudantes.

Esta carretera era de avanzada hacia Mesones Muro, por lo que es cambiado al entonces Campamento El Milagro, hoy El Valor, a 6 km. de Bagua, lugar de los penosos acontecimientos del día 5 de junio del 2009. Es en este lugar donde yo de 7 años tengo mis mayores vivencias con los Aguarunas, durante los 4 años en los que pude vivir cerca de ellos.

En este campamento mi papá conoce al jefe Aguaruna Caica, los hombres aguarunas llegaban al campamento caminando durante muchas horas por la ceja de selva, cargando ellos mismos su saquillos de maní, yuca, mango, plátanos, para cambiarlos por fideos, arroz, pan, biscochos, etc. Eran personas muy fuertes, de buena estatura, tranquilos, aunque ya entonces se les percibía silenciosos y algo resentidos por haber sido engañados, maltratados y cada vez más replegados a otros lugares más adentro, sus tierras eran “colonizadas, para ser sembradas”, para luego apropiarse de ellas, hasta dejarlos sin nada, estamos hablando de los años 60; han pasado muchos años y todo sigue igual.

Con el transcurso del tiempo, mi papá Erasmo, se hizo muy amigo del jefe Aguaruna Caica, que por ese entonces tendría unos 40 años, varias esposas y muchos hijos, el además era él profesor bilingüe de su comunidad y su hijo mayor de 9 años se llamaba Crispin.

Caica lo invita a conocer su comunidad, que quedaba aproximadamente a 12 horas de camino, en plena ceja de selva, en el camino todo era árboles, barro, agua, por delante iban varios guías aguarunas, abriendo y despejando el camino, donde encontraban una caída de agua, descansaban, la yuca la chancaban, le echaban agua y tenian una bebida fortificante y energizante, comían su plátano sancochado y continuaban su camino, cruzando el río Marañón, subiendo y bajando cerros hasta llegar al caserío.

El caserío donde ellos vivían constaba de 30 chozas de forma redondeada y techo cónico, Caica como el jefe dormía alrededor del palo central y sus mujeres e hijos lo hacian alrededor, en cada una de estas construcciones vivían hasta diez familias, en malas condiciones de vida para cualquier ser humano.

Al llegar los reciben con gran algarabía, mi papá era su visitante ilustre y el se sentia muy privilegiado de serlo, le invitan a comer sopa de yuca, plátano sancochado, mazato y agua de hierbas, cantan y danzan con sus mejores ropajes.

Para entonces comían mucho pescado, tenían en crianza sajinos, cuyes, gallinas, pavo reales, algunas verduras y frutas como papaya y piña.
Los aguarunas cuando son amigos, comparten lo mucho o lo poco que tengan, en base a esa gran amistad que fue creciendo con el tiempo, Caicat le pide que se lleve a Lima a su hijo Crispin, para que estudie y retorne con los conocimientos necesarios para ayudar a su comunidad.

Al llegar a Lima, sale en un periódico de entonces la noticia de que el hijo de un jefe aguaruna había sido traído a Lima para estudiar.

Crispin, hijo de Caicat, vive con nosotros, es parte de nuestra familia y va a un colegio estatal, donde es objeto de burlas, sus compañeros de aula le ponen de sobrenombre El Salvaje, esto lo encolerizaba mucho y ocasionaba peleas continuas con ellos; en casa Crispin era tranquilo, acomedido, le gustaba jugar fútbol con mis hermanos, salir a conocer Lima, tuvo que poner mucho esfuerzo para aprender en una lengua y en una sociedad que no era la suya. Al retornar a su mundo, Crispin es el nuevo profesor bilingüe de su comunidad.

Para entonces el campamento se traslada en gran parte a Montenegro, más lejos y en plena selva, cerca de Nazareth donde había que ir en canoa o caminando, muchos de sus paisanos hacían y hacen todavía el servicio militar, motivo por el cuál en este momento no se han enfrentado a sus mismos hermanos.

Han pasado 61 años, quizás Caicat y Crispin ya murieron, pero nosotros nunca los olvidaremos, nos enseñaron a compartir, a amar la naturaleza, a cuidar el aire, la tierra, el agua, a nadar en el río y sobretodo a respetarnos unos a otros con nuestras diferencias, a ser hermanos, a disfrutar de la vida sin tener que consumir más de lo necesario.

Durante muchos, muchísimos años los hemos olvidado, excluido, discriminado y todavía no entendemos que ellos son tan peruanos como nosotros, merecen ser escuchados, respetados y sobretodo ser considerados seres humanos valiosos.

La violencia es un poder de baja calidad, la violencia produce resistencia. Sus víctimas o supervivientes quedan al acecho, para en la primera oportunidad replicar. La principal debilidad de la fuerza bruta o la violencia es su absoluta inflexibilidad.

Soledad Ninamango
24 de junio de 2009

Nota: el relato presentado se hizo en la “ORACIÓN SOLIDARIA por el conflicto en la Selva” que se convocó por la Mesa de Movimientos Laicales (MML). Soledad Ninamango pertenece al MIAMSI (Movimiento Internacional de Apostolado en los Medios Sociales Independientes).

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