Cuaresma: por un cambio pleno de sentido

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No había caído muy en la cuenta el profundo significado del calendario litúrgico referido a la Cuaresma, como tiempo de conversión, de perdón y reconciliación, de llamado a cambiar nuestra vida y la del mundo que nos rodea. Un tiempo muy especial como suelen serlo el Adviento o Pentecostés.

Qué bueno que éste se de dentro de los primeros meses del año, como una forma de plantearnos: ¿Qué debo hacer por Cristo, a qué me llama Cristo, cómo debo seguir a Cristo? ¿Qué debo hacer con mi vida en el presente año 2012 en el que ya estoy “sobre el caballo”? Vida que corresponde a mi persona, la de quienes me rodean, dígase mi familia, mis compañeros de trabajo, mis vecinos, mi país, mi Iglesia local, mi comunidad cristiana más inmediata… el conjunto de responsabilidades que pudiera tener entre manos.

Estamos ante un tiempo privilegiado. Más que para hacer ayunos o promesas, para revisar nuestra vida, el sentido que he ido construyendo de ella, los valores con que la he ido rodeando y visibilizando. Finalmente, para que me importe qué cosa; para situar como lo significativo qué cosa; para decir que amar es qué cosa. ¿Para centrarme más en mí mismo o en mi relación con los demás, en la preocupación por el otro, especialmente por el diferente?

Calza muy bien lo que el propio Papa Benedicto XVI nos señala a propósito de la Cuaresma, recomendando: «Fijémonos los unos en los otros para estímulo de la caridad y las buenas obras» (Hb 10, 24). Hoy en nuestro país, dónde tenemos que poner la mirada, dónde debemos situar al otro y encontrar estímulo para la caridad (dígase el amor y el servicio a los demás); en que se pone en juego las “buenas obras”.

Ciertamente, incendios provocados con los fines que fueran no pueden ser buenas obras, más aún si dañan las posibilidades de una mejor educación para nuestros niños y niñas. Más aún, cuando una educación pública de calidad es una de las condiciones claves para una mayor equidad y sostenibilidad de nuestro desarrollo.

De qué manera los conflictos sociales existentes en nuestro país, en especial los mineros y medio ambientales, me dicen algo y me comprometen a hacer mejor el trabajo que realizo o la vida familiar que llevo, bajo las claves con las que me gustaría que se resolvieran éstos. Me refiero, ¿sabemos dialogar en toda circunstancia? ¿Sabemos resolver con sentido de convivencia razonable los problemas que se nos presentan? ¿Le huimos a los conflictos porque suponen tensión y, quizás, algunos problemas adicionales?

Revisar nuestra vida desde mi relación con los otros, de lo que significan para mí y mi entorno. Qué tanto me suponen vivir en sencillez y en franca solidaridad y fraternidad. Porque no es fácil y tenemos que constantemente revisar lo que a cada uno le toca. Estamos en ese tiempo especial para hacerlo, como parte de prepararnos para la semana santa y revisar también el tipo de Iglesia y comunidad que somos y ayudamos a construir. Más aún, cuando recordamos los 50 años de Vaticano II, el cual nos da una clave más de esperanza para el presente año.

Así como Vaticano II significó un momento intenso de cambios en nuestra Iglesia (con mucha deuda aún pendiente), del mismo modo, debemos procurar que cada Cuaresma se convierta en nuestro Vaticano II personal y comunitario. Como un momento que nos ayuda a identificar y poner los medios para los cambios de vida que debemos proceder. Para que el término “conversión” al que nos llama nuestra Iglesia no sea hueco sino pleno de sentido.

Guillermo Valera Moreno
11 de marzo de 2012

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