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Alfredo, Obispo de Jaén

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¡Gracias! Gracias por esa confluencia de buenos espíritus que permitieron una presencia agradecida de muchos sectores y población diversa del Vicariato de Jaén, de un “río” de sacerdotes y obispos, de la familia cercana de Alfredo Vizcarra SJ, quien el pasado viernes 15 de agosto, día de la asunción de María, se consagró obispo de ésta zona.

Coincidimos de viajar de Lima a Jaén con los padres y hermanos de Alfredo; en forma parecida, con varios de mis compañeros de comunidad (CVX Siempre); algunos jesuitas como el P. Moncho y el mismo Provincial; en mi caso, iba con tres compañeros de la ODP (Oficina de Desarrollo – Procura de los Jesuitas, en la que trabajo). Con tal delegación, siendo las 5.30 am, nada menos nos recibió en Jaén Alfredo y Monseñor Pedro Barreto, actual Obispo de Huancayo y que se encargaría de presidir la celebración mayor. Ambos en polito y muy discretamente vestidos, en contraste con el abrigo con los que cada pasajero bajaba del bus; empezaba a verse que el clima de la zona era muy distinto al de Lima o Chiclayo. “Y eso que el clima de Jaén está atemperado por el leve fenómeno del niño que ha habido éste año”, nos dijeron.

Con mi “grupo de viaje” (ODP), descansamos, desayunamos, caminamos, conocimos varios lugares cercanos… en especial, conversamos con varios jesuitas en su comunidad; Paco de la Aldea algo nervioso con el discurso que le habían pedido dar en una parte de la Eucaristía, ya que él, junto con Juan Alarco (Taiti), fueron compañeros de Alfredo en su viaje inicial al Chad (África), lugar de destino en el que estuvo Alfredo hasta que fue designado para ser nuevo Obispo de Jaén. Carlos Riudavets y otros colaboraban en la cocina, pues habría un almuerzo con muchos invitados en pocas horas. Calín Cardó leía en otra de los ambientes. Nos tomamos fotos. Saliendo nos encontramos con Papito (Carlos Rodríguez), Gabriel Sánchez, Monseñor Luis Bambarén, Kiko Villarán y varios más.

Caminando, llegamos por Emaus, casa de retiro, y terminamos conociendo y charlando con Mari Carmen Gómez (Provincial de las Siervas de San José) y con Elvira Villar, directora del Colegio de Fe y Alegría San José del Chiriaco. Fue muy apasionante e intensa la vida que le ha puesto Mari Carmen a ayudar que se haga justicia con lo sucedido hace más de 5 años con el llamado “Baguaso”, donde sin proponérselo le tocó cumplir un rol de dar a conocer la verdad de lo sucedido y defenderlo desde la mirada de la población más afectada por el conflicto que hubo. Es decir, las poblaciones Aguajún y Wampis, a quienes se les ha abierto un proceso muy desproporcionado y abusivo de parte de la llamada “justicia peruana”. Donde los responsables políticos brillan por su ausencia. Quedó la inquietud abierta, uno de los temas que le tocará también afrontar a Alfredo.

Nada más llegar a la ceremonia (estaba prevista a las 6 pm), la gente nos recibía con gestos y muestra de afecto. Parecía que habían excesivas sillas; recién empezaban a llegar los asistentes y se colmaría en su totalidad. Lo que vino después fue sencillamente ese tipo de experiencias donde “sin dudar ni poder dudar” uno siente que la presencia de Dios verdaderamente existe, esta entre nosotros, de muy diversas maneras, y se alegra con todos sus hijos e hijas en celebraciones como la que participamos.

Podemos decir que fue una celebración de todas las sangres y ecuménica. Hubo una bien lograda inclusión de las diversas expresiones culturales que se recoge en nuestro país (y el propio Vicariato de Jaén), lo cual se manifestó de modo especial en los cánticos y música que acompañó la celebración. Porque no faltó la marinera, ritmos aguajún – wampi, baladas, cumbias, entre otros. El gesto del rezo del “Padrenuestro” en castellano y aguajún. Pero, sobre todo, el ofertorio fue un momento muy especial.

Antes de ello, hubo la parte más ceremonial y formal de la ordenación como Obispo de Alfredo. Donde Monseñor Pedro Barreto se dirigió de modo especial a Monseñor Santiago García de la Rasilla, obispo saliente, a quien le agradeció de todo corazón su labor, sus ocho años de servicio, la coincidencia de haber sido su sucesor, como lo fue Pedro de Santiago en Tacna (allá por el sur del país), en la labor de la parroquia local. De allí vino la asunción de Alfredo, el llamado “Nuncio” por sus amigos de comunidad laical, cuando se empezaba a germinar en su corazón el llamado de Dios a la vida religiosa.

Siendo el Vicariato una zona compleja por la diversidad de gentes, culturas, recorridos históricos…, fue muy significativo que parte de ello se expresara en gestos y símbolos que marcaron la celebración en una rápida comunión con el conjunto del pueblo de Dios presente y parte del Vicariato, en especial, la población indígena. Fueron muchas las ofrendas del ofertorio. Las de los Aguajún y Wampis (4) se presentaron con la característica de baile que les es propia y con sus propias vestimentas.

No se acercaron al altar para entregarlas. Fueron dos de los danzantes los que se acercaron hasta Alfredo para que, más bien, él se acercara a ellos y recibiera las mismas. Todo se hizo al ritmo de su propia danza, incluido el baile del mismo Alfredo (ya ordenado oficialmente obispo en ese momento). Entre baile y zarandeo (cosa que para Alfredo, viniendo del África, le sería muy familiar), le fue puesto el crucifico; después el tawas (corona de plumas, en señal de autoridad, propia de los Apus); de allí vino el wampas (bolso) y un macetero con una planta, simbolizando el bosque y la vida que éste encierra para todos.

Fue también un gesto que Alfredo mantuviera puesto el tawas durante lo que quedaba de la Eucaristía, como signo de aceptación e integración. Muy pedagógico para decirnos en ese simbolismo, que debemos vivir a partir de la cultura y vivencia propia de las personas con las que nos relacionamos. Para intentar efectivamente “oler a oveja”, como lo sugiere el Papa Francisco; y a ser identificado también como una oveja más, con funciones quizás más específicas de servicio. Fue parte de esa alegría el propio presidente de la Conferencia Episcopal Peruana allí presente (Monseñor Salvador Piñeiro), así como el emocionado Obispo de Mongo (Mons. Henry Coudray SJ), venido desde el Chad para participar del nuevo encargo hecho a su amigo, hermanados desde los 9 mil kilómetros que separan a ambos lugares (Jaén y Mongo).

Nos quedó ese sabor de la presencia de Dios que todos estamos invitados a saber encaminar.

Guillermo Valera Moreno
Magdalena del Mar, 24 de agosto de 2014

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Amor y servicio

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Es admirable cuando reconocemos talentos que van surgiendo (o han surgido) en nuestro país y que tienen ciertas características comunes. Por ejemplo, un gran amor a lo que hacen o en lo cual destacan; gran sencillez en su manera de relacionarse con el público o la gente en general; un deseo de comunicar lo bueno que les ha tocado hacer; gratitud y conexión con el país que los vio nacer; una capacidad de compartir de modo pedagógico lo que conocen y sus propias habilidades, haciendo sencillo y fácil algo que para un neófito pudiera aparecer como muy complicado o difícil.

En términos de personas me refiero a Lucho Quequezana, músico y promotor musical (proyecto Kuntur). Lo vemos también en el tan bien (y con mucha justicia) promocionado Gastón Acurio y su gastronomía y desarrollo empresarial en todo ello. Podemos decirlo también de otros personajes como nuestro tenor Juan Diego Flórez. En personajes del deporte como la tablista Sofía Mulánovich Aljovín o la fondista Inés Melchor; en el teatro podemos mencionar a Diego Bertie o Sergio Galliani. Seguiríamos una larga lista que puede abarcar incluso a políticos como el fallecido Valentín Paniagua.

No deja de ser extraño que a más de uno de ellos se le quiera ver, a veces, como “salvador” de nuestros males, de todo lo malo que identificamos en nuestro medio. Más aún si se avecinan elecciones políticas de algún tipo. O se les quiera incluir en alguna lista de congresistas o regidores, buscando “prestigiar” la opción política de la cual se trate, se haga con justa (o no tan justificada) razón. De hecho, ya en años anteriores se ha visto ello con relación a algunas voleybolistas y tenemos a varias en el Congreso (y por diversas tiendas políticas).

Sin embargo, qué bueno sería que todos –absolutamente todos y todas- aprendiéramos un poco de esos dones que nos brindan personas como las mencionadas. Tanto en su sencillez, destreza o en esa capacidad de hacer pedagogía con sus propias cualidades. Porque si algo nos puede ayudar a crecer como país es que aprendamos unos de otros y compartamos lo que tenemos y sabemos. Lo cual es una forma de ser mejores y de crecer mejores. Puede ser –como se dice- con “envidias sanas” de los éxitos de unos y de las cualidades de otros. Pero no desestimándolas o serruchándonos unos a otros; ayudándonos, más bien, a quitar las piedras y obstáculos del camino y no a aumentarlas.

A ese propósito, no salgo de ese gozo que me significó ver hace poco por televisión una muestra de ello. En una presentación en diferido de la muestra musical “Combi” de Lucho Quequezana, hecha en el Teatro de Lima, en medio de la solvencia y agrado con la que se iba sucediendo la misma, Lucho preguntó, primero, por quién era (o se sentía) un “negado para tocar un instrumento musical” y, segundo, invitó a una persona del público que levantó la mano a pasar al escenario. Debo decir que se trataba de un buen amigo, lo cual me generó más interés. Lo que sucedió en el escenario fue la muestra de cómo alguien puede hacer pedagogía hasta con el que pueda considerarse como “más negado para tocar instrumentos”.

Empezó con hacer entrar en confianza a la persona; siguió con un toque constante de la punta del pie en el tabladillo; avanzó con el soplido de una zampoña, igual de forma constante; y concluyó con el acompañamiento musical de todos los integrantes del elenco presente, apareciendo una forma musical en la cual la persona que no sabía nada, parecía que era ella la que tocaba con la misma o mayor solvencia que los demás integrantes. Fue sencillamente espectacular. Ver cómo alguien que no sabía nada podía de modo muy breve transformar su actitud, romper los miedos y temores que le infundían los instrumentos musicales, demostrarse que podía tocar, limitadamente, en proceso de aprendizaje, pero tocar y hacerse parte de algo mayor. Vi cómo cambió la cara y expresión del mismo amigo improvisado y del propio Lucho Q. que nos dejó una gran lección (o varias).

Lo primero es que nadie debe sentirse negado para nada que pueda ser útil, o satisfacer personalmente, o complementar nuestro propio crecimiento. Se tendrá limitaciones y seremos buenos para algunas cosas mejor que para otras; pero no somos negados por principio y siempre podemos aprender nuevas cosas, abrirnos a nuevos horizontes. Lo segundo, remarcado por Lucho Q. mismo fue que cosas como tocar un instrumento musical u otras cosas en la vida no deben ser vistas como una competencia, de quién es el mejor; lo principal es compartir posibilidades y darnos el espacio que nos puede ser posible en cada cosa, en cada ámbito que nos toca vivir, ayudándonos siempre a crecer. Lo tercero es algo que yo asemejaría al sentido de ser parte de una comunidad (cristiana si lo quieren) y que se ve reflejado con el rol del conjunto musical que acompañó el final de éste momento musical que comentamos, lo que hizo que no se notara casi lo limitado que podía ser el aporte de alguien que recién se inicia, pero y sobretodo, cómo entre todos podían hacer algo muy armonioso y bello.

La anécdota relatada ha querido ser para reiterar la gran importancia de valorar lo que tenemos, empezando por lo que somos y nuestras posibilidades. Recordemos que el hombre (las personas) son ellas mismas y sus posibilidades. Darnos siempre nuevas posibilidades y abrirnos a nuevos horizontes siempre será muestra de nuestra juventud y deseo de vivir; con mayor razón si las orientamos hacia el bien común y la justicia en todo sentido; si las marcamos por el amor y el servicio.

Guillermo Valera Moreno
Magdalena del Mar, 3 de agosto de 2014

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