Archivo por meses: julio 2010

¿Hacia dónde puede ir nuestro país y economía?

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El próximo año, cuando se haya concluido el segundo gobierno del señor Alan García, se podrá decir que las cuestiones fundamentales de su gobierno fueron: (1) el haber mantenido el proceso democrático sin interrupción (se habrá concretado una nueva transferencia de poder, cuestión histórica para el caso de nuestro país); (2) el haber continuado una pauta de manejo económico bajo las reglas de mercado que aseguran la tranquilidad de los inversionistas (a pesar de que no se traduzca aún así para la mayoría de los hogares peruanos); (3) el haber elevado la inversión pública y descentralizada del Estado (lo cual no significa tener un norte claro de hacia dónde puede ir nuestro país, la economía o el proceso de regionalización).

Al menos esas tres cuestiones las podemos ver ya configuradas desde hoy, las cuales podrían ser muy bien las que cierren los broches de un gobierno signado por la estrella del “mal menor” con la que fue elegido y de la cual nunca se recuperó para intentar ir “más allá” de los intereses de los grandes grupos de poder económico y de intentar una acción más creativa que la de ser un buen guardián del llamado “perro del Hortelano”.

Puede sonar exagerado e injusto. Sin embargo, se podría estimar que más pesa en el interés del señor García su proyección hacia el 2016 que la de atender los temas claves que podrían ayudar a sentar bases significativas para lo que será la celebración del bicentenario de nuestra República (2021). No es posible alegrarnos de ser un país que tiene los niveles de desigualdad tan escandaloso como los que figuran en nuestras estadísticas; a pesar de haber venido creciendo económicamente y estar remontando paulatinamente, al menos desde los últimos tres gobiernos, el problema de la pobreza (estamos en 35%). Sin embargo, ese es un promedio que no se traduce de manera horizontal en la realidad de las zonas más abandonadas de nuestra patria que, en general, tienen que ver con las zonas rurales de nuestra sierra y selva, donde mantenemos niveles de pobreza de sumo escándalo (dos tercios o más del total de la población).

Tratar de diluir temas como el de la corrupción, los derechos humanos, los tributos, la seguridad ciudadana, la calidad educativa o los salarios de los trabajadores (por mencionar algunos de ellos), pareciera no ser propio de una política consistente. Intentar gobernar con actitudes del “criollo” que azuza temas para dar golpes al adversario y hacer reír a la platea no parece ser lo más aconsejable. Lo decimos porque, en su discurso del pasado 28, hubo varios temas que se les trató con dicha lógica, como, por ejemplo, cuando se refirió el señor García a los extremistas de la selva que serían muchas veces los mismos depredadores de los recursos de la amazonía (como se ve que se olvidó ya de lo sucedido en Bagua en junio del año pasado), o cuando se refirió al tráfico de tierras con los encargados de otorgar los títulos de propiedad (COFOPRI), donde se daba la impresión que las comunidades campesinas tendrían principal responsabilidad.

Peor aún, la mención del caso de los Petroaudios, donde solo se repitió la lavada de manos respecto al Poder Judicial, al cual, sin salvarle la responsabilidad que tiene en la sanción cabal de lo sucedido (ya casi dos años), no deja de ser un poco majadero el querernos hacer pensar que se trata de solo un problema judicial y no político, donde las responsabilidades llegaron al mismo presidente del país y lo único que nos ha enseñado al respecto es la habilidad de hacer de avestruz (escondiendo la cabeza del problema), mientras el tema cae en el olvido. Y ya podríamos haberlo olvidado un poco más si es que no se actualizaba el escándalo, debido en éste caso a pugnas internas en el Apra, cuestión que a servido para afectar las aspiraciones electorales del candidato Castillo para las próximas contiendas presidenciales.

Por eso y otros aspectos más, la aspiración tenida por varios de que el último mensaje presidencial de Alan García por Fiestas Patrias, fuera una ocasión para un “lúcido examen de conciencia nacional” (a decir del Padre Gustavo Gutiérrez) quedó bastante rezagado. No es sólo una crítica la que establecemos aquí, porque llama la atención que ni siquiera se haya sido coherente con las aspiraciones a mantener un curso democrático de conveniencia. Uno pensaría que lo mejor hubiera sido asumir una actitud modesta de reconocer los avances y límites de lo actuado en lo que va del gobierno, marcando una pauta de continuidad en lo que ha sido la década actual respecto a la que nos tocó vivir en la anterior (la década de los noventas), con lo cual se hubiera dejado el último año para entrar en una “cura de silencio”, como gesto de imparcialidad y sentido de estadista. Pero se ve que aún nos queda grande el saco de “estadista” (me refiero al actual presidente), habiendo aún muchos trueques de poder que se mantienen vigentes, ya sea por estilo o por miopía (es el caso de la alianza que el Apra muestra en forma reiterada con el Fujimorismo ¿por alguna razón en especial?).

Otro punto digno de mención es el tema del gas en el discurso presidencial, el cual desnudó las opciones más de fondo del actual gobierno y la intolerancia con que se han manejado de manera sistemática. Custión que se ha reiterado normalmente en buena parte de los conflictos que se le han presentado al gobierno en torno a grupos de inversión en el país, especialmente los relativos a actividades mineras y energéticas. En el Hemiciclo y en la propia secuencia del discurso presidencial, en vez de optarse por un tono conciliador y comprensivo de los desencuentros de intereses que se pueden plantear sobre ese y otros puntos, la lógica de la bancada Aprista fue tildar de “terroristas” a quienes expresaron un temperamento discordante. Nunca ha estado el Apra más distanciado del tono concertador de la que alguna vez hizo se gala con propuestas como la del “Congreso económico” o lo que pudo construirse en no hace más de una década con el llamado Acuerdo Nacional, del cual ya ni se hace memoria o valoración alguna.

El gobierno juega como quien se siente un equipo “fuerte” (sin serlo), aunque es cierto que no hay tampoco un rival sólido al frente (se podría decir que se siente como la selección de futbol de Alemania frente a una selección débil como podría ser la de Guatemala), lo cual en buena medida es también real, ya que seguimos sin un vertebrado sistema de partidos y la fragmentación política es lo que sigue y seguirá predominando en el curso político inmediato. Pese a todo, el presidente García no logra ir más allá del tercio de aprobación del país.

Tenemos desafíos grandes para adelante. Dentro de ellos, además de comprometernos con la vida pública de nuestro querido país, a todos nos corresponde también el seguir construyendo un Perú, con una clara determinación hacia un cambio cualitativo, tal como nos lo recordara el Presidente de la Conferencia Episcopal Peruana, Miguel Cabrejos Vidarte, en su última comunicación pública (“NUESTRA PATRIA, EL PERÚ, ES UN DON”), sabiendo acoger a todos como Jesús, quien nos enseñó a acoger sin excluir a nadie, sabiendo ser mansos como palomas y astutos como serpientes, para saber actuar como corderos en medio de lobos.

Guillermo Valera M.
31 de julio de 2010 Sigue leyendo

Mejorar siempre el lugar donde vivimos

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Parece que fuera un continuo empezar, la forma como aprende a entenderse y a convivir cada individuo que nace, con las personas que le rodean. Empezando con sus propios padres (especialmente la madre), siguiendo con los hermanos y demás familiares cercanos, los vecinos y todos aquellos que irán tejiendo sus propias experiencias de manera más o menos directa (en la escuela, el ámbito religioso, el trabajo, etc.).

Pero todo ello se teje también en cada contexto en el que toda persona se aparece (nace) a la vida, lo cual esta marcado por una determinada manera de ver las cosas, una forma de vivir y de conseguir el sustento, una determinada normatividad que permite a la gente organizarse de una manera y no de otra. En general, esta marcado por una cultura y una institucionalidad que son propios a cada época y circunstancia que hace distinta también la historia de unos y de otros.

Lo anterior se podría complementar con los elementos que consideramos constitutivos a toda persona, todo lo que está presente en forma potencial en todo individuo, como son sus capacidades de amar, de ser libre, de tener fe y darle sentido a su vida, de relacionarse y ser solidario, de entendimiento y diálogo, de búsqueda y trascendencia, entre otros más que se podrían incluir. En razón de ellas se busca dar respuestas a una serie de interrogantes, descubrir nuevas pistas del conocimiento, ganar o reforzar posiciones de poder, o simplemente vehicular técnicas que nos faciliten mejor la vida que llevamos.

Claro está (aunque no para todos) que, en cada cultura, se ha desarrollado a su manera. Las hay quienes han “sobresalido” a lo largo de la historia, como es en particular la llamada “cultura occidental”; desde ella se han irradiado muchos aprendizajes y maneras de hacer las cosas, formas de pensar, creencias religiosas o de diverso tipo, la propia ciencia o la manera de aproximarse a la realidad a través de ella. Y tantas cosas que muchas veces las damos como sentido común y ya no las cuestionamos. Obviamente, lo que es sentido común de la vida de las personas no suele cuestionarse, a no ser que se den situaciones o razones específicas para ello; simplemente se vive con las cosas como “dadas”.

El asunto esta en que al irnos relacionando más cercanamente unos con otros y generar el proceso que hoy denominamos de “globalización”, hemos caído más en la cuenta de la interrelación que puede haber entre unos y otros, sea en la parte del mundo en que nos encontremos. Puesto que, si queremos “vivir bien” y aspirar a una “vida buena” para uno (algunos o para todos), cada vez es menos posible plantearla al margen de los demás y desconociendo al otro, porque su “realidad” también me afecta. Es más, como diría Kwame A. Aphia, recordando a su padre, sobre el sentido de ser ciudadano del mundo: “cualquiera fuera el lugar que eligiéramos para vivir –y, como ciudadanos del mundo, no cabía duda de que podríamos elegir cualquier lugar que nos recibiera- debiéramos procurar dejarlo ‘mejor de cómo lo hayan encontrado’.”

Esa interrelación a la que nos hemos referido, la podemos observar, por ejemplo, en el caso del tema climático. Si llueve o hace excesivo calor en una zona, en general, a todos nos afecta. Es cierto que quien tiene más recursos económicos le resultará más sencillo buscar paliativos o salir de un lugar e ir a otro para estar mejor. Pero no deja de ser cierto que, en ese nuevo lugar o en otros posibles, también se manifestarán los efectos del clima sin que lo podamos controlar del todo; y no dejaremos de sentir los efectos que se manifiestan para la generalidad de las personas (en una latitud u otra).

Esta también el caso, más en pequeño (o más en grande según se vea), de cuando se decide explotar una mina y los efectos nocivos que puede traer para el ecosistema local, ya sea por el uso excesivo (muchas veces irracional) de químicos para extraer los minerales (como suele ser el uso del mercurio para la extracción del oro); ya sea por el cambio de situación que se provoca localmente, por la pérdida de otros recursos, como por ejemplo, tierras cultivables, paisaje, agua, recursos maderables, entre otros. Ya sea por la presencia de los relaves mineros que se constituyen a partir de los desechos de las minas y que no devienen para nada en “materias biodegradables”, todo lo contrario.

En éstos casos de explotaciones mineras (o similares), la población local permanente y todos los que laboran propiamente en la mina, se verán afectados por el deterioro que se pueda provocar al medio ambiente durante el tiempo que dure la explotación de la mina en cuestión, incluido los técnicos, gerentes y, en algunos casos, los dueños de éstas (a todos éstos últimos, si viven localmente en la zona minera, aunque ello ya no suele ser así, normalmente viven en las grandes ciudades y dirigen desde allí sus actividades). Remarco de todos modos la idea que el deterioro del medio ambiente, ya sea en forma inmediata o por efecto de acumulación, termina afectándonos a todos.

Sin embargo, somos conscientes de que a todos no nos afecta o no nos beneficia por igual la serie de fenómenos o actividades económicas que realizamos. Ello ya lo sabemos desde hace muchos siglos y se explica en las distintas formas de imponerse unos a otros que han existido. Uno de sus mecanismos principales ha sido el ejercicio de la violencia, en sus diversas expresiones (la guerra por ejemplo); también por medio de otra serie de mecanismos como las creencias religiosas o los sistemas de ejercicio del poder político, los cuales han servido para un dominio de unos sobre otros y para la extracción del mayor beneficio, sin importar o presuponer vinculación entre una cosa y otra , o que la vida humana podía ser lo que estuviera por encima de todo y de todos (la de todos y no solo la de aquellos considerados “cercanos”).

No obstante, vamos cayendo en la cuenta de nuestras posibilidades y límites al aceptar que, quiérase o no, somos parte de una misma “aldea global”; metafóricamente podríamos decir que “somos parte de un mismo cuerpo”. Sin por ello caer en miradas “funcionalistas” de la problemática que nos acontece, se podría asumir que, si algo le sucede a mi pie, la mano no puede decir que “no le importa” por más alejado que esta se encuentre del primero; si algo le sucede a mi corazón, el cerebro no podría pensar que no le afecta, pues lo más probable es que el cerebro deje de ser irrigado de sangre y no pueda seguir funcionando; es más, todo el cuerpo moriría en una circunstancia así.

Guardando la distancia con el ejemplo, podríamos estar llegando a una emulación en el mundo en que vivimos, la misma que no pretende ser catastrofista, pero que nos invita a ser más conscientes de una serie de hechos, al menos mientras no podamos salir a vivir fuera del mundo, en otro planeta, cuestión que se ve como improbable en el corto o mediano plazo. Por cierto, nada sobre lo que nos estamos refiriendo se da mecánicamente ni guarda totalmente una relación de causa – efecto; sólo quiero afirmar la apreciación de que cada vez nos hacemos más interdependientes; ser en todo conscientes de que “estamos” obligados a “vivir juntos”. Por tanto, lo que puede ocurrir en “el otro” es algo que de hecho me interesa (o debiera serlo), más allá de qué tanto puedo ser solidario con él; casi por el simple hecho de que puede afectar mi propia sobrevivencia en el corto, mediano o largo plazo.

Guillermo Valera M.
30 julio de 2010 Sigue leyendo

Los Proyectos son una forma de organizar la vida social

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Cuando hablamos de lo que nos gustaría hacer en la vida normalmente lo referimos a cómo nos proyectamos o qué queremos proyectar desde la vida que llevamos. Hay que entender que no solamente se trata de una idea que quisiéramos plasmar en la realidad, sino que lo planteamos (o debiéramos hacerlo) desde cómo queremos vivir en adelante para alcanzar el o los propósitos que nos podemos trazar.

Sin embargo, cuando hablamos de proyectos de desarrollo o, más simple, de propuestas que queremos encaminar para alcanzar determinados objetivos, denominamos proyecto a una idea que nos gustaría concretar y que se acompaña de un costo determinado y algunas consideraciones de cómo realizarlo.

No es realmente difícil proponerse pensar cosas que serían útiles para organizar mejor o conseguir mejoras del medio o la realidad que nos rodea, especialmente si se trata de mejorar la vida de las personas. Claro, uno se puede plantear la realización de proyectos con fines lucrativos, con propósitos más sociales, sin fines económicos o con motivaciones humanitarias. En realidad, puede haber distintos horizontes que acompañen una labor de esta naturaleza y todas ellas pueden ser válidas.

De todos modos, queremos llamar la atención que hay ideas que pueden ser equívocas, especialmente, cuando pensamos en proyectos sin fines lucrativos. La primera es que muchas veces se piensa que uno hace un proyecto para “conseguir plata (fondos)”; esa idea esta muy extendida, sobretodo porque se ha vuelto en un mecanismo para acceder a fondos de cooperación externa (y otros), lo cual a terminado muchas veces haciendo perder de vista otros aspectos más importantes, como el hecho que un proyecto se piensa (o debiera hacerse) principalmente para ordenar y planificar mejor una actividad que uno busca desarrollar o que ya viene realizando.

El hecho de que en un proyecto se haga el esfuerzo de establecer un costo, un presupuesto, la forma cómo se vincula la idea a los recursos que se requiere para concretarla, no significa (o no debiera serlo) que todo proyecto se hace para conseguir dinero. Esa, como decimos, es una deformación que es necesario corregir, para recuperar mejor el sentido de “causa común”, propósito compartido, posibilidad de desarrollo en un sentido “público”.

Otras ideas distorsionadas es que los formatos y las exigencias de formulación y rendición de cuentas es lo más importante. Son importantes, pero pueden terminar siendo un obstáculo a la posibilidad de inversión y al flujo necesario de creatividad cuando se convierten en lo principal o en el sesgo que define todo lo demás. Nunca se debe perder de vista el contraste entre lo que puede aspirar o sentir la población como necesidad y su contexto socio-cultural, aunado a los aspectos técnicos que intervienen en darle soporte y sustento debido a las mismas. Conjugando un sentido participativo con las opciones técnicas y políticas que pueden corresponder a quienes lideran una iniciativa, la misma que siempre debe tener la posibilidad de ser sujeta de opinión y confrontada.

Hay otros aspectos que pueden ser engañosos como el hecho de que las propuestas son más adecuadas o sólidas mientras más “técnicas” se presentan. Ese es un factor que puede ser muy determinante para establecer, por ejemplo, la ingeniería de una construcción o el sustento organizativo de una actividad. Pero nada puede sustituir el sentido público de lo que se hace si lo que se busca es satisfacer necesidades sociales más amplias a las iniciativas que se planteen, por más privadas que pudieran haber sido en su origen.

Como se entenderá, es distinto proponerse hacer una casa habitación para la familia de uno que proponerse hacer una escuela o un club deportivo. En tanto se involucra en una esfera pública tiene que ser pasible de tratamiento abierto y compartido con la comunidad local. Por supuesto, también si se trata de un proyecto de explotación minera, por más que el empresario privado “arriesgue su plata”; y no sólo por cuestiones de impacto ambiental sino especialmente por cuestiones de “impacto poblacional”.

Guillermo Valera Moreno
26 de julio 2010 Sigue leyendo

Algunos puntos sobre lo conservador en la Iglesia y la necesidad de aceptarnos

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º Lo conservador en la Iglesia se suele identificar con aquellas tendencias que aprecian las tradiciones, las formas y una visión cultural muy signada por reminiscencias feudales y premodernas, criticando todo lo que se aproxima al racionalismo, la ilustración y el positivismo. Tiene a su favor el rescatar las tradiciones y la memoria, aunque muchas veces en estado “congelado” o centrada en unos pocos hechos ordenados con interés definido anteladamente.

Sin embargo, en lo político, lo conservador se le suele denominar a aquellas opiniones y posiciones de derecha, siendo contrarios a los cambios bruscos y favorables también a las tradiciones (muy amigos de “todo tiempo pasado fue mejor”); suele estar asociado al nacionalismo y al patriotismo (aunque éstos últimos pueden tener también expresiones de izquierda, como se da en el caso del Partido Nacionalista de Humala).

En lo social, suelen defender valores familiares y religiosos, aunque muy signados por el valor de la propiedad como principio y sentido profundamente jerárquico y elitista. En lo económico, históricamente se les ha visto vinculados a posturas proteccionistas, en oposición al librecambismo económico, aunque esto último tendió a generar mixturas diversas. En países como el nuestro lo conservador estuvo arraigado en la propiedad de la tierra (el latifundio) y el gamonalismo.

º En un texto de Emilio Corbiere (“Opus Dei. El totalitarismo Católico”) se sitúa lo conservador, hablando a propósito de la experiencia de conformación del Opus Dei. Se le señala como una de aquellas tendencias que emergieron buscando oponerse a la presencia del marxismo y del comunismo en el mundo, especialmente entre las dos guerras mundiales habidas en el siglo XX (1917 – 1939). De hecho, en España se produjo una guerra civil entre Republicanos y Franquistas (1936-39) que marcó su experiencia. Así mismo, se le puede identificar con el antisemitismo que surgió en la Europa también de entreguerras, lo cual dio lugar al auge del nazismo y del fascismo.

De allí que posturas como el Opus Dei no llegaron a entender el valor y trascendencia que tuvo Vaticano II y la necesidad de superar el sentido confrontativo que trajo la guerra fría y la herencia de violencia vivida en las décadas previas. Peor aún, el surgimiento de corrientes como la Teología de la Liberación terminaron de asustar a sectores de Iglesia que vieron, de manera profundamente equívoca, la amenaza del comunismo y del marxismo dentro de la propia Iglesia. Eso y otros aspectos, conducirán al rechazo de todo lo que constituya un “aggiornamiento” de la iglesia. Todos nos hacemos a partir de las experiencias de vida que nos toca vivir, pero ¿no será posible el diálogo franco y cristológico dentro de la propia Iglesia?

º Mencionamos todo lo anterior porque no puede haber cuestiones más inútiles, en tiempos modernos y posmodernos, que competir por quien tiene el “verdadero Dios”, por intentar imponer a los demás lo que uno considera la verdadera forma de creer en Dios o de discernir las verdades rebeladas. Es cierto que, dentro de la Iglesia, lo conservador se cruza con otros puntos. Tomando como referencia a Guillermo Meléndez (“El Concilio Plenario y las Conferencias Generales del Episcopado de Amércia Latina y el Caribe”), se define lo conservador dentro de la Iglesia, como todo aquello vinculado con el proyecto de romanización y de restauración de la cristiandad colonial, haciéndose alusión al llamado Congreso de Viena (1814) y a la reunión de Obispos del Continente Americano que se dio en 1899.

Desde entonces, se constaba la situación de debilidad al interior de la Iglesia, señalada por la ignorancia religiosa del pueblo y la amenaza atribuida a los llamados enemigos de la fe (las élites políticas y económicas); se situaba como “errores de nuestro tiempo” al ateísmo, el materialismo, el evolucionismo, el panteísmo, el racionalismo, el naturalismo, el indiferentismo, el liberalismo, el positivismo, el protestantismo, entre otros; prácticamente, con excepción de lo “conservador” se condenaba todas las posturas de mayor efervescencia. Será lo que cultive diversas posturas “restauracionistas” y, posteriormente, expresiones de integrismo católico.

Es llamativo que el 1er CELAM (Río de Janeiro, 1955) constatara los mismos problemas de fondo que los vistos en el anterior medio siglo, así como parecidas soluciones. Sin embargo, los cambios producidos en el mundo (explosión demográfica, migraciones, procesos de modernización, etc.) no se tomarán muy en cuenta; dado que todavía el mundo no se valora como lugar de acción. Se verá como lo fundamental el ámbito de lo sacramental, cuestión que será uno de los epicentros de la labor que muchos sectores de Iglesia seguirán defendiendo como el principal en la labor pastoral que realizan.

Lo que sí será una novedad en esa etapa, es que se procesa una reconciliación de los sectores conservadores con la Ilustración y el mundo moderno, buscando participar en el “orden establecido” y su respectiva “cuota de poder”. Ello tendrá como convergencia lo que se promueve y conoce como Nueva Cristiandad (NC).

A partir de cambios sociales y políticos que se van operando en AL (por ejemplo, la revolución Cubana), se abrirán otros caminos, ya fuera de parte de gente vinculada a la Acción Católica o de procesos de reflexión y compromiso vinculados a la Teología de la Liberación, conduciendo a propósitos de “nueva evangelización” desde la realidad de los pobres.

Volver sobre esos hechos (como otros) y dialogar al interior de la Iglesia sobre el sentido profético de su presencia en el mundo y la necesidad de poner al centro la gran novedad que fue (y sigue siendo) Jesús para nuestro tiempo; o la importancia de los más débiles en su mirada y acción ¿no nos abre (o nos puede abrir) a nuevas posibilidades de integración y sentido eclesial y cristológico?

Volveremos sobre éstos puntos, ojala sin un sentido escéptico y más bien de mayor apertura. Puede parecer ingenuo pero así como es necesario el diálogo interreligioso a nivel externo con otras religiones, necesitamos de un diálogo intraeclesial sobre cuestiones sustantivas y prácticas, al estilo de si es el hombre para el sábado o el sábado para el hombre, o para discernir juntos quién es nuestro prójimo ¿sólo el Samaritano?

Guillermo Valera Moreno
19 de julio 2010
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