Archivo por meses: mayo 2009

El amor nos hace crecer

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Podría sonar redundante hablar de evangelizar nuestra afectividad, en el sentido de amarla, y sin embargo no es para nada obvio. Asumir que Dios nos ama o tener la experiencia profunda de sentirnos amados no suele ser muy común, más aún si hemos pasado por experiencias negativas que han dejado huella negativa en uno, ya fuera de pequeños o en nuestra misma vida adulta.

Al respecto, recuerdo mucho de un hecho que me ocurrió hace dos años, siendo acompañante en Ejercicios Espirituales ignacianos (de ocho días). Hubo una madre soltera que me tocó acompañar y que me contaba situaciones muy dolorosas de su vida; tan así que nuestras primeras entrevistas estuvieron muy marcadas por ellas y siempre lloraba y se lamentaba del “desamor” en su vida. Fue en la tercera o cuarta entrevista que, estando ella sollozando, se me ocurrió decirle que debía tener la plena seguridad que, por encima de cualquier experiencia dolorosa que le hubiera tocado vivir, Dios la amaba y la quería incondicionalmente, por ser ella una persona como todos, con nuestros límites y virtudes. Realmente me impactó el cambio que, de pronto, se operó en ella, pues le cambió radicalmente el rostro y su actitud en pocos segundos; hacia delante fue ya muy diferente. Entre otras cosas, ya no volvió a llorar en las entrevistas y le acompañó una paz muy significativa en lo que siguió como proceso de ejercicios.

Otra cuestión que me venía a la mente era el tema del amor y el enorme desafío que implica. Si bien, se trata de algo muy simple de señalar y no es nada complicado afirmar “amémonos los unos a los otros”, “amemos si esperar nada a cambio”, “amemos a nuestros enemigos”, etc., no deja de ser algo bastante complejo; pues es un asunto que “no es fácil” y podríamos decir que el “amor siempre cuesta”. Así nos lo hacía ver un sacerdote amigo, en una reunión de comunidad (participo en CVX – Comunidades de Vida Cristiana) cuando hace poco abordamos un tema vinculado. Sobretodo porque el amor muchas veces puede venir relacionado a un tema de sentimientos o a la relación de pareja y éste es un tema y una experiencia más amplio a esos aspectos. Claro, siempre será una pregunta a tomar en cuenta ¿cómo hacemos para tener al amor en el centro de nuestras vidas y no sólo como una cuestión teórica sino de experiencia de vida?

Aunque parezca que no, en primer lugar se trata de cómo hacemos conciencia y experiencia de “sentirnos amados”, de sabernos amados. Como dice K. Flaherty (1), saber “aceptar, nombrar y caminar con Cristo” aprendiendo a “amar como Él nos amó” (p.216). No se muy bien por qué pero nos cuesta aceptar que aprendemos a amar desde la experiencia del amor que recibimos de otros, a pesar que podría considerarse una verdad de Perogrullo; más aún, si confirmamos que situaciones como el amor de nuestros padres fue lo que posibilitó el que viniéramos al mundo; sus cuidados, el que creciéramos adecuadamente y recibiéramos una educación; así, hasta llegar a lo que somos hoy. Cómo no reconocer en la creación que nos rodea y la historia que nos precede y en tantas cosas, la “mano” del creador (de Dios, de alguien “superior” a nosotros, etc.). Sin embargo, muchas veces preferimos pensar que las cosas son como son por cuestiones voluntaristas de uno o de las personas en general, sin incorporar esa dimensión de gratuidad fundamental a la experiencia humana. Más aún por la capacidad que se nos ha dado de pensar y decidir; el ejercicio de nuestra libertad; la propia capacidad de amar; entre tantas otras cosas.

Es de mucha significación lograr “una mayor aceptación de nuestra propia afectividad, nuestras emociones y sentimientos” (p.217), asumiéndonos en todo lo que somos y lo que ello comprende el saberse parte de una cultura, historia y ámbito social y familiar concreto. Aprendiendo a “ser amigos de la persona que somos” (p.218) y aprendiendo a salir de uno mismo. Incluso, personas como Jesús, crecieron entre familiares concretos, en un pueblo específico, con su propia historia y contexto social. Como todos y a su modo, lucho por crecer, integrarse, asumió riesgos, tuvo traumas y heridas, algunos complejos. Aprendió a escuchar, a orar, a discernir, a hablar. A ser sensible a los problemas de su tiempo. Creció en su propia afectividad, integrada a su fe y realidad local de Nazareth.

El ámbito de nuestra afectividad no es fácil, ya que nos cuesta ver y, más aún, escudriñar en ella; ir a nuestras raíces (¿por qué soy como soy?), conocerse uno lo mejor posible para saber como “conducirse” y “gobernarse a sí mismo”. Es un proceso que puede durar toda la vida y que, conforme vamos madurando en ello, se va logrando una integración psicológica y mayor sabiduría. No hay que asustarse de ser (más o menos como todos) una “persona limitada y sufrida que también ha hecho sufrir a otros: (así) Dios me ama y me llama a caminar” (p.226). Aprender a amar empezando por amar “a la persona más difícil de amar que está dentro de nosotros”. Tenemos que saber sentirnos desafiados sobre cómo vivimos la vida; conscientes de no requerir de mérito alguno para saberse amado por Dios; muriendo a nuestros propios egoísmos y amando desde nuestra relación con Dios. Sabiendo preguntarme en toda situación ¿qué haría en ella Jesús?

Se trata de estar atentos: no siempre vemos ni oímos como corresponde. Necesitamos de “la gracia combinada con el seguimiento de Jesús” (p.229). Tenemos que ser conscientes que necesitamos en forma recurrente morir para “nacer a una vida más plena”; estamos sujetos a una serie de “pérdidas” que son necesarias para crecer. Todo ese proceso debemos aprender a vivirlo con dignidad porque queremos dirigirnos hacia la plenitud de la vida; purificando nuestras imágenes de Dios, muriendo a nuestro egocentrismo y en una exigencia constante de conversión, de “caminar en las huellas del maestro”. Aprendiendo a caminar y crecer en el amor “aunque nos haga vulnerables” (p.234), siendo siempre críticos sobre cómo son nuestras relaciones con los demás, siguiendo a Jesús desde donde me ha tocado vivir, amando con ternura, actuando con justicia y caminando humildemente con nuestro Dios (p.235).

Todos ellos son aspectos y miradas de cómo debemos sentirnos llamados también a ser profetas en tiempos actuales, a discernir los signos de nuestro tiempo y obrar de acuerdo a ello.

Guillermo Valera M. (guillovalera@hotmail.com)

(1) Kevin Flaherty sj: “Evangelizar la afectividad“. En Aprendiendo a vivir: madurez humana y ética. CEP. Lima, 2004.

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El sentido de la vida como propósito de una institucionalidad para todos

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Leyendo el artículo de Gonzalo Gamio “Vida buena sin certezas. El sentido de la vida buena como problema ético y político”, uno puede sentirse muy identificado por los puntos que aborda. Parte de la pregunta por el sentido de la vida como “cuestión crucial” en nuestro tiempo, situándolo en vínculo a la “vida buena”, y la búsqueda de fines últimos de la vida (según Aristóteles, la felicidad sería el fin supremo). Describe la “ética” como costumbre y carácter, “hábitos cuyo ejercicio nos aproxima al bien”; morada, “el habitat propio del agente práctico, la comunidad política”.

En esa perspectiva, estaríamos llamados a la plenitud y realización humana, cada quien desde sus capacidades y marcados por la interdependencia con los demás, en la búsqueda de ser plenamente humanos. En tanto mis elecciones y acciones pueden modificar la vida de mi entorno (y más allá) y somos también seres vulnerables y frágiles ante las elecciones de los demás, requerimos formas de entendimiento común, de una ética. Ella nos remite al tema de la conducción de la vida, la propia y la de todos. Dentro de un horizonte de creencias y valoraciones que comparten también controversias y misterio.

Porque no existe un único conjunto de prácticas sociales que nos puedan brindar plenitud de vida. Hay diversos modos de concebir el sentido de la vida y debemos saberlos acoger con conciencia crítica y propósito de construcción colectiva de la vida buena. El autor recurre a la “metanoia” de Platón para recordarnos la importancia de no dejarnos arrastrar por el sentido común e invitarnos a pensar, abriéndonos a otras experiencias, como “proceso profundamente renovador del pensamiento y de la acción” (hacernos “profetas”, “ciudadanos críticos”).

Sabiéndonos situar en la diversidad que no es igual a “relativismo” (todo da igual; no se afirman valores), aunque tampoco creyendo tener todo resuelto como pensamiento que nos lleve a formas de fundamentalismo. Frente a ello se nos sitúa en una visión pluralista, postulándose como “enfoque central para la cultura moderna, y también para las políticas democráticas”. En esa lógica se nos invita a tener una práctica sana de la duda, en tanto purifica nuestro pensamiento y nos puede permitir reconocer otras posibilidades de sentido. Es clave el diálogo en todo ello, como enorme reto ético y político de “construir instituciones públicas, leyes, formas de organización y, sobretodo espacios públicos”, abiertos a éstos propósitos.

Se trata pues de una reflexión significativa, sencilla y muy útil respecto al sentido de la vida como cuestión inherente y necesaria a todo ser humano, pese a qué muchas situaciones críticas podrían llevarnos a pensar que aquellos que viven miseria y pobreza, delincuencia o marginalidad, sufrimiento y exclusión, no serían pasibles de plantearse sus propios desafíos y pensar en proyectos de vida propios y sociales y políticos. Sin embargo, una cuestión como el sentido y el proyecto de vida (individual y social) es factible en toda persona y ello da la posibilidad de que se articule en posibilidades más amplias a las que pueda haberle tocado vivir; felizmente no se requiere de conocimientos académicos o similares para desarrollar la capacidad de pensar, aunque será siempre fundamental que todos podamos acceder a niveles mayores de formación y educación para enriquecer lo que ya nos planteamos “limitadamente”.

De hecho, no es obvio lo que da (o puede dar) sentido a la vida de las personas en tiempos actuales; menos aún que ello se formule orientado hacia la “vida buena”, en una perspectiva ética de esa naturaleza. Por tanto es muy importante no caer en el relativismo de asumir las diversas posturas que se pueden dar frente a la vida como igualmente válidas; aunque tampoco será muy adecuado buscar “atrincherarnos” en alguna de ellas, en tanto sea la que más nos pueda identificar.

Creo que es muy sugerente aquello de vivir abiertos a la diversidad, con un sentido pluralista y dialogal, partiendo del hecho de que somos seres relacionales y que todos podemos establecer una jerarquía de valores entre lo nos toca vivir, aprendiendo a discernir críticamente entre lo que puede ser mejor o más válido; siendo cautos en no darlo por zanjado de antemano.

Comparto ciertamente el sentido de buscar la felicidad como camino de bien y sentido de realización compartida, en un mundo que esta marcado por el individualismo y la competitividad de “quien puede más”, marcado por las relaciones del mercado capitalista que nos ha generado una cultura del interés, muchas veces alejada de relaciones solidarias; destacando más quién tiene la capacidad de imponerse sobre el otro, más allá de si tiene o no razón verdadera, o de si se respetan o no los derechos de todos.

Rescatar el sentido que nos aporta la democracia liberal como posibilidad de convivencia y diálogo abierto es importante aunque puede ser insuficiente, no porque signifique que estamos ante un sistema cerrado sino porque se muestra todavía muy limitado para resolver problemas tan cruciales como que la gente no se muera de hambre o no tengamos posibilidad de acceder a la educación y la salud de manera universal y con calidad. De otro lado, aceptar que no podemos tener certezas absolutas, ni siquiera en torno a nuestras propias ideas o experiencias de Dios me parece clave; ojalá cuestiones como esa pudieran llevarnos a establecer posibilidades de diálogo más efectivo con quienes piensan distinto a uno y hacer posible caminos de relacionamiento y de construcción de verdades comunes, “concertadas”. Empezando por lo que se teje a nivel del gobierno de cada país, sobre leyes y políticas públicas.

Es interesante también el no quedarnos en posturas como la tolerancia que podrían significar convivencias precarias sino el ir a consideraciones mayores de “aceptación del otro” con todas las diferencias que puede suponer, incluyendo a los mismos relativistas o fundamentalistas, sin que ello signifique compartir lógicas excluyentes o ajenas a valores que ayuden a definir posibilidades de una vida buena para todos.

Saber traducir esas orientaciones en instituciones sociales y políticas (también habría que decir económicas y culturales) son caminos que hoy están en juego a todo nivel. Desde nuestros propio sentido común y lenguaje cotidiano. Asumiéndonos como personas realmente dialogales, hacedoras del bien, constructores de sentidos inclusivos.

Guillermo Valera M. (guillovalera@hotmail.com) Sigue leyendo

Psicología, espiritualidad y mis amigos

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º Éste fin de semana (1 al 3 de mayo 2009) tuve sentimientos encontrados por el matrimonio de un amigo y el deceso de otro. Éste último Jesuita, Ángel Palencia. Lo traigo a colación porque me removió muy internamente y me hacía pensar en la relación entre la psicología y la espiritualidad, poniendo en juego lo que Thomas Hart llama como dinámica interna y relacional del ser humano y la profundidad de la experiencia religiosa (El Manantial escondido: la dimensión espiritual de la terapia. Cap. 2 “Psicoterapia y espiritualidad”).

Recordando especialmente al amigo jesuita me hacía descubrir lo mucho que uno puede aprender de un asesor espiritual, junto al hecho de conocer a alguien que tiene la posibilidad de adentrarse al mundo interior de uno, donde la psicología y la espiritualidad han ido muy de la mano. Ya que aprendí mucho de su persona, del sentido de responsabilidad y libertad con el que hay que afrontar la vida, de cómo gustar de la gratuidad del “amor del Señor”, el sentido de la austeridad y la corresponsabilidad económica en todo lo que tenemos entre manos, la integración de nuestros diversos ámbitos de vida en la fe que profesamos, y así un largo conjunto de experiencias que se podría nombrar.

Pero uno descubre que todo lo anterior es un camino largo que hay que seguir y que la religión puede ser una experiencia espiritual que nos ayude también a comprender nuestra dimensión psicológica de manera sana, como podría también ser un impedimento para la salud mental. Más aún si nos hemos formado en un contexto de ciertos miedos o “sentimientos de culpa” que pueden haber condicionado ciertas neurosis desde temprana edad, por ejemplo respecto a la sexualidad.

º No ha dejado de sorprenderme la similitud etimológica de las palabras “terapia” y “salvación” en cuanto arte de sanar, curación, salud. “La salvación es en sí misma curación” (p.35). Así como el hecho de que la meta de tres de las religiones más extendidas (budismo, judaísmo y cristianismo) tengan como pauta común “la liberación del ser humano”, así como sus valores fundamentales de “honestidad, propia aceptación, amabilidad, humildad, tolerancia, esperanza, autocontrol, sencillez, compartir los bienes, ayudar al prójimo, capacidad de perdonar, serenidad, no-violencia, reflexión” (p.36). A ello precisamente también se encamina una terapia, buscando el mayor desarrollo posible de las capacidades personales y de sociabilidad. Qué importante reconocer que una buena terapia o espiritualidad (según sea el caso) tenga que ver principalmente con el “fomentar el bienestar del hombre”, ambas situándose en dimensiones de profundidad y esenciales de nuestras experiencias. Siendo que la espiritualidad esta referida a “la orientación básica de la propia vida, a la relación con los fundamentos más esenciales de la propia existencia” (p.37).

º Es interesante el desarrollo que se puede encontrar en diversos psicoterapeutas (como Carl Jung, Víctor Frankl, Abraham Maslow, Robert Kegan y Gerald May), buscando comprender los lazos entre terapia y el extenso campo de la espiritualidad. En el caso de Carl Jung, aunque nunca perteneció a una Iglesia, le interesaba profundizar en el significado del “Dios aquí, el Dios de la experiencia religiosa, el Dios de la psique”, observando que las grandes religiones en el mundo, serían “los grandes símbolos terapéuticos de la humanidad”. Él reconocía que “Dios actúa en nuestras vidas desde lo más profundo de nuestro ser” (p.39) y que debemos saber vivir en armonía con esa fuerza interior, asumiendo el entrelazamiento que existe entre lo psicológico y lo espiritual.

Víctor Frankl, centra más su Mirada en motivar la búsqueda del sentido de la vida, fundando su escuela de logoterapia. Afirma que el núcleo del ser humano es el espíritu y de que éste “busca sin cesar el sentido fundamental de la existencia”, asumiendo que la autorrealización es la meta del ser humano y que ésta siempre tiene una direccionalidad. Nos sugiere que existe un sentido religioso profundamente arraigado en el inconsciente profundo de toda persona. Por su parte, Abraham Maslow propone una esquematización de la jerarquía de las necesidades humanas, desde las necesidades fisiológicas más básicas hasta las más elevadas de la autorrealización. En ese sentido, una persona sana se distinguiría por su capacidad de “aceptarse, aceptar a los otros y aceptar su realidad” (p.42); con capacidad de gozar de las cosas más sencillas.

Sin embargo, pienso que se sesga al considerar a Dios como una energía, principio o cualidad gestáltica de la totalidad del ser y no como a una persona. R. Kegan comparte que la meta del crecimiento personal y desarrollo humano es la autonomía individual plena; en ese sentido, “una relación sana sólo puede darse entre dos individuos auténticamente independientes” (p.44). En el caso de Gerald May analiza el problema de la adicción en la sociedad actual, sea drogas, sexo, trabajo, dinero, etc. buscando sus raíces espirituales, como deseo de encontrar a Dios; se concibe ello al considerar que una adicción no es otra cosa que un hambre de Dios proyectada en el objeto equivocado (acarrea la pérdida de la voluntad). Llama a cultivar nuestra relación con Dios por medio de la oración.

º Diera la impresión que, a fin de cuentas, todo lo que tenemos entre manos, lo podríamos referir a una cuestión de humanismo. En tanto “actitud o forma de vida centrada en los intereses y valores humanos”. Por lo que toda religión podría ser también humanista, aunque entendiendo que hay humanistas creyentes como no. La clave en todo caso debiera estar en saber perseguir el bien, ya fuera individual o común, sometiéndose a una permanente crítica, diálogo y respeto por los derechos de todos. Todo lo anterior, me deja entre dos preguntas: ¿Cómo hacer para convencernos de que no necesitamos de Dios para promover el ser justos y hacer el bien (saber amar diría también la filósofa Iris Murdock)? Pero también, ¿cómo hacer para que sabiendo obrar el bien, el amor y la justicia, podamos integrarlo a una vivencia de fe religiosa, a un sentido trascendente? Preguntas que podrían empezar a responderse recogiendo esa máxima de Ignacio de Loyola “en todo amar y servir”. Cuestión que me devuelve a mis amigos del inicio, a quienes les ofrezco una vez más un fuerte abrazo.

Guillermo Valera M. (guillovalera@hotmail.com)
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Los jefes

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Aunque parezca de poca atención hay términos a los que nos acostumbramos a verbalizar y que hacen referencia a connotaciones que, de otro lado, no estaríamos muy de acuerdo en usar. Quiero referirme a una palabra tan cotidiana como la de “jefe”, la misma que según diccionario hace referencia a varios significados como “Persona que manda o dirige a otras”. “Líder o cabeza de algo”. “Tratamiento cariñoso e informal que se da a alguien”. “Categoría militar superior al grado de capitán”. “Máxima autoridad de un país” (Diccionario Enciclopédico Santillana).

En general creo que a todos nos puede gustar sentirnos “cabeza” de algo o teniendo poder sobre “algo” o alguien/es, por muy pequeño que éste sea como experiencia. Sea este deseado, adquirido o delegado, ejercemos o nos involucramos en diversas instancias que implican dicha situación. Por ejemplo, en todo tipo de organización, el que se establezcan líneas de “mando” y jerarquías; responsabilidades y niveles de responsabilidad, es algo muy normal y necesario.

Mi preocupación viene por el lado de la connotación que trae el término de jefe puesta en el sentido de mando y autoridad, sesgada muchas veces en una lógica autoritaria, antes que el sentido de servicio que debiera tener todo cargo, en escala ascendente mientras mayor es el nivel de responsabilidad. Sin embargo, suele ocurrir que jefe es la persona que está “por encima” y puede imponerse sobre una situación o sobre un conjunto de personas, más allá que tenga o no la razón, por el hecho de ser el “jefe”.

No hay un sentido de construcción de autoridad basada en la persuasión, el diálogo y la capacidad de convencimiento. Más aún, se genera autoridades que muchas veces no se construyen en forma democrática, sujeta al escrutinio y a la evaluación pública. Qué decir si hablamos de entidades privadas como puede ser una asociación un club deportivo o una empresa.

Me pregunto ¿no es mejor aludir a los términos de “director”, “responsable”, “delegado”, “servidor” u otro que comulgue mejor con una lógica menos autoritaria que el que puede deducirse de la calidad de “jefe”? Más aún, cuando el término de jefe establece sinonimia con otro término de tanta ambigüedad como es el de líder o liderazgo. Claro, líder termina involucrando sentido de competencia, de exclusión respecto a los no líderes, dibujando una aspiración de ser parte de quienes “mandan” en un grupo, organismo o entidad de la cual se trate.

En realidad, pese a que los términos no nos van a dar la solución de las cosas o de los problemas que podemos descubrir tras de ellos, creo que requerimos deconstruir muchos términos que pueden traicionar lógicas que, de otro lado, buscamos desechar, viendo las formas mejores de encaminar afirmaciones que nos sitúen más en tono de convivencia horizontal, inclusiva y de mayor equidad.

Lo anterior quiero vincularlo con los proceso de institucionalización que requerimos para construir nuestro país. Donde necesitamos autoridades competentes a todo nivel y con capacidad de hacer que las cosas funciones y, además, lo hagan bien. Necesitamos buenas autoridades que más que hacer prevalecer la dimensión de poder que les toca administrar o hacer sentir el grado de imposición al que pueden llegar, empiecen por hacer funcionar las cosas que tienen entre manos como función y hacer pedagogía de cómo se hacen las cosas para que éstas funcionen. Por ejemplo, un parlamentario, no sólo debiera promover leyes necesarias y adecuadas a la realidad que corresponde sino hacer pedagogía con la población de cómo se recoge su opinión, como se sopesa los intereses en juego, como se ayuda a los que pueden ser más perjudicados en algo, etc. Un alcalde ¿cómo toma sus decisiones de Consejo? ¿Sólo él, sólo con sus regidores, con qué mecanismos participativos?

En nada de esto queremos desmerecer el sentido de representación que puede estar en juego en cargos públicos electos, muy distintos de funciones que se contratan bajo otros medios. No obstante, ¿no debemos establecer criterios que garanticen el sentido de servicio de cada responsabilidad por encima de la capacidad de poder que pueda contener esta? Y, además, darle un sentido pedagógico y de comunicación adecuada a cada caso. Son primeras aproximaciones a un tema que hay que profundizar.

Guillermo Valera M. (guillovalera@hotmail.com)

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