¿Cómo construimos nuestra libertad?

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La independencia de una persona puede tomarse como el proceso normal de crecimiento y maduración que tenemos a lo largo de nuestra vida, especialmente desde que nacemos hasta que aprendemos a valernos por nosotros mismos, sin requerir de nuestros padres o de un adulto que nos guíe.

Es llamativo que los animales demoren tan poco (a veces inmediatamente después de nacidos) lo que para un ser humano demora alrededor de un año, como es el hecho de aprender a caminar. O el aprender a conseguir los alimentos, después de pasar por el proceso de amamantarse con leche (cuando se trata de animales mamíferos). Hecho eso, cada uno pasa a vivir por su cuenta.

Podemos crecer en autonomía, independencia, libertad… el asunto es que nunca puede tomarse ello desligado de la capacidad de convivencia. No es sólo el hecho de que nuestra libertad termina donde empieza la de los demás. El asunto es mucho más profundo. Estamos llamados a construir esa autonomía y libertad de manera creativa cada uno con nuestra vida y siempre en relación con los demás.

La libertad no consiste en qué tanto tengo yo capacidad de vivir aislado de los demás si no de valerme por mí mismo para relacionarme adecuadamente con los demás. Porque si no nos volveríamos ermitaños y terminaríamos huyendo de nuestras realidades, cada uno la suya y su propia historia.

La ausencia de libertad no estaría tampoco en que uno comparta la vida con los padres o dependa económicamente de ellos si así la situación lo requiere, especialmente en los primeros 18, 21 o 25 (o más) años de nuestra vida. En desligarse de los padres no esta necesariamente la lógica de independencia si es que uno aprende a convivir adecuadamente con las personas del hogar y se respetan los propios espacios en forma recíproca y solidaria.

Otras situaciones son las que supone la unión matrimonial, donde el mote establecido sobre que el “casado casa quiere” puede ser importante para un crecimiento propio como pareja que forja una familia y decide también aprender a convivir bajo su propia responsabilidad. Puede ser lo más recomendable, siempre en un plano de hallar formas propias y mejores de convivencia.

Podríamos recurrir a diversas imágenes y situaciones. Lo importante en la presente nota es llamar la atención sobre el hecho de que los seres humanos estamos llamados a entender la libertad y la independencia a partir de la construcción de relaciones de convivencia, sean éstas más cercanas o no de acuerdo a los contextos en los que nos toque vivir. Y quizás no solo eso.

Recuerdo que cuando adolescente, yo quería tener “mi independencia” y era un rebelde en casa. Me tocó la oportunidad de venir de Piura a Lima a estudiar en la Universidad y de hecho terminé viviendo sólo en una pensión, con personas que recién conocía. Fue una experiencia de autonomía y de aprender a crecer bajo mis propias circunstancias y objetivos, sin tener a nadie diciéndome lo “que tenía que hacer”.

Sin embargo, era un nivel de libertad que no dejaba de estar mediado con el hecho de que mis gastos los pagaban mis padres. Cosa distinta fue la que experimenté cuando, terminando mis estudios universitarios, fui a San Ignacio (Cajamarca), donde viví en una pensión sustentada ya con mis propios ingresos. Allí pasé a experimentar lo que se puede hacer y encaminar de acuerdo a lo que uno puede generar como ingresos, pero sobretodo, a partir de mis propias motivaciones e ideales que eran lo mismo que me habían llevado hasta esas zonas “bastante alejadas” como entonces me parecían.

En resumen, a lo que voy es que libertad – convivencia – ideales o sentido de vida son tres cuestiones que van sumamente unidos o que en todo caso nunca debemos de desvincularlos al hablar de éstos temas y para darles la riqueza que pueda corresponder al hablar de casos prácticos que queramos aludir.

Guillermo Valera M.
15 de febrero de 2010

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