Algunos puntos sobre lo conservador en la Iglesia y la necesidad de aceptarnos

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º Lo conservador en la Iglesia se suele identificar con aquellas tendencias que aprecian las tradiciones, las formas y una visión cultural muy signada por reminiscencias feudales y premodernas, criticando todo lo que se aproxima al racionalismo, la ilustración y el positivismo. Tiene a su favor el rescatar las tradiciones y la memoria, aunque muchas veces en estado “congelado” o centrada en unos pocos hechos ordenados con interés definido anteladamente.

Sin embargo, en lo político, lo conservador se le suele denominar a aquellas opiniones y posiciones de derecha, siendo contrarios a los cambios bruscos y favorables también a las tradiciones (muy amigos de “todo tiempo pasado fue mejor”); suele estar asociado al nacionalismo y al patriotismo (aunque éstos últimos pueden tener también expresiones de izquierda, como se da en el caso del Partido Nacionalista de Humala).

En lo social, suelen defender valores familiares y religiosos, aunque muy signados por el valor de la propiedad como principio y sentido profundamente jerárquico y elitista. En lo económico, históricamente se les ha visto vinculados a posturas proteccionistas, en oposición al librecambismo económico, aunque esto último tendió a generar mixturas diversas. En países como el nuestro lo conservador estuvo arraigado en la propiedad de la tierra (el latifundio) y el gamonalismo.

º En un texto de Emilio Corbiere (“Opus Dei. El totalitarismo Católico”) se sitúa lo conservador, hablando a propósito de la experiencia de conformación del Opus Dei. Se le señala como una de aquellas tendencias que emergieron buscando oponerse a la presencia del marxismo y del comunismo en el mundo, especialmente entre las dos guerras mundiales habidas en el siglo XX (1917 – 1939). De hecho, en España se produjo una guerra civil entre Republicanos y Franquistas (1936-39) que marcó su experiencia. Así mismo, se le puede identificar con el antisemitismo que surgió en la Europa también de entreguerras, lo cual dio lugar al auge del nazismo y del fascismo.

De allí que posturas como el Opus Dei no llegaron a entender el valor y trascendencia que tuvo Vaticano II y la necesidad de superar el sentido confrontativo que trajo la guerra fría y la herencia de violencia vivida en las décadas previas. Peor aún, el surgimiento de corrientes como la Teología de la Liberación terminaron de asustar a sectores de Iglesia que vieron, de manera profundamente equívoca, la amenaza del comunismo y del marxismo dentro de la propia Iglesia. Eso y otros aspectos, conducirán al rechazo de todo lo que constituya un “aggiornamiento” de la iglesia. Todos nos hacemos a partir de las experiencias de vida que nos toca vivir, pero ¿no será posible el diálogo franco y cristológico dentro de la propia Iglesia?

º Mencionamos todo lo anterior porque no puede haber cuestiones más inútiles, en tiempos modernos y posmodernos, que competir por quien tiene el “verdadero Dios”, por intentar imponer a los demás lo que uno considera la verdadera forma de creer en Dios o de discernir las verdades rebeladas. Es cierto que, dentro de la Iglesia, lo conservador se cruza con otros puntos. Tomando como referencia a Guillermo Meléndez (“El Concilio Plenario y las Conferencias Generales del Episcopado de Amércia Latina y el Caribe”), se define lo conservador dentro de la Iglesia, como todo aquello vinculado con el proyecto de romanización y de restauración de la cristiandad colonial, haciéndose alusión al llamado Congreso de Viena (1814) y a la reunión de Obispos del Continente Americano que se dio en 1899.

Desde entonces, se constaba la situación de debilidad al interior de la Iglesia, señalada por la ignorancia religiosa del pueblo y la amenaza atribuida a los llamados enemigos de la fe (las élites políticas y económicas); se situaba como “errores de nuestro tiempo” al ateísmo, el materialismo, el evolucionismo, el panteísmo, el racionalismo, el naturalismo, el indiferentismo, el liberalismo, el positivismo, el protestantismo, entre otros; prácticamente, con excepción de lo “conservador” se condenaba todas las posturas de mayor efervescencia. Será lo que cultive diversas posturas “restauracionistas” y, posteriormente, expresiones de integrismo católico.

Es llamativo que el 1er CELAM (Río de Janeiro, 1955) constatara los mismos problemas de fondo que los vistos en el anterior medio siglo, así como parecidas soluciones. Sin embargo, los cambios producidos en el mundo (explosión demográfica, migraciones, procesos de modernización, etc.) no se tomarán muy en cuenta; dado que todavía el mundo no se valora como lugar de acción. Se verá como lo fundamental el ámbito de lo sacramental, cuestión que será uno de los epicentros de la labor que muchos sectores de Iglesia seguirán defendiendo como el principal en la labor pastoral que realizan.

Lo que sí será una novedad en esa etapa, es que se procesa una reconciliación de los sectores conservadores con la Ilustración y el mundo moderno, buscando participar en el “orden establecido” y su respectiva “cuota de poder”. Ello tendrá como convergencia lo que se promueve y conoce como Nueva Cristiandad (NC).

A partir de cambios sociales y políticos que se van operando en AL (por ejemplo, la revolución Cubana), se abrirán otros caminos, ya fuera de parte de gente vinculada a la Acción Católica o de procesos de reflexión y compromiso vinculados a la Teología de la Liberación, conduciendo a propósitos de “nueva evangelización” desde la realidad de los pobres.

Volver sobre esos hechos (como otros) y dialogar al interior de la Iglesia sobre el sentido profético de su presencia en el mundo y la necesidad de poner al centro la gran novedad que fue (y sigue siendo) Jesús para nuestro tiempo; o la importancia de los más débiles en su mirada y acción ¿no nos abre (o nos puede abrir) a nuevas posibilidades de integración y sentido eclesial y cristológico?

Volveremos sobre éstos puntos, ojala sin un sentido escéptico y más bien de mayor apertura. Puede parecer ingenuo pero así como es necesario el diálogo interreligioso a nivel externo con otras religiones, necesitamos de un diálogo intraeclesial sobre cuestiones sustantivas y prácticas, al estilo de si es el hombre para el sábado o el sábado para el hombre, o para discernir juntos quién es nuestro prójimo ¿sólo el Samaritano?

Guillermo Valera Moreno
19 de julio 2010

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