Hacer resurgir

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Ya habíamos decidido ir a almorzar, era un poco tarde y amenazaba con llover. Salimos del hotel y nos dirigimos en dirección de algunos lugares que nos habían indicado. Caminando, empezaba a crecer el goteo, por lo que decidimos aguardar en uno de los pasadizos que daban a la avenida principal. Nos dijimos, que calme un poquito la lluvia y seguimos.

De pronto, todo se calmó, pareció enmudecerse el tiempo, sólo segundos. Nos miramos a la cara y con una leve sonrisa nos disponíamos a seguir nuestro camino, ya más próximo como destino, en realidad bastante o muy cerca de nosotros. Hasta pude imaginar el sol brillar nuevamente y que toda la gente del lugar volvía a sus rutinas y caminares cotidianos. El mismo señor de la tienda de al lado salió a corroborar que concluía la lluvia pasajera.

De la nada, para nuestra admiración, empezó a granizar, un granizo diminuto de gotas de agua congelada qué rápidamente cubrió de un manto blanco cuanto estaba a nuestro alrededor. Tal fue la sorpresa y la rapidez de las cosas que no habíamos avanzado más de dos metros a la intemperie cuando se descargó un aguacero como no veía hacia tiempo, con truenos, rayos y relámpagos, un diluvio prácticamente que se expandiría por más de una hora.

La verdad que entre alegres por la lluvia, sorprendidos por esos cambios de la naturaleza, algo afligidos por el hambre que empezaba a reclamarnos en cada estómago, preocupados porque no nos fuera a afectar la salud en demasía porque ya habían algunos síntomas y mejor era siempre estar prevenidos o no exponerse innecesariamente. Al menos estábamos abrigados.

Por el detalle del granizo no se trata de una zona de la costa o de la selva, pese a las fuertes lluvias que ya se vienen dando en las tres regiones de nuestro país. Hablamos acá de la sierra, de una zona por encima normalmente de los tres mil metros de altura como es Huaraz (3,052 m.). Zona en la que estuve recorriendo unos días con Nila (mi esposa), de modo muy grato y agradecido.

Pastoruri, Lagunas de Llanganuco, Querococha, Patococha u otras, los diversos puntos del Callejón de Huaylas que recorre de sur a norte el río Santa… o la invaluable aproximación que se puede tener a la mítica y extraordinaria cultura Chavín en Wari. Quizás, para mí en ésta ocasión, lo más significativo del pequeño recorrido realizado. Uno no se reencuentra sólo con nuestro pasado histórico. Se explica con mucha claridad por qué de la existencia de Macchu Picchu y otros posteriormente.

Y no sólo son “restos arqueológicos” que de por sí encierran mucho valor. Son de una calidad artística y arquitectónica muy significativa que vale la pena apreciarlo en directo, en persona. En realidad, tenemos vitalidad arquitectónica y artística innata y me pregunto, ¿qué debiéramos hacer para que ello, entre otras cosas, resurja en nuestro Perú de hoy?

Guillermo Valera Moreno
Magdalena del Mar, 6 de marzo 2016

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