Las elecciones, ¿todo da igual?

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Reflexionaba sobre cómo, en momentos complicados como lo está siendo el tener que elegir por quién votar en las siguientes elecciones presidenciales, donde empiezan a salir las miserias y contradicciones que acompañan a la mayoría de los candidatos, normalmente se nos genera desánimo, desesperanza, desinterés y una propensión al pragmatismo, a la búsqueda de salidas que quizás se plantean poco (o limitadamente) el mediano o largo plazo del caso.

Y, sin embargo, en medio de ello, tenemos que proponernos amar mejor a nuestro país y considerar lo que nos puede ayudar a construir (seguir construyendo) horizontes más amplios, perspectivas que ponen en tensión lo que podemos hacer de inmediato (incluido por quién votamos) y lo que tenemos que seguir trabajando con un más largo alcance. Quizás por ello, sería importante que cada quien se planteara seriamente, quién en las próximas elecciones puede aproximarse mejor a sus propias convicciones, del futuro que quiere para (sus hijos y) las nuevas generaciones, que respeta y cuida mejor el medio ambiente y lo quiere trabajar en democracia, con enorme sentido ético y de respeto por la diversidad y los otros.

Siendo consciente que gobernar un país como el nuestro no es fácil. Tan así que los lobbies de los grupos de poder le pueden terminar de torcer las mejores intenciones que pueda tener un presidente recién electo, aprovechando la crítica debilidad de nuestros partidos políticos o la falta de coherencia o desencuentro existente entre la voluntad popular y los compromisos contraídos con el voto, respecto a lo que termina ejerciéndose como gestión del Estado y conducción gubernamental. Y uno se pregunta, ¿tiene sentido votar en las elecciones si no se va a respetar la voluntad popular? ¿No hay forma de ir contra ese manejo impune?

Nos ha sucedido al menos tres veces en los últimos 35 años. Primero con Fujimori en 1990; con Alan García el 2006, y con Ollanta Humala el 2011, el gobierno actual que ya va concluyendo sin pena ni gloria. ¿Sería posible demandarlos por “incumplimiento de contrato”, descompromiso con lo ofrecido electoralmente, “engaño electoral”…? No hay mecanismo claro al respecto. Lo cual, como decimos, puede llevar a pensar que da igual votar por quien sea, si no se respeta (o se elude) con facilidad la voluntad popular.

Es un mayor esfuerzo el que nos tocará hacer a todos en éstas elecciones. Primero, valorar que siguen siendo (y siempre lo serán) importantes las elecciones para afianzar nuestro aún débil sistema democrático. Con las elecciones de abril tendremos, después de casi un siglo, cuatro elecciones consecutivas sin interrupción del proceso democrático. Parece poca cosa pero qué importante que es, especialmente en la incidencia de una cultura democrática diferente al autoritarismo con el que muchas generaciones nos hemos movido como ambiente natural.

Segundo, marchar contra la corriente de los candidatos ya instalados; de las corrientes del “mal menor” como algo indefectible; del temor irreductible de que salga tal o cual candidato… Por cierto, también me cuestiona que la hija de un gobernante tan corrupto y cínico como lo fue Alberto Fujimori, tenga la cercana posibilidad de salir electa como presidente.

Tercero, requerimos ser muy cautos de lo que es posible y de cómo se tendría que renovar la política en éstos contextos, sobretodo, entendiendo los límites que nos plantean los principales contendores y de cómo es posible acumular esfuerzos a partir de candidatos menores pero que nos pueden abrir una perspectiva de más largo aliento, ayudando a construir partidos políticos más sólidos desde ellos.

Guillermo Valera Moreno
Magdalena del Mar, 31 de enero de 2016

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