Aprender a vivir la vida es hacer política

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Cómo queremos al otro, cómo nos relacionamos con las personas conocidas y desconocidas, qué nivel de respeto ponemos en juego al hacer compras en una bodega o en un mercado; de qué manera dialogamos con el cobrador del bus o con el policía de tránsito (si lo hay).

Cuánto dialogamos con nuestros hijos y conyugue, cómo nos vinculamos a ellos y a nuestros familiares. Qué decir con los compañeros de trabajo o las personas que están bajo nuestra responsabilidad, ya sea obreros, empleadas del hogar, secretarias u otros funcionarios del caso.

En todas esas relaciones se pone en juego el quehacer político de la sociedad y en todas ellas influye la manera de actuar políticamente, ya sea que se procese desde instancias partidarias, la opinión pública o el quehacer propiamente dicho del Estado. La manera cómo nos relacionamos es clave para el sentido de lo político y en la manera de hacer política.

Finalmente, estamos hablando de cómo convivimos en la polis, en el conglomerado de población que hacemos parte de una urbe o de una dispersa zona rural, la misma que suele estar conectada por servicios diversos o infraestructura promovida normalmente por el Estado (ya sea desde el municipio o alguna instancia del gobierno central).

Sin embargo, la manera tan devaluada de entenderse la política (casi sinónimo de pantano, basural o simplemente estiércol), nos obliga a recrear la manera cómo la entendemos, de cómo nos aproximamos a la política y sobre qué nos dice como sentidos (en plural) necesarios en la construcción de una democracia, ya sea ésta abordada desde una mirada con énfasis pre-moderno, moderno o post-moderno.

Quizás podamos hurgar o hallar diferencia entre una y otra, en cuanto a quiénes incluye o quiénes son los ciudadanos (una élite, un sector social, los mayores de 18 años o lo son todos en una sociedad); en cuanto a si sólo se refiere a cuestiones de racionalidad propositiva, en tanto iguales ante la ley, programa político, ideología, etc.; o si también involucra las relaciones interpersonales a todo nivel, donde todos somos parte del poder, las decisiones y de la capacidad de realizarnos como personas (tomando en cuenta la realización de todas las personas y no sólo la de unos cuantos).

Pareciera que estamos caminando hacia dimensiones y horizontes distintos a los que hemos estado acostumbrados. Como se entenderá, no se trata sólo de un tema de actitudes y valores, los cuales son también fundamentales y debemos hacerlo muy explícitos, más aún, como sentido ético de lo político.

Sin embargo, se trata además de cómo aprendemos a situarnos en una vida más interconectada, más globalizada y también más homogenizada, en la cual vamos sumergiéndonos en forma creciente, en el marco de un desarrollo capitalista que se ha ido extendiendo a modo de mercado en el conjunto de nuestras relaciones económicas, sociales y culturales.

Redescubrir que lo, ciudadano puede ser algo personalizado y no solo anónimo, por más impersonal y masificada que se vuelva la política, como también se vuelve (y lo vuelve) el mercado y el tipo de cultura al que se da lugar (por ejemplo, la diversión o el entretenimiento que discurre por la “mass media” suele ser muy impersonal).

Sin embargo, y pese a ello (o felizmente por ello), la manera de relacionarnos unos con otros no deja de ser un elemento clave para comunicarse y llegar de mejor (o peor) manera a los demás, al llamado “el otro”; más aún, al diferente. Ese tipo de factores es toda una cuestión que debemos o se tendrá que recrear desde la educación más inicial, empezando por el hogar, seguido por el “nido” (o el wawa Wasi); en el colegio y el vecindario; en la universidad, el centro laboral y la manera de relacionarnos con el Estado en sus diversas instancias y aproximaciones.

Necesitamos considerarnos personas aún (sería mejor decir “y sobre todo”) en las situaciones de contradicción grave o de mayor conflicto; en las diversas situaciones que se pueda plantear o establecer. Obrar el bien en situaciones normales es cosa relativamente fácil (aunque no es obvia, ni es redundante decirlo). Es casi como se dice “amar a nuestros amigos o a nuestros familiares o a personas preciadas”. El asunto importante esta en cómo hacemos posible o viable lo diferente, lo adverso, el remar contra la corriente, las situaciones que suponen tensión o rechazo.

Esta en juego mejorar la vida de todos, ya sea bajo la forma de actos de justicia, la defensa de una causa verdadera o similares, el destierro de la muerte de niños por la causa que sea. Esa u otra motivación, es algo por lo que tenemos que saber confrontar. Pues será la mejor forma de convivir, será la mejor forma de hacer pedagogía de la no violencia, será la mejor forma de establecer pautas duraderas. Esta en juego mejorar la vida de todos y aprender a mejorar siempre la vida en el lugar en que vivimos. Sintiéndolo y viviéndolo como una pauta a la que nos podemos sentir llamados. Llamados y saber responder a ese llamado es hacer política y es aprender a vivir la vida.

Guillermo Valera Moreno
7 de febrero de 2011

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