Visita en Fiestas Patrias

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Tome su mano y la besé, a modo de saludo, como lo haría alguien con una reina o una dama distinguida. Como quizás lo hizo Pedro Pablo Kuczynski con Luz Salgado, presidenta del Congreso, en la investidura presidencial, pese a la soledad de aplausos de la bancada fujimorista. Así, con delicadas caricias seguí teniendo la mano de mi tía Aurita, postrada ella en su cama, es probable, alcanzando a reconocerme a lo lejos, después de algunos meses que no iba a visitarla.

Aunque sigue lúcida, con más de 90 años, es casi un milagro la capacidad que tiene de continuar, de comunicarse, de estar al tanto de varios detalles de la casa donde vive con otras 3 de sus hermanas, las cuales son también hermanas de mi madre. Delia, Delia… la llamaba en varios momentos; Delia es un año mayor que mi madre que va por los 87 años. Olga (mayor que Delia) estaba en ese momento atendiéndola, le iba a dar de cenar, ya había oscurecido.

Aunque no demostraba muchas ganas de comer, con mucha paciencia, bocado a bocado, fue consumiendo la sopa licuada de varios ingredientes que tocaba en ese día. Con Nila estábamos de visita y ya queríamos irnos porque no podíamos darles más trabajo a mis tías. Entró en la habitación Yola, menor que todas las anteriores, aunque en 70 y algo… Muy contenta, con su bastón en mano, pues el año anterior se había caído y fracturó la cadera y ya tenía miedo de caminar sin su apoyo. Sin embargo, se le encontraba más conversadora pese a la sordera que le acompaña desde casi siempre.

Se ofrecieron a preparar un rico chocolate caliente para el frío y poder compartir algo más en esa visita anunciada ese mismo día 29, poco antes de salir al desfile militar por Fiestas Patrias. La verdad que habíamos dudado de ir, pero la buena disposición de mis tías para recibirnos nos terminó de animar y no nos equivocamos. El día estaba agradable, con solcito de invierno, con la alegría de la gente en la calle, con un desayuno – almuerzo a las 10.30 de la mañana… y algún jaleo conyugal. Compramos algunas cositas para llevar y llegamos bien.

Yola nos contaba, mientras tomábamos el chocolate con panetón (parecía en algo la Navidad), sobre los libros que leía, la relación de autores y sus obras, además de otros datos biográficos, que ella había ido construyendo… “tengo más de 200 nombres” nos decía con mucho entusiasmo, aunque Vargas Llosa no le gustaba mucho porque “muy lizuriento”, nos decía, no se deben decir tantas alas palabras en las novelas… Yo le escuchaba con atención y aprovechaba de comentar que también había leído varias novelas de Varguitas, así como de García Marquez. Ah, y hay una feria del libro que está dedicada a Colombia, me hubiera gustado ir, dice que esta buena y cuántos libros para ver… Hablamos de lo “real maravilloso” de la literatura latinoamericana y otros tantos detalles, la verdad que no se me ocurrió en ese momento pero le vendría bien tener una biblioteca cerca de la cual proveerse de libros de modo regular. Qué bueno ese amor por la lectura y la literatura, algo más creo me la ha contagiado.

Estuvimos riendo hasta pasadas las 9 de la noche, entre bromas, recuerdos y el gusto de estar como un día de tantos, como tantos días compartimos juntos años atrás, cuando estuve una temporada viviendo con ellas, cuando universitario. Qué grandes tías! A través de ellas creo que conozco mejor a mi madre, quien viviendo en Piura, ya no se mueve mayormente de casa y no tenemos ocasión de vernos tan seguido. Esa visita fue una gran cosa, un gran gusto, algo que no debo dejar de repetir, quizás más seguido.

Guillermo Valera Moreno
Lima, 10 de agosto de 2016

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