Coherencia y compromiso

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Resulta a veces difícil de entender la relación que puede haber entre decir una cosa y hacerla, buscando establecer coherencia. Algo similar se da entre la fe que uno puede profesar y la manera cómo la hace vida. No basta saber que es importante amar, que hay que amar y que si todos nos amáramos en el mundo, nuestro mundo sería otro, algo diferente; es vital que empiece por preguntarme cómo yo amo a mi pareja, cómo yo amo a mis hijos/as, a mis vecinos, a mis compañeros/as de trabajo o estudio… cómo me amo a mí mismo.

Caer en la cuenta de la vida que llevo con relación a lo que digo y hago, lo que planteo (sugiero o exijo) que los demás sean o hagan y lo que yo realmente soy y hago. No es sólo un tema de buenas o malas intenciones, porque desde la persuasión con la que muchas veces vivimos que uno por naturaleza ama y procura hacer el bien, creemos que todo lo que sale de nuestra voz, pensamiento o acción ya es bueno o tiene un sentido de amor o verdad. Hay que discernir todo ello porque nos equivocamos a cada rato en éstas cosas y, muchas veces no nos damos ni cuenta.

Para ello, siempre será muy importante conocernos mejor a nosotros mismos, cada uno a sí mismo. Es una buena forma de ayudarse a situar la vida en la que estamos inmersos y trabajar sobre lo que pueden ser nuestras recurrencias, positivas o negativas. Las primeras para aprovecharlas mejor y las segundas para procurar manejarlas en un sentido positivo también, cuestiones que nos ayudaran normalmente a crecer. A saber también que ese crecimiento no sólo es tarea o capacidad de uno, porque también lo es de muchas personas que nos ayudan (sin darnos cuenta) a ese propósito.

Ello nos dará riqueza interior y nos abrirá de mejor manera a saber valerse por uno mismo, a pensar mejor por uno mismo, a saber discernir y tomar mejores decisiones, asumiendo un mayor sentido de responsabilidad y compromiso. A veces podemos pensar que tener “buenas ideas” es suficiente para encaminar iniciativas, para que otros las hagan y nos den la razón de lo acertados que estábamos. Y va uno por ahí regando “chispazos” (como diría el Tío Porfirio, jesuita tan entrañable en la educación de mi niñez), buenos propósitos, posibilidades… donde bastaría con decirlas sin que uno se involucre realmente, salvo para reclamar los “resultados”.

Necesitamos darnos profundidad en la vida. Parte de eso significa asumir responsabilidad directa sobre lo que yo creo en la vida que me toca. En todo ello, si queremos enseñar a nadar, tenemos que meternos al agua y mojarnos. Si queremos escalar en un lugar de altura, tenemos que prepararnos para ello y hacernos parte del propósito yendo a escalar, salvo que no tengamos condiciones para ese caso y sólo nos corresponda dar recomendaciones sobre lo que podemos conocer al respecto y presentarlo con la humildad correspondiente. Sentando compromiso desde lo que uno puede aportar, liderando desde lo que se puede aportar, conocer y desear aprender, en horizontalidad de condiciones.

El P. Carlos Cabarruz sj nos orienta de modo interesante en varios de estos puntos (a propósito de sus talleres en Lima, enero 2015) y nos ayuda a enlazarlo con dimensiones de nuestra espiritualidad ignaciana que son vitales, tales como la pausa y oración diaria, los ejercicios espirituales, el sentido de nuestra vida comunitaria, la revisión de vida y otra serie de elementos. Parte de ellos, nos los compartía recientemente con las CVX de El Agustino Manuel Alomía, con una capacidad de educador muy gratificante, invitándonos a valorar lo que hacíamos cada día, a procesarlo, a darnos espacio para respirar y de ser conscientes incluso de nuestra propia respiración y el bien que nos hace. Tantos elementos sencillos desde los que debemos volver una y otra vez.

Guillermo Valera Moreno
Magdalena del Mar, 3 de mayo de 2015

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