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Versos Poemario

25.- Jesús

Hubo un Dios que contemplando
las maldades de este mundo,
en el siniestro mar profundo
de la pena se quedó llorando.

Y su hijo muy amado
viéndolo en tal sufrimiento:
“Padre mío, óyeme un momento
que no quiero verte así apenado

Al hombre amas con ternura,
y el te responde con mal pago;
aunque le diste tierras, lagos,
mares inmensos, ríos de agua pura.

También yo cariño intenso
tengo por tu ingrata creación
bajaré a prestarles salvación
si asientes lo que hacer pienso”

“Hijo mío muy amado,
sé que quieres dar tu vida,
y aunque el hombre pronto olvida,
testimonio habrá de mi llamado,

Vete pues, como has querido,
a la mundana tierra del pecado;
en santa mujer serás encarnado,
y humano nacerás, por ver al hombre redimido.

Y aunque se parta el alma mía,
con el dolor de tu suplicio
regocíjame tu sacrificio
por la humanidad que perdida yo tenía”

Mientras tanto en la tierra
nadie sabía lo que hacía;
el pobre paupérrimama agonía
y el rico sus puertas le cierra.

Y Gabriel el Arcángel vino
a buscar a la elegida,
entre todas, escogida,
como madre del salvador divino.

Y cumpliendo el mandato de amor
entró a casa de María,
y le dijo: “Dios te salve en este día,
llena eres de la gracia del Señor,

Madre serás del Redentor
que Jesús será llamado,
y recibirá el reinado
de las manos del Señor”

Dijo la bendita inmaculada:
“No conozco yo varón,
¿Cómo se dará tal situación?”

Y el ángel respondió a la asombrada:
“Vendrá sobre ti el Espíritu Santo
y con la sombra del Señor
te cubrirá con esplendor
y tu hijo será santo,

e hijo del Padre de los cielos”
Dijo María: “He aquí la esclava del Señor,
cúmplase en mí su mandato de amor”
Y el ángel dejó los mundanos suelos.

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20.- Gina y Joel

En la plazuela desierta
una chiquilla contemplaba
a un gorrión que volaba
aunque su suerte era incierta

Y en el vuelo increíble
de aquel pájaro pequeño,
Gina veía a su sueño
hecho todo un imposible

Condenada desde el día
en que al mundo vino,
al yugo mezquino
de tez negra y sombría

de la silla de ruedas,
que clavaba sus piernas
y sus ansias tan tiernas
y ella sin que nada hacer pueda.

Las lágrimas bañaron
aquel rostro divino
y aquel pobre destino
que los hombres marcaron.

Ella lloraba de pena
porque quería caminar,
como otras chicas, poder amar
y era tan insufrible su pena…

Joel, oculto como un niño
sin ser visto la miraba
y en secreto la amaba
con el más puro cariño.

Al fin, Joel, con gran valor,
se puso junto a ella
como busca la estrella
que dar luz y calor;

Y le dijo al oído:
“Amiga, esta es la cruz
que el Dios de la luz
te dio sin haberla pedido.

Amiga, yo te quiero ayudar
a cargar tu carga,
y verás que a la larga
juntos lo hemos de lograr.”

Y ella le dijo: “Joel,
siempre estás a mi lado,
tú nunca me has fallado,
ni en el instante aquel,

en que por alguna supiste
que para el mal que padezco
y que yo no merezco
cura alguna que no existe.

“Amiga, -dijo Joel-
yo quiero decirte algo,
y aunque muy poco yo valgo
te lo juro por Él

que soy sincero contigo
y que yo no te miento;
que el cariño que siento
por ti, es más que de amigo.

Amiga, me cuesta decirlo,
pero yo a ti te quiero
y hace mucho que espero
que puedas oírlo

de mis jóvenes labios;
que aman el débil y el recio,
el docto y el necio,
los ignorantes y los sabios”.

“Amigo –dijo Gina-
sin tomar al Señor por testigo
sé que eres sincero conmigo,
aunque sabes qué se avecina.

Yo también te quiero,
y sería mucho mejor
que este dulce amor
que nos dio el justiciero

nuestro Dios del cielo,
a Él lo consagremos
y así las gracias le daremos
por este tan grande consuelo”.

Joel tomó con ternura
una de las manos de Gina,
y la besó con calma divina,
como pleno rayo de dulzura.

Ambas miradas se cruzaron
emanando inocente candor;
abrazóla Joel con amor
y con caricias sus rostros se llenaron.

“No es por tus labios rojos,
ni por tus negros cabellos,
ni por los destellos
que irradian tus lindos ojos;

ni por lo que esperes
ni por lo que tienes
ni lo que sostienes,
sino por lo que eres

Como persona humana,
creación de plenitud,
con defecto o virtud,
como a una virgen cristiana

te quiero y quiero
que sepa todo el mundo
que este cariño tan profundo,
es hermoso y sincero.”

Agonizaba así la tarde,
y la gente en retirada
caminaba iluminada
por un sol que poco arde.

Confundidos con la gente
Gina y Joel se perdieron
con las sombras se cayeron
con la noche, de repente.

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48.- Las horas tristes

Las horas tristes,
la guitarra abandonada,
las cuartillas olvidadas,
los libros abiertos,
por rincones los cuadernos…

Apuntes flojos, las horas pesadas,
muerto el silencio,
mi cuerpo y su cansancio,
la mente adormecida,
el pensamiento entre lo vano,
el bolígrafo muy cerca de mi mano…

No escribo, pienso,
pienso muchas cosas,
escucho música, reposo, me distraigo,
o tan solo intento distraerme.

Huir la mirada a los libros profanos,
huir la mirada a la noche
vista desde la ventana,
huir la mirada al reloj,
vano intento
de burlar el tiempo.

El tiempo.
Tal vez sea eterno.
Y la noche.
La noche triste.
¿Triste con un cielo
tan hermoso y sombrío?
Oculta la luna,
marchitas las estrellas,
las luces de la ciudad y de los pueblos
tratan de pasar como luz del cielo.

Venga, venga poema,
que lo extraño,
venga musa presta,
a esta pródiga mano,
a liberarla del martirio
de escribir garabatos,
venga a esta mente perdida
en lo sublime y en lo extraño,
en lo triste y lo mundano,
en el dolor y en la sonrisa,
entre el tiempo y el espacio…

Vuelva, vuelva
y no se vaya, musa,
que no existes, eres ficción,
no te interesa al fin y al cabo,
ven aunque no pueda verte
ni tocarte con mis manos.

Vuelve, que no quiero
escribir asperezas.

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16.- Al maestro amigo

Te recuerdo entrando en el aula
con muchos años sobre la espalda,
las arrugas de tus manos
contaban los años
que habías pasado.

Tu mirada espiaba furtiva
nuestras mil chiquilladas tardías;
las gafas oscuras
contemplaban locuras
que ahora añoramos.

Tu sonrisa pegada en los labios,
cuando salían bien nuestras cosas;
los ojos llorando
de rabia y de furia
si no escarmentábamos.

Tus palabras eran consejos
caso omiso nuestras acciones
a la larga vería
nuestra terquedad
que tenías razón.

Con nosotros siempre tú estabas,
en las buenas como en las malas;
en las horas de pena,
dolor y tristeza
nunca nos fallaste.

Eras tan humilde y tan bueno,
nunca nos negaste lo imposible,
siempre nos ayudabas
aunque a veces
ni te dábamos gracias

Te recuerdo como maestro,
como maestro de la vida;
Te recuerdo como amigo,
como amigo del alma dolida;
Te recuerdo como padre
que nunca me falló;
Más que maestro, un amigo,
más que amigo, un padre
que hoy quiero recordar. Sigue leyendo

12.- La cena de los buitres

Un desdichado animal herido,
yace en el suelo, tendido,
y la antes familiar manada,
hace mucho se perdió de su mirada.

Y es que la sabana africana
de ningún animal es hermana;
el limitado es dejado a su suerte
esperando que llegue la muerte.

El herido animal sufriendo
de dolor se está muriendo:
sólo impotente y sin abrigo
de su muerte será la sabana tumba y testigo.

Los torvos buitres de señorial vuelo
lanzan una mirada por el suelo
y ven alejarse a su presa de la vida;
una vez muerta, su cadáver será su mísera comida.

El sacrílego festín ha empezado:
una vez que la muerte ha llegado,
al cadáver rondan en vuelo circular
los buitres de aire tenebroso y singular.

Y sobre el cadáver posan
garras y pico que destrozan
la carne inerte de aquel animal
que tuvo aquel día su hora final.

Y devoran sin piedad
entregándose a la saciedad
de su hambre y sed sangrienta
que a cada instante se acrecienta.

Después de estos sucesos
quedaron tan sólo los huesos
del cadáver de aquel pobre animal
que nunca hizo ningún mal.

Por allí pasaba, rifle en mano,
un cazador, un humano,
que indignado por la escena
a muerte a los buitres condena.

Y con raudos balazos
hace blanco en los brazos
emplumados de los convidados
que emprenden vuelo, dejando olvidados

los restos del festín
que violentamente tuvo fin
por la interrupción,
del cazador de buena intención.

Sólo un buitre ha quedado
en el suelo, deerribado,
desangrado y moribundo
desgarrándose en un dolor profundo.

Y se le acerca el cazador
al terrible predador
de la sabana impía,
y oí que esto le decía:

“Por qué se alimentan
del cadáver que encuentran
convertido en carroña
sobre la vegetación que retoña?”

Y el buitre, indignado,
rompió su silencio sagrado,
y al ver cercana la muerte
dijo al hombre con voz fuerte:

“Y ustedes, los humanos,
por qué se matan entre hermanos
teniendo uso de razón,
sentimientos, corazón?”

Y así el buitre murió
y el postrer suspiro exhaló;
mientras, el hombre, pensando,
lentamente se alejó caminando.

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33.- Muerte

Tal vez no pueda hablar de ti porque no te conozco.
Heraldo incansable que anuncias el final de la vida,
en forma instantánea, tal vez en larguísima agonía,
quitándole al hombre su ser y su existencia.

Llegas en cualquier instante y sin anunciarte,
no perdonas a nadie, ni al opulento ni al miserable
de ti no se libró ni Dios, aunque logró vencerte.

¿Cómo eres? ¿qué se siente?
¿Serás tal vez el final de un sueño?
¿serás el comienzo de lo desconocido?
¿serás mutismo, serás movimiento,
serás sombras, serás luces y relámpagos,
serás aurora, atardecer o noche,
llamas de fuego, fríos témpanos de hielo
o finalmente el regreso a la misma vida?

Te espero y no te espero, muerte,
no sé si temerte o no temerte,
no sé si conocerte o ignorarte,
no sé si es mejor vivir o acariciarte.
Muerte, muerte.
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13.- El poeta muerto

Dijo una paloma en la mañana
al Padre Eterno de los cielos:
“¿Por qué el poeta ya no escribe más sus anhelos,
sus esperanzas, sus ideales, sus victorias;
por qué no nos deleita más con sus historias
que enmudecieron hace más de una semana?”

“Sí, Padre, rostro níveo de ternura,
el poeta joven ya no canta,
con palabras nuestro sueño más no encanta,
no lo arrulla, ni acaricia ni acompaña
gran cariño ya no nos entraña”
-dijo una triste golondrina con dulzura.

¡Infinita luz entre tinieblas,
guía nuestro en lo mundano!,
el poeta ya no canta a lo cercano,
en el silencio yace adormecido,
vuestro poeta ahora está dormido,
más no en el mundo que de humanos pueblas.

El poeta yace inerte,
víctima de sus imposibles anhelos,
tres metros debajo de los suelos,
en una profunda fosa,
donde impávido reposa
su cuerpo acostado sobre el lecho de la muerte.
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39.- Himno

Harto estoy de la rima tirana
y del conteo abominable de las sílabas,
harto también, de cantar a lo de siempre,
de cantar al amor,
de cantar al recuerdo,
de cantar a la condición humana miserable.

Harto estoy de mitificar esperanzas,
de cantarle a los castillos en el aire,
de adorar ídolos de pies de barro,
de cantar a la gente,
a las ideas,
a la música,
a las sociedades masificadas…

Harto estoy, de las admiraciones,
de las incógnitas, del misterio,
de las visiones apocalípticas,
de las rebeliones ficticias
de las sociedades de consumo…

Quiero cantar, aunque lo haga mal,
aunque nunca deje de ser un mediocre,
aunque nunca me entienda la humanidad.
Quiero cantar a las cosas nuevas,
a la verdad nueva, a la vida nueva.
Cantarle al universo nuevo,
a ese cosmos cada vez más cercano,
a ese mundo al que llegarán unos pocos…
Quiero cantar. Ya estoy harto.

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50.- La ciudad de los pasos

Vuela, vuela, maldito calendario,
desnudándote las hojas
transcurren los meses;
pasan horas y días enteros
y yo aquí prisionero
entre cuatro paredes
y mis libros…

No puedo contemplar el amanecer
desde mi ventana,
tampoco entregarme al sol y al calor
de los días,
ni al atardecer a lo lejos
en el horizonte,
solo a la luna en las noches oscuras.

Entre bibliotecas y carpetas,
tomando libros
que pasaron por cientos de manos,
entre palabras subrayadas,
nombres, garabatos,
entre libros caducos y lozanos.

Entre aulas, entre aulas y a la fuerza
para no pasar frío,
la neblina y los balcones
con sus férreas barandas
manando rocío,
las pizarras intangibles,
el estrado y el asiento
de la cátedra.

Las carpetas desordenadas,
los pasos,
las frases obscenas
en la puerta de los baños,
bosteza el vigilante,
despierta recién
el bibliotecario.

Se acercan, son cuerpos humanos
con libros bajo el brazo.
porque se arrastran como serpientes
o quieren seguir a los primeros;
atravesando el césped
tal vez recién regado
por la noche,
caminando por veredas resbalosas,
se encienden las luces,
es aún muy temprano.

Se sienten los pasos
el eco los trae hasta lo alto
por entre balcones,
escaleras y salones,
muy pronto la ciudad
será de los pasos.

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