48.- Las horas tristes

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Las horas tristes,
la guitarra abandonada,
las cuartillas olvidadas,
los libros abiertos,
por rincones los cuadernos…

Apuntes flojos, las horas pesadas,
muerto el silencio,
mi cuerpo y su cansancio,
la mente adormecida,
el pensamiento entre lo vano,
el bolígrafo muy cerca de mi mano…

No escribo, pienso,
pienso muchas cosas,
escucho música, reposo, me distraigo,
o tan solo intento distraerme.

Huir la mirada a los libros profanos,
huir la mirada a la noche
vista desde la ventana,
huir la mirada al reloj,
vano intento
de burlar el tiempo.

El tiempo.
Tal vez sea eterno.
Y la noche.
La noche triste.
¿Triste con un cielo
tan hermoso y sombrío?
Oculta la luna,
marchitas las estrellas,
las luces de la ciudad y de los pueblos
tratan de pasar como luz del cielo.

Venga, venga poema,
que lo extraño,
venga musa presta,
a esta pródiga mano,
a liberarla del martirio
de escribir garabatos,
venga a esta mente perdida
en lo sublime y en lo extraño,
en lo triste y lo mundano,
en el dolor y en la sonrisa,
entre el tiempo y el espacio…

Vuelva, vuelva
y no se vaya, musa,
que no existes, eres ficción,
no te interesa al fin y al cabo,
ven aunque no pueda verte
ni tocarte con mis manos.

Vuelve, que no quiero
escribir asperezas.

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