Nosotras no creemos en el rock presente, solo en el rock pasado, y pesado. Y cuando nos invitan a una fiesta por nuestro tamaño la capucha llega hasta nuestra mismísima nariz, es una suerte de impertinencia al vestirse y telón que oculta el espectaculito. Le tememos a los músculos, a los dedos y naturalmente a los matamoscas, especialmente a los matamoscas con tantos dólares en los bolsillos, no, más bien a los matamoscas que tienen un parlante donde debería ir la boca. Mira mi bufanda, mira estas botas y este abrigo, alguien todavía cree que somos de carne y hueso? Es el problema de usar demasiado la mente, eeeeso genera un comezón interno, que requiere de una varita para colocarla en un recipiente. Otro punto importante: el cabello desordenado. Pasar todo el día volando no le permite a uno mantener esa línea perfecta, más aún cuando hay momentos, créeme, en que nos entra una desesperación brutal, que nos sacudimos, levantamos los brazos y saltamos suicidas desde el sofá en que estábamos en posición de yoga. Finalmente, está la intranquilidad, no poder estar contento con un solo objeto, los compro todos! Y la plata y la vida nos quedan cortos, nunca nunca he durado más de cinco minutos en la mitad del camino. Es nuestra lógica interna al fin y al cabo. Y, con todo, el mundo nos escoge y tú me escoges a mí. Ya maduro, ya con millas y estaciones encima, incluso con frases repetidas porque el primero en llegar es el que tuvo todo el idioma a su disposición. Así tan débil tú me escoges. Y yo escondo mi pancarta de “vive la France”.
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La Reina de Plomo
A rastras subiendo cada escalón, sintiendo mi realidad rozar ese moho inmisericorde de tercer mundo y mala suerte. Golpeo con un puño cada que recuerdo los minutos previos y solo por una fuerza absurda sigo dando pasos hacia adelante, hacia arriba, hacia la luz superior. El aire que se siente al levantar mi cabeza es un motor pero a la vez un recuerdo de la civilización mortalmente alejada. El pensamiento del presente que siempre será presente, el desánimo de saber que estamos lejos del futuro y la complementaria seguridad de que ese futuro no podrá dejar de llegar. Me lleno de barro y de cansancio, encuentro justificación a la lentitud y quietud en saber que hoy es en vano llegar, es el sábado de los matrimonios y las celebraciones, no reciben mendigos de alegría, por más excedentes que dejen caer de sus bolsillos. Oh, Reina de Plomo, sentada desde antaño en tu trono de la palma de mi mano, tú me presentaste mi realidad y ellos, sombras de las seis de la tarde, se pusieron a desfilar en homenaje. Solo te veo como una líder bondadosa de manada, y al acercarme aún más con una atenta lupa, te veo, angelito, apoyar la marcha con un menudo batir de alas.
Colegio Garcilazo
Solo estabas, sin atender al porvenir ni a tu agujeta suelta. Solo atendiendo a la gota de moco que estuvo por deslizarse, antes de ser arrastrada por la manga de tu cuello de tortuga. Era una calle de arena, hecha para los autos, pero tomada por la gente para caminar, sí, los autos les respetaban. Habías escogido esos zapatos negros escolares, no por lindura ni comodidad, simplemente porque desde él podías lanzar mejor al jugar las canicas. En ese tiempo no sentías frío y, eso sí, como hoy día, adorabas la lluvia y los resbalones, el barro que se formaba en esa precisa vía. Sabías también que había un hueco abierto por un maleante en esa reja. Uno que llevaba al Colegio Garcilazo, directamente al estadio y su gras verde, cuidado como ninguno en esa tu ciudad. Te arrastrabas por ese matorral, hasta sentir tu rostro picante con el roce de las hierbas. Y esperabas el timbre de salida del turno mañana.
Mudanza Atribulada
Caminar embarrado, y de ti y de ellos, por calles empedradas, bodega e inca, siempre en sonidos amplificados, dicen ellos al sintetizar, expandir aquí y allá, clausurado de o sin misericordia, dios de las diapositivas sermones, tabladillo y hangar, quiero decir toldo remendado, a la italiana, vida nocturna y esperanza de escuchar a cada pregunta que sí asistirás, aunque falten 3, 2, 1, minutos, estás, te alimentas de las distancias, de las diferencias económicas, de las decisiones difíciles, de aquellas que nos diferencian del inerte elefante de la mesa de centro, una mesita, y una imagen a la que corriste para ver al otro lado del espejo, podré respirar? me dejarás transpirar? totalidad de tiempo y nulidad de ruedas, para poder servirte y entregarte una bandita que dice “espera con paciencia a que no pase el tiempo”, la frase china que nunca será un consejo, pero que siempre llevaré en mi billetera de personalidad y cuerina. Un bufalo central, como el tiempo en el que se tomó la decisión y la necesidad de conseguir un sucedáneo de la bendición del señor de Huanca.
Lastimada
Una espantada paloma fue el origen de aquella plumita blanca. Esa que cayó de su collar en ese rapto de miedo, que la precipitó a levantar el vuelo desde nuestro techo. Dejó caer esa plumita acompañada involuntariamente de una mínima gota de sangre o quizás de una gota de lágrima, no lo puedo afirmar, era un ser de uno u otro modo herido. Y esa plumita de su cuello cayó tambaleante, a merced de la brisa y del silencio, apreciando los segundos pasar, hasta llegar a parar al capot del viejo Toyota. El Toyota la recibió completamente empolvado, como lo dejamos por el intempestivo abandono, impertérrito como siempre en su mismo lugar, como haciendo guardia a esa nuestra guarida. Y como la ciencia pero también el sentimiento lo establecían la plumita tocó primero el capot con su punta mojada y se posó en ese lugar preciso con sumo protocolo. Y mojada como estaba la plumita y empolvado como estaba el capot, aquélla se quedo ahí fija, segura ya frente al viento y frente al silencio y frente a la indiferencia. Lo sé porque al llegar la vi aún ahí, moviéndose con gracia. Y vi además aquel círculo perfecto. Un círculo perfecto de limpieza que entre todo ese polvo se había formado en el capot, usando la pluma como radio, su pequeña punta como eje y a la brisa como fuerza de movimiento. Nunca se había rendido la brisa, pero nunca había vencido tampoco en separarlos. Solo dejaron con ello ese lunar en el capot, por lo demás llenísimo de polvo. Un lunar de gracia fija en el dolor.
Ability to Convey
In my opinion, an essential matter for a learning program, regardless of the level in which it is provided (i.e. school, college), is that teachers have enough ability to relate well with students. That is because, in the end, that circumstance will help him or her convey in a better way the ideas and knowledge that he or she intends to teach. I think there are two main reasons that support this point of view of mine. In the first place, it is ought to be differenced what knowledge is and what methodology is. The reason is that these two aspects are not always bound together in the same person. Of course that does not make any of them more or less valuable than the other. It is sometimes just about the abilities that everyone has and that make each one especial. I have seen several examples of this in my own studies. In my university law school there were great researchers in certain topics that, it was well known by everybody, were not able to convey reasonably well their ideas. On the other hand, there was the other kind of teachers. Even though they were not experts in the matter they taught, their great abilities to speak with enthusiasm about the topics made students pay extra attention to what they would say. Second, I think learning is sensitive to the sympathy of teachers and to their ability to make students be interested in taught topics. Once again, knowledge is not more important for this matter than methodology. When a teacher is able to motivate enough the students, knowledge turns to be less important. Probably that is also because what is taught is usually only an introduction to matters. It is more important in the end that students make further research and complete their learning by their own. A good example might be what happened to me: the courses that I remember the most from my life at law school are the ones with teachers that were able to motivate me the most. That is why I think it is really important that teachers develop their ability to relate well with students and that learning organizations take this circumstance into consideration when deciding which teacher to choose for any course.
The Unholy Trinity
Puedo puedo puedo tomar prestada la mínima parte de la punta del lapicero finepen para dedicar devotos esfuerzos al trazo milésimo y dulce, tan minucioso él, que tus amables patitas atravesarán para llegar por mares y pescados, volando y desempolvando, descabellando, sintiendo la longitud de las brisas hasta aquella isla, isla de gritos uno y otro, hasta 3, hasta el silencio, del dolor de garganta, del dolor del dolor y el puro que no me fumé anoche, el que no me fumé con alguien que no conocí, que solo se acercó con esperanza, esperanza de perderla, hasta un rebote de sol y res, y dejando un bajo en el aire, susurrando el coming to an end, y rebote adicional de mi y dos, alguien up above nos aconseja, nos distrae, incumbe su rostro alrededor, alrededoreándote, mientras tu alrededoreas esa pequeña palmera, de metal, este es el final of the mankind de hacer las cosas, no pienses que el día está terminado cuando algo de merced hay aún para nosotros en esta botella, magnetizada ella y yo, y rebote de re y res, y esa arena de cemento y ese cielo blanco, vacuo, tristemente veo el sparkling de la melancolía rebalsando ese tintineante, ese fue el último imaginario que te dejé, antes de adocenarme en tu dintel y en mis palabras, y al dejarme ir ya has reconocido el lugar y ya te han anunciado, y tu de sordera tienes tanto como de ceguera, por eso solo te alimentas de medio pescado antes de echarte a dormir en acurruque redondo, y confías en ese piano, en esa casaca amarilla. Una vuelta más.
Concierto de Navidad
Aún antes de que acabara la presentación observamos a la Soprano salir de la Catedral. Acompañada por su madre y desapercibida. Con el vestido en un bolso bandolera Nike, el que había sustituido por un jean ajustado y una casaca púrpura en una capilla que se encuentra entre el altar y el nicho del Señor de los Temblores. El concertino era un señor ya mayor, quien probablemente en la competencia local pasaba muchos apuros por imponerse sobre los jóvenes usuarios de las nuevas tecnologías. Como, de momento, no había alguien mejor, el concertino por defecto era él, como lo había sido desde hace treinta años, más por el sonido de su labia que por su habilidad con el arco. El director era un músico más bien joven, profesor a duras penas de un colegio de mujeres, quien luego de una etapa de crecimiento y aprendizaje con el cabello corto, había cogido la batuta hasta tener la confianza de dejarse el cabello hasta los hombros. Con su energía en los movimientos, el oboe y el fagot bromeaban diciendo que seguían más a su cabello que a la varita. El director había logrado domar a los niños para que, si no llegaban a disfrutar, al menos puedan soportar el aburrimiento de la Pavana de Fauré y el arreglo Air de la BWV 1068. Y entre él y el concertino, que había agregado a sus virtudes una serena paciencia frente a los niños, habían repetido hasta la perfección las señales con la batuta y el arco para el inicio y la introducción de los villancicos tradicionales. Eso no era lo que más preocupaba a los dos. En lo que pensaban ambos era en los padres de familia. Todos habían llegado con cámaras de fotos y se les veía en ese estado entusiasta. A esa preocupación se unía la entrada gratuita y la escasez de asientos en la Catedral, que habían sido reservados nada más que para las autoridades municipales y las personas de tercera edad. El movimiento del público era atroz, su bulla solo contrarrestada por la amplitud del edificio, la que naturalmente significaba la imperfección del sonido de cualquier orquesta. Al menos esto último lo sabía muy bien el director al aceptar el concierto de cada navidad. Y cada navidad se hacía la misma pregunta: ¿Cómo había hecho Bernstein para controlar al coro de niños de la Filarmónica de Dresden en Berlin aquella navidad del 89? ¿Cómo había hecho para controlar a sus padres? Sin embargo, contra todo pronóstico, el concierto siguió decentemente su curso, la quietud de los niños fue admirable, el barullo de los padres el esperable, y, salvo uno que otro desliz de una de las flautas, del propio concertino y del contrabajo que habían tenido que acomodar a último momento, se adentraron en las canciones tradicionales que sabían despertarían más emociones en el público que las combinaciones europeas. Se acercaron finalmente al último silencio que había sido acomodado en esa versión orquestal del villancico final. La intensidad de los sonidos iba in crescendo. Concertino y director habían apostado que en ese próximo silencio los padres de familia estallarían en júbilo y se pararían a aplaudir. Ya había sucedido así en un concierto similar con el coro del colegio Byron de Lima. El último movimiento ni se oyó porque los padres dieron fin al concierto anticipadamente. En la apuesta, el concertino se puso del lado de la tropa de padres cusqueños y su prudencia milenaria al aplaudir. El director con sus 35 conciertos escuchados en el extranjero juvenilmente pensaba que pesaría más la emoción de los familiares al escuchar un silencio que podía llenarse con sus aplausos. No estaba ante el público del Metropolitan o de la Bastilla, ni menos ante el público de la Schauspielhaus que acogió a su héroe Bernstein. Estaba en su tierra natal y ahí los aplausos prorrumpirían. Además, él controlaba el silencio, su duración. Y así lo hizo. Sacudió con fuerza su melena hasta callar al más distraido de los trompetas. Y esperó. Esperó al chasquido de dos palmas al unirse. Bastaba una persona, bastaban dos palmas, unidas con fuerza y el estrépito de la multitud les seguiría. Así ya había ocurrido en su cálida visita a las ciudades de la costa. Una sola abuela entusiasta y el público daría por terminado el concierto. Pero no ocurrió. El silencio perduró. Solo vio los ojos del concertino, y en sus ojos a la gente y en la gente la mirada de reojo, y en el reojo la prudencia máxima y el silencio que carcomió desde tan atrás a aquellos que veían a los cusqueños callar y solo mirar ante las órdenes y los insultos. Los cusqueños callaron y el concertino dio finalmente todo por cerrado y enfiló su violin en el último movimiento del villancico con sus comisuras levantadas y sin esperar señal alguna de la batuta. El concierto terminó solo unos segundos después.
Saludo en Plateros de Tamaru
¿Qué tiene aquella esquina que en el olvido deberá quedar? No lo sabemos. ¿Qué puede haber sido ese saludo que como sutil debió darse? No lo sé yo. Acaso las pizcas de remordimiento y de pasado quedaron tras bambalinas, y las apagaron las directoras de lo ya dictaminado. Solo sé que las repeticiones de lugares se ven afortunadamente flotar. Es a veces una rémora, muchas veces un cobijo, pero siempre un universo, la circunstancia de la pequeñez. Yo le atribuyo unos dos saludos por hora dentro de este infiernillo. Incluso si uno se pone a no pensar, se percibe de él un sonido propio, un sabor propio. Eso sí, necesitas unas buenas botas, porque, recuerda, sea un pastor alemán despedazado o un río de lluvia sobre el empedrado, tienes que pisar hacia adelante.
Hemos procurado, debo agregar, ejercitar los músculos de la parte superior de tu cuerpo. Eso tiene naturalmente una repercusión que viene a contramano de lo que significan estos días. Te es imposible voltear el cuello hacia la derecha. La conexión entre tu hombro izquierdo y tu cuello está completamente enfriada. De eso no hay nada que hacer. No hay donde esconder, atar o aniquilar el dolor. Lo único que se sabe es que se aminora con una cobertura de lana tras una frotación con ungüento de hoja de coca.
Teoría General de Reales
Prácticamente así, casi así.
Reales: Incluye todos los números racionales, tengan representaciones decimales periódicas o infinitas.
Superposición: Cualquier suma de las soluciones particulares de la ecuación diferencial es también una solución particular de la ecuación diferencial.