Lastimada

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Una espantada paloma fue el origen de aquella plumita blanca. Esa que cayó de su collar en ese rapto de miedo, que la precipitó a levantar el vuelo desde nuestro techo. Dejó caer esa plumita acompañada involuntariamente de una mínima gota de sangre o quizás de una gota de lágrima, no lo puedo afirmar, era un ser de uno u otro modo herido. Y esa plumita de su cuello cayó tambaleante, a merced de la brisa y del silencio, apreciando los segundos pasar, hasta llegar a parar al capot del viejo Toyota. El Toyota la recibió completamente empolvado, como lo dejamos por el intempestivo abandono, impertérrito como siempre en su mismo lugar, como haciendo guardia a esa nuestra guarida. Y como la ciencia pero también el sentimiento lo establecían la plumita tocó primero el capot con su punta mojada y se posó en ese lugar preciso con sumo protocolo. Y mojada como estaba la plumita y empolvado como estaba el capot, aquélla se quedo ahí fija, segura ya frente al viento y frente al silencio y frente a la indiferencia. Lo sé porque al llegar la vi aún ahí, moviéndose con gracia. Y vi además aquel círculo perfecto. Un círculo perfecto de limpieza que entre todo ese polvo se había formado en el capot, usando la pluma como radio, su pequeña punta como eje y a la brisa como fuerza de movimiento. Nunca se había rendido la brisa, pero nunca había vencido tampoco en separarlos. Solo dejaron con ello ese lunar en el capot, por lo demás llenísimo de polvo. Un lunar de gracia fija en el dolor.

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