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El Ciro Alegría que yo conocí

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Nada más inconfundible en Ciro Alegría que su saco plomo con parches en los codos. Ese era su atuendo cotidiano en la universidad. Muchos costureros te recomiendan no abrir los bolsillos del costado porque al usarlos el saco pierde su forma, dicen ellos. Pero Ciro sí que los usaba, en medio de sus explicaciones en clase buscaba en su bolsillo el estuche de tizas y digo “buscaba” porque de seguro había otros objetos en ellos. Al final de la clase parado al lado del escritorio escuchaba nuestras preguntas con las manos en esos bolsillos. Luego, sin sacar las manos, nos hablaba con esa voz inteligente pero por demás amable, ese su estilo razonado a la vez que entrecortado de hablar y su muy ligero humor, como cuando preguntaba inquisitivamente si alguno de los presentes era un ser amoral.

La clase de Ética se daba algo así como a las once de la mañana en el segundo piso de Estudios Generales Letras, en uno de esos salones que no dan hacia afuera del edificio, sino que se elevan sobre el patio central. Era una clase numerosa, era exigido llevar dos cursos de filosofía antes de pasar a facultad. No había escuchado grandes comentarios de Ciro en contraste con lo que se escuchaba de las impresionantes clases de Levy del Águila o de la curiosidad por llevar con el famoso Salomón Lerner. Pero de algún modo terminé en ese curso en la inscripción. Y fue junto con Juan Luis Orrego lo mejor que tuve de profesores en letras.

Algunos compañeros tenían siempre presente que él era el hijo del célebre Ciro Alegría y el hijo, además, que llevaba su nombre. Pero en las clases eso no existía. Era una clase de puro pensar la filosofía, de preguntarse qué hubiera dicho Gorgias, cómo se leería esto con Rawls, en buena cuenta, de seguir una línea de preguntas sobre la moral, casi no incorporando nada de sus vivencias personales, salvo alguna esporádica referencia al exilio de su padre. Recuerdo que con mi amigo Lucho Vilca le dábamos vueltas y más vueltas a las ideas de Platón, de Hobbes, de Mill y de Camus hasta terminar el día y desde esas veces él me reprochaba mi predilección por Hobbes.

En esos días se formó mi convicción de que quería estudiar filosofía y ya no derecho. Iba a cada uno de los eventos de filosofía que se hacían en el auditorio de humanidades, siempre impresionado de que además hubiera un coffee break gratis. Iba también a las charlas de Miguel Giusti, de Victor Krebbs y, claro, de Ciro en el Goethe Institut. Qué sueño parecía en ese momento aprender alemán y quizás un día estudiar en Alemania como esos profesores. Qué lejanas sonaban esas veces las grandes universidades de la civilización.

El centro del curso de Ética era claramente Kant. Uno salía de ese curso experto en entender todas las formulaciones del imperativo categórico y esa es la que con el tiempo vería como filosofía oficial detrás de ámbitos como los derechos humanos y la reivindicación de las minorías. Sin embargo, siempre me molestó que la construcción de Kant se basara en asumir apriorísticamente la buena voluntad en la Fundamentación de la Metafísica. Me parecía una trampa en su razonamiento. Un día se lo pregunté al final de la clase a Ciro y sonrió casi disculpándose por no poder encontrar una línea lógica tan fina como la de Platón o Hobbes. Seguro que le pareció demasiada explicación para un joven de Estudios Generales Letras la del contexto histórico que determinaba las distintas asunciones no solo de Kant, sino básicamente las de todos los filósofos que leíamos y hasta las de nosotros mismos.

Pero fue justamente esa mi fascinación con el leviatán y el mayor bien para el mayor número de personas que hizo que mi ensayo en el examen final fuera una combinación de Hobbes y Mill en la respuesta al problema de la justicia retributiva. Ya ahí, y hasta mis primeros años de facultad, el derecho penal me parecía el más fascinante espacio de discusión del aspecto más filosófico de la ética. A pesar del sesgo hacia Kant (y seguramente hacia Rawls) que tenía el curso, Ciro recibió muy bien mi ensayo del examen final. Creo que en el final había preguntas teóricas, unas tres o cuatro, pero él nos dijo que aunque nos equivocáramos en ellas, lo más importante de la nota era nuestro ensayo. Por eso estuve tan contento cuando recibí un veinte en ese final. Me había equivocado en algunas preguntas pero el ensayo le pareció bueno. Lo supe cuando al recoger el examen había colocado una nota diciendo “Conversemos. Material para investigación”. Aquí ese viejo ensayo del 2007 que nunca llegué a desarrollar más:

http://blog.pucp.edu.pe/blog/tlon/2014/04/13/justicia-penal/

Luego de eso el derecho significó otra revolución en mi mente y me fui alejando de esa pretensión de estudiar filosofía, aunque muchas veces me pesó no haber pedido a Ciro que sea mi asesor de tesis. Muchos profesores luego en mi carrera me impresionaron y en tantos reconocía realmente una habilidad increíble para enseñar y cautivar. Pero siempre pensé que si yo algún día me convertía en profesor, no llegaría a tener o desarrollar esas habilidades histriónicas de esos profesores. Si llegaba a enseñar en algún momento quería que fuera al estilo de Ciro. Y usaría un saco con parches similar al suyo. En eso pensé no hace mucho cuando se me asignó por primera vez un curso en la universidad.

*            *            *

Uno de esos tantos días de acercarme al final de la clase junto con el grupo de alumnos, un compañero le preguntó sobre el Extranjero de Camus y, haciendo referencia al tema del día (y tal vez, el tema del ciclo), el hombre amoral, le preguntó si cuando Meursault dispara al árabe ese no era acaso un acto moral, deliberado, “¿por qué le disparó?”. Habiendo hablado por horas de ello con Lucho la noche anterior se me escapó decir “¿y por qué no dispararle?, si ya tenía el revólver en la mano”. Y Ciro sonrió y dijo “exactamente” y nos explicó que un hombre amoral sigue ejecutando acciones como comer, caminar y matar, que solamente su sentimiento interno es de escepticismo y apatía.

En nombre de Alan

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Las noticias te las informan primero los grupos de whatsapp. Apenas despierto miro el celular y ya hay un gran número de notificaciones de gente en Perú. Un grupo de ex compañeros de mi promoción de pregrado es el que ya se ha lanzado en su vocación de reporteros. A las siete en punto de la mañana uno de ellos preguntó si Alan ya había sido detenido e instantes después comentó “Alan se ha disparado un balazo… No se sabe su estado, no le deseo la muerte pero tampoco nada bueno”. A Alan se le odia seguramente, pero, ¿la muerte? ¿Qué se debe responder ante ello? ¿Qué se debe desear ante ello? Y la segunda fuente de información yo creo que es naturalmente el twitter. Un par de minutos en esa aplicación y ya tienes la versión light de todo lo que ha pasado en el mundo (en tu mundo). Alan se habría disparado en su casa en el momento en que los agentes del Ministerio Público fueron a detenerlo. Leí bien, se disparó con un revólver. Difícil de comprender la magnitud de la noticia. Y lo primero que se me viene a la mente al ver todo esto es la periodista Patricia Gamarra. En su twitter había estado desde hacía semanas sumando una chela (un emoticon de cerveza) por cada vez que Alan mencionaba el problema de la anemia en el país, el enésimo caballito de batalla que Alan había adoptado en su larga carrera política, esta vez para desestabilizar a Martín Vizcarra. Había prometido Patricia Gamarra que el número final de chelas que acumulara en este perverso juego sería el número de chelas que se pondría el día que se llevaran a Alan detenido. Y cómo dudar de esa apuesta si los grandes políticos de nuestro medio habían ido cayendo uno a uno a punta de declaraciones de empresarios brasileros en los últimos meses. No era una pregunta de si sí o si no, era una pregunta de cuántas chelas. ¿Podía ser tan fácil esto? Nunca nada sucede tan sencillamente en la vida, aquello que más esperas, o quizás no generalizaré, aquello que más espero nunca sucede, tengo que trabajar mucho para creer que no sucederá para que realmente suceda, y creo que eso es una regla de la vida, la ley de murphy. Y en efecto en eso pensé, esa apuesta segura de Patricia Gamarra ya no parece ir a suceder, Alan se ha intentado suicidar e increíblemente le está cerrando la boca a Patricia Gamarra (y a muchos otros), está ganando esa apuesta imposible de ganar. Y, sin embargo, no hay nada más que continuar el día, tengo que terminar de alistarme e ir a mi cubículo, tengo que reunirme a las nueve y media con Sami, mi compañera de trabajo en el seminario de Neil Brenner y tenemos que avanzar en el proyecto.

A las diez y treinta y tres de la mañana es de nuevo el grupo de whatsapp de los compañeros de promoción el que alerta y es el mismo compañero de la primera frase el que escribe: “Sí”; “Murió”; “Ala…”. En las últimas horas se había estado debatiendo médicamente, a la vez que políticamente, históricamente, judicialmente, su muerte. Esta acaba de confirmarse. No me puedo imaginar cómo esté Perú en estos momentos y, sin embargo, tengo solo media hora para terminar una lectura para un seminario antes de ir a un evento en el segundo piso del edificio Sackler. Termino al vuelo la lectura y salgo corriendo al evento. Es una charla titulada “1910 to the 4th Transformation” haciendo referencia a la Revolución Mexicana y a las promesas de reforma del recientemente electo Andres Manuel López Obrador. La organiza DRCLAS, el David Rockefeller Center for Latin American Studies de Harvard. Entro al salón y me saludo con Diane Davis, la profesora latinoamericanista con la que justamente estamos trabajando una investigación que considera el proceso de urbanización de los ejidos en México y que hacía unas horas me había enviado la propuesta urbana de López Obrador (AMLOPOLIS) para revisarla. Escuchamos una charla y luego otra, luego la rueda de preguntas y antes de que hagan una segunda pregunta, una investigadora del DRCLAS, una señora mayor, alza la voz y anuncia que Alan García, expresidente de Perú, acaba de fallecer de un tiro en la cabeza. La gente en la sala, investigadores y profesionales de Latinoamérica, más que todo de México, expresan un rumor rápido, alguien se anima a repreguntarle a la investigadora cómo ha pasado, pero rápidamente dicen “bueno, creo que seguimos”; muchos han venido de lejos para hablar no de Alan, sino de México. ¿Cuán importante era Alan en Latinoamérica? Algunos dicen que era el mejor orador de la región, tal vez olvidándose de Fidel, la verdad no sé qué juzgar de la parca reacción de los presentes en esta charla. Tal vez no era tan importante a nivel regional, tal vez Perú no es tan importante a nivel regional. Es, pues, un país de media tabla en todo. Pero lo que ha hecho Alan hoy está un paso más allá de lo que hacen los políticos en esta región, he hecho algo por la historia, por las páginas de los libros que serán dedicadas a él; culpable como seguramente era, se rehusó a salir de su casa enmarrocado, ya se había negado a ello con su intento de asilo, ahora lo hace nuevamente, pero esta vez es diferente. Todos los políticos básicos enmudecen, se suavizan, se retraen cuando está la cárcel de por medio, aprenden a vivir en la cárcel, se vuelven más cristianos, vuelven a pensar en sus familias, en su hogar, reciben un lavado forzoso de toda la suciedad de la política. Pero Alan no, Alan es en sí mismo la política, es el amo de esa suciedad y su preocupación por su lugar en la historia va más allá de su partido, va más allá de su dinero, va incluso más allá de su esposa, sus hijos, su hijo menor, es capaz de tomar la decisión final pensando en esas páginas de la historia. Eso, pues, lo separa del resto de los políticos que hemos tenido en todo el tiempo en que yo he vivido.

Termina a las cinco el seminario con Neil Brenner y nos vamos caminando con él desde el quinto piso de Gund Hall hasta el tercero pasando por los trays. En esos instantes de caminar me dice, “No te preocupes, mándame tus ideas sobre el paper cuando puedas, imagino que debes estar con la cabeza en otro lado con lo que está pasando en Perú”. Él, que no es un latinoamericanista, ha escuchado también las noticias. Yo le digo, “Sí, la verdad es que en este momento en Perú están de cabeza” y le cuento lo que parece estar pasando, lo que parece ser una movida maestra, la movida final: el suicidio vuelve en una figura sanguinaria al fiscal a cargo del caso, ya esa figura de persecución irracional se había ido fomentando en los últimos meses. También pone en ascuas al gobierno, que decididamente apoya la labor de los fiscales. También cierra la boca de todos los que no veían el día en que Alan saliera enmarrocado de su casa. Finalmente, le da un empujón casi sin precedentes a un partido aprista que había estado moribundo por su cercanía a los casos de corrupción. O tal vez me esté equivocando largamente, pero esa es mi lectura de esta movida en este momento. Consuelo a Neil diciendo que esta noticia viene en un contexto en el que, felizmente, el aparato institucional de Perú está funcionando, se ha seguido la sucesión presidencial después de la renuncia de PPK, está en marcha un proceso de investigación de parte de un equipo fiscal serio, el suicidio es, en última instancia, no una desgracia nacional, solamente una desgracia personal. E inevitablemente Neil me empieza a preguntar sobre cómo deben haber sido los entretelones del momento del suicidio, qué clase de situaciones se habrán presentado en el momento de decidir matarse. Y yo no lo sé, no sé cómo es que había decidido todo esto, cómo había vivido esos últimos instantes Alan, lo más cercano que recuerdo es la entrevista que vi ayer, donde Alan responde con cotidianeidad a las preguntas de Carlos Villareal, un lamentable entrevistador, quizás buen reportero, pero de los peores entrevistadores que he visto, qué pena que Alan tuviera su última entrevista con él. Ya ahí el tema de la discusión había sido su inminente detención y no recuerdo haber podido leer nada en las palabras suyas que puedan asemejarse a unas palabras finales, a un momento de especial tensión, a una despedida final, qué pasaría por la mente de Alan en ese momento, por qué entraba a las minucias de los documentos de su caso, por qué solo mencionó casi de pasada su lugar en la historia, no lo comprendo.

Tengo horas de oficina con Diane Davis a las cinco y quince. Ya voy preparado para, en nombre de Alan, darle explicaciones sobre las noticias de este día.

Silabus de Curso No Aceptado por la PUCP

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Este curso tiene como objetivo estudiar de forma interdisciplinaria el concepto de propiedad que subyace al urbanismo contemporáneo en el mundo occidental y, en particular, en el contexto peruano. Muchas de las propuestas innovadoras que aspiran a repensar la forma en que ocupamos los espacios urbanos se ven obstaculizadas o imposibilitadas por las estructuras institucionales con que funciona la vida urbana. Una de las estructuras institucionales más importantes es el derecho de propiedad. Aunque usualmente se toma este concepto como un instrumento jurídico con carácter neutral, es decir, se atribuyen los éxitos y fracasos de las propuestas a los políticos que las plantean o a los técnicos que las implementan, la forma en que se tiene y se adquiere la propiedad en nuestra sociedad está muy lejos de ser neutral y condiciona las posibilidades al diseño urbano y de viviendas. Por ejemplo, la idea de una persona o familia deba contar con un título de propiedad de su propia vivienda – la base fundamental sobre la que se basa el funcionamiento de instituciones como COFOPRI y SUNARP – no es más que una alternativa dentro de muchas otras. Tanto las prácticas coloniales como las prehispánicas con respecto a la tierra que se daban (y quizás se siguen dando) en el territorio peruano se caracterizan por la existencia de un elemento colectivo que la propiedad formal contemporánea se esfuerza por eliminar. De ello son ejemplos el ayllu, las faenas o las vinculaciones. Por otro lado, en el mundo circulan prácticas colectivas respecto de la tierra que tienen sólidas bases teóricas como la idea del commons en Elinor Ostrom y concretas aplicaciones prácticas como los fideicomisos de tierras (community land trusts). ¿Puede el sistema jurídico – político y cultural – peruano aceptar estos desarrollos intelectuales y de política pública? ¿No son acaso más acordes con nuestra realidad que derechos de propiedad desarrollados en el contexto europeo liberal del siglo XIX? ¿Cómo puede el urbanismo ayudar a repensar las influencias neoliberales que tiene la propiedad contemporánea y plantear formas sociales distintas en la ciudad contemporánea? ¿Qué agencia tiene un arquitecto o un científico social en colaborar con dichos cambios o en cuestionar la necesidad de los mismos? Los distintos debates urbanos, sociales, jurídicos, económicos y políticos que nacen de estas preguntas serán el objeto del presente curso, así como la base de las intervenciones urbanas que se irán desarrollando a través de los respectivos trabajos grupales a lo largo del ciclo.

Noticia de Camión Cisterna

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Al final de la avenida Pershing, justo antes de comenzar el puente que va sobre la avenida Brasil, hay un semáforo. No cruza ninguna calle perpendicular, es básicamente para los carros que voltean en U y para los peatones que van hacia o desde el Hospital Militar. Ahí sucedió aquel episodio hace algunos años. Yo estaba manejando de camino a la Universidad Católica, pasé de la avenida Javier Prado a la avenida Sánchez Carrión, y ya estaba cruzando la avenida Gregorio Escobedo, más o menos la zona en que la misma calle empieza a llamarse avenida Pershing, cuando vi esta imagen: una cuadra y media más adelante estaba avanzando un camión cisterna blanco del cual, a través de una de sus escotillas o quizás de un orificio en el tanque se podía ver a lo lejos que empezaba a salir un humo blanco. Nadie dentro del camión parecía darse cuenta de lo que estaba pasando y siguieron manejando con dirección hacia avenida La Marina. Eventualmente, el camión alcanzó la cola de carros que estaban parados en el semáforo en rojo del Hospital Militar y también paró. En los pocos instantes que me tardó ver esa escena había seguido avanzando en esa misma dirección pero cada vez más lento, no por decisión propia, sino porque los autos delante de mí empezaron a reducir la velocidad o a parar. Más que la propia escena del camión cisterna, lo que había hecho detener al pelotón de carros que venía conmigo era un grupo de carros que había empezado a voltearse hacia la dirección contraria. En particular fue una camioneta la que hizo primero la maniobra y ya había conseguido venir hacia nosotros. En la escena que he descrito no he incluido sonidos pero sí que había bulla en ese momento. Muchos carros habían empezado a tocar la bocina por la interrupción del tráfico. No todos, porque lo que más había era desconcierto. Los que impacientemente tocaban bocina lo hacían se dirigían en particular a la camioneta que venía en sentido contrario. Orillé el carro hacia la izquierda, hacia el lado de la zona de pasto que hay entre pista de ida y la de vuelta y fue justamente en ese momento en que la camioneta que venía de regreso cruzó. Era un señor que parecía estar con su esposa al lado y sus hijos en el asiento trasero, y gritaba a viva voz “¡va a explotar, va a explotar!”, para advertir a la gente, pero tal vez también para justificar su maniobra, para justificar su intento de abrirse paso en la dirección contraria. Y aunque había muchos conductores que no sabían a qué se refería o que pensaban que era una total exageración, ya había algunos carros que habían empezado a seguir su ejemplo y a tratar de dar la vuelta. Es en ese momento, al escuchar la desesperación de ese conductor empecé a pensar si acaso era esto una noticia que aparecería en los periódicos o noticieros en las horas siguientes, si acaso así se veía un accidente o una tragedia desde el punto de vista de un protagonista, empecé a pensar en la forma en que las tragedias solo las escuchamos en la radio o las vemos en twitter, con el sesgo que tenemos de considerarlas ajenas a nosotros y empecé a pensar si una explosión me alcanzaría desde unos 200 metros de distancia, si tal vez eran en realidad 100 metros, si tal vez estar dentro del carro me salvaría la vida, empecé a ver cuánto espacio tenía para subir con el carro hacia el pasto central, a ver si es que había algún surco que me impidiera llegar hasta el carril de regreso, pero también me puse a pensar si quizás todo era una exageración y si me vería tan extraño o ridículo como el señor que acababa de regresar, pensé también que justificaba plenamente cualquier ridiculez del señor, estaba con su familia al fin y al cabo, cómo no poner a salvo a su familia aunque el peligro sea mínimo. Sin embargo, mientras pensaba, la luz del semáforo cambio a verde. Los autos en el pelotón del camión cisterna empezaron a avanzar, creo que nunca se habían enterado de nada. El camión cisterna también empezó a avanzar, se estaba alejando de mí. No había episodio, no había noticia, no había tragedia. Los autos que estaban en el proceso de voltear para venir en contra regresaron a su posición normal y empezaron a avanzar. La corriente de carros seguidamente empezó a avanzar y yo también. Por el retrovisor llegué a ver que solo la camioneta de esa familia había optado por rendirse en su intento por ir contra la corriente y había empezado a atravesar el pasto entre los dos carriles, la decisión de alejarse del cisterna ya la había tomado ese señor de manera definitiva. No me apuré a seguir al camión cisterna porque no estaba seguro de nada, aún salía ese humo blanco de la parte posterior pero tampoco me rezagué tanto como para perderlo de vista, quizás explotaría más adelante, quizás esto sí sería noticia, solo que quizás sin mí como protagonista, me ganaba la curiosidad acerca de esa posibilidad a la vez que me reprochaba tener ese mismo horrible morbo que caracteriza a los periodistas. En cierto momento, tal vez por avenida Sucre, me desvié y simplemente no volví a ver al camión cisterna. Ese día un poco más tarde y en la noche revisé el celular y twitter para saber si había explotado algún camión cisterna en alguna parte de avenida La Marina. Nada. No había ninguna noticia al respecto.

La Revolución y la Tierra

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Una vez cuando tenía unos cinco o seis años estábamos con mi familia en el canchón de nuestra casa en Andahuaylillas. Mientras mi papá y algunos tíos tomaban un ron alrededor de una fogata, yo cogí una rama que había estado cerca de las llamas. La punta de la rama ya había empezado a quemarse y se había vuelto como una pequeña brasa. Al mover la rama encontré divertido empezar a sacudirla y a moverla en círculos, viendo cómo la ilusión óptica hacía que apareciera un redondo anaranjado por donde yo movía con rapidez el pedazo de madera que había convertido en una suerte de antorcha. De pronto mi mamá se acercó a mí y me exigió que dejara de hacer aquello. Sin prestar demasiada importancia pero sin tampoco hablar en tono de broma, me dijo que no hiciera esos movimientos, que esas señales eran las que hacían los senderistas.

En medio de las palabras del relator, aparece de fondo la imagen de unos cerros en casi total oscuridad, seguramente vistos desde la ciudad, desde alguna ciudad en la sierra, ¿tal vez Cusco? ¿tal vez una ciudad oscurecida por el atentado contra una torre de transmisión eléctrica? Y lo único que resalta es la imagen de la hoz y el martillo. Una señal anaranjada dibujada en la pendiente del cerro a través de fogatas y antorchas, una de las tantas acciones de Sendero que manejaba tan deliberadamente su maquinaria propagandística.

Hace algunos meses, Marco Avilés, autodenominado periodista, cholo e inmigrante, fue a una entrevista en RPP. Lo entrevistaron con suavidad Patricia del Río y con evidente hostilidad Aldo Mariátegui. El tema de la discusión fue el de la identidad peruana, la identidad chola, la discriminación y la Lima migrante actual. El video de la entrevista circuló un poco por las redes sociales mostrando la forma déspota de Mariátegui de tratar al entrevistado, reproduciendo con la entrevista las interacciones que a diario se dan en una sociedad como la peruana y, en particular, la limeña que no se ha encontrado a sí misma y que cada vez parece más lejos de hacerlo con la velocidad a la que va desarrollándose. Apenas vi la entrevista comenté en el post la frase “el problema del indio”. Evidentemente un par de personas me comentaron de inmediato reprochándome la frase que ellos sentían dirigida despectivamente a la actuación de Marco Avilés en la entrevista. Sabiendo que ello sucedería respondí inmediatamente que con el término “el problema del indio” me había referido al problema de identidad del peruano que se discutía en la entrevista. Mencioné que ese era el término que el mismo José Carlos Mariátegui usaba en sus siete ensayos para referirse al tema de la discusión entre Avilés y Mariátegui (Aldo) – José Carlos se refería entonces más que todo al problema del indio desde una perspectiva económica marxista, lo que naturalmente no incluí en el debate en redes sociales – y me di por satisfecho con haber compartido con un par de peruanos más eso que comento desde hace diez años a aquellos con quienes nos surgen conversaciones profundas: el problema fundamental del Perú es el problema del indio. Lo dice José Carlos.

En la pantalla gigante del cine veía que José Carlos Mariátegui aparecía al fondo en banderolas y gigantografías en las actividades del SINAMOS durante los años setenta. Sin embargo, al frente siempre estaba el sombrero de copa y cabello largo del peruano original: Tupac Amaru. Al ver ello me molestaba ligeramente que se hubiera exaltado en los años de Velasco a la figura de Tupac Amaru, José Gabriel. Un mal estratega militar a juzgar por sus erróneos cálculos en el sitio del Cusco y cuyas cartas no mostraban una clara idea de cómo proceder en caso de tomar el poder, ¿abolir todos los tributos y cargas y después qué? José Gabriel, una persona más bien pasional y descarrilada, más que un líder astuto. Tal vez su utilidad histórica está más en la relación magnífica de complementariedad que tenía con Micaela. Pero bueno, al final del día, tenía que ser Tupac Amaru, el hombre al que los caballos no pudieron descuartizar, solo a él le podían dibujar esos músculos y ropa rasgada, no al enjuto José Carlos Mariátegui.

El Congreso

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El Congreso no es una asamblea de personas, es un edificio. Y mis padres lo visitaron. Mi padre y mi madre habían tenido muchos vaivenes en su relación. Yo siempre miré todo ello expectante. Sin embargo, en esos vaivenes un día visitaron juntos el Congreso de la República y fueron felices. La ocasión quedó registrada en una foto, no recuerdo ahora si fue en las graderías superiores desde donde se ve el hemiciclo o si tal vez fue en esa explanada posterior que da hacia el Jirón Andahuaylas. No recuerdo tanto, solo pienso en las sensaciones que me generaron esa. Me parece que la tomó mi tía Roxana Rivera, ella vivía y vive en Lima, tal vez les habría acompañado en su paseo por la ciudad, en su paseo y sus papeleos, creo que estaban en Lima por tener que hacer algo como renovar alguna licencia o quizás sacar el pasaporte. En esas idas y venidas, Roxana les habría conseguido la manera de visitar el hemiciclo del Congreso a través de algún familiar o conocido, o tal vez ya entonces había algún programa de visitas ciudadanas al edificio, aunque dudo que haya sido algo así de sencillo. Lo cierto es que era significativa la ocasión porque nosotros vivíamos en Cusco y el Congreso es algo con lo que se convive solo por los periódicos y la televisión. Imagino que durante ese día caminaron por el centro de Lima, visitaron Gamarra y el Barrio Chino y se pasaron luego a la visita del Congreso. Contra lo usual, mi padre estaba solamente con una camisa blanca de manga corta y mi madre con una blusa encajada negra, es decir, no estaban vestidos informalmente pero tampoco había nada en su atuendo que demostrara la tensión del quehacer diario. Estaban de visita, estaban paseando, estaban relajados y sonrientes, estaban incluso con unas bolsas de compras en las manos. Yo vi esa foto y la miré por largos instantes. Me alegró mucho por la feliz ocasión de esa visita. Valoraba la visita por la importancia del lugar, por lo inaccesible de la institución. Eso le daba el valor a ese reencuentro de ellos. Habían ido juntos a visitar el Congreso y aquello representaba algo para ellos, y para mí. No sé y no me he preguntado quiénes eran los congresistas entonces.

ECONOMIA Fujimorista

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Al mes siguiente de terminar de estudiar Derecho empecé a estudiar Economía. Hay muchas explicaciones que me doy a mí mismo sobre esa decisión, siendo una de las más plausibles la inercia de continuar estudiando y trabajando, como había estado haciendo hasta entonces. Pero no escribo ahora sobre los resultados de ese proyecto sino sobre aquellos a quienes conocí a través de esa experiencia. La gran mayoría de los compañeros era alumnos menores que yo por 4 o 5 años, lo cual inmediatamente me generó cierta desconfianza. Tuve que incluso regresar a Estudios Generales Letras para completar los cursos de Estadística, Microeconomía, Macroeconomía y los tres de Matemática para Economistas. Sin embargo, aun con mi lentitud tradicional para estos temas, fui haciendo varios amigos – tres en especial – que traían sus propias historias complejas y que inmediatamente desvanecieron cualquier diferencia de edades o experiencias que hubiera podido parecer atemorizante. El grupo de whatsapp de los 4 tuvo muchos nombres a través del tiempo. El último que tuvo, cuando parecía que los años 90 se nos venían de nuevo encima en el 2016, fue el de “ECONOMÍA Fujimorista”.

Yo conocí a los del grupo a través de Toño. Un día muy temprano en la mañana, antes de las clases que comenzaban a las 8, estaba en uno de esos cuartitos mínimos al frente de la Católica donde un ex profesor dictaba sus asesorías de matemáticas. Seguramente estábamos en la semana de una práctica calificada de Matemática para Economistas 2 o 3 y probablemente no habíamos llegado a entender cómo diablos interpretar la matriz hessiana orlada o algo del estilo. Esa vez fue la primera vez que hablé con Toño, que había ido a la misma asesoría. De entrada congeniamos muy bien al saber que él también estudiaba y trabajaba (algo no tan común en Economía, como lo es en Derecho). Recuerdo que al menos un par de veces lo fui a buscar en su trabajo en La Guay en Avenida Bolívar para recoger o entregarle un cuaderno prestado, de camino a mi propio trabajo que estaba en el cercano San Borja.

La economía en el Siglo XXI, para bien o para mal (más para mal que para bien, yo diría), ha adoptado las matemáticas y, en particular, el cálculo diferencial como su lenguaje oficial. Por eso, eran horas de horas las que nos pasábamos resolviendo o intentando resolver los ejercicios de las prácticas frente a una de esas pizarras que cubren toda la pared en el sótano del CIA en la Católica. Creo que ya estando en la Facultad (de Ciencias Sociales), fue el curso de Matemática para Economistas 4 con Lugón que nos tenía en una tensión que no he vuelto a tener ni en mis momentos más intensos de trabajo o de maestría. Matemática para Economistas 4 debe ser uno de los cursos más biqueados en toda la universidad.

Justamente uno de esos ilustres biqueados era nuestro amigo Alex, el que, a pesar de ello, era claramente el más fino en su conocimiento de las matemáticas, uno de los mejores alumnos que yo conocí estudiando en la Católica. Creo que él era el único de los del grupo que estaba llevando los cursos y la carrera en la edad acostumbrada, y tal vez también por eso tenía más frescos y bien aprendidos los conceptos básicos de derivación, integrales, matrices, optimización y la creatividad que necesitas para resolver ejercicios. Recuerdo siempre un día en que, con mi punto de vista de casi un extranjero en los temas económicos, le estaba explicando una manera de dibujar en los ejes la dirección de los vectores que obteníamos del ejercicio, cuando volteó y me dijo: “mmm ta mejor no hagas eso on”.

Fue uno de esos episodios el de aquella vez en que para el final nos quedamos toda la tarde y noche estudiando en el CIA y que nos faltaba tiempo para terminar. Esos exámenes finales de matemática son de las experiencias que más me enorgullecen en mi vida universitaria porque de verdad tenía que exprimir esa parte de mi cerebro para sacar un 14. Un par de veces, después de dar el examen me iba directo al estacionamiento a dormir las horas que había perdido en los días previos. En esa ocasión, en algo que va contra mis principios, decidimos subir al carro de uno de nosotros e ir a una casa para seguir estudiando toda la noche previa al examen. Compramos creo que una pizza y nos sentamos en la sala a hacer más ejercicios. Creo que en cierto momento empezamos a hacer competencia para ver quién sacaba la respuesta más rápido. Evidentemente lo que se generaba en esos momentos era no solo una preparación para un examen final sino también un lazo de amistad extra especial.

La casa a la que fuimos aquella vez era la de Jhair, ese nuestro amigo experto en imitar a los profesores, en especial el famoso “ta’en, ta’en?” de Oscar Dancourt. El carro en el que fuimos esa vez también era el suyo. Recuerdo que era una Toyota RAV4 azul, que tenía en la punta de la antena las orejas de Minnie Mouse. Cuando le pregunté por ellas, me contó que estaban ahí por su hija. Creo que su pequeña tenía entonces unos 4 o 5 años. Él también era alguien que tenía mucho más que libros de cálculo y lapiceros en la mochila, pero que igual le daba todo de sí a descubrir qué jugada había puesto el profesor en la práctica calificada. Tal vez ese es el caso de la gran mayoría de personas en la universidad, no lo sé, la vida es compleja para todos, pero en todo caso yo no puedo más que hablar desde donde estoy, y desde aquí, son estos mis amigos de ese tiempo y sus historias, y el recuerdo que yo tengo de Toño, de Alex y de Jhair, que hoy ha partido.

Chanel n.º 5

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En la entrevista de trabajo del trabajo que hasta ahora (creo que) tengo – de algún modo – llegué con Eduardo Barboza a un tema ligeramente impensable: la supervivencia de los libros. Le dije que mi opinión es que los libros nunca desaparecerían, me parece que le hice una referencia a la lectura del periódico por la mañana, tal vez le mencioné lo que significa el acto de pasar una página, ante lo cual Eduardo concordó, y me contrató. Ahí en el Estudio Echecopar me quedé siete años, esa es historia conocida, hasta que de algún modo terminé cambiando de domicilio de Avenida de la Floresta 497, piso 5 a este lugar llamado Gund Hall. En los meses que he pasado acá he conocido personas que realmente tienen zafado un tornillo, lo cual parece ser tan valioso como un Toefl mayor a 105 en una aplicación a la escuela. Yo, por lo general, pienso que tengo varios de esos como mis amigos, e incluso uno de ellos como uno de mis mejores amigos. Pienso en Harry, que mientras deja cargando en su laptop el video de su presentación del taller durante 2 días seguidos me lleva al ensayo de una banda improvisada de músicos de distintas escuelas donde él finamente toca los timbales o un huevito que hace sonidos. Pero luego, cuando crees que lo tienes todo controlado, y que como habitante cotidiano de Gund Hall ya has reducido tu capacidad de impresión a un nivel aceptable, llegas a uno de los lectures que hay en Piper Auditorium a las seis y media de la tarde uno que otro día y recibes de un porrazo una redefinición de lo que consideras la no convencionalidad. Eso fue esta presentación de Irma Boom en el lecture de hoy día, de la que te pido que escuches del minuto/segundo 58:49 al minuto/segundo 1:05:35, y quizás te animes con ello a escuchar la conferencia entera. Quisiera escribir aquí quién es Irma Boom, pero la verdad es que eso aún no lo he comprendido. Sé que enseña en Yale, aunque creo que ni eso es correcto, creo que viene de Yale. Hizo una presentación de unos libros. Podríamos decir que hizo un “book presentation”. Ha sido como darse cuenta de improviso que aquel autor de El Monstruoso Libro de los Monstruos tuvo que tener un encuadernador y un diseñador gráfico, o una persona que hiciera ambas tareas, que materialice el concepto de lo que sería su libro. A eso es a lo que aparentemente se dedica Irma Boom, a llevar al extremo la materialidad de un libro para que con muchas más herramientas que la mera imprenta un autor pueda transmitir ideas a través de un vehículo físico; en buena cuenta, a asegurarse de que, aunque el cd haya reemplazado el disquete, y los análogos hayan pasado a ser indesigners, poca duda debe caber acerca de la supervivencia de los libros.

 

Inti Raymi

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Se ha elegido hace poco a un nuevo actor para el papel de Inca en la ceremonia del Inti Raymi que se realiza cada 24 de junio en Cusco. La escenificación por años ha sido una tradición teatral alimentada por la industria del turismo, el motor económico de la región. Pero siempre ha tenido un componente solemne, identitario; en cierto momento de la ceremonia el Alcalde de la Provincia del Cusco se acerca al anda del Inca y simbólicamente recibe sus consejos para gobernar a su pueblo. El “Encuentro de Dos Tiempos” le llaman. El nuevo actor de Inca reúne unas cualidades particulares. No solo habla bella y enérgicamente el quechua, su lengua materna. Tiene una reconocida trayectoria en el arma de Ingeniería en el ejército habiendo llegado al grado de General de Brigada. Resaltó por su labor social especialmente en el rescate de personas en La Convención durante los deslizamientos de la última época de lluvias. Goza de la cultura y cosmopolitismo que da haber vivido en varias ciudades durante su carrera militar. Nunca, sin embargo, ha dejado de estar en Cusco en las fiestas de junio y julio. Por si fuera poco, también afirma tener un parentesco con el Inca Huayna Capac. Los periódicos de la ciudad celebraron su elección pero las redes sociales lo hicieron aún más. La primera ceremonia del Inti Raymi con él trajo algo más de gente que lo habitual. Lo mismo sucedió en las siguientes ceremonias. A través de los años el Inca ha empezado a ganar un gran reconocimiento por los cusqueños; interpreta magistralmente al Inca, pero también tiene un gran carisma como personaje público. El entusiasmo por el Inca se ha contagiado en los miembros de la ceremonia del Inti Raymi, muchos de ellos jóvenes soldados de la Cuarta Región Militar Cusco. Los bailarines de las comparsas se sienten cada vez más identificados con sus personajes y los cultivan cada vez más durante el año que transcurre entre cada ceremonia. La política formal y los notables contemporáneos de la ciudad ya no pueden sino elogiar el ascenso del Inca. En el Encuentro de Dos Tiempos de los años recientes, ambientado en la Plaza de Armas de la ciudad, el Inca ha empezado a dar al Alcalde consejos cada vez más reales y acertados. Le exhorta a liderar el paro regional por el aeropuerto de Chinchero. Le impele a paralizar la construcción de dos nuevos hoteles lujosos en el Centro Histórico. No pasan más que unos días hasta que las exhortaciones son Ordenanzas en el Diario Oficial El Peruano. En momentos de crisis los periodistas y la sociedad civil han empezado a recurrir al consejo del Inca. El Inca aprovecha siempre la oportunidad para persuadir al pueblo para reproducir los ideales andinos en la sociedad de hoy. El Inca empieza una progresiva reivindicación de la estructura política Inca y con ello va aumentando el respaldo de la sociedad cusqueña. Los jóvenes no dejan de crear páginas y perfiles en redes sociales con sus imágenes y de compartir los videos de sus discursos. Pero los militares son su mayor capital de apoyo y legitimidad. Siguiendo la influencia del Inca, las propias brigadas de la Cuarta Region Militar cada vez tienen una mayor identificación con el mundo incaico y empiezan a usar trajes más andinos en sus entrenamientos y desfiles. El Inca ya es una figura regional y nacional y empiezan a entrevistarlo en medios internacionales. Una periodista de la Deutsche Welle le ha llamado el Pachaquteq del Siglo XXI. En Cusco los historiadores lo comparan más bien con la figura de Mateo Pumacahua. El Alcalde Provincial lleva la administración cotidiana del Cusco pero las decisiones fundamentales de la ciudad tienen que ahora pasar necesariamente por la opinión del Inca. Hace poco vetó una iniciativa del Alcalde de concesionar uno de los parques de la ciudad a una empresa de estacionamientos. Los jóvenes acogen el movimiento y las comparsas del Inti Raymi son ahora multitudinarias por el entusiasmo de los escolares y universitarios. Ya hay tantos aspirantes a participar en la ceremonia que una gran parte se tiene que contentar con apoyar como voluntarios en la organización. Estamos hablando ya de miles de personas. Este año, tras la revelación de unas grabaciones de llamadas telefónicas de políticos y empresarios, se produce una crisis política profunda en el país por casos graves de corrupción que involucran a empresas transnacionales brasileñas, los políticos del partido mayoritario del Congreso, los últimos cuatro presidentes del país y singularmente el Gobierno Regional del Cusco. El Hospital Antonio Lorena y la Vía de Evitamiento en esta ciudad han sido casos de corrupción tan graves que han terminado con el Gobernador Regional en la cárcel. La gente sale a las calles cada vez más frecuentemente para exigir responsabilidad y la remoción de todas las autoridades actuales. Hay quienes exigen una reforma política. Hay quienes exigen una refundación del país. Hay quienes reivindican el sur andino y la centralidad del Cusco milenario. Cada vez más reclaman la voz del Inca. Con todo, Junio ha llegado. Los cusqueños se vuelcan a las calles para las procesiones, desfiles y danzas, pero esta vez cada celebración es un motivo para reivindicar el aspecto político de lo cusqueño, lo andino y lo sureño. El 24 de junio del año 2019 el Inca toma la palabra en la explanada de Sacsayhuaman y, ante una multitud sin precedentes venida de todo el sur del Perú y ante las cámaras de las mayores cadenas de television mundiales, anuncia el restablecimiento del imperio Inca, el Tawantinsuyo, con su capital en el Cusco y condena a la desaparición a la fallida y corrupta República. Hace, además, un llamado para que las poblaciones de Lima, Arequipa y todo el territorio inca se unan a la causa de la refundación del imperio. La gente presente aprueba el anuncio por aclamación y empiezan a corear el Haylli Qosqo y el Haylli Tawantinsuyo. El Inca toma la palabra una vez más instando a los presentes a prepararse a descender a la ciudad y tomar el Palacio Municipal. El teatro ha terminado.

Grabaciones del Evento:

 

 

 

The end of career assessment tests

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Every second matters. Literally. Every particle of time is carefully billed to the client – 300 dollars per hour, partners; 150 dollars per hour, associates. That is how law firms make their money. And there is a timer in my computer that I must activate when I take a phone call, when I talk to a colleague, when I get a coffee in the kitchenette, when I check my twitter, when I look through the window. At the end of the year, I will have billed fifteen percent over the goal of 1,700 hours and receive two extra monthly pays from the firm. On the weekends, I often sit to read a book and a few seconds pass until I realize that I don’t have to activate any timer for that.

You, on the other hand, have a more relaxed rhythm. Every day you ride your bicycle to your classes and greet the smiling custodial staff in the entrance. You are now studying at the school of design, a place where there seems to be a fascination for anarchic attitudes. You use a portrait instead of the required landscape layout and you get the attention of the professor. You bluntly disregard the prompt of the project and you get praised in the final review. Tomorrow you have a mid-semester review for your project. But no pressure. You sneak in a visual art talk and start drawing some diagrams while listening. You just have to make sure to come early tomorrow to find space in the busy plotters. And of course, you must come dressed all in black – that is an essential part of professional design.

*            *            *

My father is also a lawyer but in an entirely different world: he has been a judge for more than 20 years. My grandfather was also a judge, so probably for my father the career choice came in a similar way: as naturally as without thinking if it was truly the right one. Not that the profession was imposed, but how to choose anything else if law was always there?

In primary school, sometimes my father would pick me up and take me to his office. Always dressed in his custom-made suits, he would never lose the friendliness with which he would greet so many people in our way to the Courthouse. The Courthouse, a typically unpleasant experience for anybody. To me, it meant the chance to use my father’s desktop and play Hover. The workers, serious and sometimes hostile with most of the public, would come to me and say hello to the perhaps future lawyer and judge. I think by them I still wanted to be an astronaut or a firefighter.

House as a child was full of legal books. And of course, case files – stitched towers of documents describing (not always truthfully) the lives and actions of people. Sometimes my father would call me to where he was working,

– “Son, you want to help?”; It would surprise me that children could be of help with legal work.

– “Mmm Ok!”; Not that helping sounded thrilling, but I was always glad to see him at home.

Your father is someone who since you can remember was either visiting a new plot of land or supervising the construction of his building. You would often go with him. The projects were always small scale but still you wondered how those beams hold themselves up. You preferred not to ask because the foreman was requesting his pay “will there be tip today, boss?”

He would always consider moving to the new house when finished – it would only happen once. But he would always tell you “This will be your room, son, what do you think?”. You would cautiously take possession by walking around the room and looking through the window. 

Although he developed this occupation with no professional design degree, no surprise to see you now putting together the model of a house in the school of design. You went to college in a different city and visited your hometown a couple of times a year. Your father would pick you up from the airport and ask you:

– “Son, do you want to give a look to the construction?”. He might even have some cement bags in the back of his truck.

– “Mmm Ok!”. Not that the visit sounded thrilling, but you were always glad to be home.

And it was true enthusiasm what you would see in his eyes. He would immediately drive you to the place and show you the advances as an architect would do with the owner. Maybe he did see you as the owner.

*            *            *

My father and I could not have more different personalities. He has that magic of getting anybody who talks with him to like him. We are sitting in the table with my family and he tells a story. When I realize that I was also there when it happened, all are already laughing their heads off – Could I have told the story?

For me, beginnings – in high school, the university or the workplace – meant always an enormous unrest. Perhaps the reason is the fear to interrupt, to ask the obvious, to look lost, in short, the fear to bother – so powerful in me and almost non-existent in my father. With the years I came to appreciate his character and put greater and greater effort in creating and keeping friendships as he does. Never, however, has he stopped being the center of our family celebrations. That is an axiom that I wouldn’t try to question.

You never came to terms with your father’s personality. He is someone who not only knows how a column is built, but also what the basics of adulthood are. He washes his car at least once a week, he cooks an amazing “piqueo”, he knows how to open a bottle of beer without opener. You never learned those.

You spent your life just reading and writing, and only recently your hands made a debut putting together small models. He had many times tried to teach you things. Never succeeded. Perhaps there has always been a connection there. That excitement of your father trying to teach you something. Then his smile at your “mmm, yes maybe” with which you would immediately start forgetting it.

*            *            *

My work in the firm usually entails meetings and review of documents. It is other lawyers who check my reports and take on the crowd of the Courthouse. Until today, I even didn’t need to sign a lawsuit. But if the client wants me on a case, and so does my boss, who am I to contradict them? especially if all the extra hours will be paid in advance.

I finish my beautiful lawsuit, it goes through the double-check of the firm, and the moment to sign it comes, and I am not sure about that little detail: the client signs in the center and the lawyers in the right side? Was it the opposite? The bureaucrats of the court might make problems for something as minimal as this. There is a procedural lawyer in an office five steps away from mine. But I take the phone and call someone who is even closer.

You have to design a whole neighborhood from scratch. Two weeks have passed of you talking about the increase of the demographics and the vernacular architecture of the area. Now it is time to draw. It is just interesting how it is easier to design with some kind of constraint, a hill, an existing group of houses, a landmark. However, this time you have a site that is completely flat, no hills, no vegetation, no buildings. It is your call the design of the streets, the blocks and the houses.

You see the white page in front and ask yourself where to begin. What is the basic size of a block? Of a floor plant? How does a beam hold itself up? There is an architect seating two desks away from you. But you take the phone and call someone who is even closer.

*            *            *

– “Dad, can you talk? I need help with something”.

– “Son, how are you, what is it?”

That is how our phone calls would begin when I was working in the law firm and now that I am studying in the design school. Always he has made the time to talk either in the court or in his construction site. Never, however, I had stopped to think, how come I could rely on him both for things of law and design.

The official version of my mind has always been to consider my father a very different person. That has been challenged now that I came to graduate school to complement law with design. I am not sure if my father is complementing anything with anything. He is more likely juxtaposing his profession with his original vocation; the Courthouse in the mornings and the construction site in the afternoons. But is it a coincidence that I am following a similar path? Or was it determined by my relationship with my father? And are our paths actually similar?

I think all of that is true and false. We both do law, but he would never become a scholar on it. We both do design, but I want to study it, not practice it. Perhaps we are identical, and at the same time the opposite. I always thought myself as choosing my path by preference, but I now realize that preference is shaped by life. What else could be chosen by a teenage reader of case files and construction supervisor.  Perhaps this is the end of career assessment tests, and maybe I am just trying to fulfill the job description of a good son.