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(foto: Archivo Courret)

Si el 15 de octubre de 1849 la embarcación danesa “Federico Guillermo” no hubiera anclado en el Callao con los primeros 75 colonos chinos contratados por los socios Domingo Elías y Nicolás Rodrigo, ni tampoco hubiese arribado el resto de los casi 90 mil culíes que se embarcaron desde Macao al Perú hasta 1874, la economía de nuestra costa de todas maneras se habría desarrollado, pero bajo otras condiciones. ¿Para qué llegaron estos trabajadores chinos? Básicamente para extraer guano de las islas de Chincha y laborar como peones agrícolas en las haciendas de caña y algodón.

La presión del mercado mundial igual habría obligado a extraer miles de toneladas de guano e incrementar la producción agrícola por la guerra civil norteamericana (algodón) y la crisis del Caribe (azúcar). En el caso de las islas de Chincha, los empresarios guaneros hubieran tenido que seguir empleando a reclusos, desertores del ejército, algunos jornaleros libres o traer un grupo de indios de Ayacucho o Huancavelica. Total, el laboreo en las Chincha no requería más de 700 trabajadores. El problema, en realidad, lo habrían tenido los hacendados. Como un esclavo era muy difícil de mantener (y no creo que la esclavitud se hubiera extendido más allá de 1854, año en que fue abolida legalmente), se hubiera recurrido masivamente al sistema del “enganche”, como ocurrió después de la Guerra con Chile: contratar temporalmente indios de la sierra para que “bajen” a la costa y trabajen en forma permanente o estacional.

Eso sí, de no haber llegado los culíes, el Perú se hubiera salvado de tener la pésima imagen internacional de fomentar un sistema encubierto de esclavitud, como fue la “trata” de chinos en el siglo XIX. La prensa norteamericana no hubiera sido tan crítica con nuestro país y nos habríamos ahorrado tener incidentes diplomáticos con Japón (donde una nave con bandera peruana, cargada de chinos, fue retenida en el puerto de Yokohama) y China, a la que tuvimos que enviar una misión diplomática a dar explicaciones y que ni siquiera fue recibida por la corte imperial. Pero hay una estadística final: no aparecerían en los libros de historia la cifra de los casi 10 mil chinos que murieron en el trayecto de Macao hasta el Callao, ya sea por enfermedades o suicidio. Cuentan que el viaje, de unos 120 días, era infernal por las condiciones de hacinamiento y maltrato.

Pero si bien la producción en la costa no se hubiera alterado mucho sin la presencia de los chinos, el escenario social y cultural sí habría sido muy distinto al que conocemos. Los culíes que terminaban su contrato, poco a poco se insertaban en los pueblos y ciudades de la costa, muchas veces sufriendo discriminación y, como eran todos hombres, buscando pareja peruana para convivir. No habríamos tenido esa primera generación de “mestizos” peruano-chinos, que empezó a variar el perfil demográfico del país. Tampoco se hubiera ido formando el Barrio Chino de Lima, alrededor de la calle Capón, en los Barrios altos, donde los hijos del “celeste imperio” comenzaron a vivir precariamente instalando sus negocios y fondas. Tampoco habría llegado en grandes cantidades el opio, cuyo monopolio estaba en manos de empresarios británicos, y que los chinos eran grandes consumidores; asimismo, los peruanos no habrían sido testigos de la celebración del Año Nuevo chino, con sus descargas de fuegos artificiales; finalmente, tampoco una delegación de colonos chinos hubiera saludado cada año al Presidente de la República en Fiestas Patrias, como ocurrió desde  1871. Cabe destacar que en los aciagos días de la Guerra del Pacífico, algunos peruanos no habrían tenido a quiénes perseguir y maltratar, injustamente, culpándolos de la derrota frente a los chilenos.

Bueno, al final lo que todos esperaban: la cocina o la mesa. Para empezar, no comeríamos tanto arroz como ahora. Los chinos introdujeron el arroz pero los peruanos, creo, terminamos abusando de él. Y claro, no tendríamos el espectacular chifa, es decir la comida hecha por los chinos en el Perú, que adapta la culinaria cantonesa al paladar local e integra algunos ingredientes nacionales. El arroz chaufa no sería uno de los platos más consumidos por los peruanos, ni saborearíamos el lomo saltado, la sopa wantán o el tallarín saltado. No tendríamos por lo menos un chifa en cada barrio, no habría sillao en los reposteros de nuestras cocinas y, en mi caso, no tendría siempre un wok para prepararme todo tipo de “saltados”. Definitivamente, nuestra cocina, a la que tanto celebramos, sería menos rica y sofisticada sin el chifa. En todo caso, como en las demás ciudades del mundo, tendríamos restaurantes de comida china, elaborada por inmigrantes chinos en el siglo XX, que reproducen, sin grandes variantes, su tradición culinaria.

Nota: Este breve artículo "contrafáctico" fue publicado originalmente en la revista SOHO Perú

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Fuente: CERRÓN PALOMINO, Rodolfo. Linguística Quechua. Cuzco: Centro de Estudios Regionales Andinos Bartolomé de las Casas.1987.

Cuando los Incas salieron del Collao y llegaron al Cuzco, en los tiempos míticos de Manco Cápac, su lengua era el puquina, hoy ya desaparecida, y que se hablaba desde el la zona del Altiplano hasta los actuales departamentos del sur del Perú y el norte de Chile. En el Cuzco, los Incas se familiarizaron con el aymara y lo adoptaron como lengua hasta los tiempos de Huiracocha. Ya con Pachacútec, con la necesidad de la expansión militar, las relaciones comerciales y la construcción del Tahuantinsuyo, se apropiaron del "runa simi" o quechua, lengua que ya se encontraba extendida por la región del Chinchaysuyo, acaso desde la época del imperio Wari, según algunos lingüistas.

¿Dónde empezó la difusión del quechua más antiguo? De acuerdo a las más recientes investigaciones, se habría originado en la costa y sierra centrales del Perú, concretamente en el departamento de Lima, debido a que en la costa central y en sus serranías inmediatas es donde se ha registrado la mayor diversidad del quechua. Los lingüistas Alfredo Torero y Rodolfo Cerrón Palomino coinciden en ubicar en la sierra de Lima el origen más remoto de la lengua “oficial” del País de los Incas. De lo que sí están de acuerdo todos los especialistas es que el quechua llegó tardíamente al Cuzco y que no se originó allí.

El quechua es una gran familia formada por diversas lenguas que se hablan actualmente en Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia y Argentina. Sin embargo, solo en el Perú alberga representantes de sus dos grandes ramas: el quechua I o huaihuash y el quechua II o yungay (el primero de estos sería el heredero del que encontraron los Incas en la extensa región del Chinchaysuyo). El quechua que se habla en los demás países andinos corresponde al quechua II, que es el que se diseminó en una geografía más amplia debido no solo a la expansión del Tahuantinsuyo sino también a la prédica de los misioneros durante los tiempos del Virreinato. El quechua I, también llamado “central” es el que presenta mayor concentración geográfica. Se habla en los departamentos de Ancash, Lima, Pasco, Huánuco y Junín; su límite al sur es el valle del Mantaro, en la frontera con el departamento de Huancavelica, donde ya se empieza a hablar el quechua II; el límite norte del quechua I está marcado por el “Callejón de Conchucos”, departamento de Ancash. El quechua II se habla no solo en la sierra sur (Huancavelica, Ayacucho, Apurímac, Cuzco, Puno y Arequipa) sino también en la sierra de Ica, parte de Madre de Dios y en buena parte del norte del territorio peruano, como Lambayeque, Cajamarca, Amazonas, Loreto y San Martín.

Además de estas dos grandes divisiones de la familia quechua, los especialistas han encontrado que también se pueden separar ramas menores según la afinidad de las características gramaticales que se aprecian en las distintas formas de hablar. Por ejemplo, hay diferencias entre el quechua I que se habla en el valle del Mantaro y el de la zona de Conchucos. Del mismo modo, hay divergencias entre el quechua II de Ayacucho y Cuzco, y, más radical aún, entre éstos y los que se hablan en la sierra norte peruana.

Por último, habría que añadir que el quechua es una “lengua sufijante”, es decir, que a una raíz le podemos añadir una serie de elementos con significado propio, los morfemas, para formar palabras cada vez más precisas y complejas. Esos morfemas, al ubicarse después de la raíz, se llaman sufijos y de allí la definición de “lengua sufijante”. Veamos un ejemplo:

wasi“casa”
wasicha“casita”
wasichayki“tu   casita”
wasichaykimanta“desde   tu casita”
wasichaykimantalla“desde   tu casita nomás”
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Si hubo un tema que impresionó a los europeos que llegaron a los Andes en el siglo XVI, fue el nivel de organización que alcanzó el Tahuantinsuyo, amparado por un cuidadoso sistema administrativo que funcionaba a la perfección, a pesar de no contar los Incas con un sistema de escritura, base de cualquier burocracia moderna. En este sentido, jugó un papel primordial la implementación de un sistema de registro llamado quipu, que eran unos cordeles o cuerdas anudadas en formas significativas.

Técnicamente, el quipu es un conjunto de cuerdas torcidas de lana o algodón, de uno o varios colores, que penden de un cordón transversal, en las cuales se efectúan una serie de nudos de forma y tamaño diversos que, en principio, forman el registro numeral de los objetos contabilizados. En resumen, a nivel descriptivo, los componentes de un quipu son: cordón principal; cuerdas colgantes; cuerdas subsidiarias; y nudos. No hay uniformidad en la longitud del quipu ni en el grosor de sus cuerdas.

La primera noticia acerca de estas cuerdas con nudos la dio Hernando Pizarro en una carta dirigida a la Audiencia de Panamá en 1533: “A estos pueblos del camino vienen a servir todos los caciques comarcanos: cuando pasa la gente de guerra, tienen depósitos de leña y maíz y de todo lo demás. Cuentan por unos nudos en unas cuerdas de lo que cada caique ha traído. Y Cuando nos habían de traer algunas cargas de leña u ovejas o maíz o chicha, quitaban de los nudos de los que lo tenían a cargo, y anudábanlo en otra parte; de manera que en todo tienen muy grande cuenta y razón”.

El manejo de los quipus era dominio de unos expertos “contadores” llamados quipucamayos, quienes llevaban las cuentas del estado en todo lo que se refería a lo almacenado en las colcas, el número de rebaños, el movimiento de tropas o las poblaciones que se dirigían a la mita.  Los cronistas cuentan que estos funcionarios se formaban en escuelas especiales y laboraban en todos los niveles de la administración, desde la ciudad del Cuzco hasta el ámbito local o provincial. Los quipus no sucumbieron como sistema de contabilidad y registro tras la invasión del Tahuantinsuyo. Se cuenta, por ejemplo, que, hasta inicios del siglo XX, los ganaderos de Cajamarca contaban sus rebaños con el ancestral sistema de quipus.

Los cordones anudados han servido como elementos mnemotécnicos tanto en los Andes como en otras regiones de América y su antigüedad, según algunos estudios, sería preincaica. No conocemos, de otro lado, en qué momento de la historia del Tahuantinsuyo su uso se generalizó, aunque es lógico suponer que fue a partir del gobierno de Pachacútec. El quipu fue, sobretodo, un registro estadístico. Sin embargo, algunos cronistas, como Miguel Cabello de Valboa, Pedro Cieza de León o José de Acosta, aseguran que también era un medio recordatorio de ideas y relaciones, es decir, un archivo de sucesos o de hechos históricos. En lo que sí hay consenso entre los cronistas es que en los tiempos del Inca fueron contabilizados todos los recursos, tanto los naturales como los manufacturados, y que se llevaba un registro minucioso de los mismos. De otro lado, uno de sus usos más frecuentes fue el de establecer censos de personas y familias, pues los señores del Cuzco establecieron una clasificación decimal de todas sus unidades administrativas. Sabemos, por ejemplo, que todos los habitantes hábiles del Imperio fueron agrupados en diversas “circunscripciones”, como pachaca camayoy (unidades de cien familias), huaranga camayoc (unidades de mil familias) y hunu camayoc (unidades de diez mil familias). No cabe duda que para este tipo de conteo el quipu era fundamental.

 

 

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Fuente: eatours.com

Las famosas ruinas que hoy conocemos como “Machu Picchu” se llaman así porque el guía, Melchor Arteaga, le dijo a Hiram Bingham que había unos restos arqueológicos en el cerro de Machu Picchu. Como sabemos, Arteaga era arrendatario de las tierras de Mandor en 1911 y fue él quien le informó al explorador norteamericano sobre la existencia del sitio. Bingham, por lo tanto, no encontró otro nombre para las ruinas y divulgó el de Machu Picchu en todas sus cartas y publicaciones.

Queda claro que Machu Picchu es el nombre del cerro donde se ubican las ruinas. Melchor Arteaga, como muchos de los lugareños, sabía de la existencia de otras ruinas en el cerro de Huayna Picchu, y quiso distinguirlas. Sabido es que en la zona del Cuzco, a menudo se diferencia entre dos cerros vinculados uno al otro, llamando al más grande machu, que quiere decir viejo, y al más pequeño wayna, que significa joven. Como dice John Rowe, “en el caso que nos interesa, el nombre común de los dos cerros, y entonces para la mole que los dos constituyen, es, pues, Picchu”.

A principios de los años sesenta, el antropólogo Luis E. Valcárcel abrió el derrotero a la investigación moderna de Machu Picchu. Aseguró que el inca Pachacútec fue el responsable de su construcción y que el sitio arqueológico fue concebido como un centro sagrado imperial y que siguió funcionando hasta el final de la resistencia de los Incas de Vilcabamba. En este sentido, Manco Inca y sus sucesores lograron mantener el secreto la ciudadela, que habría perdido ya toda significación luego del ajusticiamiento de Túpac Amaru I por el virrey Toledo en 1572.

Los cronistas de los siglos XVI y XVII no mencionaron para nada la existencia de Machu Picchu. Esto ha sido aprovechado para crear todo un misterio respecto a las ruinas, en el sentido de que los españoles nunca supieron de su existencia. Tampoco hay referencias en las crónicas acerca de restos incaicos en todo el valle del río Urumbamba, desde Ollantaytambo hacia abajo, a pesar de que sabemos la existencia de varias ruinas muy interesantes, como el caso de Patallacta, en Cusichaca, que tiene casi tantas construcciones como Machu Picchu.

Pero las crónicas no son los únicos documentos que nos ayudan a comprender la historia de los incas ni los acontecimientos que sucedieron en los Andes después de la captura del inca Atahualpa. Hay otros testimonios escritos, públicos y particulares, en el que el sitio arqueológico aparece con el nombre de Picchu (o Piccho o Picho). Al menos, dos documentos del siglo XVI mencionan el lugar descubierto por Hiram Bingham.

Uno es la relación que escribió Diego Rodríguez de Figueroa cuando visitó al tercer inca de Vilcabamba, Titu Cusi Yupanqui, en 1565. En el texto, Rodríguez narra que entró a la tierra del Inca cruzando el puente Chuquichaca, cerca del actual pueblo de Challay, el 6 de mayo del año ya citado. Esa noche durmió en Picho, ubicado en o cerca del camino que iba desde Condomarca a Tambo, el actual Ollantaytambo. El pueblo de Condomarca, por su lado, estuvo en la ribera del río Vitcos, el actual río Vilcabamba, cerca de su desembocadura en el Urubamba. Esta “relación” de Diego Rodríguez fue publicada en 1910 por Richard Pietschmann y Bingham la conoció y al citó en un estudio sobre Vitcos en 1912, pero se le escapó la referencia a Picchu. Asimismo, sabemos que Picchu o Picho fue parte del repartimiento de Calca, Tambo y Amaybamba, que se encomendó, primero, a Hernando Pizarro y, luego, a Arias Maldonado. El vínculo de Picchu en este repartimiento aparece en la provisión del virrey Diego López de Zúñiga, el Conde de Nieva, de 1562; el documento fue publicado en 1906. No cabe duda, entonces que, en el siglo XVI, los españoles sabían de la existencia del lugar.

Hace unos años, los historiadores Luis Miguel Glave y María Isabel Remy, en un estudio que realizaron sobre Ollantaytambo, descubrieron, en el Archivo Departamental del Cuzco, un documento que habla del “pueblo de Picho” y de los curacas del lugar. El manuscrito fue realizado en 1790 ó 1791 pero era una copia de un original de 1568. Según la investigación, la cadena de copias refleja el interés de los frailes agustinos del Cuzco por las tierras de las zonas, pues el documento, originalmente, estuvo guardado en el Convento de San Agustín. Glave y Remy concluyen, acertadamente, que este pueblo de Picho “no era otro que el actual Machu Pichu”.

El texto del documento brinda datos muy valiosos sobre la ocupación de la zona de Machu Picchu por los Incas, pues contiene una lista de las tierras cultivadas por la elite cuzqueña en la quebrada del Urubamba, entre Ollantaytambo y Chaullay. En primer lugar, informa que el territorio fue conquistado por el inca Pachacútec, quien se “adjudicó” la mayor parte de de los terrenos. Sus hijos, Mama Ocllo y Túpac Inca, tuvieron terrenos en Piscobamba, entre Ollantaytambo y Torontoy. El documento señala, además, que Pachacútec dio tierras en el valle de Tanca a los Chinchaysuyos. Probablemente, se trata de una referencia al ayllu de Chinchaysuyos, que fue uno de los cuatro ayllus de Ollantaytambo en la época del gobierno del virrey Francisco de Toledo.

Otros datos que aparecen en el documento de los agustinos nos indican el uso de estos terrenos después de la conquista. En la parte baja del valle, poco más arriba de Pomachaca, el curaca de Picchu cultivaba coca y tendría que ver con el tributo que exigían los españoles a los indios de la zona. También se menciona el caso de un español, Gabriel Xuárez, quien, en 1568, habría comprado las tierras de Quintemarca, que antes pertenecían al curaca de Ollantaytambo, Gonzalo Cusi Rimache. Xuárez debió viajar constantemente a la zona, y es muy probable que conociera el pueblo cuyas ruinas llamamos hoy Machu Picchu.

Pero lo que más nos interesa de esta información, es que todos los terrenos de la quebrada, desde Torontoy hacia abajo, aparecen como propiedad de Inga Yupangui, es decir, Pachacútec. Como anota John Rowe, “Si los terrenos del fondo de la quebrada pertenecieron a Inga Yupangui, es bastante probable que los sitios a mayor altura pero no muy lejos del río, como Machu Picchu, hayan formado parte de la hacienda real de inga Yupangui también. Machu Picchu forma parte de un complejo de sitios que incluye Chachabamba y Choquesuysuy en el fondo del valle”.

¿Por qué esta zona interesó tanto a Pachacútec? Sabemos que el fundador del Tahuantinsuyo tuvo una serie de “propiedades” o “dominios” rurales fuera del Cuzco, básicamente en el hermoso valle del Urubamba. Sus dos propiedades mejor conocidas fueron Pisac y Ollantaytambo, construidas al inicio de su reinado, y una suerte de tributo a los hechos más resaltantes hasta ese momento de su vida, como la victoria sobre los chancas. La siguiente hazaña habría sido la conquista de Vitcos, después de la campaña de Ollantaytambo. Pero, para llegar a Vitcos, siguió río abajo, penetrando necesariamente la quebrada de Picchu. Esta campaña también es reseñada por los cronistas Martín de Murúa y Miguel Cabello de Balboa.

La elección de esta ruta por el río se explica porque los chancas, a pesar de haber sido derrotados, no dejaron de ser una posible amenaza. Vitcos, por lo tanto, podría servirle a Pachacútec como base para atacarlos en el flanco, utilizando las rutas que luego sirvieron a Manco Inca para atacar a los españoles en las zonas de Andahuaylas y Ayacucho. El tema es que, en los años posteriores del Virreinato, hasta la última década del siglo XIX, la ruta preferida para llegar a Vitcos fue otra. Se subía de Ollantaytambo al abra de Panticalla (Málaga) para bajar hasta el valle de Amaybamba, ahora llamada Lucumayo, muy cerca de Chaullay, donde los incas construyeron el puente de Chuquichaca. Ya nadie quiso transitar por la ruta de Picchu, más difícil y accidentada. De esta manera, las ruinas quedaron, casi, en el “olvido”.

Regresando a Pachacútec, y teniendo en cuenta los casos de Ollantaytambo y Písac, es lógico suponer que el Inca tomó la quebrada de Picchu como su propiedad “particular” como recuerdo a su campaña de conquista a Vitcos. En suma, lo que es hoy Machu Picchu y todos los sitios arqueológicos aledaños formaron parte de la “hacienda real” de Pachacútec, con su propia mano de obra, yanaconas, y demás personal de servicios, como las acllas. Se asume que no contribuyeron con nada al estado ni recibieron nada de él. Sabemos, por ejemplo, que los yanaconas debían tener porciones de tierras que cultivaban para su sustento y, al mismo tiempo, debían cultivar otros terrenos en beneficio de su señor, en este caso de Pachacútec y su posterior descendencia o panaca. Esto explica la gran cantidad de andenes en la zona, no solo en el cerro de Machu Picchu, para ampliar el área disponible de tierras de cultivo.

La ciudadela de Machu Picchu tiene instalaciones apropiadas para la residencia del Inca y de su corte; sin embargo, la mayor parte de sus restos monumentales sugieren funciones religiosas, lo que explica la gran cantidad de entierros de mujeres, seguramente acllas, que encontró Hiram Bingham. Probablemente se trató de yurac acllas, mujeres escogidas en el linaje del inca. Estaban consagradas de por vida al servicio ritual del Sol, y debían permanecer vírgenes de por vida. Según algunos cronistas, una de ellas era considerada su esposa. Estas mujeres tenían una condición de privilegio y sus obligaciones consistían en la preparación de bebidas para las ceremonias religiosas y vigilarse entre ellas. El sitio, entonces, habría servido a Pachacútec organizar el culto al Sol, quien lo “ayudó” en sus primeras victorias. “La misma topografía del lugar, con sus peñas y picos cónicos, sus cuevas, vistas de nevados, y situación en una curva cerrada de un cañón impresionante, ofrece una combinación de elementos importantes para la religión de los incas. El sitio ha debido impresionar profundamente al organizador del culto reformado”, según John Rowe.

El carácter sagrado de Machu Picchu, en efecto, estaría avalado por la existencia de por lo menos 10 rocas de alto contenido ritual, entre las que se encuentra el famoso Intihuatana, cuta función como “reloj solar” es solo una especulación. Algunas de estas rocas se encuentran sobre o al lado de concavidades funerarias, en los patios, al interior de los edificios, sobre las plataformas de baja elevación o entre las paredes. Se destaca, por ejemplo, una gran piedra plana rodeada por una plataforma en su base, cuyo carácter ritual fue admitido por el propio Bingham. Machu Picchu sería el último, pero el más importante, recinto sagrado a lo largo de un camino que pasaba los santuarios “menores” de Runcu Raccay, Sayay Marka, phuyu Pata Marka y Wiñay Wayna. Por su tamaño, fue el asentamiento que tuvo más rocas sagradas y altares en su trazo, y su construcción se ajustó, se “adaptó” a esas rocas y afloramientos que marcaron un sentido de equilibrio y a la vez simbólico que tanto caracterizaron a la religión andina por su orientación “animista”, que daba contenido espiritual a los objetos inanimados.

Desde su construcción, alrededor de 1460, hasta su “desocupación” por los trastornos derivados de la invasión española, Machu Picchu debió tener un altísimo significado religioso. Sus rocas sagradas y sus cerros (apus) desempeñaron diversos roles por encontrarse en secciones específicas del sitio, sea en espacios abiertos o en el interior de recintos particulares. No debemos olvidar, además, el posible carácter astronómico de algunas de sus construcciones. En este caso, la estructura más conspicua es el “torreón”, cuya planta circular no es común en la arquitectura de los incas. En realidad, es único y se ubica sobre una cámara funeraria y rodea a una gran roca con la talla de un angosto canal o rayo que se relacionaría con la salida del sol o solsticio de junio. De otro lado, se halla junto a las 16 fuentes de agua que existen en el lugar. Todo esto merecería una investigación más seria, pero lo que sí habría que descartar de plano es alguna función militar del “torreón”.

El inca Pachacútec tuvo otras propiedades con mejor clima y de mayor rendimiento agrario, por lo que sus visitas a Machu Picchu debieron ser ocasionales, en los meses que deja de llover, como hoy lo hace la mayoría de los turistas. Asimismo, el escaso número de viviendas nos demuestra que la ciudadela tuvo una población permanente muy reducida, apenas la suficiente para su mantenimiento.

Las primeras conclusiones que podemos extraer es que el “pueblo de Picho”, como aparece en los documentos coloniales, no fue una instalación del Tahuantinsuyo o del Estado Inca sino una propiedad “particular” de Pachacuti Inga Yupangui o, simplemente, Pachacútec. Además, que fue un santuario mayor asociado a un conjunto de lugares sagrados situados a lo largo del camino que llega hasta la recientemente declarada “Maravilla del Mundo Moderno”. Una visión matizada tiene la antropóloga Ann Kendall, quien ha estudiado el valle del Cusichaca, donde se inicia el camino Inca. Según sus estudios, la zona era una gran "exportadora" de alimentos, con capacidad para abastecer a 100 mil personas al año, por lo que Machu Picchu era el centro de una región bien integrada al sistema de redistribución estatal: la provincia habría dejado grandes beneficios a Pachacútec y su descendencia.

Esto es lo que podemos decir, hasta hoy, sobre Machu Picchu, debido a que adolecemos de una investigación más profunda y científica del sitio. Se trata, nadie lo duda, de un lugar especial, maravilloso y mágico. Su belleza paisajística, por ejemplo, nunca va a decepcionar al viajero. Pero aún sabemos muy poco de la ciudadela, pues la arqueología cuzqueña últimamente ha estado más ocupada del turismo, es decir, de presentar mejor los monumentos incaicos al visitante. Esto sin mencionar que los guías turísticos narran historias que no tienen ningún asidero científico. No tenemos aún, por ejemplo, información sobre cómo se construyó ni las etapas de ese proceso; tampoco sobre el uso de muchas de sus instalaciones; varios de los nombres que le damos a los sectores de la ciudadela ni siquiera sabemos si fueron los originales. Cabe mencionar, además, que la mayoría de los objetos que se extrajeron de las ruinas, desde la época de Bingham, se hicieron solo para “limpiar” el lugar para que los turistas pudieran conocerlo. La presión del turismo, en suma, impide una investigación más profunda y seria de Machu Picchu.

 

 

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El Country Club y sus alrededores en 1949 (Servicio Aerofotográfico Nacional)

Este distrito, para algunos el más elegante de Lima, donde apreciamos el histórico hotel Country Club, el enorme Club de Golf, el entrañable parque de El Olivar, algunos de los colegios más tradicionales de Lima (como el Belén o el Santa Úrsula), fastuosas residencias, modernos edificios residenciales, agitados centros empresariales y exclusivas tiendas tiene su germen en la antigua hacienda San Isidro, cuya casa, hoy restaurada y convertida en concurrido restaurante aún podemos admirar.

Los tiempos prehispánicos.- La historia del distrito de San Isidro se remonta a los tiempos prehispánicos y la muestra son las huacas de Huallamarca y Santa Cruz. En efecto, en el cruce de las avenidas El Rosario y Nicolás de Rivera el Viejo (altura de la cuadra 9 de la avenida Javier Prado Oeste), en el corazón de la zona residencial, contemplamos un imponente centro ceremonial de forma piramidal, la Huaca Huallamarca o “Pan de Azúcar” (nombre de una antigua hacienda del lugar). Se trata de un templo con entierros de una prolongada ocupación, desde el siglo III de nuestra era hasta la invasión de los incas en el siglo XV. “Marca” significa pueblo, lugar o comarca en quechua; “huallamarca” sería “el lugar o el pueblo de los huallas”. Cuando los incas llegaron al valle del Rímac, encontraron varios grupos étnicos provenientes de la sierra; los huallas vendrían a ser uno de ellos.

Como mencionábamos, se trata de un edificio piramidal formado por hasta cinco fases constructivas que se suceden una sobre la otra; la pirámide tiene unos 20 metros de alto. Fue construido en base al alineamiento y sucesión de pequeños adobes en forma de “granos de maíz”. Sus orígenes se relacionan con la cultura Lima y los pobladores de su entorno estaban asociados al cultivo de tierras regadas por el desaparecido río Huatita (afluente del Rímac). Los entierros y objetos encontrados en este sitio arqueológico son de enorme valor documental. Desde momias (la más representativa es la de una mujer con los cabellos más largos del Perú prehispánico) hasta tejidos, juguetes y ceramios asociados a la cultura Lima y a las influencias de Wari. Cabe destacar que en 1958 se rescataron 48 fardos en la cúspide de la pirámide y con este hallazgo se empezó a montar el actual museo de sitio.

En la segunda mitad del siglo XX, la Municipalidad del distrito, con el asesoramiento del arqueólogo Arturo Jiménez Borja, quiso salvar Huallamarca de la destrucción debido al crecimiento inmobiliario de la zona. De esta manera, se conservó el yacimiento y se “reconstruyó” para que el visitante pudiera observar cómo pudo haber sido su aspecto original. Este método, influenciado por las corrientes de “puesta en valor” de México o Europa de aquellos años y muy opinable para los “puristas” nos permite ver la impresionante rampa y perfectas plataformas que luce hoy Huallamarca y que, en realidad, no representan al aspecto que tuvo en su tiempo. Hoy en día, las convenciones de la UNESCO y las tendencias de la nueva arqueología están reñidas con este tipo de reconstrucciones “idealizadas” (caso semejante vemos en Puruchuco, con la mano también de Jiménez Borja).

La Huaca Santa Cruz también está ubicada en lo que era el valle del Huatica, en la tercera cuadra de la actual avenida Belén. Pertenece a la época del señorío Ichma, que data de los años 1.000 al 1.500 d.C. Se trata de una pequeña plataforma construida por muros de tapia; en su cima se pueden apreciar recintos cuadrangulares y algunos patios. Según los trabajos arqueológicos, fue un centro administrativo, de rasgos palaciegos, y contiene un pequeño cementerio de la época inca con más de 100 tumbas. Se conectaba con la huaca Pucllana mediante un camino y un sistema de canales. Un gran estanque existía al Este de la huaca; se llama también “Huaca Santa María de Santa Cruz”.

En los últimos años, arqueólogos iniciaron el proceso de limpieza en esta huaca para ponerla en valor. Concretamente, se ha retirado el material que colapsó con la destrucción del sitio arqueológico a partir de la década de 1940. Lamentablemente, en Santa Cruz, sólo se dejaron las estructuras más “relevantes” y hoy el sitio parece arrinconado junto a la Residencial Santa Cruz. Sin embargo, un par de hechos recientes colocaron a esta huaca en el centro de la noticia: El primero ocurrió hace tres años, cuando se encontró en fardo funerario de 400 años de historia. La momia, de unos 60 centímetros, presenta un cuerpo en forma de galleta, atado de pies y manos, tendido en forma vertical y sobre una plataforma rocosa; seguramente, se le rindió culto el día de su muerte en ese lugar. Una sonrisa maquiavélica asoma mostrando enormes dientes. La directora del Museo de Huallamarca, Lydia Casas, dijo: Esta momia sería la primera de una serie de fardos que se podrían encontrar en esta huaca. Este hallazgo no fue casual, ya que en la zona antes se enterraban muertos. No descartamos que se descubran más restos.

El segundo hecho tiene que ver con el hallazgo de momias republicanas. Arqueólogos hallaron en esta huaca una momia que corresponde a un culí del siglo XIX. El cuerpo, envuelto en tela, fue encontrado a 20 centímetros de profundidad; todavía se desconoce la edad de este trabajador chino. ¿Por qué un chino sería enterrado en una huaca? En la época republicana, muchas personas de origen extranjero eran enterradas en las huacas prehispánicas al escasear cementerios para no católicos. Por ejemplo, los culíes chinos, cuando morían en las haciendas, eran enterrados en estos lugares considerados “sagrados” y no en las iglesias o cementerios cercanos. Es el caso, por ejemplo, de la Huaca Panteón Chino, entre las calles Río Moche y Río Huaura, en Pueblo Libre, y hoy rodeada de viviendas. Respecto al hallazgo de la momia del culí, la arqueóloga Lyda Casas comentó: Es probable que el entierro en estas condiciones haya sido por una necesidad. Las poblaciones que trabajaban en un sitio desconocido y fallecen antes de insertarse en la sociedad, son enterradas en los sitios disponibles que consideran sagrado, o en los que por lo menos no serían vulnerados.

Los tiempos virreinales.- Luego de la conquista española y de la fundación de Lima, las autoridades le otorgaron la tierra de los huallas a Antonio de Rivera, vecino de la ciudad, quien trajera de España, en 1560, semillas de aceituna desde Sevilla. Luego, toda el área fue tomada por los padres dominicos, quienes formaron una próspera hacienda en estas tierras y siguieron con las plantaciones de olivos (se cuenta que San Martín de Porres plantó en la zona un olivo).

La hacienda luego pasaría por varias manos hasta que, en 1777, fue adquirida por Isidoro Cortázar de Abarca, nombrado Conde de San Isidro. Desde entonces, la hacienda se conoció como Hacienda San Isidro, bajo la advocación de San Isidro Labrador. Había, dicen, 2 mil olivos en El Olivar. La III Condesa de San Isidro y su primer esposo don Jerónimo de Angulo, tuvieron una sola hija, llamada doña María del Carmen de Angulo y Gutiérrez de Cossío. Al enviudar la madre y casar por segunda vez con su referido primo don Isidro de Abarca, al mismo tiempo casó a su hija adolescente con el hermano de aquel, llamado don Joaquín de Abarca y Gutiérrez de Cossío. Al morir doña Rosa María, la heredó como IV condesa de San Isidro -y propietaria de la hacienda- su mencionada hija María del Carmen de Angulo, quien al enviudar de su primer esposo (y tío) casó a comienzos del siglo XIX con don Luis Manuel de Albo y Cavada. No tuvo hijos con ninguno de sus dos esposos. Don Luis Manuel de Albo heredó la hacienda de San Isidro de su mujer y falleció antes de la Independencia, dejando la propiedad a su hermano don José Antonio de Albo y Cavada. La propiedad era un bien libre no atado al título condal de San Isidro, pero el mayorazgo de dichos condes tenía impuesto sobre ella un capital de 20,000 pesos colocados a censo (una especie de hipoteca).

Don Isidoro de Cortázar y Abarca, fue alcalde de Lima en 1821 y firmó el Acta de la Independencia del Perú. Cabe anotar que, durante las guerras de Independencia, los olivares sufrieron mucho, ya que se dio un edicto para cortar los árboles hasta la altura de un hombre, a fin de facilitar el retiro de las tropas realistas. Sin embargo, el edito no fue cumplido por el Conde, quien apoyaba a los patriotas. Aun así, El Olivar fue parcialmente abandonado y quedó reducido a la mitad.

El Conde de San Isidro falleció en 1832 y los derechos a la referida los heredó su viuda, pues para entonces (en 1829) ya se había dado la “ley de desvinculación” que liberaba los bienes de la atadura legal de los mayorazgos, y podían ser heredados como bienes libres. La viuda era doña Micaela de la Puente y Querejazu, para entonces ex condesa de San Isidro (pues los títulos también habían sido abolidos) e hija de los V marqueses de Villafuerte. Doña Micaela no vivió nunca en la casa hacienda de San Isidro, y murió loca en su casa limeña en la calle de San Pedro, en 1834. El albacea (y al parecer en partes heredero) de dicha condesa fue su abogado, el doctor don Francisco Moreyra y Matute, casado con doña Mariana de Abellafuertes y Querejazu (prima hermana de la referida última condesa consorte de San Isidro). Moreyra hizo valer el importe del antiguo censo de los condes de San Isidro en un concurso de acreedores a los bienes de José Antonio de Albo y Cavada (hermano del segundo consorte de la IV condesa de San Isidro, doña María del Carmen de Angulo y Gutiérrez de Cossío) y de tal forma obtuvo la propiedad de la hacienda.

Más adelante, por diversas dificultades, Francisco Moreyra perdió la propiedad, que, en 1853, fue comprada por José Gregorio Paz-Soldán. Destacado político e intelectual de su época, Ministro de Relaciones Exteriores de Ramón Castilla, Paz Soldán se casó tres veces. Una de sus hijas del tercer matrimonio, Luisa Paz Soldán, se casó con un Moreyra, a fines del siglo XIX, por lo que la hacienda volvió esta última familia. Sería lotizada a partir de los años de 1920, cuando la apertura de la avenida Augusto B. Leguía (hoy Arequipa), se convirtió, con el tiempo, en uno de los mejores suburbios residenciales de la creciente Lima.

La Casa Hacienda Moreyra o San Isidro.- Es una residencia campestre de estilo colonial morisco; tiene una capilla, un sótano y catacumbas. En 1746, el terremoto destruyó la casa, pero se salvó la capilla. Según Héctor Velarde, la casa fue construida sobre una colina, probablemente una huaca. El altar de la capilla es barroco y fue cubierto con pan de oro; tiene capacidad para 40 personas.  Existe la versión de que, en tiempos de la Independencia, doña Rosa Gutierrez de Cossío, Condesa de San Isidro, entroncada en la más alta aristocracia de Lima virreinal, ofreció en esta casa una recepción al Libertador, general don José de San Martín. Actualmente, esta residencia es utilizada, con gran parte de su mobiliario original, como restaurante y tiene gran atractivo turístico.

Los orígenes del distrito.- Por insistencia del presidente Leguía, en 1920, la última propietaria de la Hacienda San Isidro, Luisa Paz Soldán Roaud de Moreyra,  formó la “Compañía Urbanizadora San Isidro”; su gerente general fue el doctor José Ortiz de Zevallos. La pavimentación de las calles en El Olivar la hizo la empresa norteamericana Foundation Company; el costo se cubrió con la venta de varios lotes dentro de El Olivar. Desde el principio, se quiso que 300 mil metros cuadrados se conviertan en una zona residencial distinta a Santa Beatriz o Miraflores. Para su planificación, se buscó un modelo diferente de urbanización, más pintoresco y abierto, a cargo de Manuel Piqueras Cotolí, y que se nota en el diseño de la zona de El Olivar, ubicada en el antiguo bosque del mismo nombre. Como anota Elio Martuccelli: “En la zona de El Olivar de San Isidro se ensayó un urbanismo de trazo libre, con lotes dispersos en medio de áreas verdes: una manera novedosa de plantear una urbanización, llena de luz, aire y distinción”. Por ello, san isidro se llenó de calles curvas y de lotes irregulares, donde se construyeron casas de tipo chalet, en medio de jardines y con estilos diversos (tudor, vasco, neocolonial, etc.). La primera etapa fue el área que rodea El Olivar, a lo largo de Conquistadores, y lo que hoy es la cuadra 28 de la avenida Arequipa.

Sin embargo, esta disposición urbana no se extendió por todo el distrito. La zona que atravesó la avenida Leguía, por ejemplo, sí respetó la trama cuadriculada. De esta manera, San Isidro se convirtió en residencia de la clase media alta, que “escapó” del centro antiguo de Lima. Luego, en 1924, se construyó una pista que es ahora la avenida Miro Quesada (ex avenida El Golf) que unía la hacienda San Isidro con la Hacienda Orrantia, que pertenecía a la familia Prado. Así se autorizó la urbanización Orrantia, que constituyó un barrio de importancia con una avenida de primera categoría, como Javier Prado. Al año siguiente, se creó la urbanización Country Club, con el edificio y el campo de Polo respectivamente, que formaron otro centro de desarrollo (donde hoy está el Parque Acosta). La Foundation Company planeaba urbanizar 1.300.000 metros cuadrados no solo de las haciendas San isidro y Orrantia sino también Lobatón y Matalechuzas, por ello la importancia de la avenida Javier prado, que debía unir esta nueva área desde la avenida Leguía (hoy Arequipa) hasta la avenida Brasil. Finalmente, en 1930 se construyó el aeropuerto Faucett.

La creación del distrito.- Las urbanizaciones de San Isidro, Orrantia y Country Club se separan de Miraflores y pasan a formar el nuevo distrito creado por Decreto Legislativo 7113 del 24 de Abril de 1931. Su primer concejo se instaló el 2 de mayo del mismo año y su primer Alcalde fue el doctor Alfredo Parodi. El nuevo distrito también incluía las áreas rurales de Limatambo, Santa Cruz y Chacarilla. Durante la gestión de Parodi se construyó el hipódromo de San Felipe y, en 1932, la iglesia de la Virgen del Pilar, que quedó muy dañada por el terremoto de 1940. Por ello, el templo actual se levantó en 1948 bajo la guía del padre Mariano Arrien. Por aquellos años, poco más de 2 mil personas vivían en San Isidro.

El aeródromo de Santa Cruz o aeropuerto Faucett.- Fue el primer aeropuerto que tuvo nuestra ciudad. La estación de pasajeros se ubicaba donde actualmente está el Colegio Belén, junto al Golf de San Isidro; la pista de despegue era lo que hoy son las avenidas Belén y Pezet. Fue el centro de operaciones de la compañía “Faucett”, donde incluso se fabricaron los aviones de la misma empresa. En los años 30, con el aumento del tamaño de los aviones, poco a poco el movimiento de pasajeros se fue trasladando al nuevo aeropuerto de Limatambo, también en San Isidro, cuya pista de aterrizaje fue inaugurada en 1935 por el presidente Benavides. En 1948, los talleres son llevados para Limatambo y el terreno donde funcionó el ya mítico aeródromo de Santa Cruz fue desactivado, lotizado y vendido a principios de los años 50.

El Golf de San Isidro.- Hasta 1915, había un club de golf en Chucuito, Callao. Ese año, se mudó a Santa Beatriz, cerca del actual Campo de Marte. Luego, en 1923, un grupo de golfistas, formado entre otros por los señores F.F.Hixson, Alex Mc Donald y R.G. Brown, empezaron a buscar de una extensión de terreno idóneo para construir un campo de golf. La tarea concluyó felizmente cuando Arturo Porras convenció a la familia Moreyra Paz Soldán para que vendiera parte de su hacienda a la colonia británica y hacer una cancha de golf. Eran 15 fanegadas, aproximadamente 45 hectáreas. De esta manera, ese mismo año, se constituyó jurídicamente la compañía "Sociedad Anónima Lima Golf Club", con un capital social de 10 mil libras peruanas, representado por 400 acciones de 25 libras cada una y se instaló el primer Directorio presidido por A.S.Cooper. El 7 de abril de 1924, las obras estaban prácticamente concluidas; solo habilitar el campo costó 15 mil libras peruanas de la época.  El miércoles 28 de Mayo de 1924, en horas de la tarde, el presidente Augusto B. Leguía, inauguró oficialmente el local del Club y su campo de golf. El “Lima Golf Club" eligió una nueva junta presidida por el F.F.Hixson. El señor Hixson desempeñó durante muchos años el cargo. Como el club no tenía ninguna construcción (un club house), los golfistas se reunían en el Hotel Country Club y caminaban hasta el primer hoyo. Luego del juego, regresaban al Country a ducharse y descansar. Con el crecimiento del club, algunas familias de la colonia británica se mudaron a San Isidro y construyeron sus casas alrededor del campo de golf. Así creció la urbanización y, nuevamente, la Comunidad Británica, le compró un terreno que pertenecía al Hipódromo de Santa Beatriz para construir el Lima Cricket & Football  Club.

Cuentan que cada mes de mayo, el presidente Leguía venía a ver a sus hijos participar en las carreras que se celebraban el Día del Imperio Británico en el local del Cricket. Hoy el Cricket Club se encuentra donde hubo un campo de aterrizaje y el antiguo Club de Polo es el Parque Acosta; el Hipódromo terminó siendo aparte del proyecto San Felipe en la avenida Salaverry.

Regresando al golf, el acuerdo entre los golfistas y el Hotel duró hasta 1943, cuando se construyó el local en Camino Real y el señor Porras fue nombrado Capitán del Golf. En 1948, Miguel Grau fue el primer peruano presidente del Club de Golf.

Los olivos y el Parque “El Olivar”.- Este es uno de los parques más emblemáticos de nuestra ciudad que, con sus 23 hectáreas, alberga diversas zonas para dar un paseo, hacer ejercicios o, simplemente, descansar. Durante los tiempos virreinales, El Olivar fue un fundo de 27 hectáreas. Según los documentos coloniales, los primeros árboles de olivo llegaron desde Sevilla (España) en 1560, traídos por Antonio de Rivera, alférez y maestre de campo de Gonzalo Pizarro. Se cuenta que muchos de estos ejemplares no resistieron el largo viaje hasta el Perú, pero algunos, felizmente, sobrevivieron y se adaptaron a las tierras del valle del Rímac (en este caso, del Huatica) y dieron, con el tiempo, jugosas aceitunas. Fue así que el actual San Isidro tuvo olivos desde los años iniciales del Virreinato. Las aceitunas negras fueron cosechadas y el aceite, una vez extraído, era conservado en botijas de barro cocido. El aceite se usó, especialmente, como bálsamo para los santos óleos de la época y, con los años, se hizo tan popular que se vendió mejor que el aceite andaluz proveniente de la Península. Un inventario realizado en 1730 da cuenta de que en El Olivar había 1,500 árboles de olivo; un siglo más tarde, en 1828, dichos ejemplares sumaban 2,338. Hay una tradición que dice que los españoles, en venganza por las guerras de independencia, talaron numerosos árboles de El Olivar antes de abandonar Lima. Otra leyenda, esta más antigua, cuenta que San Martín de Porres, en su peregrinación por Limatambo, plantó un árbol de olivo, conocido como el “Olivo de la Felicidad” y que aún podemos apreciar. En la década de 1840, llegó a nuestra ciudad el viajero suizo-alemán, Jacobo von Tschudi y nos dejó el siguiente testimonio sobre cómo los limeños consumían sus frutos: “El olivo crece fundamentalmente en las provincias sureñas de la costa, sus frutos son muy inferiores a los de España. El aceite tampoco alcanza la misma calidad, lo que podría deberse al malo y burdo proceso de exprimir los frutos. Las aceitunas se preparan de un modo muy curioso. Maduran en el árbol, luego se les exprime levemente, se les seca y se les guarda en olla de barro. Este procedimiento les da un aspecto arrugado y un color negro. En esta forma llega a al mesa, donde se les sirve con trozos de tomate y de ají. Este último es un excelente suplemento a este fruto aceitoso. Otra manera de preparación es la conservación en agua salada, así mantienen su color verde y su forma llena”.

Cuando en la década de 1850 compró la hacienda San Isidro José Gregorio Paz Soldán, cuidó los árboles con horticultores chinos. A partir de 1920, cuando algunas familias “emigraron” a esta zona, revistas de arquitectura de la época, como Town & City, llevaron a cabo una campaña para detener el corte indiscriminado de los árboles de olivo y detener en pavimentado de El Olivar. Hasta 1931, El Olivar fue un huerto cerrado, con muros altos. Pero ese año, fue destinado al uso público. Siempre fue un área encantadora, con parques y un estanque rodeado por casas de estilo europeo, algunas como cabañas de estilo tudor. Las casas no abrían sus puertas directamente a la calle sino que estaban rodeadas por jardines, lo que les daba un aire atractivo y misterioso. La revista Town & City describe así el lugar: “atractivo vecindario formado por los límites internos y externos de los bosques en san isidro, donde se pueden encontrar hermosas mansiones de diversos estilos diseminados entre los troncos de árboles venerables y el concreto de las calles. Quienes viven allí disfrutan de las comodidades de la ciudad y la tónica del paisaje del bosque… disfrutando un estilo de vida de la raza sajona, que durante años ha encontrado gran aceptación entre nosotros”.

Actualmente alberga unos 300 rugosos árboles, entre jóvenes y vetustos, que brindan verdor, salud y sombra a los sanisidrinos y a cualquier limeño que decide visitar el parque. Cabe mencionar que en 1959 fue declarado Monumento Nacional por Resolución Suprema n° 5773. También hay una prensa de aceitunas de más de 200 años de antigüedad, donada por la señora Luzmila Justo de Ocho, traída desde una hacienda del valle de Camaná en 1960 por los empleados del alcalde de esa época, Felipe Tudela y Varela.

El Country Club.- En 1925 se formó la empresa “Sociedad Anónima Propietaria del Country Club", con un capital de 150,000 libras peruanas. La idea era construir el Country Club y urbanizar el área contigua de 1´300,000 metros cuadrados adquiridos a las haciendas Conde de San Isidro, Lobatón, Matalechuzas y Orrantia. Se calculó vender los terrenos de esta urbanización a 15 soles por metro cuadrado urbanizado para reinvertir parte de las ganancias en la construcción del nuevo edificio. En 1926 se funda el "Lima Country Club", empresa independiente de la anterior, que contrató la elaboración del proyecto arquitectónico del local del club. La tarea de terminar los planos fue encargada al arquitecto norteamericano T.J. O´Brien, quien culminó el proyecto e inspeccionó la construcción. Gran parte de los materiales de construcción fueron importados de Estados Unidos y Gran Bretaña. El local fue inaugurado el domingo 8 de febrero de 1927 por el Presidente Augusto B. Leguía. Hubo un almuerzo al Presidente, a su Gabinete de Ministros y una serie de personalidades políticas, intelectuales y artísticas de la ciudad. El personal del Country Club vino desde Suiza, con excepción del portero y el botones. Su panadería fue un éxito, pues la manejaba un joven suizo, Alfredo Bachmann, quien luego abrió “La Tiendecita Blanca” en Miraflores. Cabe destacar que el Country Club se unió con el Club Nacional, el Club de la Unión, el Phoenix Club, el Jockey Club (en santa Beatriz), el Lawn Tennis Club, el polo & Hunt Club y el Lima Golf Club formando un “holding” de instituciones sociales.

Desde aquella lejana fecha, hasta mediados de los años setenta, el Country Club fue el local predilecto de la elite limeña para sus actividades sociales. En sus primeros 70 años de existencia, el Hotel Country Club recibió a innumerables personalidades de la política y el espectáculo, contando entre sus huéspedes a mandatarios, príncipes y diplomáticos. Las actividades más importantes eran los matrimonios, agasajos a personalidades, bailes de carnaval y año nuevo, almuerzos de camaradería y grandes banquetes. Entre las personalidades que se alojaron en el Hotel estuvieron el Duque de Windsor con su esposa (quien había renunciado al trono de Inglaterra), el presidente de Francia Charles de Gaulle, la actriz Ava Gardner y muchos otros representantes de la política, el arte, las letras y el espectáculo.

Luego de una ligera “decadencia” en los años 80 y principios de los 90, el Consorcio Inmobiliario Los Portales tomó la concesión del Country Club (1996), en sociedad con ICA, de México, para devolverle su tradicional belleza y esplendor. Con una millonaria inversión el hotel fue remodelado guardando su estructura original y abrió sus puertas el 21 de Julio de 1998. Hoy, el Hotel es Patrimonio Cultural declarado por Resolución del Ministerio de Educación y del Instituto Nacional de Cultura.

Tiendas emblemáticas y centros comerciales.- A inicios de la década de los cincuenta, la familia Brescia le vendió una manzana de los terrenos que tenía en San Isidro a la firma norteamericana Sears Roebuck, que ya operaba en Lima a través de una oficina de venta por catálogos. El local del nuevo gran almacén de Sears, proyecto del arquitecto Linder, se abrió en 1953, en lo que era una chacra, frente al tranvía Lima-Chorrillos, en la actual Vía Expresa, cuadra 32 del Paseo de la República. Era una tienda de venta de artículos para el hogar y de ropa; asimismo, tenía su cafetería o snack bar. En sus primeros años, el éxito de Sears consistió en que la mayor parte de su mercadería era importada y que su sistema de crédito era más flexible que las otras tiendas de Lima. Cabe destacar que su frase, “Entera satisfacción o la devolución de su dinero”, se convirtió en el lema primordial de la empresa. Con los años, Sears abrió cuatro locales más en Lima. Sears se transformó, en 1984, en SAGA (siglas de la empresa colombiana “Sociedad Andina de Grandes Almacenes”); en 1996, la compró la chilena Falabella.

En los años sesenta, hizo su aparición el Centro Comercial San Isidro, también conocido como Centro Comercial “Todos”. Estaba casi al costado Sears de la Vía Expresa y albergaba tres grandes almacenes: Monterrey, Todos y Oechsle; también aquí operaban tiendas como la "Casa Crevani", "Óptica Olivos", "Squire" (peluquería para caballeros), "Pepe Grillo" (ropa de niños), "Muebles 501" y "Librerías ABC" (hoy tiene un supermercado Metro y negocios menores como All4woman, Alda y una sucursal de Interbank). Luego, llegamos a la década de los ochenta cuando, sin duda alguna, el centro comercial emblemático fue Camino Real, en San Isidro, que inició sus operaciones en diciembre de 1980. Se construyó sobre un terreno que perteneció a la familia Ayulo Pardo. El proyecto inicial contemplaba dos torres de oficinas, luego se construyó la tercera. En sus inicios, su éxito se basó en la novedad: decenas de tiendas, restaurantes, supermercados (Galax y Scala), tiendas por departamentos (Hogar), pista de patinaje, estacionamientos y dos cines (Real 1 y Real 2). En fin, tenía mucho más que sus competidores Plaza San Miguel, Higuereta y Arenales. Sin embargo, el no contar con un modelo centralizado de administración provocó su debacle. Esto le impedía reaccionar y adaptarse a las nuevas tendencias que modificaron el concepto del negocio en la década de los 90. En efecto, Camino Real se fue a la quiebra porque cada uno era dueño de su local (eran más de 200). Además, a diferencia de los malls de ahora, no había “tiendas ancla”, es decir, establecimientos que atraigan una gran cantidad de clientes; asimismo, había pocos estacionamientos y la tarifa por hora era muy elevada. Es más, en 1992, Camino Real fue víctima de un atentado terrorista, en el que murió una persona y hubo pérdidas materiales por 14 millones de dólares; el miedo ahuyentó a mucha gente. A pesar de estar ubicado en un lugar estratégico, para los nostálgicos de los 80, ir ahora a este inmenso local es casi como estar en un pueblo fantasma.

La Parroquia Nuestra Señora del Pilar o “Virgen del Pilar”.- Cuenta la historia que una tarde de junio de 1926, el padre Lucas Zarandona ve una capilla y, junto a ella, una gran casa. Cuando descendió del autobús, a la altura de la cuadra 25 de la avenida Leguía, y se internó paseando entre los algodonales, pastos y chacras de la hacienda San Isidro, le gustó tanto el lugar que regresó al día siguiente a exponer a la familia Moreyra su propósito de establecer en Lima un convento como casa auxiliar de los Misioneros Pasionistas de la Selva. Su idea fue acogida con mucho interés y ofrecieron la casa para alojamiento provisional a los sacerdotes que llegaban de Valparaíso. Así, el 29 de junio de 1926, la casa cobija a la Primera Comunidad. La familia Moreyra Paz Soldan donó el terreno que ocupa la Parroquia en los siguientes términos: “El terreno donado a los RR.PP. Pasionistas se destinará para edificar la residencia para la Comunidad y un templo para que haya siempre el culto publico en dicho lugar” (el señor Francisco Moreyra, en su calidad de Ministro de Justicia y Culto, firmó, en 1913, el decreto que permitía la entrada a los misioneros al Perú). En 1935, San Isidro es declarada Vice-Parroquia, quedando el padre Mariano Arrién encargado de la Virgen del Pilar. El 20 de abril de 1937, sucede en el cargo al padre Arrién el padre Constancio Bollar, quien organiza la fundación de la parroquia. Así, el 27 de setiembre de 1943, la curia Arzobispal eleva la iglesia de San Isidro a la categoría de Parroquia Autónoma bajo la advocación de Nuestra Señora del Pilar. En 1948, previa consulta técnica y financiera, el padre Bollar pone en marcha el plan de la ampliación del templo parroquial y su fachada. El Altar Mayor es de estilo barroco, tallado en madera y recubierto en pan de oro; mide 15 metros de altura por 9.50 metros de ancho. Su construcción data de 1740 y fue donado por la familia De la Borda, propietaria de la hacienda San Javier de la Nazca; el altar estuvo en la capilla de la casa hacienda que, hasta el siglo XVIII, fue propiedad de los jesuitas.

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La independencia del Perú no fue ni es el 28 de julio de 1821 en Lima. En dicha fecha se realizó la declaración de la misma, pero nuestra independencia, más que un hecho, fue un proceso que se inició muchos antes en otros lugares, fuera de y antes que en la capital.

Por ejemplo, a diferencia de lo que ocurrió hace unas décadas, hoy no existe un debate público ni una cronología clara en torno a la independencia. La narrativa nacionalista del gobierno del General Juan Velasco posicionó a la rebelión de Túpac Amaru II, ocurrida en 1780, como el inicio del proceso de liberación de España que culminó en la batalla de Ayacucho (1824).

Sin embargo, dicha narrativa se ha desmoronado sin ser reemplazada por otra. Además, las nuevas corrientes consideran que es imposible hablar de independencia en América antes de 1808. Estos vacíos y silencios históricos son una buena oportunidad para reabrir los debates, cambiar los ejes narrativos y proponer una cronología alternativa que permita que las historias regionales no permanezcan aisladas sino que se interconecten: solo así se logrará una historia verdaderamente descentralizada e integrada.

Es por esto que el Concurso de ensayos “Narra la independencia desde tu pueblo, tu provincia o tu ciudad” busca crear un espacio abierto de intercambio, debate y crítica en torno a la independencia del Perú, al pretender que se escuchen las voces de quienes desean recuperar la historia de este proceso desde una perspectiva regional y local.

El Concurso invita a escribir ensayos históricos sobre la independencia, pensada y vista desde cada pueblo y provincia. Pueden participar todas las personas mayores de 18 años. El jurado está abierto a recibir estudios en formatos creativos. Las bases se presentan en quechua y castellano, y por primera vez en un concurso de esta naturaleza, se hace un llamado a los participantes para que, en lo posible, escriban en sus lenguas maternas.

Los trabajos se recibirán del 6 de enero al 15 de marzo del 2014 al correo electrónico narralaindependencia@gmail.com.

El concurso se realiza gracias al apoyo del Instituto de Estudios Peruanos (IEP), el Ministerio de Educación, el Ministerio de Cultura, el Instituto Francés de Estudios Andinos (IFEA), el Departamento de Historia de la Universidad de California en Santa Bárbara (UCSB) y el Centro de Investigaciones sobre Hispanoamérica Colonial de la Universidad de París III - Sorbonne Nouvelle (CRAEC).

Descargue las bases del concurso desde este enlace:

http://www.iep.org.pe/concurso_de_ensayos__narra_la_independencia_desde_tu_pueblo__tu_provincia_o_tu_ciudad_.html

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Mesa Redonda

PASADO, PRESENTE Y FUTURO DEL HOSPITAL DE SAN ANDRÉS

Día:Viernes 22 de noviembre

Hora:6:30 p.m.

Expositor:Dr. Teodoro Hampe Martínez

Panelistas:Dr. Uriel García, Dr. Guido Lombardi, Arql. Antonio Coello

Lugar:Auditorio del Museo Nacional de Arqueología, Antropología e Historia del Perú

(Plaza Bolívar s/n, Pueblo Libre; frente a la Municipalidad del distrito)

INGRESO LIBRE

En la octava cuadra del jirón Huallaga, casi frente a la Plaza Italia, se levanta un extraordinario y en realidad poco conocido santuario inca de la ciudad de Lima: el antiguo Hospital Real de San Andrés. La edificación original de mediados del siglo XVI resguarda en sus muros y cimientos unos testimonios invalorables para la cultura e identidad colectiva peruana, desde tiempos coloniales hasta republicanos, con tesoros prehispánicos.

La presencia del legado incaico.- La mayor importancia de ese monumento radica en la existencia de cadáveres embalsamados de varios incas (con sus mujeres), traídos de alrededores del Cusco, con el propósito de extirpar la “idolatría” o adoración de los antiguos gobernantes del Tahuantinsuyu, hacia 1560. Según refieren las fuentes documentales de los siglos XVI y XVII, los cuerpos de los soberanos quechuas fueron depositados secretamente en un corral o patio de dicho hospital.

Ya el sabio Hipólito Unanue, en su memorable discursoDecadencia y restauración del Perú, pronunciado con ocasión de la apertura del Anfiteatro Anatómico de Lima (21 de noviembre de 1792), se refirió a ese acontecimiento de la siguiente manera: “Aun entre las naciones reputadas generalmente por bárbaras, se ha observado una suma afición a la anatomía, y si los progresos que hicieron en esta ciudad los antiguos peruanos hubiesen de medirse por la preparación y conservación de los cadáveres, [...] podrían, sin duda, disputar la preferencia a los egipcios”.

En décadas pasadas, se han desarrollado sin éxito algunos intentos por localizar aquellas momias, como los trabajos promovidos por José Toribio Polo (1868) y José de la Riva-Agüero (1937). Sin embargo, el acceso a nuevas tecnologías como el radar penetrante del suelo ha aportado la renovada posibilidad de ubicar los restos de los incas en el viejo Hospital de San Andrés, lo cual se podría lograr en el marco de una excavación arqueológica y una empresa de rescate completo de ese patrimonio monumental.

Salud y apoyo social.- Desde la época colonial, el Hospital de San Andrés fue testigo de la lucha por la vida de enfermos y heridos, tanto españoles como criollos, con capacidad para doscientas personas aproximadamente, según referencia del padre Bernabé Cobo enFundación de Lima. Posteriormente a la Guerra del Pacífico, se convirtió en un albergue para niñas y escuela regentada por una congregación de monjas.

Toda esa labor social se pudo lograr con el apoyo de sus benefactores, cuyos nombres se pueden apreciar en los azulejos del baptisterio. Entre esas nominaciones se puede observar el nombre de presidentes, parlamentarios, intelectuales, y personajes públicos, como la hija del Presidente Manuel Candamo y doña Teresa Álvarez, Calderón, Carmen Candamo Álvarez-Calderón, que fue fundadora de la Orden de las Canonesas de la Cruz.

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El Seminario Internacional Lima: Espacio Público, Arte y Ciudad, se realizó en la Facultad de Arte de la Pontificia Universidad Católica del Perú, del 17 al 25 de agosto del 2010 y contó con la participación de reconocidos investigadores peruanos, como Juan Tokeshi, Mario Montalbetti, Jose Canziani, Antonio Zapata, Wiley Ludeña y la artista escultora Lika Mutal. Asimismo, contó con la especial participación de Antoni Remesar, especialista internacional en espacio público y regeneración urbana de la Universidad de Barcelona, quien fue especialmente invitado por la especialidad de Escultura de la Facultad de Arte. El libro que aquí presentamos reúne los ensayos elaborados sobre la base de las ponencias expuestas en el Seminario.

Contenido

Introducción, Johanna Hamann Mazuré

Parte I

Barcelona: un modelo de Arte Público y Diseño Urbano, Antoni Remesar

El lugar del arte y el lugar de la memoria, Mario Montalbetti

Parte II

Territorio, monumentos prehispánicos y paisaje, Jose Canziani

Sociedad y desarrollo urbano: Lima 1900-1980, Antonio Zapata

Parte III

Arte y Espacio Público. Una ventana abierta a la cultura popular, Juan Tokeshi

El Ojo que Llora. Monumento contemporáneo de Lika Mutal, Lika Mutal / Veronica Crousse

Espacios públicos, arte urbano y diseño. La otra ciudad peruana, Wiley Ludeña Urquizo

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El V Coloquio Internacional "Hacia el Bicentenario de la Independencia del Perú", a realizarse los días 11 y 12 de noviembre del presente año, forma parte del programa de actividades que organiza el Instituto Riva-Agüero con objeto de pensar acerca de la trascendencia que tuvo el proceso de la emancipación hace dos siglos y cuáles son las implicancias actuales para completar las promesas, que entonces se hicieron,  de una sociedad mejor.

Este Coloquio forma parte de los actos conmemorativos convocados anualmente desde el año 2009 y programados hasta el 2024, cuando se  celebrará el bicentenario de la consolidación de nuestra independencia en Ayacucho. Los días del coloquio, 11 y 12 de noviembre, funcionarán mesas de exposición y debate. EI V Coloquio tendrá lugar en la sede del Instituto Riva Agüero (Camaná 459, Lima) y está coordinado por los profesores Margarita Guerra y Juan Luis Orrego.

El ingreso al Coloquio es libre, previa inscripción hasta el mismo 11 de noviembre al siguiente link:

http://campusvirtual.pucp.edu.pe/pucp/procinsc/jsp/Inscripcion.jsp?t=037&i=909, consignando su nombre completo, correo electrónico de contacto y teléfonos. Las vacantes son limitadas. Se entregará constancias de asistencia a quienes participen en ambas jornadas y a solicitud del interesado. (La expedición de la constancia tiene un costo de 25 soles).

PROGRAMA

Lima, 11 y 12 de noviembre de 2013

LUNES 11

Recepción

4:30 – 5:00 pm

Mesa 1

5:00 - 6:15 pm

Alicia Polvarini (PUCP), “Republicanismo y federalismo en el pensamiento de José Gervasio Artigas”

Jeffrey Klaiber (PUCP), “El clero en la Independencia de México y Perú”

Julián Ruiz (Universidad Complutense, Madrid), “La vía norteamericana a la Independencia”

Pausa – café

6:15 – 6:30 pm

Mesa 2

6:30 - 7:45 pm

Emilio Candela (PUCP), “El pasado como herramienta política: la conmemoración del Sesquicentenario de la Independencia en 1971”

Paul Rizo-Patrón (PUCP), "¿Un rey para el Perú? Los proyectos monárquicos desde el conde de Aranda hasta San Martín".

Alejandro Rey de Castro (PUCP), “Manuel Lorenzo Vidaurre y José de la Riva Agüero: dos proyectos políticos, 1810-1820”

Conferencia Inaugural

José Agustín de la Puente Candamo

7:50 pm

MARTES 12

Mesa 3

5:00 - 6:15 pm

Gonzalo Zavala (UNMSM), “Un fantasma recorre los Andes: Juan José Castelli y la rebelión de Huánuco de 1812”

Wilwer Álvarez (UNMSM), “Representantes del pueblo: los ayuntamientos constitucionales de Lima, Cuzco, Arequipa y Puno, 1812-1814”

Carlos Augusto Bastos (Universidad de Sao Paulo), “Revoluciones limítrofes: la provincia de Maynas y la Capitanía de Río Negro durante las independencia ibéricas (1808-1823)”

Pausa – café

6:15 – 6:30 pm

Mesa 4

6:30 - 7:45 pm

Emilio de Diego (Universidad de Sevilla), “El fracaso de la restauración fernandina: las repercusiones en la América hispana”

Sandro Patrucco (PUCP), “El estilo neocolonial como lenguaje propio de las artes plásticas en el Centenario de la Independencia del Perú”

Clausura

7:50pm

Categoría: General
Publicado por: jorrego

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En nuestro país, la criminalística, es decir, la ciencia aplicada a la investigación y descubrimiento del delito, se inicia a finales del XIX. En 1892, se crea el primer Gabinete de Identificación Antropométrica, que adaptó el sistema francés de Alfonso Bertillón, quien fue el primer policía en identificar a un asesino por sus huellas digitales. Fue el impulsor de la antropometría, una técnica de identificación basada en la medición de varias partes del cuerpo y la cabeza, marcas individuales, cicatrices y características personales del sospechoso; asimismo, estandarizó las fotografías de identificación y las imágenes usadas como evidencia (la foto del lugar del crimen antes de cualquier cambio o manipulación).

Un hito importante se dio el domingo 9 de julio de 1912. El diario El Comercio informaba sobre la nueva oficina de identificación por el sistema dactiloscópico en el Callao, la primera en el país: “El sistema dactiloscópico, del que nos hemos ocupado no hace mucho, es indudablemente el más seguro y perfeccionado de los medios de identificación conocidos hasta la fecha y su incorporación en nuestra naciente institución policial, constituye elemento de progreso y adelanto muy apreciables. Casi todos los países lo han adoptado ya, y en los congresos científicos de Buenos Aires y Santiago, ha sido consagrado, recomendando su adopción. La adopción del nuevo método en el Perú, significa pues, la uniformidad en el procedimiento de identidad con la Argentina, Brasil, Uruguay, Chile Bolivia, para solo referirnos a Sud América, y el establecimiento con estos países del intercambio de fichas, lo que permitirá hacer labor común de defensa social contra los elementos perniciosos de la sociedad”.

El 25 de noviembbre de 1914 se creó, ahora en Lima, el servicio de identificación de ficha dactiloscópica al frente de esta sección al Doctor Maximiliano González Olaechea. Este es el antecedente más definido de la creación de la Policía de Investigaciones del Perú. Finalmente, durante el gobierno interino del general Óscar R. Benavides, el 15 de abril de 1915, se estableció el Gabinete de Identificación. Con la intervención del doctor Luis Vargas Prada, se introdujo el sistema de identificación dactiloscópica Vucetich; meses mas tarde, este gabinete contaba con 4,235 fichas de identificatorias.

Luego vinieron los estudios de Óscar Miro Quesada de la Guerra, profesor de la Facultad de Jurisprudencia de San Marcos. En 1922, publicó su estudio Antropología Criminal, en la que en el primer capítulo (“Crimonogenia”) estudia los factores que engendran el delito, mientras que en el capítulo siguiente (“Criminalística”) aborda los medios para descubrirlo y prevenirlo.

El 3 de julio de 1922, como consecuencia de la reforma policial emprendida por el gobierno de Leguía, que trajo una misión española, se creó la Escuela de Policía de la República; una de sus secciones fue la de “Investigación y Vigilancia y su anexo de dactiloscopia” (se generaliza el Sistema Dactiloscópico del español Federico Oloriz Aguilera). Luego, en 1929, se especificaron las funciones de correspondían a la Guardia Civil y al Cuerpo de Investigación y Vigilancia. Fue así que, en 1933, se inauguró en el local de la Prefectura de Lima (El Sexto) el “Laboratorio de Técnica Policial”. Finalmente, en 1937, se creó el Laboratorio de Criminalística en el interior del Cuerpo de Investigación y Vigilancia, llamado luego Policía de Investigaciones del Perú (PIP).

EL ESCÁNDALO DE LA FAMILIA ROCATAGLIA (1908).- El protagonista de esta historia fue un italiano radicado en el Perú, José Rocataglia, de quien se dice que era duro, avaro, silencioso, además de vivir solo y cuyo único objetivo y fin de vida era su trabajo. No se le conocían ni familia ni amigos. Se dedicaba a alquilar los altos de El Jardín de las Delicias, un “recreo” fue frecuentado por los limeños de la Lima del 900, ubicado en la calle Malambo (Rímac).

Don José llegó a Lima como muchos italianos, sin un centavo en el bolsillo y, con el tiempo, arrendó Las Flores, un fundo en el valle de Piedra Liza. Se quedó soltero por vocación, pues consideraba que la mujer era un rubro más en los gastos. Su casa en El Jardín de las Delicias era un lugar solitario y oscuro, hasta que se fue llenando de familiares que vinieron desde Italia. El primero en llegar fue Antonino, sobrino mayor; después, Carlo, el hermano de Antonino; y, finalmente, doña Luisa, madre de Antonino y Carlo. Al sobrar habitaciones, no hubo problemas para acogerlos, aunque el tío José los acogió en silencio. De lo que se sabe, a la única persona que don José deseaba tener cerca en su hogar era a doña Carlota Boerro viuda de Rocataglia, su madre, pero ella se resistía a cruzar el océano y abandonar su Italia natal.

Todo ese mundo, aparentemente, tranquilo, cambió radicalmente cuando se encontró el cuerpo de don José tendido boca abajo en las afueras de la ciudad, cosido a puñaladas. Se dijo que habían sido “bandidos”, que a veces atacaban a algún hacendado: el arrendatario de Las Flores se habría tontamente y lo mataron. Eso fue lo que se afirmó en los diarios, pero pocos creyeron la versión. De esta manera, el vecindario comenzó a espiar los altos de El Jardín de las Delicias de la calle Malambo. Mientras tanto, los “deudos” organizaron un entierro de lujo, con capilla ardiente y un ataúd ovalado con forro interior de terciopelo, una verdadera joya que el difunto jamás se habría permitido. Esta exagerada generosidad dio demasiado que hablar.

Hasta 1908, la policía aún no podía ingresar a la intimidad del hogar. Lo más leído eran las notas de crímenes y policiales llegaban por correo de Ultramar o Buenos Aires. El crimen local carecía de interés, parecía rudimentario o impremeditado. Pero el crimen de Rocataglia animó la escena criminalística nacional.

Se abrió una hipótesis: José Rocataglia solamente vivía para trabajar. Su hermana Luisa protegía a sus hijos Antonino y Carlo. Los sobrinos codiciaban la fortuna construida por su tío. Lo más simple e inocente sería interesarse por el testamento. El italiano moriría intestado. De esta manera, ellos se quedarían con la fortuna sin mucho esfuerzo y no se levantaría sospechas. Para ello se podría encomendar a doña Luisa para que sondee al viejo José; un gruñido fue la respuesta. Ninguna cabeza desconfiada podría imaginar la trampa tendida.

Los sobrinos Rocataglia tomaron la decisión y contrataron un asesino. Se desconoce los pormenores de cómo lo contactaron, los términos del acuerdo, los planes posteriores, pero la mañana del 7 de julio de 1908, José Rocataglia amaneció muerto. Todas las semanas que siguieron al crimen no se obtuvo información. La familia tenía siempre coartadas impenetrables, especialmente construidas por Antonino. A falta de mejores pistas, se pensó que pudo ser una venganza debido a que Rocataglia era un patrón avaro y despótico, pero esta hipótesis pronto se cayó. La familia dejó pasar un tiempo y comenzaron a realizar el papeleo respectivo con sumo cuidado. Contrataron a un abogado de prestigio, presentaron los papeles de doña Carlota Boerro, heredera universal de todos los bienes. La sucesión intestada comenzó a resolverse mientras que del crimen no se sabía nada.

La sospecha sin solución se hizo evidente cuando los sobrinos se presentaron en el Callao con pasajes de ida a Panamá. Era el movimiento esperado: la policía los atrapó antes de abordar. Pero las coartadas de los sobrinos seguían siendo perfectas. Se habían despedido con una gran fiesta, llevaban encomiendas de las amistades y vendieron la cancha de bochas que administraban en sociedad y con ese dinero compraron los pasajes. Partían a Italia por unos documentos que doña Carlota les entregaría personalmente. Habían ocultado entre el equipaje cartas y papeles confidenciales que repetían escrupulosamente su versión de los hechos. El juez los retuvo mientras pudo.

Súbitamente apareció un testigo tardío que dio la descripción de un hombre que huía del escenario del crimen. Un pantalón fue la pista que siguió la policía hasta dar con un hombre llamado Manuel Camacho. Respondía justamente a la descripción dada y tenía un pantalón que reconoció el testigo. La clave en el pantalón era que había unas enigmáticas manchas de óxido que solamente podía ser sangre.

El caso Rocataglia tomó un giro sensacional. Los peritos examinaron el pantalón practicando un análisis químico. Las manchas parecían ocultar un caso perfecto. Sin embargo, el resultado del análisis fue decepcionante: zumo de plátano y ni rastro de sangre. La policía, sin ser demasiado científica, mantuvo a Camacho en prisión. En cambio, Antonino y Carlo, gracias a su buen abogado, obtuvieron la libertad y partieron en el primer barco que salía del Callao. La tormenta se recayó a doña Luisa.

Doña Luisa Rocataglia, viuda de Porchella resultó ser un personaje siniestro. Ella continuó viviendo en Lima y complicó y enredó la trama, aunque antes tuvo que morir otro inocente. El viejo tío José tenía secuestrada a una muchacha (o sobrina, no se sabe exactamente) que esperaba un hijo suyo. Le herencia habría de ser para este vástago indeseado si doña Luisa no tomaba en sus manos este asunto: la muchacha bebió una de sus pócimas que precipitó el parto fatal. Entonces intervino la autoridad: dos muertos en los altos de El Jardín de las Delicias era demasiado.

Ahora sí, cuando la policía ingresó al hogar de los Rocataglia, comenzó a descubrir una intriga de odios y vilezas familiares. Una evidencia sacó a la luz a la otra. Apareció el autor material del crimen, el asesino a sueldo llamado Feliciano Casquero, muy parecido físicamente al pobre Manuel Camacho, que estuvo preso más de un año por tener un pantalón “manchado” de sangre. Doña Luisa terminó sus días en el pabellón de mujeres de la cárcel de Santo Tomás[1]. Cuando la conspiración salió a la luz, solamente quedaban ella y una sobrina pálida e inocente en los altos de El Jardín. Antonino y Carlo desaparecieron para siempre. La herencia del tío José se fue diluyendo en costos judiciales y tasaciones. Al final, el “prestigioso” abogado alzó con todo.

Así quedó cerrado el caso Rocataglia, con doña Luisa en la cárcel y sus hijos fugitivos en algún lugar del mundo, sufriendo el enorme castigo de no volver a ver nunca más a su madre.

EL CRIMEN DEL HOTEL COMERCIO (1930).- En la tercera planta del Hotel Comercio, el 24 de junio de ese año, se cometió el primer gran crimen de la historia policial limeña: el descuartizamiento de Marcelino Domínguez (ciudadano español) a manos de Genaro Ortiz (otro ciudadano español), ambos socios de negocios. El hotel se ubicaba en la esquina del Jirón Carabaya con el Jirón Ancash (al lado de Palacio de Gobierno), en la calle Pescadería. El cuerpo fue guardado en dos maletas. Ortiz fue capturado en Panamá y trasladado a Lima.

¿Quiénes eran? Genaro Ortiz y Marcelino Domínguez fueron dos españoles (gallegos, luego se dijo) que llegaron a Lima en busca de fortuna. Dicen que eran pobres, ambiciosos y avaros. En Buenos Aires habían sido mozos de café y en Bolivia fungieron de croupiers (empleados de casino). Eran dos tipos elegantes, pues conocían las ventajas de la buena presencia. El primer día que llegaron a nuestra capital salieron a conocer la ciudad. Al día siguiente, disfrutaron de un partido de fútbol en el viejo Stadium Nacional (se enfrentaba un equipo paraguayo con el Aurora de Arequipa); más tarde los vieron juntos en la Sastrería París y el la Relojería Rugby. ¿Cuáles eran sus planes en Lima? No se sabe. Quizá “cazar” una mujer rica.

No tuvieron tiempo de saber cómo irían sus planes porque a la tercera noche discuten por unos centavos en la habitación 89 del Hotel Comercio y Genaro mata a Marcelino con un golpe de martillo[2]. El asesino intenta “salvar el pellejo” y decide deshacerse del cuerpo y desaparecer. ¿Qué pasos siguió? Lee en el periódico que la familia Buendía alquilaba una habitación en la calle Concha 356 (tercera cuadra del Jirón Ica) por 40 soles. Compra un cuchillo de cocina y un frasco grande de desinfectante a base de amoniaco. Tarda toda la noche en seccionar el cuerpo de Marcelino y lo acomoda en dos maletas. Al día siguiente, el 25 de junio de 1930, se presenta en la dirección señalada con el “equipaje”, cerró con candado la habitación y dijo que luego regresaría por sus maletas. Nunca regresó pues cogió un barco con dirección a Panamá.

Días después, algo raro en el ambiente inquieta a la familia Buendía, que solía sentarse a la mesa todos los días a las 6 de la tarde. Mientras servían la sopa, el jefe de familia termina sintiendo una fetidez generalizada cerca de la puerta del cuarto de alquiler y llama a la Policía (Comisaría de Monserrate). Era el 1 de julio. El comisario descerrajó la puerta y encontró dos maletas a punto de reventar. Ya en la Morgue, abrieron las maletas y vieron el cuerpo de un hombre seccionado en seis partes. En una maleta estaba el tronco del cuerpo decapitado con los brazos unidos; vestía un saco de casimir oscuro y un chaleco de la misma tela. En la otra maleta, se encontraron la cabeza y las piernas dobladas de tal manera que todo cupiera. En ambas maletas, el cuerpo seccionado estaba envuelto en ejemplares de los diarios capitalinos El Comercio, La Prensa y El Tiempo, y La Época de Rosario[3].

El médico legista, Américo Accinelli confesó que, en 10 años que llevaba en la Morgue, era la primera vez que dejó de comer un día entero. El resultado de la necropsia dijo que se trataba de un hombre de aproximadamente 30 años de edad y de una estatura de 1.65 metros; en la cabeza presentaba en al parte izquierda del frontal una fractura que mostraba la masa encefálica al descubierto producida por un arma contundente.

El crimen del Hotel Comercio superó toda la cobertura que recibieron anteriores sucesos de sangre en Lima. La primera en declarar fue la señora Buendía. Dijo que el inquilino era alto, atractivo, de ojos verdes y de aspecto extranjero: “cuando se acercó a mí, me envolvió con su perfume, un caballero distinguido, un artista tal vez”. Luego se supo que usaba un perfume llamado Imán de Coty. Fue tal el escándalo de sangre en Lima que la cobertura alcanzó el morbo, con descripciones muy detalladas de los hechos que horrorizaron a señoras, señoritas y jóvenes. Muchos padres de familia, por ejemplo, se vieron obligados a arrancar la página policial del periódico antes de llegar a casa. Lima, por fin, tenía un crimen como las grandes ciudades: “uno de esos crímenes horripilantes y sabios que son moneda corriente en Londres Nueva York, Berlín o Chicago”, comentó Clemente Palma.

Mientras tanto, Genaro Ortiz fue capturado en Panamá, sin oponer resistencia, y devuelto al Perú en el vapor Aconcagua. Un gran acontecimiento fue su desembarco en el Callao: varios miles querían ver al descuartizador, especialmente mujeres: “Desde temprano crecida cantidad de público habíase congregado en el muelle y cerca de los desembarcaderos. La plaza vecina presentaba también animado aspecto. A medida que transcurrían las horas, la muchedumbre se hacía compacta calculándose en varios miles de personas” (El Comercio, miércoles 5 de agosto de 1930). En efecto, se desató una especie de conmiseración y simpatía femenina ante el “apuesto” criminal. Como si esto fuera poco, un leve temblor sacudió la ciudad aumentó la tensión entre la muchedumbre que esperaba. Como anota Luis Jochamowitz, “la policía trató de burlar el asedio utilizando el muelle de la Escuela Naval, pero cuando Ortiz ya estaba en tierra cuatro señoritas lograron acercarse y una de ellas le entregó una medalla de santa Teresita del Niño Jesús. Dos cuadras más adelante, la caravana fue interceptada por la multitud y otra mujer logró subir al pescante del coche”.

En El Sexto, en presencia del Juez, Ortiz relató que el móvil del crimen fue una discusión por el reparto de un botín producto del robo de alhajas en Bolivia, que ingresaron ilegalmente al país por la frontera de Puno. Que, efectivamente, el 24 de junio de 1930, después de almorzar, sostuvo una discusión con su compatriota en el interior de la habitación del tercer piso del Hotel Comercio. Que, al calmarse los ánimos, Marcelino Domínguez se recostó en el catre cerca a la pared quedando dormido, lo que aprovechó Ortiz para agenciarse de un martillo y propinarle el golpe en la cabeza, herida que produjo que emane mucha sangre y manche el piso y catre, procediendo a limpiarla con una toalla y un balde agua para no dejar restos hemáticos. Que una vez muerto su amigo y detenida la hemorragia, pensó cómo deshacerse del cadáver, ideando descuartizarlo, adquiriendo dos maletas, para luego llevarlo a la pensión donde dejó abandonada a la víctima y huir del país con identidad cambiada. En relación al robo, se telegrafió a Bolivia, donde la agraviada recuperó sus alhajas.

El descuartizador quedó sentenciado por muchos 25 años. Fue recluido en la celda número 85 de la Penitenciería de Lima, que la empapeló de amarillo y con figuras de revistas. Sin embargo, su reclusión no impidió que la prensa lo buscara. En El Comercio, por ejemplo, publicó una breve autobiografía. Otro tabloide publicó una serie de capítulos titulada “La vida anecdótica y sentimental de Genaro Ortiz”, a cargo de un español llamado Carlos del Mar, quien había compartido celda durante 22 días con Ortiz por una calumnia femenina finalmente aclarada. Era la vida del descuartizador desde su infancia en Galicia hasta el día fatal en el Hotel Comercio.

Pero lo más interesante fue la “alianza” entre las mujeres y el descuartizador. Cuentan que a su celda llegaban estampas, escapularios y dulces dejados por decenas de mujeres en la portería de la prisión. Una mujer, Tula Puente, fue su fiel “compañera”. Su nacionalidad chilena y su oficio de “artista” o “corista” obviaban más comentarios. Su “biógrafo”, Del Mar, decía que se conocieron en Valparaíso cuando probaba fortuna en las ruletas de los casinos y que en Lima “estalló” el amor entre ambos, ahora en circunstancias difíciles. Los diarios se prendieron de la chilena y la policía la hostigaba. La mujer dio una breve entrevista a La Crónica:

P. ¿Y usted ama a Genaro Ortiz?

R. Entrañablemente…

P. ¿No le inspira ningún temor? ¿No se le ocurre que podría descuartizarla también?

R. ¿Y no cree usted que sería una dicha morir en manos del ser a quien se ama? Pensar en eso me produce una voluptuosidad innegable.

P. No es creíble lo que se dice, a menos que sea una aprovechada alumna del marqués de Sade.

R. Seré lo que ustedes quieran, pero es absolutamente cierto, lo amo.

A Tula Puente se le perdió el rastro. Pasados los años, un indulto por Fiestas Patrias, dejó libre a Ortiz. Nunca regresó a Galicia, donde estaban su madre y hermana. Prefirió quedarse en el Perú y pasar inadvertido con otro nombre. A mediados de los años 50, alguien lo reconoció en un ómnibus a Chimbote y el “descubrimiento” estalló en la prensa. En esas circunstancias, la revista Caretas lo defendió en un artículo y pidió que lo dejaran en paz, pues ya había pagado sus culpas. A los días, un hombre desconocido, con lentes oscuros, se presentó en la redacción de la revista y pidió ver a Doris Gibson, la directora. Era el descuartizador del Hotel Comercio. Se quitó los anteojos y agradeció, casi con timidez, la defensa. Después se alejó a pie por el Jirón Camaná y se confundió entre la gente. Nunca más se supo de él.

Cabe anotar que, inmediatamente después del crimen, los propietarios del Hotel Comercio borraron el número 89 de la habitación que ocuparon los españoles. Nadie quería alojarse en los ambientes donde el trastornado Genaro Ortiz perpetró su despedazamiento.

EL "MOUNSTRUO DE ARMENDARIZ” (1954).- Ese fue el año de célebre “Monstruo de Armendáriz”, Jorge Villanueva Torres, 35 años y de raza negra, quien fue acusado de violar y matar a un niño de cuatro años.

¿Quién era Villanueva? En su niñez, Jorge Villanueva fue un "pájaro frutero", nombre que se le daba en esa época a los niños ladrones o "pirañitas" de hoy. En su juventud, un ladronzuelo en los tranvías, atiborrados de gente, que surcaban Lima. A sus 35 años, ya había pisado la cárcel y era conocido como vago y ladrón de poca monta en las comisarías.

El jueves 9 de setiembre de 1954, los titulares de los diarios sacudieron a una Lima de apenas medio millón de habitantes, con una noticia horrenda: el hallazgo del cadáver de Julio Hidalgo Zavala, un niño de 3 años y medio, en una covacha en la zona de la Quebrada de Armendáriz, zona limítrofe entre Miraflores y Barranco. El cuerpo fue encontrado en posición decúbito ventral (boca abajo) y, basándose en este indicio, las autoridades policiales y la prensa comenzaron a elaborar la versión del "anormal" que habría violado al menor. Así nació la historia del “Monstruo de Armendariz”, que fue un compendio de todos los prejuicios y temores de la Lima de entonces.

El caso y el posterior juicio desataron, además, del sensacionalismo de la prensa, el horror y morbo de la opinión pública. “El protocolo de la autopsia estableció que no había signos de violación; ahora, la incógnita es despejar si en realidad se trata de un crimen", dijo el capitán comisario de la Guardia Civil a El Comercio (12 de setiembre de 1954). De nada valió el informe de la autopsia, más valió lo que inventó la opinión pública. Las declaraciones de los vecinos “retrataron” al feroz criminal: un sujeto de baja estatura, azambado y de ojos rasgados. Así empezó una verdadera cacería de brujas y las autoridades detuvieron a todo individuo con estas características.

Luego, un turronero, Uldarico Salazar, que trabajaba en la calle Atahualpa, donde vivía la familia de la víctima, afirmó que el homicida le compró una melcocha para el niño y se lo llevó de la mano. Luego de varias detenciones, una semana después, los diarios exhibían a Jorge Villanueva Torres como el asesino: “Lo han hecho confesar”, celebraba la prensa. A pesar de que el protocolo de autopsia de la víctima señaló nunca hubo violación, la prensa lo calificó de depravado y de violador. Villanueva declaró “con lujo de detalles y en forma tranquila y espontánea” que asesinó al niño Hidalgo después de haberlo llevado por el lado posterior del Zoológico de Barranco; lo condujo con engaños hasta una de las cuevas que hay en ese lugar. Detalló que dio muerte al niño cuando, al comenzar éste a llorar y escuchar voces, temeroso de ser descubierto en sus propósitos deshonestos, le tapó la boca con su mandil y luego aprisionó la cabeza del pequeño contra la tierra, hasta causarle la muerte.

Carlos Enrique Melgar, conocido abogado aprista, defendió a Villanueva. Alegó que su patrocinado se había declarado culpable bajo tortura y que no era suya la camisa manchada en sangre con la que supuestamente había sido capturado en una huerta de Surco. Sus argumentos fueron rebatidos por el turronero de la calle Atahualpa quien, además de decir que le vendió el dulce con el que sedujo al niño, mostró como prueba “irrefutable” una moneda de 20 centavos (el costo del paquete de turrón) y con ella marcó la suerte de Villanueva (ver Caretas 281). “Con indicios no se condena a muerte. No hay convicción, miente el turronero. En caso de duda hay que estar a lo favorable al reo”, dijo el abogado Melgar, pero de nada sirvió. Transcurrieron casi tres años de juicio y el abogado defensor solo logró que se retire el cargo de violación. Pero los jueces, sometidos a la presión popular, condenaron a muerte a Villanueva por homicidio.

Así llegó el día “esperado”. Al promediar las 5:30 de la madrugada del 12 de diciembre de 1957, el tristemente célebre “Monstruo de Armendariz” fue sacado de su celda en la Penitenciaría de Lima con dirección al patio sonde sería ejecutado. Estaba esposado, descalzo y vestía un gastado overol azul. Víctor Maúrtua, quien se desempeñó como médico legista durante el caso, presenció la ejecución. Le colocó "la escarapela", un pedazo de cartón cubierto con un trapo negro en la zona del corazón como guía para los verdugos.

Según Maúrtua, “me llamó la atención que hasta el último momento insistiera en su inocencia. Pedí el expediente del caso y me dijeron que estaba perdido. Pero logré conseguir el protocolo de autopsia y no hay evidencias que prueben el crimen”. El su libro La pena de muerte y los delitos de violación, ensaya una teoría para la desgracia de Villanueva: fue víctima de la "monstruitis", un fenómeno que se difunde a través de los medios de comunicación, creadores de seres siniestros que aterrorizan a la sociedad y la hacen clamar por la aplicación de una terapéutica radical: la pena de muerte. Para el conocido cronista de El Comercio, Manuel Jesús Orbegoso, que siguió el caso, a Villanueva se le juzgó más por negro, vago y ladrón que por asesinar a un niño: “Lo peor de las ejecuciones que he presenciado es no tener la certeza de que el reo era culpable”.

Pero el infortunio persiguió a Villanueva hasta después de su ejecución. En 1996, un periodista de El Comercio buscó su tumba en el cementerio Presbítero Maestro y descubrió que sus restos tuvieron que ser incinerados por falta de pago en 1964. Su historia dio origen a un mártir entre los presos, una canción (de Los no sé quién y los no sé cuántos) y una película (Muerte al amanecer, de Francisco Lombardi, 1977), pero a pesar de todas las pistas de su inocencia, nunca dejaron de llamarlo “Monstruo”.

EL "CASO LUZA" (1966).- Este fue el año del famoso psiquiatra Sigisfredo Luza, antes de ser conocido también como el autor de las más espectaculares maniobras psicosociales del SIN, como hacer “llorar” vírgenes de yeso (Callao). Fue condenado a ocho años de prisión por un crimen pasional.

¿Quién es este psiquiatra? El doctor Segisfredo Manuel Luza Bouroncle (Arequipa, 1928), según entrevista a Caretas (edición 1839, 9 de septiembre de 2004), decidió su profesión en un ómnibus, mientras regresaba de un viaje de vacaciones. Habría querido ser gastroenterólogo pero se decepcionó de una especialidad que, según él, solo le exigía saber que existía la belladona, el bicarbonato y los antidiarreicos. También intentó forjarse como cirujano, pero era torpe de manos: “En mi primera práctica me amarré el dedo con el intestino del paciente”. Entonces, acostumbrado a lecturas sicológicas, le tocó la puerta al famoso Honorio Delgado y le confesó su vocación. El doctor Delgado le dijo: “Primero lee la Psicopatología General de Karl Jaspers y luego regresa”. Eran dos libros enormes, “alucinantes, formidables”, que el joven Luza devoró rápidamente. Y regresó. Honorio Delgado lo llevó al Larco Herrera y comenzó su formación: “Me encantó el Larco Herrera, tanto que me quedé a vivir ahí, además, los locos comían muy bien”. En 1955, se graduó en la Facultad de Medicina de San Fernando con el primer puesto de su promoción. En 1957, obtuvo el grado de doctor en psiquiatría en la Universidad de Heidelberg (Alemania), con el título de Doctor Cum Sum Laude. En 1966, su historia personal cambió radicalmente debido a un sonado crimen. El juicio duró cuatro años y, al salir de prisión, Luza empezó su controvertida carrera de estratega psicosocial al servicio, primero de la OCI y luego del SIN, aunque él siempre lo haya negado (Caretas 403). Ahora vive la segunda etapa de su existencia. Tiene un hijo, Alexander, de su segunda esposa fallecida hace diez.

¿Qué ocurrió? En octubre de 1966, Luza, que tenía como paciente y amante a Marta Vértiz, en un arrebato de celos, mata a Fares Wanus, de 20 años. Pero resultó que Wanus era homosexual. Al parecer, el romance entre la víctima y Martha Vértiz habría sido simplemente una estratagema para despertar los celos del siquiatra y apurarlo a cumplir su promesa de divorciarse de su esposa.

En efecto, este supuesto “triángulo amoroso” estuvo en boca de los limeños en la década de los sesenta. ¿Fue un crimen pasional o arrebato de demencia? Diversas razones fueron invocadas para explicar por qué Luza, un psicoanalista de prestigio, cometió el homicidio. El “triángulo” no era perfecto porque después se supo que Wanuz era homosexual y que la dama en disputa, la pintora Martha Vértiz, estaba dispuesta a todo por divorciar a Luza y unirse a él en matrimonio.

El doctor conoció a Martha Vértiz en 1963 cuando la familia de la chica la llevó a su consultorio de la avenida Guzmán Blanco para superar una decepción amorosa. El romance entre ambos comenzó muy rápido, a pesar de la diferencia de edad: Luza tenía 40 años; Vértiz, 25. Pero la edad era lo de menos; el verdadero problema es que Luza estaba casado con María Teresa Díaz de Rávago Bustamante[4]. Al parecer, luego de vagas promesas o juramentos, Luza viajó con su esposa a Europa y Martha quedó abandonada. La pintora no se quedó atrás (“deshojando margaritas”) y comenzó a frecuentar cafés, bares y discotecas. En esas desenfrenadas incursiones conoció a Wanuz, un joven bohemio y desempleado que la introdujo en las noches limeñas de vicio y desorden.

Cuando Luza retornó de su viaje matrimonial, citó a Wanuz a su consultorio. Fue el 13 de octubre de 1966. Durante el juicio, el psiquiatra dijo que trató de aconsejar al joven pidiéndole que cuidara de Martha, pero que él reaccionó de mala manera. Dijo que Fares lo atacó con un martillo y que se vio obligado a empuñar la Browning que tenía sobre su escritorio. Fue así que el cuerpo del joven recibió 15 tiros. Las horas siguientes fueron para el psiquiatra de angustia y pánico, hasta que, la madrugada del 14, se presentó ante la policía y confesó el crimen.

El juicio duró cuatro años. Su abogado, Carlos Enrique Melgar, alegó defensa propia y cierto tipo de alteraciones mentales, por lo que Luza fue condenado a ocho años de prisión (según el Código Penal de la época, una persona sana hubiese tenido pena de muerte)[5]. Cuando salió libre, inició su polémica carrera de estratega psicosocial al servicio, primero de la OCI (años de Velasco) y luego del SIN (época de Montesinos). La muerte de Wanuz quedó en el olvido.

Hasta   1970, el instrumento más complejo que tenía la Policía para analizar al   delincuente era un detector de mentiras comprado 20 años antes, y que fue   casi inaugurado con el sistema nervioso de Luis D'Unian, más conocido como “Tatán”.

 Nota.- Para los crímenes de los Rocataglia y del Hotel Comercio hemos utilizado como fuente básica el libro de Luis Jochamowitz, El descuartizador del Hotel Comercio (Lima, 1995).



[1] Fundada en 1892 por el gobierno del general Remigio Morales Bermúdez, estaba ubicada en la iglesia del mismo nombre por el Mercado Central; en 1898, se le agregó la Escuela Correccional de Mujeres, destinado a niñas con “inconductas” sociales. Cuando la cárcel y el correccional se mudaron, funcionó allí el Colegio Mercedes Cabello.

[2] También se especuló diciéndose que el móvil del crimen fue un asunto ideológico; esto es, que los dos eran de ideas extrañas y que vinieron a Sur América autorizados por la Central de Partido Internacional al que pertenecían. Ya habían visitado Uruguay, Argentina, Paraguay y Bolivia. Los manejos observados por Marcelino Domínguez, no encuadraban la línea o norma del Partido; y se comentó después del asesinato, que Genaro Ortiz estando en Lima, mediante claves, recibió órdenes para que dé cuenta de su acompañante que estaba cayendo en traición, o sea, eliminarlo. Se dijo que Genaro Ortiz planeó el crimen sin provocar reyerta y, ese día, compró dos bisturíes y un martillo chico con uñas. Marcelino Domínguez debería escribir algunos informes y al menor descuido, descargarle, sin muchos titubeos, a la altura de la sien derecha un preciso golpe con el martillo. Y así lo hizo. Y con ese golpe se desplomó para siempre la víctima.

[3] Además, “en uno de los bolsillos del chaleco se encontró una papeleta de joyería y relojería Soto González, sita en la calle Pescadería y fechadas el 21 del mes próximo pasado, según la cual consta que don Marcelino dejó a componer allí un reloj marca ‘Rugby’. Otro papel que dice más o menos lo siguiente: ‘Domínguez: de parte de Bardoso que la carta y contrato no lo manden a La Paz por el momento sino la semana entrante’. Está firmado por Bardoso y lleva la fecha 16 de junio último. Se encontró además, un pequeño montadiente, un trozo de lápiz y un paquete de hojas ‘Gillete’. Y en los bolsillos del saco, medio paquete de cigarrillos ‘Inca’, una caja de fósforos y una papeleta de la sastrería del señor Mavila, según lo cual consta que don Marcelino Domínguez, el 21 de junio, día sábado, entregó cinco libras peruanas a cuenta del total de la hechura de un terno que mandara confeccionar en dicho establecimiento. Todos estos papeles y especies quedaron en poder del juez del crimen, doctor García Calderón” (El Comercio, miércoles 2 de julio de 1930).

[4] Luza estaba casado con esta limeña de alta sociedad desde el 14 de septiembre de 1955. Se dijo que como era “fría y distante”, Luza habría encontrado en la joven Martha Vértiz la pasión que le faltaba en su matrimonio.

[5] IMPORTANTE: Circuló mucho por Lima la versión de que Luza mantenía, desde antes de su viaje a Europa, una relación (homosexual) con el joven Wanuz; el “crimen pasional”, entonces, no era por Martha Vértiz sino por una amorío entre ambos. Uno de los que sostiene esta versión es el famoso escritor colombiano Germán Castro Caycedo, quien vino a Lima y se entrevistó con mucha gente para realizar una novela sobre este caso que trascendió nuestras fronteras.