Conversación pendiente desde spring break

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Lo que dijo lo dijo respecto de la semiótica, la antropología y la cultura oriental. Pero tranquilamente lo podría haber dicho respecto del derecho, la historia y el urbanismo. Había estado hacía unas semanas en una reunión de presentación de los proyectos de investigación de los investigadores doctorales y de maestría y todos los otros proyectos habían sido muy bien recibidos por los profesores del departamento y del Instituto, eran temas realmente muy llamativos, muy sexys. Pero para sí se cuestionaba que eran todavía nada más que hipótesis o ideas, que nada aseguraba que vayan a ser confirmadas o refutadas con el trabajo de campo, con la revisión de data. En sí, cualquier idea suelta podría construirse y lanzarse en un espacio como ese. Su trabajo, por el contrario, estaba en la etapa de haber casi terminado el trabajo de campo. La etapa le daba inevitablemente una conexión más directa con las complejidades del trabajo etnográfico y, por ello, era más prudente en el abordaje de su propio problema, tenía miedo a la asertividad. Le dije que le entendía perfectamente, le comenté que hacía pocos días de una propuesta de investigación, mi asesora, una historiadora formada en Norteamérica, había tachado las palabras “maybe” y “I hope” de mi propuesta. “Tienes que mostrar confianza en tu propuesta al comité” me había dicho. Esos comentarios a la propuesta antecedieron a una larga discusión en el seminario en que hablamos sobre cuánto se puede anticipar lo que uno va a encontrar en el archivo, ¿acaso no hay que dejar al archivo hablar? O es que uno puede adelantarse a afirmar lo que plantea encontrar, en base a la experiencia o en base a la revisión de la literatura previa. ¿Cuán sesgado estaría en ese caso el trabajo con las fuentes primarias? Era exactamente su situación. Me comentó también que la academia americana era más proclive a enfrascarse en los debates más teóricos, a asegurarse de que la propuesta teórica propia esté en un diálogo con las corrientes y escuelas de su arte, a poner a las escuelas en dialéctica, su asesora era de Chicago (me quedó la duda, no pregunté, si es que se refería a la universidad de Chicago o a la escuela de Chicago, o a las dos cosas (o a ninguna de ellas porque tal vez solo había nacido en Chicago, eso solo lo pensé después)). En fin, tenía su presentación final el 18 de mayo, ya para entonces la mayor parte de gente en la universidad se habrá marchado, no tendría de qué preocuparse, sería, más bien, una celebración de la producción del grupo de nueve alumnos durante el año. Ahí nos interrumpió un grupo de personas, una chica con un cello, un chico con una guitarra y un parante para la partitura y Rebecca Stewart, una amiga que es germanista y cantante lírica. Iban a improvisar un concierto en el comedor de Lehman Hall a diez centímetros de nuestra mesa. Fuimos por café y salimos hacia Richards Hall caminando.

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