Camino de Santiago. Día después. Vigo, Porto, Santiago

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Ya es el día siguiente y en unas horas tomaré un tren hacia Vigo y luego a Porto. Da pena no haber dado algo más de tiempo para explorar la ciudad de Santiago de Compostela. Especialmente el museo y los archivos de la Catedral tienen tanto que observar y leer (en YouTube hay un documental sobre el robo del Códice Calixtino de ese archivo hace unos pocos años). Hoy también por curiosidad pregunté en la oficina de recepción del peregrino si ahí se encontraba la sede de la Archicofradía de Santiago de Compostela (eso era lo que aparecía en Google Maps). Una voluntaria amablemente me llevó hasta el segundo piso del antiguo edificio y me presentó con la señora Susana Río, la actual secretaria general de la archicofradía. No tenía yo nada preparado pero le hablé de la investigación de mi doctorado y conversamos un buen rato sobre la historia y experiencia moderna de su organización. Me regaló algunos libros y revistas de la Archicofradía y también una versión impresa de sus estatutos, que fueron actualizados en 2005 — ahora es posible que menores de edad sean miembros de la archicofradía en calidad de aspirantes, según me dijo. Quisiera creer que le interesó el tema de mi investigación, pero probablemente su amabilidad y apertura fueran fruto más que todo de la histórica hospitalidad de esta ciudad hacia los peregrinos. Eso sí, cuando el motivo de la conversación es una tesis, nunca he encontrado a nadie que te diga que no a una pregunta o pedido. Ya siendo la despedida de aquí, hay una última pregunta, que he estado pensando en el último par de días. ¿Puedo decir que esta es una experiencia que ha cambiado mi vida? Se lo he oído decir a casi todos los que conozco o a quienes he leído que han hecho el Camino de Santiago (Paulo Coelho entre ellos). En principio, pienso que no, que hasta el momento he tenido mucha suerte (o muchas suertes) en la vida y que no siento que ahora quiera hacer un abrupto giro de timón para cambiar de rumbo. A decir verdad, no es que tampoco en mi vida haya un rumbo claro, sino más bien un “hacer camino al andar”. Pero nada de eso creo que cambie ahora por esta experiencia. Las conversaciones que tuve durante el Camino y todo lo que pude meditar por mi cuenta caminando fueron tal vez simplemente momentos de mayor contemplación sobre lo que hasta ahora he tenido en mi vida. En los lugares que he rezado, claro, he agradecido por lo que tengo y pedido por que vaya todo bien con mi familia y conmigo, tal vez tengo esperanza en que aquello sea oído. Creo que lo más novedoso en mi percepción de las cosas podría ser la apertura al universo de acciones y creencias del catolicismo que me voy a llevar de aquí. Ya había hablado de la religiosidad popular antes pero creo que esto que digo hoy va incluso más allá. Por ejemplo, esta mañana estuve en la misa de los peregrinos de las 9 am en la Catedral. La estructura de la misa era exactamente la misma a como la recuerdo en las misas a las que he ido desde niño. Por una parte lo malo, lo dudoso: esos recuerdos de aburrimiento y tedio respecto de las ceremonias (propios de alguien que, forzado por las circunstancias, estudió en un colegio católico) se conectan también con sentimientos de escepticismo cuando, por ejemplo, se hace el rito de tomarse el pecho y decir “por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa”, más aún cuando minutos después — esto lo había olvidado porque hacía mucho que no iba a misa — viene una fase en que el sacristán viene fila por fila a recibir las limosnas en un saquito de tela. Mi pensamiento no pudo dejar de volar hacia los números de esa recaudación económica aquí y en cualquier iglesia en Perú (sin contar con los pagos de quienes piden que la misa se dedique al alma de alguien). En esos momentos en que Lutero rondaba por la cabeza, pensaba también si acaso tienen razón esos estudios que plantean que en realidad el mito de Santiago se trató de una astuta movida política y económica de las autoridades eclesiásticas y de las noblezas del norte de la península ibérica en la época altomedieval y que en realidad no hubo un real descubrimiento de restos de Santiago que ahora estén guardados en la caja que visitamos ayer al llegar de la peregrinación. ¿Era posible creer en algo de lo que estaba pasando a mi alrededor en esos momentos? Pues, creo que sí era posible creer. Así llegué a esta conclusión: poco después, el sacerdote que oficiaba la misa presentó y compartió algunos ritos con los padres foráneos que habían liderado grupos de peregrinos llegados a Santiago de dos lugares: Mato Grosso do Sul en Brasil y Tenerife en España. Para ellos y sus grupos en el público fue un momento muy especial y para mí fue una evidencia bonita de la formación (o, más bien, la renovación) de una comunidad extendida como la que se vincula por su cristianismo y catolicismo. Eso me conmovió mucho. Luego, cuando se hizo el rito de la transubstanciación, ese momento en el que, de acuerdo a la fe católica, la hostia se vuelve literalmente el cuerpo de Cristo, ya no pude seguir pensando en el escepticismo acerca de ese supuesto misterio. Más bien, me envolvió la ola de fe y energía con que todos los presentes en la iglesia, quién sabe de cuántos países en el mundo, se inclinaban ante ese acto. Lo que estuve pensando en el resto de la misa y aún después cuando salí de la Catedral es que lo importante es la potencia de la energía que existe aquí. Si la hostia es el cuerpo de Cristo, quién sabe; si los que están aquí enterrados son los restos del mismísimo apóstol, quién sabe; si el camino de Santiago tiene un efecto transformador; pues quién sabe. Lo que sí es innegable para mí es la fuerza que tiene la energía concentrada en este lugar, una fuerza que se alimenta todos los días con los cientos de peregrinos que llegan cada uno con su propia motivación y esperanza. Eso acumulado a la larga historia de peregrinos que por siglos han llegado y han depositado su fe en esos rituales de llegada en este mismo espacio. Todo eso es una realidad palpable que he observado en esta ciudad. Una realidad de la que, además, también he sido parte. Ayer, con el apuro y la acumulación de pensamientos de la culminación de la caminata no me fijé en esto: por las calles están los turistas y están los peregrinos. Ayer no pensé en lo más obvio, esta es una ciudad a la que llegan decenas o cientos de miles de personas que no hacen la caminata, solo vienen a visitar la ciudad, que es impresionante. Entonces, ayer que caminábamos con nuestro atuendo de caminantes (los báculos, las zapatillas, la mochila, la vieira, el sombrero, etc.), éramos casi una parte del atractivo que los turistas vienen a ver. Recién pienso conscientemente en ello. Entiendo en este momento la especial amabilidad de la gente en la calle y hasta las fotos que creo que algunos me pareció que nos tomaban. En este espectáculo, real o performativo, nosotros también éramos protagonistas. Esto me hizo pensar en algo parecido a lo que son los bailarines en las fiestas de Paucartambo en Cusco (siempre regreso a esa fiesta). A los bailarines se les tiene un respeto especial cada que caminan por el pueblo en sus trajes. Nuestro atuendos de caminantes eran nuestros trajes. Esa suerte de magia estuvo con nosotros a la llegada al centro de la ciudad y en los momentos posteriores, cuando rodeábamos la Catedral, cuando nos paramos en la plaza principal. Desapareció cuando nos fuimos al albergue para tomar una ducha y cambiarnos. Hoy que camino en la plaza ya en modo turista, miro con mucha alegría las expresiones de sentimiento que tienen los peregrinos que llegan hoy a la Catedral. Ayer fue nuestro día, hoy es el día de ellos. Y esto se irá repitiendo una y otra vez, día tras día, peregrino a peregrino, no se sabe hasta cuándo. 

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