Archivo por meses: Noviembre 2011

Notas sobre la Lima industrial y obrera

20111108-field.jpg
Fábrica Arturo Field

A diferencia de lo que ocurrió en otras ciudades latinoamericanas (como México, Buenos Aires o Sao Paulo), la industria limeña no tuvo una implantación masiva ni de gran proyección. Esto se debió, básicamente, como sostiene Wiley Ludeña, al carácter dependiente del proceso de industrialización del Perú y su debilidad para constituirse en un factor de desarrollo estructural. Se trató de una industria ligera y mediana de bienes de consumo (tejidos, alimentos y bebidas, etc.); no produjo bienes de capital ni otras industrias.

El siglo XIX.- La primera señal de “industrialización” se dio a mediados de esta centuria, durante el primer gobierno de Castilla. En aquel momento, a finales de la década de 1840, algunos hombres de negocios trataron de aprovechar el renacimiento del mercado de consumidores de la capital. El precursor fue el mercader Jorge Moreto, quien abrió una fábrica de cristalería y utensilios en 1841; luego, los hermanos Bossio la revivieron en 1847, la mudaron al Callao y ampliaron la gama de productos e, incluso, contrataron administradores europeos para llevar adelante el negocio. José de Sarratea, hacendado y sobreviviente de las guerras de Independencia, incursionó en la industria de la seda con la importación de máquinas a vapor. También fue abierta una fábrica de papel por los propietarios del diario El Comercio, Manuel de Amunátegui y Alejandro Villota, quienes invirtieron unos 50 mil dólares en maquinaria importada. Otro empresario, Eugenio Rosell, abrió una fábrica de velas y una amplia gama de productos derivados de la ballena. Incluso, el mismo gobierno de Castilla invirtió en la fundición naval de Bellavista (1846), perteneciente a la Escuela Naval, que debía preparar mecánicos para la empresa privada y mantenerse mediante contratos con particulares para la fabricación y reparación de maquinaria sofisticada.

Pero el proyecto industrial más ambicioso de estos años fue, sin duda, la fábrica de telas de algodón de “Los Tres Amigos”. El nombre provino de los tres socios que decidieron montar el negocio: Juan Norberto Casanova, José de Santiago y Modesto Herce; además, ellos contaron con el apoyo financiero de Pedro Gonzáles Candamo (el capitalista más rico y conectado del país) y de Domingo Elías (otro capitalista y el hacendado más importante de Ica). Importaron maquinaria desde Paterson (New Yersey), llegarían a emplear 500 trabajadores y empezaron a producir 10 millones de yardas al año, equivalente a todo el monto de telas importadas por el país. Impulsada con agua, la fábrica estuvo ubicada en al legendaria casa colonial de Micaela Villegas, “La Perricholi”, en el Paseo de los Descalzos. La inversión inicial alcanzaba los 200 mil dólares, una suma importante para la época. Cabe destacar que, en octubre de 1848, en solemne ceremonia, los dueños de las fábricas de Lima le entregaron al presidente Castilla un valioso obsequio: la primera pieza de algodón limeña, envuelta en papel limeño y atada con una cinta de seda limeña.

Lamentablemente, este primer impulso “industrial” fracasó muy pronto cuando el país se alejó del proteccionismo alentado por el dinero fácil de la exportación del guano. Vino una fiebre por la importación de artículos europeos y norteamericanos que arruinó no solo la producción de estas fábricas sino también afectó la de los pequeños artesanos.

La República Aristocrática y el Oncenio de Leguía.- Luego del desastre de la Guerra del Pacífico, el primer ciclo visible de industrialización se produce entre fines del siglo XIX e inicios del siglo XX. En la década de 1920, por el impulso de Leguía, vendría un ciclo de modernización industrial y expansión económica. En efecto, entre 1890 y 1930, se produce un notable desarrollo en la economía limeña, pues buena parte de las ganancias de los exportadores revertieron directamente a la economía urbana. En este proceso destacaron tanto importantes familias de la oligarquía como inmigrantes extranjeros, especialmente los numerosos italianos que llegaron desde finales del siglo XIX. Es la época en que se formaron grupos económicos de inversión siguiendo el “efecto demostrador” recibido de las compañías extranjeras. Esto permitió que las técnicas empresariales de los extranjeros influyeran sobre los miembros de la élite nacional. Igualmente, muchos peruanos estudiaron métodos empresariales británicos, franceses y norteamericanos en el exterior, o fueron empleados por compañías extranjeras que operaban en el país. En este sentido queda demostrado que la élite fomentó el desarrollo económico nacional y promovió un proceso de industrialización autónomo.

En 1896 se creó la Sociedad Nacional de Industria, que tuvo entre sus directivos a Primitivo Sanmarti, H. Abrahamson, Juan Revoredo, Enrique Trujillo, Federico Pezet y Tirado, José Payán, Gio Batta Isola, Ricardo Tizón, Roberto Wakehan, Augusto Maurer, Reginald Ashton, Carlos Díaz Ufano, Alfonso Montero y Pablo Carriquiry. Ese mismo año, también se formó en Lima el Instituto Técnico e Industrial del Perú para servir a los gobiernos como órgano consultivo y al público como centro de información en técnicas industriales. De las diversas industrias, la textil fue la que alcanzó mayor desarrollo y progreso, especialmente la que manufacturaba tejidos de algodón. En Lima se encontraban las principales fábricas:

Santa Catalina (1888), propiedad de la familia Prado. Trajo al país la maquinaria más moderna y dio ocupación a 300 operarios, entre ellos 160 mujeres.
San Jacinto (1897), propiedad de la familia Isola. Trajo expertos desde Italia que formaron la primera escuela de químicos en el arte del tinte.
La Victoria (1898), propiedad de la familia Pardo. Con maquinaria muy moderna, en 1929 se fusionó con la fábrica Vitarte y formaron las “Compañías Unidas Vitarte y Victoria SA”.
El Progreso (1900), propiedad de los inmigrantes alemanes Tomás Schofield y John Bremmer.
La Bellota (1900), propiedad de Américo Antola.
El Inca (1903), propiedad de “Inca Cotton Mill” y ubicada en el Rímac.
La Unión (1914)
El Pacífico (1915), que hacía tejidos de lana y de seda artificial (rayón).
Los Andes (1926)

Las condiciones de trabajo en casi todas estas fábricas eran muy deplorables, como el empleo masivo de niños trabajadores; asimismo, se laboraba más de 12 horas diarias.

Luego estuvieron las industrias dedicadas al rubro alimenticio, como la fábrica de helados D’Onofrio (1897), la de elaboración de harina Nicolini Hermanos (1900) y la de galletas y caramelos, fundada por Arturo Field (1902). En 1906 había en Lima 7 fábricas de fideos y 12 en provincias. La industria cervecera, establecida desde mediados del siglo XIX, estaba representada por Backus y Johnson en Lima; en el Callao, Fábrica Nacional de A. Kieffer que luego pasaría a la familia Piaggio. Las fábricas de bebidas gaseosas incluían a La Higiénica, Las Leonas, Nosiglia, La Pureza, de R. Barton; en 1902, Manuel Ventura introdujo la Kola Inglesa. De otro lado, en 1898, se establecieron dos fábricas de fósforos: El Sol y La Luciérnaga.

También se instalaron aserraderos y fábricas de muebles, como el aserradero Batchelor y el aserradero o la carpintería Sanguinetti, ambos de 1922. La curtiembre Olivari, por su lado, fue un buen ejemplo de la industria del cuero. Finalmente, también en la década de los 20 se introdujo la industria del cemento, que tuvo un rápido crecimiento por la expansión urbana de lima impulsada por Leguía; en 1925 produjo casi 12 mil toneladas de cemento y, en 1927, 50 mil.

Los restos de este patrimonio industrial.- Como Lima nunca tuvo una verdadera Revolución Industrial, carece de una arquitectura industrial de gran factura. Según Ludeña, las fábricas construidas durante este periodo ya casi han desaparecido totalmente. No han sobrevivido, por ejemplo, la planta de la Cervecería Nacional en Barrios Altos (1899), la planta del aserradero Cuirliza (1914), la planta del Molino Santa Rosa (1924) y el local de la fábrica de tejidos La Victoria (1922). En este sentido, el complejo industrial del Frigorífico Nacional (1929) resulta un ejemplo extraordinario por su envergadura y proyección. Cabe destacar, además, que las primeras industrias se instalaron al borde del área central de la ciudad y, específicamente, en las primeras cuadras de la avenida La Unión (hoy avenida Argentina). Pero, como sabemos, eran fábricas de pequeño o mediano formato y, en su mayoría, se trataba de instalaciones readaptadas. Desafortunadamente, tampoco existe una catalogación, ni mucho menos un ejemplo destacado de puesta en valor y conservación. La demolición de las fábricas más antiguas de Lima revela el desinterés que ha habido sobre el tema.

Como apunta Willey Ludeña, “es necesaria una enorme tarea de reconocimiento y salvaguarda de este ingente conjunto de fábricas, ingenios y campamentos mineros que forman parte del trabajo que forjó una nación”. Lamentablemente, hasta el momento, la conservación y defensa del patrimonio industrial en el Perú no ha conseguido constituirse aún en tema de la agenda cultural y política del país. Habría, en primer ligar, dos razones autoimpuestas para explicar esta situación:

1. Al no ser el Perú un país industrializado, la conservación del patrimonio industrial resulta una exigencia prácticamente innecesaria, casi exótica.
2. Otra razón, más subjetiva, es que la sociedad no desea recordar ni recrear historias difíciles como las vividas en los campamentos mineros de miles de trabajadores muertos sin llegar siquiera a los 40 años; o haciendas agroindustriales donde miles de culíes chinos fueron esclavizados; o las primeras industrias limeñas, con niños trabajadores y cientos de obreros muertos por las inhumanas condiciones de trabajo.

Estos prejuicios, sin embargo, no deberían prosperar. No se trata de cuánto fuimos industrializados, sino que todo aquello que corresponda a una sociedad en términos de producción y cultura productiva no debe quedar al margen de recrearla en términos de memoria viva. De otro lado, pensar que hay cuestiones de la vida de una nación que no deberían hurgarse ni ser representadas como recuerdo ominoso, también carece de sentido. Convertirlas en objetos y situaciones de recuerdo permanente son el mejor medio no sólo para exorcizarlas, sino también para asumirlas como parte de una historia que nos exige su corrección y superación (como el caso de los campos de concentración o de los locales de la Inquisición, por ejemplo). Estos espacios deben convertirse en memoria viva. Todavía hay fábricas surgidas desde mediados del siglo XIX y complejos agroindustriales o mineros que se encuentran relativamente bien conservados. También hay miles de piezas y máquinas de la época de indudable valor cultural y tecnológico, así como toda la infraestructura de servicios que acompañó a los primeros ciclos de industrialización del país, como el transporte ferroviario, marítimo o automotriz.
Sigue leyendo

Los padres de la ‘Buena Muerte’ o ‘Crucíferos de San Camilio’

20111108-buena.jpg
Iglesia y plazuela de la Buena Muerte

Fue una orden hospitalaria, fundada en 1582 por el futuro San Camilo de Lelis (la creación de la orden fue confirmada, en 1591, por el papa Sixto V). Inició su labor en Italia, España, Portugal y Francia. Su “casa matriz” estuvo en Sicilia, y de Italia llegó a América. Sus miembros, aparte de formular los votos clásicos, tienen el deber de ayudar espiritual y materialmente a los moribundos. En suma, respecto a su “misión”, es una orden que ayuda a efectuar el tránsito hacia la otra vida, que ayuda a “bien morir”, especialmente a los pobres y enfermos a los que asiste o socorre, tanto en hospicios y hospitales como en domicilio o prisión.

Fue la última orden masculina que llegó a la Lima virreinal. Los padres camilos arribaron en 1709 y, al año siguiente, fundaron el Hospital de los Camilos o de la Buena Muerte o de Agonizantes de Lima. El primero que pisó nuestra ciudad fue el padre siciliano Golbordeo Carami; tenía 38 años y pronto conquistó el aprecio del Virrey y de la población por su trabajo desinteresada hacia los enfermos pobres de los hospitales de caridad, alojándose en los Barrios Altos y edificando una capilla a la “Virgen de la Buenamuerte”. Asistió también a los contagiosos de la peste del Cuzco, en los años 1716-1718. Había llegado para recaudar los fondos necesarios al proceso de canonización del Fundador. A su solicitud, vinieron de España los padres Juan Muñoz de la Plaza y Juan Fernández. El primero amplió la Iglesia, edificó el convento y organizó la agrupación laical de las “Beatas Camilas” para la asistencia de las enfermas pobres. El primer camilo peruano fue el doctor José de la Cuadra Sandoval, catedrático de San Marcos y su ejemplo atrajo a muchos otros.

Poco a poco, también cobraron importancia en el plano doctrinal e intelectual, participando en las polémicas eclesiásticas que se produjeron en el Imperio español o como consejeros espirituales de las autoridades virreinales. Algunos de sus miembros enseñaron en la Universidad de San Marcos y participaron en la publicación del Mercurio Peruano, revista de los “ilustrados” limeños. Uno de ellos fue el padre Francisco Gonzáles Laguna, colaborador del Mercurio Peruano con el seudónimo de “Timeo”, y miembro de la Sociedad de Amantes del País. Fue un sobresaliente botánico y colaboró con las expediciones científicas que llegaron al Perú a finales del XVIII. En 1791 se le encomendó, junto a Juan Tafalla, la creación del Jardín Botánico de Lima; solo esta obra lo hace ya merecedor de nuestro reconocimiento.

Sin embargo, la función principal de los camilos estuvo dentro de los sectores populares de Lima, como los Barrios Altos, situado en la periferia de la Lima cuadrada intramuros, y en el barrio de indios y negros de San Lázaro, ubicado “Abajo del Puente”, al otro lado del Rímac, donde fundaron la “Casa de Santa Liberata”, en honor de la patrona de la ciudad de Sigüenza. Su misión, entonces, estuvo en impulsar y mantener la religiosidad popular en los barrios limeños marginales. Su “casa de Lima”, en los Barrios Altos, fue la más importante en esta zona del continente, pues los camilos también estuvieron en Quito, La Paz y Popayán. Luego de la Independencia, los camilos entraron en crisis, para luego “renacer” en el siglo XIX y desarrollarse hasta nuestros días. Para su mantenimiento, los camilos tuvieron algunas haciendas (muy pequeñas) y, especialmente, propiedades urbanas en Lima, concretamente 23 casas, 9 tiendas, 1 pulpería, 3 callejones de cuartos (con más de 460 alquileres mensuales) . Para este tema, ver el trabajo de Pablo Luna, “Conventos, monasterios y propiedad urbana en Lima, siglo XIX: el caso de la Buenamuerte. En Fronteras de la Historia, número 7, 2002. Ver también el trabajo de Virgilio Grandi, El Convento de la Buenamuerte. 275 años de presencia de los Padres Camilos en Lima. Bogotá: Lit. Guzmán Cortés, 1985.

La iglesia y la plazuela de la Buena Muerte.- En sus Itinerarios de Lima, Héctor Velarde nos dice que esta iglesia “hace parte del convento fundado a principios del siglo XVIII y cuya sala capitular es muy hermosa. Su fachada, pulcra y humilde, se integra y juega con la nítida y proporcionada volumetría del templo”. La historia comienza cuando los camilos construyeron un primer templo bajo un proyecto de Cristóbal de Vargas, que no llegó a terminarse debido al terremoto de 1746; luego, se reconstruyó, precariamente, según los diseños del capitán Juan de la Roca en 1748. Sin embargo, en 1758, el Provincial de los padres “agonizantes”, Andrés Pérez, resolvió construir la iglesia y el convento en otro emplazamiento, en la esquina de la calle de la Penitencia, que desató la protesta de las monjas trinitarias que estaban al frente. En este segundo templo participaron Juan de matamoros y Manuel de Torquemada. Quedó listo en 1766.

Para la nueva iglesia, los “agonizantes” trajeron de España una serie de tallas, lienzos y vestuario para la liturgia. Particularmente valioso fue un apostolado de Zurbarán, obras del taller del famoso pintor, y otros cuadros, uno de ellos atribuido a Valdés Leal. Respecto a su diseño, Jorge Bernales Ballesteros anota un juicio poco auspicioso: “la iglesia es una de las pocas en lima elevada a un nivel superior de casi tres varas sobre la superficie de tierra por sendas gradas de piedra. Tiene tres naves, en realidad sin profundidad ni gran anchura, ni crucero, cúpula sobre el presbiterio y ausencia de capillas en las estrechas naves laterales que más parecen galerías separadas de la nave central por columnas toscanas de madera con fuste liso. No hay novedad alguna y todo carece de valor, incluso la pequeña torre sobre el doblo atrio de ingreso”

Respecto a la plazuela, Juan Bromley calcula que se formó en 1745, cuando la congregación de San Camilo recibió la donación de un solar ubicado en la esquina de la antigua iglesia de la Buenamuerte y la calle de la Penitencia; de esta manera, los frailes (liderados por el cura Antonio Valverde y Bustamante) construyeron los nuevos templo y convento, inaugurados ese mismo año, con gran fiesta en la nueva plazuela. Actualmente, este espacio sigue siendo un lugar de distracción y tránsito de peatones, además de aquellos que van en busca de asistencia, tanto en la iglesia como en el Hospital de la Buena Muerte. La plazuela es cuadrangular, de 18 por 22 metros; tiene bancas de cemento, faroles de estilo republicano y piso de lajas. Como dato curioso, debajo de la plazuela hay una galería abovedada con criptas, la cual es accesible sólo desde el convento.

Esta plazuela también se hizo conocida porque aquí nació el conocido restaurante de pescados y mariscos la “Buena Muerte”, en la esquina de los Jirones Paruro y Ancash (hoy está en la cuadra 4 del jirón Paruro), propiedad del inmigrante japonés Minoru Kunigami. Según el testimonio recogido por Mariela Balbi, progresó económicamente y se mudó a los Barrios Altos, más precisamente a la plaza de la Buena Muerte, donde abrió una bodega que adentro tenía un salón. “No quería que se convirtiera en cantina, porque cerca estaba el Estado mayor del Ejército y al mediodía los oficiales venían a tomar su pisquito. Me pedían queso cortado y un día se me ocurrió hacer choritos y caldo de choros”. Poco apoco fue introduciendo todo tipo de platos a base de pescado y la gente quedó fascinada por lo singular de su propuesta culinaria. Ofrecía sashimi, e hizo que sus comensales aprendieran a comer cebiche medio crudo o, como él acertadamente lo denomina: “a la inglesa”. “Lo preparaba con ají monito de la selva, rojo y amarillo, luego salió el limo. También con su poquito de kion. Ajinomoto (glutamato) y ajo”. Todavía lo sirve con nabo, rabanito y pepinillo, “lo hago por el sabor y porque adorna bonito”. Lo cierto es que se hacía cola para entrar, el cebiche volaba y congregaba refinados paladares y aventureros del sabor. Era el restaurante de pescados y mariscos de la época y hasta hoy mantiene su calidad.

La iglesia de Santa Liberata (Rímac).- Cuenta la tradición que, con motivo del robo de las Sagradas Formas de la iglesia del Sagrario de la Catedral y del hallazgo de las mismas al pie de un naranjo de la Alameda, se construyó, en 1710, la capilla de Santa Liberata, en un terreno donado por Antonio Velarde y Bustamante para la capilla de Nuestra Señora de la Buenamuerte, imagen que se instaló en el nuevo templo.

Según el padre Vargas Ugarte, el obispo Diego Ladrón de Guevara hizo edificar este templo, dejando suficiente renta para dos capellanes quienes debían mantener el culto. El 5 de noviembre de 1744 falleció el que lo había sido desde su fundación, el presbítero Juan Gonzáles, quien dejó en su testamento como herederos de los bienes del templo y la casa del capellán a los padres “agonizantes”; la decisión fue refrendada por el virrey Marqués de Villagarcía, que desató la protesta de los vecinos franciscanos. Los nuevos administradores tomaron en posesión la iglesia y el conventillo, pero como la renta no les fue suficiente, doña Teresa Cavero les hizo la donación de una huerta en el camino de la Pampa de Amancaes con cuyos frutos pudieron mantenerse.

La iglesia, en opinión de Jorge Bernales Ballesteros, demuestra un exquisito gusto y novedad en Lima: cúpula grande sobre pechinas que cubre un templete de 8 columnas que forman el altar mayor sobre cripta en la que se ve un hueco donde se encontraron las Sagradas Formas. A los pies del templo, doble puerta bajo el coro formando un pequeño vestíbulo; del coro nace una tribuna que recorre la iglesia sin crucero ni hornacinas laterales. Por fuera, una fachada de molduras y torrecillas laterales muy pequeñas, todo en adobe y caña, estucados y pintados en el color de Lima: el ocre rosa. En esta iglesia se venera la imagen de El Señor Sacrificado del Rímac, declarado el 15 de enero de 1940 “Patrón del distrito del Rímac”. Para Héctor Velarde, es un templo de carácter pueblerino e interesante “por el movimiento de sus volúmenes e ingeniosos motivos ornamentales”.

Según Óscar Espinar la Torre, en su libro Estampas del Rímac, “Fernando de Hurtado de Chávez, mozo de veinte años, el día 20 de enero de 1711, entró a la iglesia del Sagrario (colindante con la hoy Catedral de Lima), y del altar mayor robó un copón de oro con numerosas hostias consagradas. Luego se encaminó a la Alameda. En la mañana del día 31, se descubrió la sustracción. S.E. el obispo D. Diego Ladrón de Guevara, virrey del Perú, echó en persecución del criminal toda una jauría de alguaciles y oficiales. Al ser capturado, Fernando Hurtado declaró que, asustado por la persecución, había enterrado las sagradas formas, envueltas en un papel, al pie de un árbol en la Alameda de los Descalzos. Sin embargo, la turbación de Fernando fue tanta, que le fue imposible determinar a punto fijo el árbol, cuando un negrito de ocho años de edad llamado Tomás Moya dice: Bajo ese naranjo vi el otro día a ese hombre. Las hostias fueron encontradas y el Cabildo recompensó al esclavo con cuatrocientos pesos. El virrey obispo, en solemne procesión, condujo las hostias a la Catedral”.

Sigue leyendo

Los ‘carmelitas’ en la Lima virreinal


Iglesia de Nuestra Señora del Carmen de la Legua

El 4 de mayo de 1592, el Cabildo limeño envió una solicitud al rey Felipe II en la que decía que sería muy conveniente para “bien de esta república y de los naturales de ella” la venida de la orden de Nuestra Señora del Carmen; a la sazón, estaba ya en Lima el padre maestro fray Juan de Valenzuela, vicario general de los carmelitas. Proseguía la solicitud, “pues han venido a este reino sin la costa que las demás religiones han hecho de la Real Hacienda de V.M. y ser una de las religiones mendicantes y la más antigua de ellas que no ha desmerecido que con ella se haga lo que con las demás”. Firmaron el documento Bartolomé de Guevara Manrique, Damián de Meneses, Francisco Severino de Torres, Diego de Agüero, Francisco de Valenzuela Loayza y Francisco de Ampuero, todos vecinos de la Ciudad de los Reyes. La petición fue estudiada por el Rey en septiembre de 1593 y respondió, muy escuetamente, así: “Guárdese para cuando los contenido en ella (es decir, los propios frailes carmelitas) pidan algo”.

En cuanto a la presencia real de los Carmelitas en el Virreinato peruano, se sabe que, el 10 de Octubre de 1617, el Prior General de la Orden, Sebastián Fontani, dispuso que los religiosos de la Orden regresaran a sus provincias en España, por lo tanto, no hubo presencia formal de la Orden en el Perú en aquel entonces. Sin embargo, religiosos individuales habían llegado a estas tierras con el encargo especial de propagar e intensificar el culto y la devoción a la Virgen del Carmen. Uno de esos misioneros fue fray Antonio Vásquez de Espinoza, autor del Compendio y Descripción de las Indias Occidentales, y que sembró y cultivó la devoción a la Virgen del Carmen.

El historiador jesuita Rubén Vargas Ugarte, en su Historia del culto de María en Iberoamérica, señala que “se demuestra que aquella devoción (Virgen del Carmen) comenzó en la Ermita del Carmen de la Legua hace tres y medio centurias con el Colegio de Doncellas, se ha mantenido constante en aumento según andaban los años”. A su vez, Vásquez de Espinoza escribe “Ay en el comedio del Callao y la ciudad de Lima, ricas chacras y labores con suntuosas caserías y a la legua está una casa y convento de Nuestra Señora del Carmen con sus armas que edificó Domingo Gómez de Silva, varón de virtud y buena vida, que dedicó y consagró a Nuestra Señora del Carmen, donde tenía algunas niñas vestidas del santo hábito de Nuestra Señora que con grande observancia y clausura guardaban la Regla y con fervor recitaban el Oficio Divino, con que nuestro Señor era alabado y servido y los fieles con tan gran ejemplo edificados”.

Luego, este colegio-convento para la educación de “hijas de personas principales” se mudó a Lima. Sigue el testimonio de Vásquez de Espinoza: “No es de menos importancia para la educación de las niñas el recogimiento y Monasterio de la Orden de Nuestra Señora del Carmen y gloriosa Virgen Santa Teresa, gloria de nuestra España con título de San José, que fundaron Domingo Gomes de Silva, y Catalina María su mujer, tiene el hábito y regla de Nuestra Señora del Carmen, tan deseada esta sagrada religión de aquella devota ciudad. Críanse en este recogimiento hijas de personas principales, con tan gran virtud y clausura, y continuo coro, más que si fueran religiosas descalzas, estaba fundado al principio a la legua en el camino de que va de Lima al Callao con el escudo y armas de Nuestra Señora del Carmen, pasóse a la ciudad, donde también fue fundado otro convento de Nuestra Señora del Carmen junto a Santa Clara, muy acepto del pueblo”.

Fray Severino de Santa Teresa, en su libro Las vírgenes conquistadoras que Santa Teresa envió a las Américas, nos comenta que este colegio-convento para mujeres con hábito y regla del Carmen, no era de Carmelitas Descalzas, hijas de Santa Teresa, pues el primero de estos conventos de Descalzas de Lima data del año 1643, y el segundo, o el de las Nazarenas, es muy posterior. El cronista Vásquez de Espinoza, por su lado, no pudo referirse a estos últimos, pues él estuvo en el Perú de 1614 a 1619, y murió en Jerez de la Frontera en 1630.

La iglesia de Nuestra Señora del Carmen de la Legua.- Se cuenta que, durante el terremoto y maremoto de 1746, el empuje de las olas del Callao, llegó hasta una legua muy cerca del primitivo establecimiento de este Colegio de Doncellas, y que por hallarse a esa distancia del Callao se le llamó la Ermita de la Legua. El padre Vargas Ugarte describe así la Ermita y la devoción de la gente: “En su recinto se venera desde antiguo una imagen de la Virgen del Carmen, cuyo culto jamás se ha interrumpido. La Capilla con sus dos afiladas torrecillas, resalta en medio del verdor de los campos circunvecinos y es de regulares dimensiones, manifestándose aún en buen estado, gracias al culto de los devotos de la imagen que son muchos. Anualmente es conducida en procesión al Callao, cargando sus andas los cofrades y acompañada de numeroso gentío. En el puerto permanece bastante tiempo y allí se celebra la novena, devolviéndola a la Capilla, a mediados de octubre, en devota procesión que mejor llamaríamos romería, por los millares de personas que rodean sus andas, la distancia que ha de recorrer y lo pintoresco de las escenas que se desarrollan en torno a su Capilla. Los múltiples exvotos de oro y plata que cuelgan de su manto, en estas ocasiones y se renuevan de año en año, demuestran que no en vano es invocada con fervor por el pueblo” (Historia del culto de María, Libro IV, Capítulo XXIII).

Héctor Velarde, en su libro Itinerarios de Lima, dice: “Esta iglesia construida a fines del siglo XVIII no sólo fue en su origen un hito de referencia en la distancia sino una pausa espiritual y de reposo en el pequeño pueblo de su nombre. La iglesia ha sido restaurada en épocas sucesivas; la última restauración fue la de su actual fachada. En lo interior sólo es de notarse el altar mayor de mediados del siglo XIX; se trata de una hermosa y amplia composición en que sus elegantes y dorados capiteles de esquina y su coronación forman un conjunto de mucha dignidad arquitectónica”. Actualmente, este Santuario de la Virgen del Carmen y Patrona del Callao, ha sido restaurado después del lamentable atentado terrorista en los años ochenta, y sigue siendo centro de peregrinaciones y devoción del pueblo chalaco y devotos del Carmen.

Fray Severino atribuye la popularidad de esta devoción a los colegios donde se educaban, alejadas del mundo, las hijas de familias importantes, vestidas con uniforme carmelitano. Otro factor fue la fundación de los monasterios de las Carmelitas Descalzas de clausura en Lima:

Monasterio de Carmen Alto (carmelitas descalzas).- Esta orden se remonta al siglo XVI cuando Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz dieron inicio a la nueva familia del árbol del Carmelo (inspirados en los ermitaños del Monte Carmelo). Por ello, desde el convento de las Madres Carmelitas Descalzas de Cartagena, llegaron las seguidoras de Teresa a la Capital del Virreinato para fundar un nuevo monasterio a petición del obispo Agustín Ugarte y Saravia, y de Diego Gómez de Silva y su esposa, Catalina María Doria. Así, el 20 de julio de 1643, las monjas María de San Agustín, Juliana de la Madre de Dios y Lucía de Santa Teresa de Jesús iniciaron su largo viaje y, luego de 3 meses y 21 días, llegaron a Lima el 17 de diciembre de 1643, fecha en que se funda su nuevo monasterio, siendo el sexto de su tipo en la América Hispana y el convento “madre” de las fundaciones en el Perú. El templo abre sus puertas todos los días, especialmente el mes de julio, consagrado a la Virgen del Carmen. El 16 de julio sale en procesión la imagen de la Virgen del Carmen (jirón Junín 1100, Lima 1).

Monasterio de las Nazarenas (carmelitas descalzas).- La historia de este monasterio se remonta a 1720 cuando el monarca español, Felipe V, autorizó la fundación del Monasterio de las Nazarenas; la decisión fue también aprobada por la Santa Sede el 27 de agosto de 1727, mediante Bula del para Benedicto XIII. Las monjas observarían la regla de las Carmelitas Descalzas y vivirían, como era el deseo de la madre Antonia Lucía del Espíritu Santo, como nazarenas. Así, el 18 de mayo de 1730, salieron de la iglesia del Carmen Alto, en presencia del virrey José de Armendariz, marqués de Castelfuerte, tres monjas: Bárbara Josefa de la Santísima Trinidad, como priora; Grimanesa Josefa de Santo Toribio, superiora; y Ana de San Joaquín. En solemne procesión, se trasladaron al nuevo local, donde actualmente están. A partir de esta fecha, quedó establecido el Monasterio, con todos los privilegios y normas de las hijas de Santa Teresa.

Nacida en Guayaquil, Antonia Lucía Maldonado del Espíritu Santo fue una piadosa que intentó fundar un beaterio. Nació el 12 de diciembre de 1646 y, muerto su padre, se instaló con su madre en el puerto del Callao. Aquí se casó con Alonso Quintanilla, pero después de algunos años de matrimonio convinieron en separarse. Él entró en los franciscanos y ella fundó un beaterio que denominó Colegio de Nazarenas, que fracasó por exigencias excesivas de los donantes. Después de un breve paso por el beaterio de Santa Rosa de Viterbo, inició otro nuevo en 1683 en el barrio de Monserrate, junto a un grupo de devotas. En este beaterio permanecieron durante 17 años, y aquí redactó Antonia las constituciones. Según éstas, la finalidad específica de las beatas allí reunidas había de ser la imitación de Cristo paciente, doloroso y afrentado. La expresión interna de esta imitación sería la meditación continua de la Pasión, padecer, sufrir y callar para gloria de Dios y salvación de las almas; y la manifestación externa, el hábito de color morado, una soga pendiente al cuello y la corona de espinas que habían de traer siempre. Salvada esta peculiaridad, en todo lo demás seguirían la Regla y Constituciones de las Carmelitas Descalzas (jirón Huancavelica 515, Cercado de Lima).

La Virgen del Carmen.- En nuestro país, esta Virgen, llamada también la Mamacha del Carmen, es patrona de los reclusos, de las enfermeras, del criollismo, de los correos, de la Marina del Perú, la Alcaldesa de Lima, Reina de la canción criolla, y de muchas otras entidades y organizaciones. En casi todos los templos e iglesias del Perú se encuentra imágenes de la Virgen del Carmen como expresión de esta devoción.

Sigue leyendo

Los ‘betlemitas’ en Lima


Cuantel de Barbones, donde estuvo el antiguo hospital Nuestra Señora del Carmen de los betlemitas

La también llamada Orden de Bethlem o Compañía Bethlemnítica fue fundada en Guatemala por fray Pedro de San José Betancourt en 1660; se trató de la primera congregación nacida en el Nuevo Mundo. Sus frailes llegaron al Perú, en 1671, durante el gobierno del virrey Conde de Lemos El primer betlemita fue fray Rodrigo de la Cruz, natural de Marbella (Granada). El virrey lo puso al frente del Hospital Nuestra Señora del Carmen (fundado en 1648 por el indio Juan Cordero y el presbítero Antonio Dávila), que atendía a los convalecientes; luego, se les entregó a los betlemitas otro hospital, titulado “incurables” de Santo Toribio, establecimiento que luego tomó el nombre “El Refugio”.

Además del cuidado de los enfermos, estos frailes también se dedicaron a la enseñanza de las primeras letras y se caracterizaron por divulgar los “nacimientos” o “belenes”. El que estaba ubicado en la casa de la Orden, en Lima, se hizo muy famoso, pues tanto el Niño Jesús como la Virgen María y San José podían “moverse” gracias a un curioso mecanismo de articulación. Por ello, en Navidad, los limeños acudían en gran número a este “pesebre” para disfrutar del espectáculo. Por sus barbas, los frailes de esta Orden también fueron llamados los “barbones”: usaban capa y sayal de paño pardo, con una cruz azul, ceñidor de correa y sandalias; la cruz fue luego sustituida por un escudo que representaba la Navidad de Jesús. Cuentan los testimonios que asistían a los enfermos aunque tuvieran males contagiosos y aunque fuesen herejes e infieles, y se les prohibía montar a caballo. La congregación también tuvo domicilio en Cuzco, Huamanga, Trujillo y Cajamarca. En 1808, acordaron quitarse la barba.

De otro lado, los frailes betlemitas arrendaron de los mercedarios un fundo entre lo que es hoy Miraflores y Surquillo para procurarse recursos en su labor caritativa: el fundo “Barboncito”, llamado así por las barbas de los frailes (hoy existe la Urbanización Barboncito en Miraflores, pero el fundo también abarcaba las inmediaciones de la avenida Domingo Orué en surquillo). Según algunos datos, la casa-hacienda de esta propiedad agrícola se encontraba donde hoy está ubicada la sede del Ministerio de Justicia (calle Scipión Llona 350, Miraflores). Poco fue el tiempo en que estuvieron los betlemitas en esta zona, pero el nombre se mantuvo durante todo el siglo XIX hasta nuestros días. Finalmente, en 1830, los “barbones” desaparecieron tras la disolución de la orden, decretada por el gobierno español por su apoyo a la independencia americana. Hay una tradición de Ricardo Palma titulada “Los Barbones” (se puede bajar de Internet).

Hospital Nuestra Señora del Carmen u Hospital de Barbones (Convento Grande de los Betlemitas).- La fundación de este hospital (1648), permitió que los indios convalecientes que salían del Hospital de Santa Ana no fuesen por “calles y plazas dándose al desorden, contrayendo nuevos y más peligrosos males por accidentes o reincidiendo en la enfermedad… atendiéndose al año tres milo indios y habiendo años en que no moría ni uno solo”, como detalla un documento colonial. Estaba ubicado en la calle Barbones (actual cuadra 15 del jirón Junín), cerca de la Muralla, llegó a tener 150 camas. Quedó arruinado después del terremoto de 1687, por lo que fue trasladado, por iniciativa de Fray Rodrigo, a un solar fuera de las murallas, ahora llamado Hospital de Barbones. El hospital se sostenía con las donaciones de personas virtuosas, limosnas y las rentas de la Orden, que lo administró hasta finales del XVII. Lamentablemente, el edificio del hospital desapareció totalmente en el siglo XIX al reformarse para que sirviera de cuartel militar. Por ello, la antigua Portada de Barbones de la Muralla de Lima se llamó así porque se ubicó cerca a las inmediaciones de la casa de la convalecencia de los indios, el cual estuvo a cargo de los padres Betlemitas a partir del año 1732. Estos sacerdotes lucían grandes barbas, motivo por el cual se les conoció con el sobrenombre de “barbones”. Asimismo, la calle Barbones era la actual cuadra 15 del jirón Junín; desembocaba en la Portada de Barbones.

El Hospital Santo Toribio de Mogrovejo.- Fue fundado en 1669 por el virrey Conde de Lemos, gracias al sacerdote huanuqueño fray José de Figueroa y el capitán español Domingo Cueto. Se le conocía con los nombres de “Refugio”, “Hospicio de Incurables” o “Santo Toribio de Incurables” y ocupó el antiguo local del Colegio de Caciques en el barrio de Maravillas (cuadra 12 del jirón Ancash), el mismo que conserva hasta la actualidad. Estuvo dedicado a la atención de mendigos inválidos e incurables de sexo masculino. El hospital sufrió con el terremoto de 1746, pero fue reconstruido por los betlemitas. En 1804, durante el gobierno del virrey Avilés, se creó el hospicio de incurables de mujeres, contiguo al de hombres, gracias a la donación que hizo la dama limeña Marian de Querejazu y Santiago Concha. “El Refugio” estuvo bajo la administración de los betlemitas. En 1862, fue adjudicado a la Beneficencia Pública de Lima y, en 1869, se encargó su administración a la congregación de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl (llegadas al Perú en 1858). El nombre “Hospicio de Incurables”, considerado denigrante y desconsolador, fue cambiado definitivamente en 1933 por el de “Santo Toribio de Mogrovejo”.
Sigue leyendo

La orden de San Juan de Dios en Lima


La plazuela de San Juan de Dios y parte de la estación del mismo nombre

Los “juandedianos” hicieron su aparición en el Perú en 1593 con el hermano Luis Pecador (u Hojeda). Sus miembros trabajaron intensamente por los enfermos y fundaron hospitales y casas de reposo para la gente más necesitada, lo que les significó el aprecio del resto de la población. En 1610, ya contaban con varios sanatorios en el Callao, Pisco, Huamanga y el Cuzco. Luego de la Independencia, la orden se retira del país en 1835 y regresa en 1952.

Iglesia y hospital de San Diego de los hermanos de San Juan de Dios.- En 1594, un piadoso matrimonio compuesto por Cristóbal Sánchez Bilbao y Lucía de Esquivel fundaron el Hospital de San Diego para convalecientes que saliesen del Hospital de San Andrés no curados totalmente, así como para ancianos tullidos e impedidos. La orden hospitalaria de San Juan de Dios fue la escogida por el matrimonio fundador para regentar el Instituto y, de esta manera, construyeron una sala de enfermería muy amplia y una iglesia vecina, de mediana estructura aunque bien adornada. Todo el complejo estuvo ubicado en la actual plaza San Martín.

Respecto a la iglesia, fue construida hacia 1600. Fue muy lujosa y en ella se celebraban grandes fiestas, por lo que el arzobispo Arias de Ugarte, en 1633, se quejaba pues no parecía iglesia de hospital. Su hermoso retablo fue diseñado por Constantino de Vasconcelos y tallado por José Lorenzo Moreno y Jofré Pizarro (1662). Lamentablemente, no tenemos más detalles sobre este templo, ni siquiera el padre Bernabé Cobo nos dice nada especial sobre ella. Fue reparada totalmente después del terremoto de 1687 por el alarife Pedro Fernández de Valdés. Con el terremoto de 1746, fue uno de los pocos complejos de Lima que no sufrió gran daño. Su iglesia recién se había remodelado bajo los cánones del barroco (había sido inaugurada el 23 de marzo de aquel fatídico año para Lima) con el diseño de Santiago Rosales, quien levantó una cúpula de madera, cal y yeso con ocho claraboyas y fajas alternas sobre gran tambor, y como remate una linterna ochavada, como detalla Jorge Bernales Ballesteros.

La ausencia de los “juandedianos” en el siglo XIX hizo que sus propiedades quedaran al abandono. Esto hizo posible que, el 17 de enero de 1850, durante el gobierno de Ramón Castilla, el ministro de Relaciones Exteriores, Justicia y Asuntos Eclesiásticos, don Manuel Bartolomé Ferreyros, firmara un decreto supremo entregando sus bienes a la Beneficencia Pública de Lima para que los empleara del modo que más le conviniera al interés público. La decisión fue la construcción de la estación del ferrocarril al Callao; la nueva estación, que se empezó a construir en julio de 1850, siguiendo los planos del ingeniero John England, también llevó el nombre de “San Juan de Dios”. Solo se salvó el convento, que permaneció en pie hasta 1914, año en que fue demolido para dar paso a la futura Plaza San Martín.

Hospital San Juan de Dios del Callao.- Fue construido en el caserío de Bellavista, en 1770, durante el gobierno del virrey Amat. Estuvo destinado a la asistencia de hombres y mujeres residentes en el Callao y a las personas que llegaban al puerto en las naves militares o de comercio. Fue también llamado “Hospital de Bellavista” y se construyó en los terrenos de la hacienda Bocanegra. Fue administrado por los betlemitas, pero en 1836 pasó a la Sociedad de Beneficencia del Callao. Desde esa fecha, se dedicó exclusivamente a mujeres, teniendo a su lado la Maternidad de Bellavista y a la Escuela de Enfermeras. Con el terremoto de 1940 se destruyó; fue clausurado y sus pacientes fueron trasladados al Hospital de Guadalupe. Luego, en 1968, se inauguró el nuevo Hospital de San Juan de Dios, construido por la Beneficencia Pública del Callao y equipado por el Fondo Nacional de Salud y Bienestar Social.
Sigue leyendo

III Coloquio Internacional ‘Hacia el Bicentenario de la Independencia del Perú’

Los días 14 y 15 de noviembre tendrá lugar el III Coloquio “Hacia el Bicentenario de la independencia del Perú”, organizado por el Instituto Riva-Agüero de la PUCP, en colaboración con la Embajada de España y el Centro Cultural de España.

En este tercer coloquio participarán importantes historiadores de Lima, provincias y de España. Se abordarán diversos aspectos de la vida peruana durante el proceso emancipador, tales como política económica, religiosidad, símbolos patrios, Cortes de Cádiz y la Constitución de 1812, vida militar, negociaciones y algunos frutos del proceso. Estas reuniones buscan mantener la presencia del Bicentenario en la conciencia colectiva hasta la conmemoración de la fecha clave del 2021, con la intención de impulsar en la sociedad la comprensión de los cambios y las promesas que se llevaron a cabo entonces, pero que debemos perfeccionar hoy para preparar el futuro.

Los días del coloquio, 14 y 15 de noviembre, funcionarán cuatro mesas de exposición y debate. EI III Coloquio tendrá lugar en la sede del Instituto Riva Agüero (Camaná 459, Lima) y está coordinado por los profesores Margarita Guerra y Juan Luis Orrego. La Conferencia Inaugural estará a cargo de la doctora Carmen Villanueva (PUCP): “La vida cotidiana en tiempos de la Independencia”. El ingreso al Coloquio es libre, previa inscripción hasta el viernes 11 de noviembre a los correos electrónicos ira@pucp.edu.pe y dira@pucp.edu.pe o al teléfono: 626-6600, consignando su nombre completo, correo electrónico de contacto y teléfonos. Las vacantes son limitadas. Se entregará constancias de asistencia a quienes participen en ambas jornadas (La expedición de la constancia tiene un costo de 20 nuevos soles)

PROGRAMA

LUNES 14 DE NOVIEMBRE

MESA 1 (4:30-5:30 pm)
Luis Bustamante Otero (Universidad de Ciencias Aplicadas)
Vida privada y crisis colonial. La sevicia en Lima en las postrimerías coloniales: algunas precisiones conceptuales y estadísticas

Maribel Arrelucea (Universidad de Lima)
Independencia, liberalismo y esclavitud

Paul Rizo-Patrón Boylan (Pontificia Universidad Católica del Perú)
En comisión del real servicio. El marqués de San Lorenzo de Valleumbroso y el fidelismo peruano

Preguntas: 5:30-5:50 pm.
Intermedio: 5:50-6:00 pm.

MESA 2 (6:00-7:00 pm.)

Marta Lorente (Universidad Autónoma de Madrid)
Constitucionalismo hispano: ¿una tercera vía?

Julissa Gutiérrez (Universidad de Piura)
El puerto de Paita: puerta de ingreso de propaganda revolucionaria y lugar de paso de insurgentes, 1812-1818

Deynes Dámaso Salinas Pérez (Instituto Francés de Estudios Andinos)
Los diputados peruanos en las Cortes Españolas. 1810-1814. Una aproximación a través de la prosopografía

Preguntas: 7:00-7:20 pm
Intermedio: 7:20-7:30 pm.

Conferencia Inaugural: Dra. Carmen Villanueva (7:30-8:00 pm.)
La vida cotidiana durante la Independencia

MARTES 15 DE NOVIEMBRE

MESA 3 (4:30-5:30 pm.)

Lizardo Seiner (Universidad de Lima)
La rebelión de 1811 en Tacna: liderazgos y represiones

Roxanne Cheesman (Pontificia Universidad Católica del Perú)
Economía y comercio del Perú a fines del siglo XVIII, según el manuscrito de José Ignacio de Lequanda

Dionisio de Haro (Universidad Rey Juan Carlos)
Independencia y política monetaria: el Banco Auxiliar de Papel Moneda

Preguntas: 5:30-5:50 pm.
Intermedio: 5:50-6:00

MESA 4 (6:00-7:00)

José Barletti
El proceso de la independencia en la Amazonía peruana

Fausto Alvarado (Pontificia Universidad Católica del Perú)
La historiografía y el Centenario de la independencia de las repúblicas sanmartinianas (Perú, Chile y Argentina)

Carlota Casalino (Universidad Nacional Mayor de San Marcos)
Los civiles de la Independencia y la construcción de héroes

Preguntas: 7:00-7:20 pm.
Intermedio: 7:20:7:30 pm.

Conferencia de Clausura (7:30-8:00 pm.)

Cierre:
Instituto Riva-Agüero PUCP.
Embajada de España.

Sigue leyendo

Los jesuitas en Lima (4)

20111104-inma.jpg
Colegio de la Inmaculada a inicios del siglo XX

La expulsión de los jesuitas.- En 1767 ocurrió un hecho que remeció profundamente no solo a la Iglesia, sino a la educación, la cultura y la economía de España y América. Fue la expulsión de la Compañía de Jesús, decretada por el rey Carlos III, quien guardó en su real pecho las razones de su decisión el 27 de febrero de aquel año. Mucho se ha debatido sobre los motivos de esta grave decisión. De hecho, años antes, Portugal y Francia habían ya expulsado a la Orden de sus territorios. Hubo un cúmulo de motivos, tanto civiles como eclesiásticos, incluso económicos (la orden tenía gran poder económico, cultural y político). Carlos III, de otro lado, debió soportar la presión de sus consejeros y servidores deseosos de neutralizar la gran influencia de la Compañía. Había celos y rivalidades en todos los campos respecto a los seguidores de San Ignacio.

La orden de expulsión llegó a Lima secretamente. Con estricta reserva, el virrey Amat dispuso todo a sus asesores, tanto civiles como militares. Así, en la madrugada del 9 de septiembre de 1767, los cinco domicilios de la Compañía en Lima fueron allanados en forma simultánea. Unos 700 hombres ocuparon el Colegio Máximo de San Pablo, el Noviciado de San Antonio Abad, la Casa Profesa Nuestra Señora de los Desamparados, el Colegio del Cercado y el Colegio de Bellavista (Callao). Poco a poco se les comunicó a los padres de la Compañía el Real Decreto de modo que, al atardecer del mismo 9 se encontraban concentrados en el Colegio de San Pablo (hoy San Pedro) todos los jesuitas que había en Lima y cercanías (haciendas Villa, San Juan, Santa Beatriz, San Borja, Bocanegra). Luego, también fueron llegando a la capital los jesuitas de las casas de pisco, Ica, Huancavelica, Huamanga y Trujillo, hasta sumar un total de 243. Finalmente fueron embarcados en el Callao en varios navíos con dirección a la Península. La mayoría de jesuitas terminó refugiándose en Italia, en los Estados Pontificios; allí les llegaría la terrible noticia de la supresión de la Compañía dictada por el papa Clemente XIV. Cabe destacar que, entre los expatriados peruanos, estuvo el estudiante arequipeño de 20 años Juan Pablo Viscardo y Guzmán, autor de la Carta a los españoles americanos (1791) y precursor de la Independencia hispanoamericana.

Fueron devastadoras las consecuencias de esta expulsión. Como dice el padre Armando Nieto, “De la noche a la mañana quedaban abandonadas, sin rumbo, centenares de escuelas, misiones, poblaciones. De orden del Gobierno español se desmantelaban, sin explicación, instituciones de cultura y ciencia que había costado mucho esfuerzo levantar y sostener. ¿Podía el estado prometerse encontrar fácilmente reemplazos para todo lo que yacía ahora desamparado?”.

El regreso de los jesuitas.- El Perú fue el último país de América al que la Compañía vuelve, habiendo sido el primero al que llegó en el siglo XVI. Fue el Obispo de Huánuco, Teodoro del Valle, que viajó a Roma con ocasión del primer Concilio Vaticano, quien tomó la iniciativa la gestionar el regreso de los jesuitas. Fruto de su encuentro con el “General” de aquella época, Pedro Beckx, acordaron enviar algunos padres para enseñar en el seminario de la diócesis. Así, en septiembre de 1871, llegó el primer grupo de cuatro jesuitas. Poco tiempo después, llegaron otros tres procedentes de Ecuador, entre los que se encontraba Francisco Javier Hernández, nombrado primer superior de la Compañía restaurada en el Perú. El monseñor Del Valle tomó la precaución de pedir permiso al gobierno de Balta, no sin la oposición de algunos sectores liberales.

El pequeño grupo se dividió en dos, uno a trabajar en Huánuco y el otro en Lima. Melchor García, un caballero piadoso, invitó a los jesuitas de Lima a que enseñaran en un colegio nacional que él dirigía. Luego, con motivo de una visita a la nueva Escuela Normal de Mujeres regentada por las madres del sagrado Corazón, el presidente Mariano I. Prado expresó su admiración por la labor de las monjas, al mismo tiempo que lamentó el hecho de que no existía una obra similar para varones. Pero, al enterarse de que los jesuitas habían retornado, el Presidente promovió un proyecto para confiar a la Compañía un proyecto similar. Fue así que se estableció, por decreto del 18 de mayo de 1878, la “Escuela Normal de Varones”, que, en realidad, fue el mismo colegio de Melchor García, ahora reformado y refaccionado. Así nació el Colegio de la Inmaculada, con solo 3 jesuitas y 101 alumnos. En 1879, llegaron 7 jesuitas más de Europa y, en 1880, los 9 miembros que estaban en Huánuco, abandonaron esa zona y bajaron a Lima a reforzar la labor de los padres y hermanos en el colegio de la Inmaculada.

Durante la guerra con Chile, los padres prestaron servicio como capellanes, y los hermanos como enfermeros. Además, el colegio se convirtió en hospital de sangre. Un episodio dramático fue cuando el coronel Cáceres se ocultó de los chilenos en el aposento del Padre Superior, mientras se curaba de una herida en la pierna.

Luego del conflicto, los jesuitas recibieron su antigua Iglesia de San Pedro, que pronto se convirtió en un centro para los apostolados tradicionales de la Compañía: la devoción al Sagrado Corazón, la congregación mariana y la asociación piadosa “Nuestra Señora de la O”. Un grave problema surgió en 1886. A raíz de un libro de publicado por el padre Ricardo Cappa, los jesuitas fueron expulsados del Perú tras una polémica decisión del Congreso. Aunque el presidente Cáceres vetó la medida, aconsejó a los padres para que se fuera, discretamente, por cuenta propia, Unos lo hicieron; otros, no. Una vez calmada la tempestad, en 1888, los jesuitas regresaron y reabrieron el colegio.

Desde Lima, dieron el salto a Arequipa para fundar el Colegio San José (1898) y encargarse del Templo de La Compañía. De este modo, con San Pedro, el Noviciado, una Casa de Ejercicios en Miraflores y su labor en Arequipa, se completó el cuadro de entonces, que duró hasta 1945. Desde ambas ciudades, los jesuitas fueron formando generaciones de jóvenes y asociaciones cristianas que cumplían un importante apostolado en ambas ciudades.

En 1946, el Papa le encargó a la Compañía la atención de la Misión de San Javier del Marañón (Maynas), un paso clave para llegar no solo a las fronteras sino a los pueblos aborígenes. Luego, a partir de 1950, con el crecimiento de la población, la Provincia abarcó buena parte del territorio peruano, extendiéndose por el sur hasta Tacna; en la sierra, hacia Cusco, Juliaca, Abancay y Huancayo; por el norte, hasta Chiclayo y Piura; y, en Lima, con las parroquias de Fátima, Santo Toribio, Desamparados y el Colegio San Francisco Javier. La idea era brindar apoyo espiritual y una educación que promoviera cómo contribuir al país. En este contexto, se inició el proyecto Fe y Alegría, para lograr una educación pública de calidad a favor de los más pobres, así como la participación en la fundación de la Universidad del Pacífico (1962) y orientar a la Pontificia Universidad Católica del Perú (durante el rectorado del padre jesuita Felipe Mac Gregor, entre 1963 y 1977) con la finalidad de dar un claro aporte al mundo profesional del país. Asimismo, durante los años sesenta, la Compañía vivió el espíritu del Concilio Vaticano II, para estar a tono con la nueva realidad latinoamericana: justicia y opción por los menos favorecidos (que fue también la orientación de Medellín y Puebla). De esta manera, las obras pastorales y la educación popular se multiplicaron en los sectores marginales de las principales ciudades del país.

El Colegio de la Inmaculada.- Jorge Basadre, en su Historia de la República, señala que en 1878 se abrió en Lima el colegio de la Inmaculada en el local de la calle Botica de San Pedro, funcionando como Escuela Normal de Varones y plantel de instrucción media. Fue clausurado, por disposición del gobierno, en 1886, pero reabierto en 1888. Su local pasó por varios lugares, uno de ellos en la calle Corcovado (hoy cuarta cuadra de la avenida Emancipación, ex jirón Arequipa), hasta que los jesuitas compran los terrenos del Jardín “Tivolí Francés”, ubicado en la novísima avenida La Colmena. En 1901, se coloca la primera piedra del nuevo local y, al año siguiente, comienza la mudanza; asimismo, junto al nuevo colegio, se inicia la construcción de un templo dedicado a Santo Toribio de Mogrovejo. En 1913, concluye la construcción del templo y en, 1920, se culmina la fachada principal.

Con el terremoto de 1940, el Colegio no sufrió mayor daño, pero la Escuela de Agricultura (hoy Universidad Nacional Agraria La Molina), funcionó por un tiempo en el local del colegio de La Colmena. Sin embargo, los jesuitas ya estaban buscando un terreno más grande para el colegio y los encuentran uno de 32 hectáreas a principios de la década de 1950 en Monterrico. En 1953, ponen la primera piedra de un nuevo y más amplio local. Fue así que, en 1956, se inaugura la sección Infantil en Monterrico, que había sido creada en 1950 con las Siervas de San José, quienes habían recibido el encargo de organizarla. Recién en 1967 se muda a surco la Sección Secundaria. Fueron 65 años en que funcionó el colegio en el local de La Colmena.

Fe y Alegría.- Según su portal en Internet, este proyecto educativo inició sus actividades en 1966 “con la creación de cinco colegios en las zonas pobres que circundaban el perímetro de Lima, aunque su fundación se registra el 31 de julio de 1965. El P. José María Vélaz vino de Venezuela en compañía de Ignacio Marquínez y José Luis Alcalde para trabajar en la obra. Luego de conversaciones con las principales autoridades políticas del país y con el valioso apoyo de la madre María Miranda de las Madres del Sagrado Corazón, quien motivó a las maestras de la Escuela Normal de Monterrico para colaborar en los primeros colegios, Fe y Alegría obtuvo sus primeros cimientos para caminar hacia su principal objetivo: educación integral de calidad para los sectores marginales. En setiembre del mismo año, el P. José Antonio Durana se incorpora a la institución como Director Nacional, posteriormente lo hacen el Arzobispo Augusto Vargas Alzamora y el P. Manolo García Solaz. Desde entonces, cada año Fe y Alegría ha ido creciendo gracias al cariño y apoyo de miles de peruanos, quienes a través de diferentes medios, han hecho posible la educación de miles de niños y adolescentes de escasos recursos. Los años 1967 a 1974 fueron tiempos de organización, constitución de equipos de trabajo para la dirección del Movimiento, el acompañamiento pedagógico de los centros, el cultivo de relaciones con el Estado y la búsqueda de las bases de financiamiento. En esta etapa se fortalecen las líneas de capacitación docente, reflexión sobre la educación popular y la educación técnica, construcción de colegios y la expansión a provincias. Entre 1975 y 1979 se enfatiza el trabajo de fortalecimiento del equipo y el accionar pedagógico, se potencia la educación técnica a través de talleres y una formación más integral, y se sientan pautas de una política de construcciones. La década de los 80 se caracteriza por una mayor preocupación por la calidad educativa, con soporte en una profundización del sentido de Misión e Ideario pedagógico de Fe y Alegría y en pautas de organización escolar. Desde la década de los 90, ya con una madurez adquirida a lo largo de los años, se emprende una política de diversificación de los proyectos educativos. Así, surgen los “Programas de Autoempleo”, la fundación de colegios en la selva, la expansión de la educación rural a través de redes escolares, la “Defensoría del Niño”, la Escuela de Padres y la Educación Radiofónica. Todo este esfuerzo responde al compromiso de ayudar a superar las necesidades concretas de los sectores populares menos favorecidos, para que ellos mismos sean protagonistas en la mejora de su calidad de vida”.

La iglesia y la parroquia de Fátima (Miraflores).- En la década de 1930, los jesuitas adquirieron un extenso terreno casi llegando a la Bajada de Armendariz donde instalaron una residencia y una casa de ejercicios. El 5 de Setiembre de 1955, inauguraron la Iglesia de Fátima, con toques de estilo neocolonial. Su diseño correspondió al ingeniero Guillermo Payet. Su planta es de tipo basilical, la nave central es más elevada que las laterales y, en el coro, destacan las esculturas en relieve de la Asunción de la Virgen realizada por Julian Alangua. Tiene 7 pinturas murales, concebidas por el pintor español Eusebio Roa. La imagen de la Virgen fue traída de Portugal y fue realizada por el escultor Jose Ferreira Thedin, quien trabajó, hasta 1952, todas las imágenes de la Virgen Fátima de Portugal. Recién el 7 de mayo de 1965, el cardenal Juan Landázuri Ricketts autorizó la creación de la Parroquia Nuestra Señora de Fátima. Su primer párroco fue el padre José María Izuzquiza Herranz, y tenía como vicarios a los padres Martín Urrutia, Felipe de Benito y José Luis Maldonado. Este último fue nombrado párroco el 7 de mayo de 1966, y tuvo como vicarios a los padres Martín Urrutia y Felipe de Benito. El 7 de julio de 1965, el padre inició la escuela parroquial, cuya primera directora fue Carmen Aza. Correspondió al padre José Antonio Eguilior construir el atrio y el primer salón parroquial en 1967.

La Universidad Antonio Ruiz de Montoya.- Es la primera universidad jesuita del Perú. Inició sus actividades el año 2003, aunque con el respaldo de la larga tradición educativa jesuita en el país que se remonta, como sabemos, al Virreinato. En la segunda mitad del siglo XX, los jesuitas fundaron el “Instituto de Humanidades Clásicas”, que sería refundado bajo el nombre de “Escuela de Pedagogía, Filosofía y Letras Antonio Ruiz de Montoya”, en 1991. Ruiz de Montoya (Lima, 1585-1652), estudió en el Colegio de San Martín y entró de jesuita a los 24 años habiendo vivido, según se cuenta, los agitados años juveniles “peor que un gentil”. Ordenado sacerdote en 1612, fue destinado a la región del Guayrá, antiguo territorio del Paraguay. Por 25 años estuvo inmerso en el mundo de las reducciones de Río de la Plata, aquel utópico intento de crear una república de indígenas. Las expediciones armadas (bandeiras) que partían de Sao Paulo (paulistas) buscaban tierras para Brasil; mejor dicho, iban en busca de minas, a la caza de indígenas, y de paso, a quitar del medio a los jesuitas, organizadores de aquella república ideal. Él fue quien inspiró la famosa película La Misión (1986), dirigida por Roland Joffé, y protagonizada por Robert De Niro, Jeremy Irons, Ray McAnally y Aidan Quinn en los papeles protagónicos, y ganadora de varios premios internacionales.

Sobre las bases de esta Escuela, que empezó a funcionar en el Juniorado de Breña (calle Fulgencio Valdéz, detrás de la Iglesia y parroquia de los Desamparados) se fundaría la actual Universidad. Su creador fue el padre Vicente Santuc, de origen francés, quien canalizó su anterior experiencia institucional en el Centro de Investigación y Capacitación para el Campesinado de Piura (CIPCA) para cimentar con la Universidad Ruiz de Montoya una institución que intenta ser fiel al legado educativo misionero del pasado, gracias al vínculo que establece entre el conocimiento y la praxis. La UARM se presenta así como una institución de educación superior comprometida con la Fe y la Justicia, en búsqueda de una sociedad libre, inclusiva y sostenible, con un especial énfasis a la educación personalizada, tal y como se estila en las más de 200 instituciones de educación superior jesuita existentes en el mundo de hoy (Avenida Paso de los andes 970, Pueblo libre). Sigue leyendo

Los jesuitas en Lima (3)

20111103-sanjuan.jpg

LAS HACIENDAS JESUITAS EN EL VALLE DE LIMA:

Hacienda San Borja.- Los terrenos de lo que hoy es San Borja pertenecieron a la familia Brescia y se ubicaban en la jurisdicción de Surquillo. Recién en 1983 se independizó y cobró vida propia. Su nombre viene de la antigua hacienda San Francisco de Borja, que en los tiempos coloniales fue propiedad de la Compañía de Jesús (en este caso, de los jesuitas del Noviciado de San Antonio Abad). Aquí se cultivó, hasta el siglo XVIII; alfalfa, olivos, trigo, cebada y maíz; también algunas frutas como pepino y zapallo. También había corrales con ganado ovino y vacuno.

Hacienda Chacarilla del Estanque.- Esta elegante urbanización, entre los distritos de Surco y San Borja, debe su nombre a que fue un fundo donde, en los tiempos virreinales, se mandó construir un Estanque para regar estos terrenos sino también las haciendas de San Juan y Villa, más al sur. En efecto, este Estanque, por el cual sus dueños cobraban un “estanco”, se nutría de las aguas de los ríos Surco y Ate, y las distribuía a otras zonas (es por ello que también en otros documentos se habla de este fundo como “Chacarilla del Estanco”). Desde el siglo XVII, la hacienda “Chacarilla del Estanque” fue propiedad de los jesuitas, quienes la convirtieron en un exitoso complejo agrícola con huertos de árboles frutales y olivares, cercados por tapias. El valor de esta propiedad, entonces, no solo dependía de su producción agrícola sino también del agua que distribuía su Estanque a otras propiedades y por el cual se sacaba una buena renta. Ya en la República, a finales del siglo XIX, la hacienda era propiedad del inmigrante italiano Vicenzo o Vicente Risso, quien calculó el valor de la propiedad en 21 mil soles.

Hacienda San Juan.- Inicialmente, fue una Provisión que el cabildo limeño concedió, en 1559, al vecino Diego de Porras Sagredo, nacido en Sevilla, y miembro de la generación de conquistadores del Perú; fue alcalde de Lima en 1572, 1575 y 1580. En la Provisión decía que “en el camino de Pachacamac junto al arenal hay un pedazo de tierra, sin agua y sin acequias abiertas que es baldío”. En efecto, no se le daba a Porras una buena tierra, pues era muy arenosa y sin suministro de agua. Fue así que quiso desprenderse de ella, para buscar una mejor propiedad agrícola, y se la concedió a la Compañía de Jesús en 1581, concretamente al Colegio de San Pablo. Huérfana de riegos y mediocre en su capacidad productiva, San juan se vio en la necesidad de expandirse en busca de agua, hacia Villa u otro lugar. Fue así que, en 1600, los jesuitas adquieren Chacarilla (del Estanque) para drenar aguas a la sedientas tierras de San Juan. A lo largo de los siglos XVII y XVII, los jesuitas supieron explotar las posibilidades de San Juan con cañaverales (rubro más importante), viñedos, olivares y ganado, así como arrendando partes de la extensa propiedad; casi 250 esclavos trabajaban en estas tierras. Con la expulsión de la Compañía, la hacienda pasó a manos de Temporalidades que, a su vez, vendió la propiedad a Joseph García y Urbaneja, antiguo arrendatario de los jesuitas. Luego, durante los tiempos previos a la Independencia, pasaría a manos de José Alzamora Ursino y Mendoza, quien la retuvo hasta los tiempos tempranos de la República. Más adelante, San Juan fue testigo de la tragedia de la guerra con Chile, a tal punto de regalar su nombre a una de las batallas que sellaron el triste destino de Lima con la ocupación del enemigo. Fue uno de los trofeos del Ejército Expedicionario chileno. Hoy aún podemos observar, en estado ruinoso, un sector de sus instalaciones, incluida la vieja iglesia.

Hacienda Villa.- Por Real Cédula de 1590, se confirió de plenos poderes al visitador de tierras Francisco Cuello para repartir y asignar predios en el valle de Surco entre quienes estuvieran dispuestos a adquirirlos. Grandes extensiones de tierras extensiones de tierras surcanas fueron declaradas en libre disposición. Así, la siempre despierta Compañía, a través de su Colegio Máximo de San Pablo fue favorecida con una merced Real (emitida por el cuarto virrey Marqués de Cañete) el 7 de mayo de 1795, que le concedió la propiedad del “Valle de Villa”, donde vivían naturales del pueblo de Surco. Solo eran 60 fanegadas, pero los jesuitas, con el tiempo, ampliaron la propiedad comprando más tierras circundantes (entre otros factores para procurarse de recursos hídricos), especialmente a Juan Tantachumbi, cacique y gobernador de Santiago de Surco. Los jesuitas también compraron esclavos, en un principio 100, para dar brazos a la nueva propiedad, que empezó a producir caña. Hasta la expulsión de la Compañía, en 1767, los jesuitas, a pesar de la falta de agua, lograron convertir a Villa en un complejo azucarero muy próspero, combinando el trabajo de algunos indios de la zona con más de 200 esclavos. Tras la expulsión, comenzó otra historia, que empezó con la intervención del oidor Pedro Antonio de Echeverz y Zubiza, a los pocos días de la orden dictada por Carlos III. Luego, la oficina de Temporalidades pone en subasta la hacienda (1778) y la adquiere, por 200 mil pesos, el comerciante Pedro Tramarría y Barreda, quien moriría en Lima en 1803. La hacienda entró a un proceso de transición, siendo administrada por el marqués de Montemira, uno de los albaceas de Tramarría. Hubo un remate y fue adquirida, en 1806, por José Antonio de Lavalle y Cortés, natural de Trujillo y acaudalado comerciante del Tribunal del Consulado de Lima. Lavalle y su descendencia serían los que tuvieron que encarar los trastornos desatados por la guerra de Independencia y los turbulentos años de la temprana República. En la década de 1850, la familia Lavalle se desprendería de la Hacienda Villa, que fue adquirida por el coronel Juan Mariano de Goyeneche y Barreda, patriarca de una de las más aristocráticas familias arequipeñas, quien, tras la abolición de la esclavitud inició la introducción de trabajadores chinos a la hacienda. La Guerra del Pacífico, con el saqueo de Villa y la sublevación de sus culíes, marcaría el fin de la era decimonónica de esta emblemática hacienda del sur de Lima.
Sigue leyendo

Los jesuitas en Lima (2)

20111103-salon.jpg

Actual Salón de Grados de la Casona de San Marcos, donde antes estuvo la capilla Nuestra Señora de Lorento del Noviciado jesuita

Los jesuitas y la educación en la Lima virreinal.- La llegada de los padres de la Compañía fue un importante paso en la promoción de la educación juvenil. Establecieron el Lima varios colegios, de los cuales destacaron el Colegio Máximo de San Pablo, fundado en 1568; el Real Colegio de San Martín, creado en 1582, durante el gobierno del virrey Martín Enríquez de Almansa; y el Colegio Mayor de San Felipe, inaugurado en 1592.

Respecto al Colegio de San Pablo, sus profesores, todos jesuitas, gozaron de gran prestigio académico; algunos de ellos, autores de diversas obras como José de Acosta (De Natura Novi Orbis), Diego de Avendaño (Thesaurus indicus) y Pedro de Oñate (De Contractibus); aquí también enseñó el santo varón Francisco del Castillo. Su Biblioteca fue la más importante del Nuevo Mundo; en 1750 tenía 43 mil volúmenes, cuando la biblioteca de la Universidad de Harvard sólo contaba con 4 mil ejemplares. Cabe anotar que al menos 9 mil de estos libros formaron parte de la primera colección de la Biblioteca Nacional del Perú, fundada en 1821 por el libertador San Martín. Asimismo, su farmacia fue la mejor del Perú. Al principio, solo servía a toda la red de colegios y haciendas que tenía la Compañía en el Perú, pero luego se convirtió en la principal farmacia del Virreinato; de ella salió, por ejemplo, el primer cargamento de quinina a Roma, en 1631, por la habilidad del jesuita italiano Agustino Salumbrino, primer farmacéutico de esta farmacia, quien tras verla aplicada en los indios comenzó a suministrarla en Lima para la curación de fiebres y resfríos. La iglesia del Colegio es hoy en día la Basílica y Convento de San Pedro. El Colegio de San Martín, por su lado, recibía jóvenes entre 12 y 24 años y los adiestraba en Letras. Los alumnos procedían de todas las regiones del Virreinato y permanecían en el plantel hasta 4 años o más. Se calcula que desde la fundación del colegio hasta la expulsión de la Orden, pasaron por sus aulas unos 5 mil alumnos. De allí salieron futuros nobles, militares de alta graduación,. Obispos, arzobispos, oidores, asesores de virreyes, académicos, rectores de San marcos, escritores, alcaldes y varones eminentes de santidad. El virrey Teodoro de Croix dijo en su Memoria que la fama del colegio no desapareció tras la expulsión de la Orden y que su falta se dejó sentir en toda la extensión del Virreinato. Finalmente, el Colegio de San Felipe, para “hijos y nietos y conquistadores y personas beneméritas”, tuvo más categoría que el de San Martín y su Rector tenía que ser el mismo que el de la Universidad de San Marcos. A sus estudiantes se les exigía ciertas condiciones intelectuales, morales y físicas, además de acreditar distinción familiar y pobreza. Permanecían 8 años en el Colegio, donde estudiaban Artes, Cánones y Teología. No eran admitidos hijos de familias social y económicamente disminuidas, los castigados por la Inquisición, los mulatos, los zambos y los enfermos de males contagiosos. El plantel dejó de funcionar en 1771.

De otro lado, los jesuitas también se hicieron cargo de la educación de los hijos de los curacas (caciques) en dos famosos colegios: El Príncipe (Lima) y San Francisco de Borja (Cuzco). El de Lima se llamó así no tanto por el Príncipe de Esquilache, Francisco de Borja y Aragón, virrey del Perú entre 1616 y 1621 e iniciador de la obra, sino por el príncipe Felipe, el futuro rey Felipe IV. Estuvo ubicado en el Cercado de Indios de Lima y comenzó a funcionar albergando a unos 30 hijos. Una “Relación” de la época nos dice: Viven en comunidad; llevan un traje especial; un hermano jesuita les enseña lectura, escritura y cálculo; un maestro de capilla les enseña música y canto. Parte principal del día se dedica a la instrucción religiosa y a las prácticas de piedad.

El Noviciado Jesuita de San Antonio Abad (hoy Casona de San Marcos).- Según el libro de Reinhard Augustin Burneo (Orígenes y evolución del conjunto arquitectónico de la Casona de San Marcos. Lima, 2005), el primer Noviciado jesuita funcionó de 1592 hasta 1593 en el Colegio Máximo de San Pablo, actual conjunto de San Pedro. Luego se trasladó a la Casa de Santiago del Cercado, dentro de la reducción cercado de indios. Pero, debido a las dimensiones reducidas del local, se trasladó, en 1599, a la huerta de San José, junto al río Rímac. La insalubridad y la humedad de la zona afectaron la salud de los internos, por lo que la Compañía decidió construir la sede definitiva del Noviciado en la chacra o huerta de los jesuitas, conocida popularmente como la Chacarilla de San Bernardo. El 5 de noviembre de 1605, el receptor general del Santo Oficio, don Antonio Correa Ureña, mediante escritura pública, se comprometió ante el provincial de los jesuitas, el padre Esteban Páez, a donar un total de 42 mil ducados de Castilla para la construcción y fundación de la Casa de Probación y Noviciado de San Antonio Abad.

En 1608 quedaron concluidos los primeros trabajos del nuevo Noviciado, que se convirtió, por su organización, en uno de los exponentes de la vanguardia intelectual y poder económico que alcanzó la Compañía durante el Virreinato. Estaba compuesto por la Capilla de San Antonio Abad y dos patios: uno, junto a la iglesia, donde se encuentra hoy el Patio Principal o de Maestros; el otro, ya desaparecido, ubicado en un sector del actual Parque Universitario. Tenía, además, siete pequeñas capillas o ermitas distribuidas dentro de la amplia huerta o chacarilla. En 1613, el Noviciado amplió considerablemente el área de su propiedad con la compra de la casa y huerta de Alonso ramos de Cervantes, colindantes con el cementerio de la Iglesia de Guadalupe y con la Chacarilla de la Compañía, en los alrededores del actual Palacio de Justicia. Ese mismo año, los jesuitas, mediante un juicio de propiedad, se adjudicaron una casa inmediata a la inconclusa Capilla de San Antonio de Abad, propiedad hasta entonces de Diego Castrillejo. Sobre este sector se construyó la antigua portería del Noviciado, dentro del área que ocupa hoy el Patio de Letras. La primitiva capilla del Noviciado, construida a semejanza de la iglesia que hizo levantar el mismo Antonio Correa en su ciudad natal (Valdemoro, España) quedó concluida en 1614. Fue modificada como consecuencia del terremoto de 1687 y tenía, según testimonios del siglo XVII, una singular volumetría, una bella portada-retablo y una bóveda muy elevada sobre el crucero. Era una de las más bellas de Lima, hasta su destrucción por el terremoto de 1746.

El atroz terremoto de 1746 cambió para siempre la fisonomía del Noviciado, pues la Capilla de San Antonio Abad y la mayoría de los claustros, salones, bibliotecas, capillas y aulas se vinieron abajo. La tarea de reconstrucción duró varios años. Según Augustin Burneo, “La planta del nuevo edificio siguió, en líneas generales, el mismo trazado del anterior conjunto, tanto en la ubicación de los patios como en la disposición de los ambientes. Como resultado de este proceso se incorporaron nuevos patios y salones, como el Patio de Júniores o de Chicos, el Patio de Machos y el salón General. En 1766 fue inaugurada la nueva Iglesia del Noviciado, que reemplazó a la Iglesia de San Antonio Abad, destruida por un sismo dos décadas antes”. Finalmente, el 9 de julio de 1769, luego de la expulsión de los jesuitas, una Real Cédula determinó el nuevo uso del antiguo Noviciado como sede del real Convictorio de San Carlos, donde quedaron unificados los Colegio Reales de San Martín, perteneciente también a la Orden jesuita, y el de San Felipe y San Carlos.

¿Qué queda hoy del viejo Noviciado de los jesuitas?

a. El Salón General.- Su fecha de construcción data de la segunda mitad del XVIII y reemplazó a un salón general de la Orden jesuita destruido por el terremoto de 1746. En los últimos años del Noviciado y durante la etapa del Convictorio de San Carlos, fue el principal foro de discusión y el escenario de los más importantes debates académicos; a esto contribuyó su concepción arquitectónica, que dispone a sus ocupantes frente a frente, propiciando así el debate entre posiciones antagónicas. Su restauración concluyó en 1994.
b. Patio de los Jazmines.- Se ubica dentro de un sector que en una primera etapa del Virreinato estuvo ocupado por chacras y huertos, como lo confirman los restos de una acequia de regadío que los atravesaba, encontrada durante los trabajos de exploración arqueológica. Su planta y construcción corresponden a los años posteriores del sismo de 1746. Su restauración se inició en 1992.
c. Patio de Chicos.- También conocido como e “La Mula” o de los “Júniores Seminaristas” formó parte de las ampliaciones tras el terremoto de 1746. Los trabajos arqueológicos revelaron evidencias de antiguos cimientos que pudieron pertenecer a una de las siete capillas de los jesuitas que se encontraban repartidas en la Huerta del Noviciado y la Chacarilla de San Bernardo. El nombre de “Chicos” se dio durante los años del Convictorio, pues estaba destinado a la instrucción de los recién iniciados en los estudios. Su restauración concluyó en 1999.
d. Salón de Grados.- Situado entre los Patios de los Jazmines y de Letras, tiene sus orígenes en la capilla de Nuestra Señora de Loreto, levantada en la segunda mitad del siglo XVII como capilla interior del Noviciado, pero destruida en 1746 por el terremoto. Según las excavaciones arqueológicas, la primitiva capilla estaba ubicada en la parte posterior del actual Salón de Grados, y su plante era más reducida. La actual capilla corresponde a la reconstrucción del Noviciado; es de planta rectangular y está cubierta por una bóveda mixtilínea en madera, decorada con pinturas que representan a santos y doctores de la Iglesia. La bóveda solo conserva seis de sus nueve tramos originales. Tras la expulsión de los jesuitas, la antigua capilla fue transformada, recortándose el tramo de la bóveda donde estaban representados San Ignacio de Loyola y San Antonio Abad, en el extremo sur; también se retiraron dos tramos de la bóveda en el lado Norte de la capilla, que fueron reemplazados por una bóveda vaída que configuró el nuevo espacio del presbítero. La restauración se concluyó en 1998.
e. Antigua huerta.- Donde hoy se levanta la nueva cafetería es una mínima parte de lo que fue la gran huerta del Noviciado jesuita. A lo largo del Virreinato y de la primera República fue reduciendo su tamaño. El 6 de abril de 1770, tras la expulsión de los jesuitas, la huerta se subastó; la adquirió el doctor Miguel de Valdivieso, quien la volvió a vender al Convictorio parte de ella que regresó a formar parte del conjunto. Las obras de restauración concluyeron en 1999.
f. Patio de Letras.- También llamado de los Naranjos. Sus orígenes se remontan a 1613, cuando le fue adjudicada a don Andrés Hernández, Rector del Noviciado, una vivienda y solar ubicados en la parte posterior de la Iglesia de san Antonio abad. Aquí estuvo ubicada la antigua portería de la Iglesia y del Noviciado, que contaba con talleres, depósitos y establos. Las excavaciones arqueológicas en el sur del patio, bajo el nivel del piso actual, los cimientos de estas construcciones anteriores al Noviciado y evidencias de otra ocupación más antigua: un empedrado de cantos rodados y el arranque de un muro de piedra y barro. Su restauración concluyó en 2003.
g. Patio Principal.- También llamado de Maestros, es el más antiguo de la Casona. Su planta se ha mantenido inalterada desde la fundación del Noviciado. Colindante con la Iglesia, este patio albergó a lo largo de toda su historia las dependencias y dormitorios de las máximas autoridades de las instituciones que ocuparon la Casona. Su restauración concluyó en 2006.

El Cercado de Indios de Lima.- Una de las tareas más delicadas que debieron asumir los jesuitas fue la administración de la única doctrina de indios dentro de la ciudad de Lima: el Cercado. Sus orígenes se remontan a la segunda mitad del siglo XVI durante el gobierno del virrey de Toledo. Con el propósito de proteger y evangelizar a los indios dispersos de Lima, se fundó este pueblo autónomo y cercado con muros altos de adobe con tres puertas, las que se cerraban de noche para impedir que los indios salieran de noche para emborracharse o para evitar que sean molestados por los demás vecinos de la ciudad. De todo esto derivó el nombre de “cercado”. De acuerdo a los documentos, la fundación de este pueblo de indios y de su iglesia fue el 25 de julio de 1571, se allí su nombre Doctrina de Santiago del Cercado. De otro lado, antes de la construcción de la vieja muralla de Lima, ordenada por el virrey Palata, ya existía en la ciudad un barrio amurallado. En efecto, el pueblo de Santiago tenía un muro de 3 metros de alto, que rodeaba la reducción. Tenía 3 puertas de acceso y se construyó para vigilar y controlar mejor a los indios. En su interior, había una plaza en forma de rombo, donde estaba la iglesia, y calles rectas y alineadas a esta plaza. Las casas tenían una sola planta con una pequeña huerta.

¿Qué hicieron los jesuitas? Construyeron una iglesia (que luego el arzobispo Mogrovejo consagraría a la Virgen de Nuestra Señora de Copacabana) y una casona con cuatro cuartos y una huerta; asimismo, establecieron que las limosnas del Colegio de San Pablo sirvieran para la manutención del lugar; hubo también limeños que realizaron donaciones para cumplir con este esfuerzo “civilizador”. Otro tema que debieron enfrentar los jesuitas fue el de la evangelización de los indios. Comenzaron con un catecismo, muy didáctico, que luego fue mejorado y adaptado para otras reducciones. Era en castellano pero luego sería traducido al quechua por el padre Alonso de Barzana, doctrinero del Cercado, quien, además, llevaba los registros de todos los indios, por edades, condición civil y grado de evangelización. Lo cierto es que la reducción del Cercado se convirtió, por la eficiencia de los jesuitas, en modelo de evangelización y futuros doctrineros venían a ella por ser una buena “casa de lengua”, es decir, escuela donde se aprendía el quechua. En la iglesia de Santiago del Cercado se formaron cuatro cofradías que, en épocas de fiesta, especialmente en la del Corpus Christi, salían en procesión con muchos cirios y adornaban los altares con velas y flores; los padres controlaban en estas festividades a los indios para que no se embriaguen. Otra labor que cumplieron los padres de la Compañía fue la construcción de un hospital para indios. Se inició como una enfermería, fue creciendo hasta atender no solo a los indios del Cercado sino a de otros lugares, debido al esmero en la atención médica. También crearon una casa de reclusión para hechiceros o “dogmatizadores”, supuestos responsables de daños espirituales hacia la población indígena. La fundación de este recinto se hizo bajo el gobierno del virrey Francisco de Borja y Aragón, el Príncipe de Esquilache. Finalmente, en la escuela de la reducción, llamada Santa Cruz, los jesuitas enseñaban a los indios a leer y escribir, así como el adoctrinamiento de la moral y la doctrina cristiana para alejarlos de sus cultos idolátricos. La escuela de Santa Cruz, en síntesis, buscó concientizar y propagar una educación católica y humanística, ya que también recibían instrucción en música y canto.
Sigue leyendo

Los jesuitas en Lima (1)

20111102-lima san pedro.jpg
La iglesia de San Pedro en el siglo XIX, según el Atlas de Paz Soldán

En 1534, san Ignacio de Loyola funda la Societas Jesu (S.J.), una nueva orden religiosa aprobada por Paulo III en 1540. Sus integrantes, más conocidos como “jesuitas”, trataron de interpretar a la nueva Iglesia militante de la Contrarreforma. Los jesuitas llegaron a adaptar la doctrina cristiana a las difíciles circunstancias de la época. Se enfrentaron a las realidades políticas y morales de su siglo y tomaron parte activa en la educación, asuntos públicos y obras misioneras. Actuaron, por ejemplo, en las cortes reales como confesores y educadores de príncipes y nobles. Fundaron muchos colegios e impulsaron muchas misiones no sólo en Europa sino en las tierras recién conquistadas por españoles y portugueses.

Bajo su autoridad máxima y vitalicia, el “General”, un jesuita se consideraba a sí mismo como soldado de Dios bajo la bandera de la Cruz, listo para luchar por la propagación de la Fe ante los protestantes, los herejes o los infieles. La Orden, por ello, estaba organizada con criterios militares: rígida disciplina, voto de obediencia al Papa y prohibición de cualquier crítica a los superiores. Bajo estos criterios, todo el mundo fue dividido en provincias jesuitas, y su “ejército” de sacerdotes siguió los caminos trazados por los navegantes y conquistadores europeos.

Los jesuitas en el Perú.- El tercer General de la Compañía, san Francisco de Borja, gracias al interés del rey Felipe II, fue quien envió al Perú a los primeros jesuitas. La “expedición” estuvo compuesta por los frailes Jerónimo Ruiz del Portillo, Luis López, Antonio Álvarez, Diego de Bracamonte y Miguel Fuentes; y los hermanos Juan García, Pedro Lobet y Luis de Medina. Llegaron al Callao el 28 de marzo de 1568; en Lima fueron recibidos por el arzobispo Jerónimo de Loayza y los vecinos de la ciudad. Los jesuitas, por vez primera en América, no venían al Perú para ejercer apostolado solo a los españoles y mestizos de los centros urbanos. Especialmente se les designó como campo de trabajo la evangelización de los indios, según el deseo de san Francisco de Borja.

En Lima, los jesuitas tuvieron domicilios en el complejo de San Pedro y en el Cercado de Indios; también tuvieron casas en Cuzco, Potosí, Juli y Arequipa, así como centros misionales en La Paz, Panamá, santa Cruz de la sierra, Chuquisaca y Santiago de Chile. Al finalizar el siglo XVI, poseían 13 domicilios en el Virreinato del Perú. El incremento de sus miembros fue notable: en 1584 eran 132; en 1594, 232. Esto se debió no solo al contingente que vino de Europa sino a las vocaciones que despertaron en el Nuevo Mundo, como las de Bartolomé de Santiago (arequipeño), Blas Valera (chachapoyano), Juan de olivares (chileno), Onofre Esteban (chachapoyano) y Pedro de Añasco (limeño). Es importante mencionar la presencia de los jesuitas en Juli (Puno), donde establecieron un centro misional de primer orden, que luego serviría como modelo para las famosas misiones del Paraguay.

EL COMPLEJO DE SAN PEDRO:

La iglesia de San Pedro.- Los jesuitas llegaron en abril de 1568 y, según Anello Oliva, cronista jesuita, se alojaron en el Convento dominico. Ese mismo año consiguieron su solar, en el mismo sitio que hoy, y construyeron una capilla provisional. Al año siguiente, los jesuitas ampliaron su solar inicial y ponían la primera piedra de una iglesia más grande. Adquirieron más solares para lograr un espacio aceptable para la fundación que deseaban: el Colegio Máximo de San Pablo, creado en 1583. La iglesia se culminó en 1574 y fue ricamente decorada con retablos y relicarios; también tenía pinturas, especialmente del pintor romano (jesuita) Bernardo Bitti, quien también pintó el dorado de los retablos.

Como vemos, originalmente la iglesia se llamaba Colegio Máximo de San Pablo. Una descripción anónima de Lima hacia 1620 señalaba: “… la casa de los jesuitas era la más rica y poderosa de la ciudad, pues su iglesia hasta los frontales de los altares, eran de fina y gruesa plata”. Según fray Antonio de Espinoza, el culto se llevaba de forma lujosa en la vieja iglesia. Había en el atrio una ventana alta por la que salía un sacerdote los días de misa para que los esclavos de caballo no se quedasen sin doctrina, lo que en cierto modo era una forma de “capilla abierta”, muy usadas desde el siglo XVI.

La iglesia sufrió su tercera reconstrucción entre 1624 y 1636, y fue consagrada dos años más tarde. Tiene como modelo lejano a la Iglesia de Gesú de Roma, el templo jesuita más importante de la capital italiana; el padre Vargas Ugarte asegura que el padre Nicolás Durán Mastrilli llevó a Lima, en 1623, los planos de la iglesia romana.. A pesar de ser construida durante la época del barroco, es la más “renacentista” de las iglesias limeñas. Luego del terremoto de 1746, sus bóvedas de crucería serán reemplazadas por bóvedas de cañón seguido, confeccionadas en madera. El hermano Martín de Aizpitarte, jesuita de origen vasco, fue el que se encargó de la obra, pero no la vio acabada pues murió en 1637, un año antes de ser inaugurada.

Lo cierto es que el 31 de julio de 1638, los jesuitas inauguraron el nuevo templo de San Pablo en un sitio mayor que el viejo, derribado para formar un cementerio y el nuevo atrio. La nueva iglesia tenía 66 metros de largo, 33 de ancho y 33 en el crucero. El templo se adornó con costosos recuadros y muchas obras de pintura, sobre todo del pincel de Bernardo Bitti, cuyas obras de la vieja iglesia se mudaron a la nueva. Parece que en los arcos laterales había un lienzo de Bartolomé Esteban Murillo, que representaba la Sagrada Familia. El interior del convento tenía tres patios con pilares de piedra del siglo XVI. Hay pocas referencias sobre estos patios, pero sí hay descripciones de la Capilla de “Nuestra Señora de la O”, que estaba al interior del Convento.

Cuenta Jorge Bernales Ballesteros, que con el terremoto de 1687, se produjo un hecho excepcional, que desató una de las devociones limeñas más hermosas. Días antes del sismo (que ocurrió el 20 de octubre), una imagen de la Virgen empezó a sudar y llorar 32 veces, y cesó su llanto el día del siniestro. La imagen fue conocida después como “Nuestra Señora del Aviso”, y recibió gran culto desde entonces. Su fiesta fue ese día trágico de octubre, que dejó en pie pocos templos, uno de ellos el de San Pablo de los jesuitas. En efecto, con el temblor, no sufrió gran cosa el templo.

Con el gran terremoto de 1746, el templo sí sufrió un poco más. Los jesuitas tuvieron que rehacer la cubierta con el sistema de bóveda de cañón. Se perdieron las dos torres y, al reconstruirlas, las rebajaron un poco, con chapiteles “apiramidados” al estilo sevillano, que aún pueden observarse en los grabados del siglo XIX. El interior recuperó su belleza con sus antiguos retablos finamente restaurados, todo sin alterar la planta original del templo (nota: Tras la expulsión de los jesuitas, el templo tomó el nombre actual de San Pedro, 1770).

Plazuela de San Pedro.- La historia de esta plazoleta se remonta, según Juan Bromley, a 1626, cuando el procurador de la orden de los jesuitas, fray Cristóbal Garcés, se presentó al Cabildo diciendo que ya había tratado con el vecino Juan Esteban de Montiel la compra de unas casas frente a la iglesia de la Compañía; sin embargo, otro vecino, Pedro de Villarroel se las había apropiado y había empezado a derribarlas. Agregó el fraile que la Compañía quería esas casas para crear una plaza pública que sirviera de ornato a la ciudad pero también como lugar de prédica del Evangelio y adoctrinamiento de niños negros e indios sin interferir con los oficios que se celebraban dentro del templo; asimismo, la nueva plazuela serviría para dejar a los negros y criados y a los caballos y carruajes de los vecinos que concurrían a la iglesia. El tema ya se estaba viendo en la Real Audiencia, pero el padre Garcés acudió al cabildo para que apoyase también la causa. Al final, todo resultó como lo quiso la Compañía: Villarreal vendió las casas a los jesuitas con la expresa condición de que no se edificaría ningún inmueble para dar paso a la plazuela. Cabe destacar que, durante los años del Virreinato, también se le llamó “plaza de los coloquios”, porque en ella los jesuitas montaban sus funciones teatrales de tipo religioso; asimismo, desde la plazuela también podía observar el público lo que se escenificaba en el atrio de la iglesia. También fue llamada “plazuela del gato”, aunque no sabemos el porqué de este nombre. Desde 1986, se encuentra en esta plazuela el monumento al ensayista y diplomático peruano Víctor Andrés Belaunde, cuya escultura en bronce es obra Humberto Hoyos Guevara; el que fuera presidente de la Asamblea General de las Naciones Unidas, está de cuerpo entero y dando cátedra.

La Capilla de “Nuestra Señora de la O”.- Ubicada junto a la iglesia de San Pedro, fue construida en 1615 por la Cofradía o Congregación Mariana de Nuestra Señora de la Expectación del Parto, conocida como Nuestra Señora de la O (por la “O” admirativa con que comienzan las antífonas latinas del Magnificat los 8 días que preceden a la Natividad); el director de esta congregación era el padre Juan de Córdova. Su primera descripción corresponde al padre Bernabé Cobo, quien dijo que tenía 38 metros de largo y 16 de ancho. Contaba con una sola nave cubierta de madera a tres paños formando un semi-exágono decorado con florones, piñuelas, pinjantes y molduras doradas. Asimismo, zócalos de azulejos y, frente al altar mayor, tres tribunas en el sitio del coro con baluastres verdes y dorados; tres órdenes de asientos en forma de teatro, pues también era capilla para actos literarios; finalmente, añade Cobo, en el altar mayor, un magnífico Cristo Crucificado de la escuela montañesina (es decir, parecido al Señor de Burgos). Con los diversos sismos que ha soportado Lima, la Capilla ha recibido varias remodelaciones y hoy es casi irreconocible a la descripción que nos dejara el padre Cobo. Por ejemplo, los cambios al neoclásico (retablos) que le aplicó el presbítero Matías Maestro hacia 1798. Hasta la expulsión de la Compañía de Jesús (1767), el Colegio San Pablo, de la orden jesuita, la usó como capilla, aunque siempre se consideró que era propiedad de la Congregación Mariana de Nuestra Señora de la O. Es notable el magnífico lienzo de La Virgen de la Candelaria, del Bernardo Bitti, que se encuentra en la sacristía de la Capilla.

Francisco del Castillo (Lima, 1615-1673).- Fue evangelizador de negro. Su vocación religiosa la sintió desde muy joven. A los 11 años, ingresó al servicio de Juan de Cabrera, deán del cabildo catedralicio y, gracias a las recomendaciones de éste, ingresó al colegio jesuita de San Martín. Allí destacó como capillero de la virgen de Loreto. A los 14 años, definió su vocación por el sacerdocio. En un principio, quiso trabajar en favor de los indios de las misiones jesuíticas de Maynas, pero la vida cotidiana de Lima le descubrió otra misión: la cristianización de los indios esclavos que, en esa época eran unos 20 mil en la Ciudad de los Reyes. Así, Francisco acudía a los hospitales donde eran derivados para tratar sus enfermedades y administrarles la confesión y animarlos para la esperanza. En su Autobiografía cuenta que una vez impidió un suicidio, pues encontró un negro a punto de ahorcarse, de quien dijo: “…consólele y quiétele los cordelillos, que el demonio le había depurado para el efecto…”. Aquí queremos resaltar dos aportes de Francisco del Castillo a la vida espiritual de la ciudad:

1. Su prédica dominical en el mercado del Baratillo, cercano a la orilla derecha del río Rímac. En esa plazuela, todos los domingos, en medio de mercachifles y compradores, subido sobre una mesa, impartía los conocimientos básicos del catolicismo a la población más pobre de Lima. Su prédica no era convencional. Recurría a la sorpresa y a los mecanismos del barroco a través de unas láminas y cuadros conocidos como los novísimos, unas viñetas diseñadas para mentes sencillas, figuras de personas en la gloria o en el sufrimiento, con el fuego del infierno. En la plazuela, Castillo instaló una muy venerada cruz de roble, que luego daría lugar a la ermita “Santa Cruz del Baratillo” (1673)
2. Su labor como reformador de la capilla levantada en honor a Nuestra Señora de los Desamparados, patrona de Valencia (España), que por entonces era una ermita ruinosa ubicada en una plazuela a espaldas del Palacio de los virreyes. Allí, hacia 1660, al pie del crucifijo de la Agonía, Francisco del Castillo dio por primera vez en el Perú e Hispanoamérica el sermón sobre la Pasión de Cristo (o Sermón de las Tres Horas), que se inició a las 12 del día y terminó a las 3 de la tarde. La tradición iniciada por Castillo la continuó otro jesuita, Alonso Messía Bedoya, y subsiste hasta nuestros días.

Luego de muchos años de predicación, trabajo pastoral y lucha por la dignidad de los más pobres de lima, murió Castillo el 11 de abril de 1673, a los 58 años de edad. De su vida santa se dio testimonio cuando aún vivía. Los jesuitas de entonces, como Estanislao de Kostka decía: “¿Y para qué nos remontamos al Paraíso, padres, teniendo en la tierra un ejemplo de tan prodigiosas virtudes como el padre Francisco del Castillo”.

La iglesia de Nuestra Señora de los Desamparados.- Fue demolida en 1939 para dar paso al jardín posterior del actual Palacio de Gobierno. Fue fundada a en la segunda mitad del siglo XVII, durante el gobierno del virrey Conde de Lemos. Si bien antes era una ermita, su primera piedra se colocó en 1669, perteneció a los jesuitas y la construcción quedó a cargo del alarife Manuel de Escobar; el padre jesuita Francisco del Castillo fue su principal impulsor. En su altar había una réplica, hecha en Lima, de Nuestra Señora de los Desamparados con el Señor de la Agonía; al costado del templo se ubicaba una casa profesa de los jesuitas y un Colegio de Niños. Nada pudieron hacer los conservacionistas de la época para impedir su demolición. En compensación, el estado peruano entregó a los jesuitas un terreno y levantó una nueva Iglesia en la avenida Venezuela, cuadra 12, Chacra Colorada (Breña).
Sigue leyendo