Los jesuitas en Lima (4)

20111104-inma.jpg
Colegio de la Inmaculada a inicios del siglo XX

La expulsión de los jesuitas.- En 1767 ocurrió un hecho que remeció profundamente no solo a la Iglesia, sino a la educación, la cultura y la economía de España y América. Fue la expulsión de la Compañía de Jesús, decretada por el rey Carlos III, quien guardó en su real pecho las razones de su decisión el 27 de febrero de aquel año. Mucho se ha debatido sobre los motivos de esta grave decisión. De hecho, años antes, Portugal y Francia habían ya expulsado a la Orden de sus territorios. Hubo un cúmulo de motivos, tanto civiles como eclesiásticos, incluso económicos (la orden tenía gran poder económico, cultural y político). Carlos III, de otro lado, debió soportar la presión de sus consejeros y servidores deseosos de neutralizar la gran influencia de la Compañía. Había celos y rivalidades en todos los campos respecto a los seguidores de San Ignacio.

La orden de expulsión llegó a Lima secretamente. Con estricta reserva, el virrey Amat dispuso todo a sus asesores, tanto civiles como militares. Así, en la madrugada del 9 de septiembre de 1767, los cinco domicilios de la Compañía en Lima fueron allanados en forma simultánea. Unos 700 hombres ocuparon el Colegio Máximo de San Pablo, el Noviciado de San Antonio Abad, la Casa Profesa Nuestra Señora de los Desamparados, el Colegio del Cercado y el Colegio de Bellavista (Callao). Poco a poco se les comunicó a los padres de la Compañía el Real Decreto de modo que, al atardecer del mismo 9 se encontraban concentrados en el Colegio de San Pablo (hoy San Pedro) todos los jesuitas que había en Lima y cercanías (haciendas Villa, San Juan, Santa Beatriz, San Borja, Bocanegra). Luego, también fueron llegando a la capital los jesuitas de las casas de pisco, Ica, Huancavelica, Huamanga y Trujillo, hasta sumar un total de 243. Finalmente fueron embarcados en el Callao en varios navíos con dirección a la Península. La mayoría de jesuitas terminó refugiándose en Italia, en los Estados Pontificios; allí les llegaría la terrible noticia de la supresión de la Compañía dictada por el papa Clemente XIV. Cabe destacar que, entre los expatriados peruanos, estuvo el estudiante arequipeño de 20 años Juan Pablo Viscardo y Guzmán, autor de la Carta a los españoles americanos (1791) y precursor de la Independencia hispanoamericana.

Fueron devastadoras las consecuencias de esta expulsión. Como dice el padre Armando Nieto, “De la noche a la mañana quedaban abandonadas, sin rumbo, centenares de escuelas, misiones, poblaciones. De orden del Gobierno español se desmantelaban, sin explicación, instituciones de cultura y ciencia que había costado mucho esfuerzo levantar y sostener. ¿Podía el estado prometerse encontrar fácilmente reemplazos para todo lo que yacía ahora desamparado?”.

El regreso de los jesuitas.- El Perú fue el último país de América al que la Compañía vuelve, habiendo sido el primero al que llegó en el siglo XVI. Fue el Obispo de Huánuco, Teodoro del Valle, que viajó a Roma con ocasión del primer Concilio Vaticano, quien tomó la iniciativa la gestionar el regreso de los jesuitas. Fruto de su encuentro con el “General” de aquella época, Pedro Beckx, acordaron enviar algunos padres para enseñar en el seminario de la diócesis. Así, en septiembre de 1871, llegó el primer grupo de cuatro jesuitas. Poco tiempo después, llegaron otros tres procedentes de Ecuador, entre los que se encontraba Francisco Javier Hernández, nombrado primer superior de la Compañía restaurada en el Perú. El monseñor Del Valle tomó la precaución de pedir permiso al gobierno de Balta, no sin la oposición de algunos sectores liberales.

El pequeño grupo se dividió en dos, uno a trabajar en Huánuco y el otro en Lima. Melchor García, un caballero piadoso, invitó a los jesuitas de Lima a que enseñaran en un colegio nacional que él dirigía. Luego, con motivo de una visita a la nueva Escuela Normal de Mujeres regentada por las madres del sagrado Corazón, el presidente Mariano I. Prado expresó su admiración por la labor de las monjas, al mismo tiempo que lamentó el hecho de que no existía una obra similar para varones. Pero, al enterarse de que los jesuitas habían retornado, el Presidente promovió un proyecto para confiar a la Compañía un proyecto similar. Fue así que se estableció, por decreto del 18 de mayo de 1878, la “Escuela Normal de Varones”, que, en realidad, fue el mismo colegio de Melchor García, ahora reformado y refaccionado. Así nació el Colegio de la Inmaculada, con solo 3 jesuitas y 101 alumnos. En 1879, llegaron 7 jesuitas más de Europa y, en 1880, los 9 miembros que estaban en Huánuco, abandonaron esa zona y bajaron a Lima a reforzar la labor de los padres y hermanos en el colegio de la Inmaculada.

Durante la guerra con Chile, los padres prestaron servicio como capellanes, y los hermanos como enfermeros. Además, el colegio se convirtió en hospital de sangre. Un episodio dramático fue cuando el coronel Cáceres se ocultó de los chilenos en el aposento del Padre Superior, mientras se curaba de una herida en la pierna.

Luego del conflicto, los jesuitas recibieron su antigua Iglesia de San Pedro, que pronto se convirtió en un centro para los apostolados tradicionales de la Compañía: la devoción al Sagrado Corazón, la congregación mariana y la asociación piadosa “Nuestra Señora de la O”. Un grave problema surgió en 1886. A raíz de un libro de publicado por el padre Ricardo Cappa, los jesuitas fueron expulsados del Perú tras una polémica decisión del Congreso. Aunque el presidente Cáceres vetó la medida, aconsejó a los padres para que se fuera, discretamente, por cuenta propia, Unos lo hicieron; otros, no. Una vez calmada la tempestad, en 1888, los jesuitas regresaron y reabrieron el colegio.

Desde Lima, dieron el salto a Arequipa para fundar el Colegio San José (1898) y encargarse del Templo de La Compañía. De este modo, con San Pedro, el Noviciado, una Casa de Ejercicios en Miraflores y su labor en Arequipa, se completó el cuadro de entonces, que duró hasta 1945. Desde ambas ciudades, los jesuitas fueron formando generaciones de jóvenes y asociaciones cristianas que cumplían un importante apostolado en ambas ciudades.

En 1946, el Papa le encargó a la Compañía la atención de la Misión de San Javier del Marañón (Maynas), un paso clave para llegar no solo a las fronteras sino a los pueblos aborígenes. Luego, a partir de 1950, con el crecimiento de la población, la Provincia abarcó buena parte del territorio peruano, extendiéndose por el sur hasta Tacna; en la sierra, hacia Cusco, Juliaca, Abancay y Huancayo; por el norte, hasta Chiclayo y Piura; y, en Lima, con las parroquias de Fátima, Santo Toribio, Desamparados y el Colegio San Francisco Javier. La idea era brindar apoyo espiritual y una educación que promoviera cómo contribuir al país. En este contexto, se inició el proyecto Fe y Alegría, para lograr una educación pública de calidad a favor de los más pobres, así como la participación en la fundación de la Universidad del Pacífico (1962) y orientar a la Pontificia Universidad Católica del Perú (durante el rectorado del padre jesuita Felipe Mac Gregor, entre 1963 y 1977) con la finalidad de dar un claro aporte al mundo profesional del país. Asimismo, durante los años sesenta, la Compañía vivió el espíritu del Concilio Vaticano II, para estar a tono con la nueva realidad latinoamericana: justicia y opción por los menos favorecidos (que fue también la orientación de Medellín y Puebla). De esta manera, las obras pastorales y la educación popular se multiplicaron en los sectores marginales de las principales ciudades del país.

El Colegio de la Inmaculada.- Jorge Basadre, en su Historia de la República, señala que en 1878 se abrió en Lima el colegio de la Inmaculada en el local de la calle Botica de San Pedro, funcionando como Escuela Normal de Varones y plantel de instrucción media. Fue clausurado, por disposición del gobierno, en 1886, pero reabierto en 1888. Su local pasó por varios lugares, uno de ellos en la calle Corcovado (hoy cuarta cuadra de la avenida Emancipación, ex jirón Arequipa), hasta que los jesuitas compran los terrenos del Jardín “Tivolí Francés”, ubicado en la novísima avenida La Colmena. En 1901, se coloca la primera piedra del nuevo local y, al año siguiente, comienza la mudanza; asimismo, junto al nuevo colegio, se inicia la construcción de un templo dedicado a Santo Toribio de Mogrovejo. En 1913, concluye la construcción del templo y en, 1920, se culmina la fachada principal.

Con el terremoto de 1940, el Colegio no sufrió mayor daño, pero la Escuela de Agricultura (hoy Universidad Nacional Agraria La Molina), funcionó por un tiempo en el local del colegio de La Colmena. Sin embargo, los jesuitas ya estaban buscando un terreno más grande para el colegio y los encuentran uno de 32 hectáreas a principios de la década de 1950 en Monterrico. En 1953, ponen la primera piedra de un nuevo y más amplio local. Fue así que, en 1956, se inaugura la sección Infantil en Monterrico, que había sido creada en 1950 con las Siervas de San José, quienes habían recibido el encargo de organizarla. Recién en 1967 se muda a surco la Sección Secundaria. Fueron 65 años en que funcionó el colegio en el local de La Colmena.

Fe y Alegría.- Según su portal en Internet, este proyecto educativo inició sus actividades en 1966 “con la creación de cinco colegios en las zonas pobres que circundaban el perímetro de Lima, aunque su fundación se registra el 31 de julio de 1965. El P. José María Vélaz vino de Venezuela en compañía de Ignacio Marquínez y José Luis Alcalde para trabajar en la obra. Luego de conversaciones con las principales autoridades políticas del país y con el valioso apoyo de la madre María Miranda de las Madres del Sagrado Corazón, quien motivó a las maestras de la Escuela Normal de Monterrico para colaborar en los primeros colegios, Fe y Alegría obtuvo sus primeros cimientos para caminar hacia su principal objetivo: educación integral de calidad para los sectores marginales. En setiembre del mismo año, el P. José Antonio Durana se incorpora a la institución como Director Nacional, posteriormente lo hacen el Arzobispo Augusto Vargas Alzamora y el P. Manolo García Solaz. Desde entonces, cada año Fe y Alegría ha ido creciendo gracias al cariño y apoyo de miles de peruanos, quienes a través de diferentes medios, han hecho posible la educación de miles de niños y adolescentes de escasos recursos. Los años 1967 a 1974 fueron tiempos de organización, constitución de equipos de trabajo para la dirección del Movimiento, el acompañamiento pedagógico de los centros, el cultivo de relaciones con el Estado y la búsqueda de las bases de financiamiento. En esta etapa se fortalecen las líneas de capacitación docente, reflexión sobre la educación popular y la educación técnica, construcción de colegios y la expansión a provincias. Entre 1975 y 1979 se enfatiza el trabajo de fortalecimiento del equipo y el accionar pedagógico, se potencia la educación técnica a través de talleres y una formación más integral, y se sientan pautas de una política de construcciones. La década de los 80 se caracteriza por una mayor preocupación por la calidad educativa, con soporte en una profundización del sentido de Misión e Ideario pedagógico de Fe y Alegría y en pautas de organización escolar. Desde la década de los 90, ya con una madurez adquirida a lo largo de los años, se emprende una política de diversificación de los proyectos educativos. Así, surgen los “Programas de Autoempleo”, la fundación de colegios en la selva, la expansión de la educación rural a través de redes escolares, la “Defensoría del Niño”, la Escuela de Padres y la Educación Radiofónica. Todo este esfuerzo responde al compromiso de ayudar a superar las necesidades concretas de los sectores populares menos favorecidos, para que ellos mismos sean protagonistas en la mejora de su calidad de vida”.

La iglesia y la parroquia de Fátima (Miraflores).- En la década de 1930, los jesuitas adquirieron un extenso terreno casi llegando a la Bajada de Armendariz donde instalaron una residencia y una casa de ejercicios. El 5 de Setiembre de 1955, inauguraron la Iglesia de Fátima, con toques de estilo neocolonial. Su diseño correspondió al ingeniero Guillermo Payet. Su planta es de tipo basilical, la nave central es más elevada que las laterales y, en el coro, destacan las esculturas en relieve de la Asunción de la Virgen realizada por Julian Alangua. Tiene 7 pinturas murales, concebidas por el pintor español Eusebio Roa. La imagen de la Virgen fue traída de Portugal y fue realizada por el escultor Jose Ferreira Thedin, quien trabajó, hasta 1952, todas las imágenes de la Virgen Fátima de Portugal. Recién el 7 de mayo de 1965, el cardenal Juan Landázuri Ricketts autorizó la creación de la Parroquia Nuestra Señora de Fátima. Su primer párroco fue el padre José María Izuzquiza Herranz, y tenía como vicarios a los padres Martín Urrutia, Felipe de Benito y José Luis Maldonado. Este último fue nombrado párroco el 7 de mayo de 1966, y tuvo como vicarios a los padres Martín Urrutia y Felipe de Benito. El 7 de julio de 1965, el padre inició la escuela parroquial, cuya primera directora fue Carmen Aza. Correspondió al padre José Antonio Eguilior construir el atrio y el primer salón parroquial en 1967.

La Universidad Antonio Ruiz de Montoya.- Es la primera universidad jesuita del Perú. Inició sus actividades el año 2003, aunque con el respaldo de la larga tradición educativa jesuita en el país que se remonta, como sabemos, al Virreinato. En la segunda mitad del siglo XX, los jesuitas fundaron el “Instituto de Humanidades Clásicas”, que sería refundado bajo el nombre de “Escuela de Pedagogía, Filosofía y Letras Antonio Ruiz de Montoya”, en 1991. Ruiz de Montoya (Lima, 1585-1652), estudió en el Colegio de San Martín y entró de jesuita a los 24 años habiendo vivido, según se cuenta, los agitados años juveniles “peor que un gentil”. Ordenado sacerdote en 1612, fue destinado a la región del Guayrá, antiguo territorio del Paraguay. Por 25 años estuvo inmerso en el mundo de las reducciones de Río de la Plata, aquel utópico intento de crear una república de indígenas. Las expediciones armadas (bandeiras) que partían de Sao Paulo (paulistas) buscaban tierras para Brasil; mejor dicho, iban en busca de minas, a la caza de indígenas, y de paso, a quitar del medio a los jesuitas, organizadores de aquella república ideal. Él fue quien inspiró la famosa película La Misión (1986), dirigida por Roland Joffé, y protagonizada por Robert De Niro, Jeremy Irons, Ray McAnally y Aidan Quinn en los papeles protagónicos, y ganadora de varios premios internacionales.

Sobre las bases de esta Escuela, que empezó a funcionar en el Juniorado de Breña (calle Fulgencio Valdéz, detrás de la Iglesia y parroquia de los Desamparados) se fundaría la actual Universidad. Su creador fue el padre Vicente Santuc, de origen francés, quien canalizó su anterior experiencia institucional en el Centro de Investigación y Capacitación para el Campesinado de Piura (CIPCA) para cimentar con la Universidad Ruiz de Montoya una institución que intenta ser fiel al legado educativo misionero del pasado, gracias al vínculo que establece entre el conocimiento y la praxis. La UARM se presenta así como una institución de educación superior comprometida con la Fe y la Justicia, en búsqueda de una sociedad libre, inclusiva y sostenible, con un especial énfasis a la educación personalizada, tal y como se estila en las más de 200 instituciones de educación superior jesuita existentes en el mundo de hoy (Avenida Paso de los andes 970, Pueblo libre).

Puntuación: 4.83 / Votos: 6

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *