Los jesuitas en Lima (2)

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Actual Salón de Grados de la Casona de San Marcos, donde antes estuvo la capilla Nuestra Señora de Lorento del Noviciado jesuita

Los jesuitas y la educación en la Lima virreinal.- La llegada de los padres de la Compañía fue un importante paso en la promoción de la educación juvenil. Establecieron el Lima varios colegios, de los cuales destacaron el Colegio Máximo de San Pablo, fundado en 1568; el Real Colegio de San Martín, creado en 1582, durante el gobierno del virrey Martín Enríquez de Almansa; y el Colegio Mayor de San Felipe, inaugurado en 1592.

Respecto al Colegio de San Pablo, sus profesores, todos jesuitas, gozaron de gran prestigio académico; algunos de ellos, autores de diversas obras como José de Acosta (De Natura Novi Orbis), Diego de Avendaño (Thesaurus indicus) y Pedro de Oñate (De Contractibus); aquí también enseñó el santo varón Francisco del Castillo. Su Biblioteca fue la más importante del Nuevo Mundo; en 1750 tenía 43 mil volúmenes, cuando la biblioteca de la Universidad de Harvard sólo contaba con 4 mil ejemplares. Cabe anotar que al menos 9 mil de estos libros formaron parte de la primera colección de la Biblioteca Nacional del Perú, fundada en 1821 por el libertador San Martín. Asimismo, su farmacia fue la mejor del Perú. Al principio, solo servía a toda la red de colegios y haciendas que tenía la Compañía en el Perú, pero luego se convirtió en la principal farmacia del Virreinato; de ella salió, por ejemplo, el primer cargamento de quinina a Roma, en 1631, por la habilidad del jesuita italiano Agustino Salumbrino, primer farmacéutico de esta farmacia, quien tras verla aplicada en los indios comenzó a suministrarla en Lima para la curación de fiebres y resfríos. La iglesia del Colegio es hoy en día la Basílica y Convento de San Pedro. El Colegio de San Martín, por su lado, recibía jóvenes entre 12 y 24 años y los adiestraba en Letras. Los alumnos procedían de todas las regiones del Virreinato y permanecían en el plantel hasta 4 años o más. Se calcula que desde la fundación del colegio hasta la expulsión de la Orden, pasaron por sus aulas unos 5 mil alumnos. De allí salieron futuros nobles, militares de alta graduación,. Obispos, arzobispos, oidores, asesores de virreyes, académicos, rectores de San marcos, escritores, alcaldes y varones eminentes de santidad. El virrey Teodoro de Croix dijo en su Memoria que la fama del colegio no desapareció tras la expulsión de la Orden y que su falta se dejó sentir en toda la extensión del Virreinato. Finalmente, el Colegio de San Felipe, para “hijos y nietos y conquistadores y personas beneméritas”, tuvo más categoría que el de San Martín y su Rector tenía que ser el mismo que el de la Universidad de San Marcos. A sus estudiantes se les exigía ciertas condiciones intelectuales, morales y físicas, además de acreditar distinción familiar y pobreza. Permanecían 8 años en el Colegio, donde estudiaban Artes, Cánones y Teología. No eran admitidos hijos de familias social y económicamente disminuidas, los castigados por la Inquisición, los mulatos, los zambos y los enfermos de males contagiosos. El plantel dejó de funcionar en 1771.

De otro lado, los jesuitas también se hicieron cargo de la educación de los hijos de los curacas (caciques) en dos famosos colegios: El Príncipe (Lima) y San Francisco de Borja (Cuzco). El de Lima se llamó así no tanto por el Príncipe de Esquilache, Francisco de Borja y Aragón, virrey del Perú entre 1616 y 1621 e iniciador de la obra, sino por el príncipe Felipe, el futuro rey Felipe IV. Estuvo ubicado en el Cercado de Indios de Lima y comenzó a funcionar albergando a unos 30 hijos. Una “Relación” de la época nos dice: Viven en comunidad; llevan un traje especial; un hermano jesuita les enseña lectura, escritura y cálculo; un maestro de capilla les enseña música y canto. Parte principal del día se dedica a la instrucción religiosa y a las prácticas de piedad.

El Noviciado Jesuita de San Antonio Abad (hoy Casona de San Marcos).- Según el libro de Reinhard Augustin Burneo (Orígenes y evolución del conjunto arquitectónico de la Casona de San Marcos. Lima, 2005), el primer Noviciado jesuita funcionó de 1592 hasta 1593 en el Colegio Máximo de San Pablo, actual conjunto de San Pedro. Luego se trasladó a la Casa de Santiago del Cercado, dentro de la reducción cercado de indios. Pero, debido a las dimensiones reducidas del local, se trasladó, en 1599, a la huerta de San José, junto al río Rímac. La insalubridad y la humedad de la zona afectaron la salud de los internos, por lo que la Compañía decidió construir la sede definitiva del Noviciado en la chacra o huerta de los jesuitas, conocida popularmente como la Chacarilla de San Bernardo. El 5 de noviembre de 1605, el receptor general del Santo Oficio, don Antonio Correa Ureña, mediante escritura pública, se comprometió ante el provincial de los jesuitas, el padre Esteban Páez, a donar un total de 42 mil ducados de Castilla para la construcción y fundación de la Casa de Probación y Noviciado de San Antonio Abad.

En 1608 quedaron concluidos los primeros trabajos del nuevo Noviciado, que se convirtió, por su organización, en uno de los exponentes de la vanguardia intelectual y poder económico que alcanzó la Compañía durante el Virreinato. Estaba compuesto por la Capilla de San Antonio Abad y dos patios: uno, junto a la iglesia, donde se encuentra hoy el Patio Principal o de Maestros; el otro, ya desaparecido, ubicado en un sector del actual Parque Universitario. Tenía, además, siete pequeñas capillas o ermitas distribuidas dentro de la amplia huerta o chacarilla. En 1613, el Noviciado amplió considerablemente el área de su propiedad con la compra de la casa y huerta de Alonso ramos de Cervantes, colindantes con el cementerio de la Iglesia de Guadalupe y con la Chacarilla de la Compañía, en los alrededores del actual Palacio de Justicia. Ese mismo año, los jesuitas, mediante un juicio de propiedad, se adjudicaron una casa inmediata a la inconclusa Capilla de San Antonio de Abad, propiedad hasta entonces de Diego Castrillejo. Sobre este sector se construyó la antigua portería del Noviciado, dentro del área que ocupa hoy el Patio de Letras. La primitiva capilla del Noviciado, construida a semejanza de la iglesia que hizo levantar el mismo Antonio Correa en su ciudad natal (Valdemoro, España) quedó concluida en 1614. Fue modificada como consecuencia del terremoto de 1687 y tenía, según testimonios del siglo XVII, una singular volumetría, una bella portada-retablo y una bóveda muy elevada sobre el crucero. Era una de las más bellas de Lima, hasta su destrucción por el terremoto de 1746.

El atroz terremoto de 1746 cambió para siempre la fisonomía del Noviciado, pues la Capilla de San Antonio Abad y la mayoría de los claustros, salones, bibliotecas, capillas y aulas se vinieron abajo. La tarea de reconstrucción duró varios años. Según Augustin Burneo, “La planta del nuevo edificio siguió, en líneas generales, el mismo trazado del anterior conjunto, tanto en la ubicación de los patios como en la disposición de los ambientes. Como resultado de este proceso se incorporaron nuevos patios y salones, como el Patio de Júniores o de Chicos, el Patio de Machos y el salón General. En 1766 fue inaugurada la nueva Iglesia del Noviciado, que reemplazó a la Iglesia de San Antonio Abad, destruida por un sismo dos décadas antes”. Finalmente, el 9 de julio de 1769, luego de la expulsión de los jesuitas, una Real Cédula determinó el nuevo uso del antiguo Noviciado como sede del real Convictorio de San Carlos, donde quedaron unificados los Colegio Reales de San Martín, perteneciente también a la Orden jesuita, y el de San Felipe y San Carlos.

¿Qué queda hoy del viejo Noviciado de los jesuitas?

a. El Salón General.- Su fecha de construcción data de la segunda mitad del XVIII y reemplazó a un salón general de la Orden jesuita destruido por el terremoto de 1746. En los últimos años del Noviciado y durante la etapa del Convictorio de San Carlos, fue el principal foro de discusión y el escenario de los más importantes debates académicos; a esto contribuyó su concepción arquitectónica, que dispone a sus ocupantes frente a frente, propiciando así el debate entre posiciones antagónicas. Su restauración concluyó en 1994.
b. Patio de los Jazmines.- Se ubica dentro de un sector que en una primera etapa del Virreinato estuvo ocupado por chacras y huertos, como lo confirman los restos de una acequia de regadío que los atravesaba, encontrada durante los trabajos de exploración arqueológica. Su planta y construcción corresponden a los años posteriores del sismo de 1746. Su restauración se inició en 1992.
c. Patio de Chicos.- También conocido como e “La Mula” o de los “Júniores Seminaristas” formó parte de las ampliaciones tras el terremoto de 1746. Los trabajos arqueológicos revelaron evidencias de antiguos cimientos que pudieron pertenecer a una de las siete capillas de los jesuitas que se encontraban repartidas en la Huerta del Noviciado y la Chacarilla de San Bernardo. El nombre de “Chicos” se dio durante los años del Convictorio, pues estaba destinado a la instrucción de los recién iniciados en los estudios. Su restauración concluyó en 1999.
d. Salón de Grados.- Situado entre los Patios de los Jazmines y de Letras, tiene sus orígenes en la capilla de Nuestra Señora de Loreto, levantada en la segunda mitad del siglo XVII como capilla interior del Noviciado, pero destruida en 1746 por el terremoto. Según las excavaciones arqueológicas, la primitiva capilla estaba ubicada en la parte posterior del actual Salón de Grados, y su plante era más reducida. La actual capilla corresponde a la reconstrucción del Noviciado; es de planta rectangular y está cubierta por una bóveda mixtilínea en madera, decorada con pinturas que representan a santos y doctores de la Iglesia. La bóveda solo conserva seis de sus nueve tramos originales. Tras la expulsión de los jesuitas, la antigua capilla fue transformada, recortándose el tramo de la bóveda donde estaban representados San Ignacio de Loyola y San Antonio Abad, en el extremo sur; también se retiraron dos tramos de la bóveda en el lado Norte de la capilla, que fueron reemplazados por una bóveda vaída que configuró el nuevo espacio del presbítero. La restauración se concluyó en 1998.
e. Antigua huerta.- Donde hoy se levanta la nueva cafetería es una mínima parte de lo que fue la gran huerta del Noviciado jesuita. A lo largo del Virreinato y de la primera República fue reduciendo su tamaño. El 6 de abril de 1770, tras la expulsión de los jesuitas, la huerta se subastó; la adquirió el doctor Miguel de Valdivieso, quien la volvió a vender al Convictorio parte de ella que regresó a formar parte del conjunto. Las obras de restauración concluyeron en 1999.
f. Patio de Letras.- También llamado de los Naranjos. Sus orígenes se remontan a 1613, cuando le fue adjudicada a don Andrés Hernández, Rector del Noviciado, una vivienda y solar ubicados en la parte posterior de la Iglesia de san Antonio abad. Aquí estuvo ubicada la antigua portería de la Iglesia y del Noviciado, que contaba con talleres, depósitos y establos. Las excavaciones arqueológicas en el sur del patio, bajo el nivel del piso actual, los cimientos de estas construcciones anteriores al Noviciado y evidencias de otra ocupación más antigua: un empedrado de cantos rodados y el arranque de un muro de piedra y barro. Su restauración concluyó en 2003.
g. Patio Principal.- También llamado de Maestros, es el más antiguo de la Casona. Su planta se ha mantenido inalterada desde la fundación del Noviciado. Colindante con la Iglesia, este patio albergó a lo largo de toda su historia las dependencias y dormitorios de las máximas autoridades de las instituciones que ocuparon la Casona. Su restauración concluyó en 2006.

El Cercado de Indios de Lima.- Una de las tareas más delicadas que debieron asumir los jesuitas fue la administración de la única doctrina de indios dentro de la ciudad de Lima: el Cercado. Sus orígenes se remontan a la segunda mitad del siglo XVI durante el gobierno del virrey de Toledo. Con el propósito de proteger y evangelizar a los indios dispersos de Lima, se fundó este pueblo autónomo y cercado con muros altos de adobe con tres puertas, las que se cerraban de noche para impedir que los indios salieran de noche para emborracharse o para evitar que sean molestados por los demás vecinos de la ciudad. De todo esto derivó el nombre de “cercado”. De acuerdo a los documentos, la fundación de este pueblo de indios y de su iglesia fue el 25 de julio de 1571, se allí su nombre Doctrina de Santiago del Cercado. De otro lado, antes de la construcción de la vieja muralla de Lima, ordenada por el virrey Palata, ya existía en la ciudad un barrio amurallado. En efecto, el pueblo de Santiago tenía un muro de 3 metros de alto, que rodeaba la reducción. Tenía 3 puertas de acceso y se construyó para vigilar y controlar mejor a los indios. En su interior, había una plaza en forma de rombo, donde estaba la iglesia, y calles rectas y alineadas a esta plaza. Las casas tenían una sola planta con una pequeña huerta.

¿Qué hicieron los jesuitas? Construyeron una iglesia (que luego el arzobispo Mogrovejo consagraría a la Virgen de Nuestra Señora de Copacabana) y una casona con cuatro cuartos y una huerta; asimismo, establecieron que las limosnas del Colegio de San Pablo sirvieran para la manutención del lugar; hubo también limeños que realizaron donaciones para cumplir con este esfuerzo “civilizador”. Otro tema que debieron enfrentar los jesuitas fue el de la evangelización de los indios. Comenzaron con un catecismo, muy didáctico, que luego fue mejorado y adaptado para otras reducciones. Era en castellano pero luego sería traducido al quechua por el padre Alonso de Barzana, doctrinero del Cercado, quien, además, llevaba los registros de todos los indios, por edades, condición civil y grado de evangelización. Lo cierto es que la reducción del Cercado se convirtió, por la eficiencia de los jesuitas, en modelo de evangelización y futuros doctrineros venían a ella por ser una buena “casa de lengua”, es decir, escuela donde se aprendía el quechua. En la iglesia de Santiago del Cercado se formaron cuatro cofradías que, en épocas de fiesta, especialmente en la del Corpus Christi, salían en procesión con muchos cirios y adornaban los altares con velas y flores; los padres controlaban en estas festividades a los indios para que no se embriaguen. Otra labor que cumplieron los padres de la Compañía fue la construcción de un hospital para indios. Se inició como una enfermería, fue creciendo hasta atender no solo a los indios del Cercado sino a de otros lugares, debido al esmero en la atención médica. También crearon una casa de reclusión para hechiceros o “dogmatizadores”, supuestos responsables de daños espirituales hacia la población indígena. La fundación de este recinto se hizo bajo el gobierno del virrey Francisco de Borja y Aragón, el Príncipe de Esquilache. Finalmente, en la escuela de la reducción, llamada Santa Cruz, los jesuitas enseñaban a los indios a leer y escribir, así como el adoctrinamiento de la moral y la doctrina cristiana para alejarlos de sus cultos idolátricos. La escuela de Santa Cruz, en síntesis, buscó concientizar y propagar una educación católica y humanística, ya que también recibían instrucción en música y canto.

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