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Terremotos en Lima: introducción


Plano de la ciudad de Lima en el siglo XVI con los solares que repartió Pizarro

A la par de sus bondades y conveniencias de su emplazamiento en el valle del Rímac, de su clima y otras ventajas, desde sus inicios, Lima estuvo expuesta a uno de los peores flagelos de la naturaleza: los movimientos sísmicos. Dejando de lado la larga lista de los temblores de escasa magnitud (dicen que el primer temblor que sintieron los españoles fue en 1533, cuando Hernando Pizarro estuvo en Pachacamac y aún no se había fundado Lima), el primer terremoto de verdad que azotó nuestra ciudad fue el del 9 de julio de 1586 (calculado en 8,1 en la escala de Ritcher), a las 7 de la noche. Pero como en esa época Lima no había alcanzado su esplendor arquitectónico (barroco) y su población era todavía escasa, los daños no fueron tan significativos; murieron poco menos de 20 personas. Es cierto que quedaron seriamente dañados la casa de gobierno y los principales edificios públicos; el virrey de entonces, el Conde de Villar, tuvo que alojarse temporalmente en una garita de madera que se le improvisó dentro del convento de San Francisco. Cabe destacar que el sismo se sintió desde Trujillo a Caravelí, y que el Callao quedó también muy maltrecho.

En cambio, los movimientos telúricos de 1687 y 1746, ambos por coincidencia en el mes de octubre (desde ese entonces, “mes de los terremotos”) y los dos de 8,2 grados en la escala de Ritcher, fueron verdaderos cataclismos, que dejaron desolada a la antigua capital de los virreyes. En aquellas tristes coyunturas, la recuperación de la ciudad fue lenta, difícil y costosa. Por último, en cuanto a la pérdida del patrimonio artístico, sus consecuencias fueron irreparables.

Hasta mediados del siglo XVII, solamente en Lima hubo catorce sismos y terremotos: en 1582, 1586, 1609, 1630, 1655, 1678, 1687, 1690, 1699, 1716, 1725, 1732, 1734 y 1743. De extraño gusto es un informe de alrededor de 16 hojas sobre el terremoto de Lima de 1609 que Pedro de Oña escribió en verso para el Virrey del Perú, Don Juan de Mendoza y Lima, Marqués de Montesclaros:

Zimbra toda pared, cruxen los techos
agudo pulsa, y late el suelo aprieta,
faltan los hombres, en pavor deshechos,
y el alarido mugeril no cessa,
dan vozes, tuercen manos, hieren pechos,
y aun la curada crin alguna messa,
rezclando quiza sus cabellos,
que es el presente mal y castigo dellos […]
Creciendo va el terrible terremoto
açorasse el cavallo, el perro aulla,
y sin saver a donde, el vulgo ignoto
corre mezclado en confussion y trulla
la turbación, espanto, y alboroto
no dexan sangre, que en las venas bulla,
miedo la cuaxa, y el cabello eriza,
y embuelve los semblantes en ceniza. […]

Pedro de Oña refería más adelante en su verso que las causas del terremoto debían buscarse en el “fuego en las cavernas encendido” y en “el viento como algunos han sentido”; ambas explicaciones todavía circulaban en el siglo XIX.

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Bicentenario de Argentina: la construcción del estado nacional


Plaza de Mayo (Buenos Aires, 1867)

La elite de Buenos Aires, al adoptar el federalismo, logró su hegemonía al mantener el dominio exclusivo del puerto y sus rentas; las provincias, por su lado, fundaban sus expectativas de cambio en la sanción de una Constitución que nacionalizara a ambos. Si bien, como vimos, el periodo “rosista” no resolvió el conflicto, fue sentando las bases empíricas de una convivencia política de carácter nacional y, a partir de 1837, un grupo de intelectuales, entre los que destacan Alberdi y Sarmiento, madura el diseño de un proyecto nacional que se expresó en la Constitución de 1853 . Pero el documento no bastaba. Hubo que esperar diez años más para que surja la clase política capaz de centralizar el poder en el Estado y mediante la estabilidad política y seguridad jurídica atraer los capitales extranjeros que fundaran las bases del desarrollo económico.

La constitución de 1853, entonces, diseña un proyecto nacional. Se redacta en un contexto en el que los legisladores tenían ante sí un enorme territorio poblado por apenas un millón y medio de habitantes , en su gran mayoría analfabetos , sin medios de comunicación, sin ferrocarriles y con un enorme desequilibrio entre Buenos Aires y el resto del país. La otra cara del problema seguía siendo cómo transferir el poder de los estados provinciales a una unidad política más amplia, que tuviera en sus manos los recursos públicos derivados del comercio y del crédito así como la fuerza de las armas.

El mérito de estos constituyentes es que fueron capaces de concebir para el futuro otra realidad. En este sentido, Tulio Halperin (1995) subraya la superior clarividencia de estos pensadores. No hay paralelo fuera de Argentina al debate entre Sarmiento y Alberdi. Lo cierto es que ya en el Preámbulo de la Constitución se establecían claramente los objetivos: “constituir la unión nacional, afianzar la justicia, consolidar la paz interior, proveer a la defensa común, promover el bienestar general y asegurar los beneficios de la libertad para nosotros, nuestra posteridad y para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino” (citado por Fernández y otros 2002: 170).

Desde la promulgación de la Constitución de 1853 transcurrió un período turbulento y agitado de progreso vertiginoso. Aprobada en Santa Fe, no tendrá el reconocimiento de Buenos Aires. Estableció un régimen republicano federal, con división de poderes, un Congreso con dos cámaras y aseguró el autogobierno provincial. Estableció las garantías individuales y protegió la propiedad. Buenos Aires, aislada de la confederación, pero con el monopolio del puerto de mayor importancia del país, exhibía su prosperidad. Fue una época de expansión por la llegada de los primeros emigrantes europeos, de desarrollo de la agricultura y de la industria -pues se construían los ferrocarriles y se colonizaba la tierra- y de reformas en la educación y en las leyes sociales. Ese fue el contexto de las tres presidencias que se sucedieron entre 1862 y 1880, las llamadas “históricas” por la trascendencia de su obra: Bartolomé Mitre, Domingo Faustino Sarmiento y Nicolás Avellaneda. En las tres hay una continuidad tanto en el proyecto como en los frentes de lucha, pues a ellos les corresponde la afirmación de un nuevo orden que requiere la formación de un Estado centralizado y seguridad jurídica para las inversiones extranjeras.

El primer frente a resolver será el federalismo del interior que reacciona por la forma en que Buenos Aires lleva a cabo su misión “libertadora y civilizadora”, que las provincias del interior la asumen como prepotente e impositiva. El resurgimiento de la montonera, severamente atacada por el ejército nacional, desata una guerra civil que pronto se convertiría en internacional cuando estalla la Guerra del Paraguay, muy impopular al principio por responder más a los intereses británicos y brasileños que argentinos . El segundo tema de conflicto eran las frontera interiores con el indio. Se trataba del imperio de las tribus que dominaban las pampas, territorios conocidos como “el desierto”. La estrategia a emplear contra aquellas poblaciones de frontera era motivo de serias discusiones. El tema no era estrictamente militar sino un proyecto integral a futuro. El desenlace fue el siguiente: el indio que podía adaptarse se incorporaba como mano de obra, el que no, se internaba más en el territorio. La alternativa frente al segundo caso fue el exterminio. De esta forma se ganaban territorios hasta entonces desconocidos pero de enorme potencial económico. Finalmente, el tercer tema de conflicto era la condición legal de Buenos Aires como capital de la nación . En los años siguientes, las autoridades nacionales se instalaron en condición de huéspedes ocupando la ciudad porteña producto de una Ley de Compromiso, promulgada por Mitre y que se fue prorrogando. Finalmente, durante la presidencia de Avellaneda, se dictó una ley que consagraba a Buenos Aires capital de la República Argentina (Fernández y otros 2002) .

Al mismo tiempo, los presidentes debían resolver la disputa entre intereses comerciales y terratenientes; los ganaderos, que representaban el sector productivo, exigieron obras de infraestructura que tan sólo podían ser construidas por el Estado: puertos, ferrocarriles, servicios públicos esenciales; reclamaban capital y este debía conseguirse del extranjero por medio de empréstitos. En este sentido, entre 1862 y 1880, el Estado debe difundir las relaciones de producción propias del liberalismo capitalista y adaptarlas a la producción agropecuaria en pos del mercado mundial.

Estas relaciones giraron en torno a tres temas: la tierra, la mano de obra y el capital. Respecto a las tierras, estas fueron liberadas por el Estado en tales condiciones que sólo pudo acceder a ellas el sector ganadero tradicional. Esto favoreció el latifundio pero no la formación de la pequeña o mediana propiedad . En cuanto a la mano de obra, se inculcaron los patrones del mundo capitalista: disciplina laboral como medio para incrementar la productividad. El gaucho se rebelaría contra estos cambios. A los terratenientes les molestaba el estilo de vida del gaucho: abandonar a su antojo el lugar de trabajo, cazar libremente, ocupar tierras ajenas, perder el tiempo en pulperías o portar armas blancas. El Código Rural de 1865 puso freno a todo esto. De otro lado, el avance de la explotación agrícola emplea mano de obra europea, la cual tendría el nivel de vida más alto que el promedio del mundo rural latinoamericano. Finalmente, la llegada de capitales fue el resultado de aportes públicos, privados y foráneos. El aporte estatal se destinó a abrir oficinas públicas y dotar al país de cierta infraestructura en comunicación (ferrocarriles y telégrafos). El capital privado se destinó a todo lo que pudiera mejorar la producción: sementales extranjeros, molinos, canales de regadío. Por su lado, el capital foráneo, básicamente británico, se orientó al empréstito público, los ferrocarriles y las tierras.

De esta manera se consolidaba la economía argentina y se adaptaba al mercado mundial. En la década de 1860 empieza a funcionar el Ferrocarril Gran Sur de Buenos Aires y abre sus puertas el Banco de Londres y Río de la Plata, de capital británico. Empresarios nacionales, por su lado, construyen el Ferrocarril Central Argentino. Ahora quedaban unidas las regiones productoras con los puertos de Buenos Aires y Rosario. También se creaban sociedades inglesas para la compra de tierras y la explotación ganadera. Paralelamente, el Estado alentaba el establecimiento de colonias agrícolas en Santa Fe, que darían origen a la espectacular expansión de la producción de cereales (Martínez Días 1992). Asimismo, en 1865, Argentina era la primera nación exportadora de lana ovina en el mundo. Por último, la creciente inmigración, procedente del sur de Europa, comenzaba a cumplir los sueños de la Generación de 1837, desarrollada por Alberdi en sus Bases y resumida en la frase: “gobernar es poblar”.
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Bicentenario de Argentina: la polémica entre Sarmiento y Alberdi


Domingo Faustino Sarmiento

Luego de la derrota del dictador Rosas, Urquiza convocó a los gobernadores para organizar el país bajo la forma de un Estado federal. Ahora, en 1852, el problema seguía siendo cómo transferir el poder de los estados provinciales a una unidad política más amplia que tuviera en sus manos los recursos públicos derivados del comercio y del crédito así como la fuerza de las armas. De otro lado, para lograr un nuevo marco de organización y funcionamiento social, el orden se erigía como una cuestión dominante. Para muchos intelectuales era la cuestión de fondo que permitiría el progreso. La idea de orden excluía a todos aquellos elementos que podían obstruir el progreso (montoneros, caudillos e indios, por ejemplo). Desde esta perspectiva, el orden implicaba también definir lo que era la ciudadanía, en tanto se debía establecer quiénes serían considerados como miembros legítimos de la nueva sociedad. El proyecto tenía, además, proyecciones externas porque su instauración ayudaba a obtener la confianza en el exterior para atraer capitales e inmigrantes, sin cuyo concurso la perspectiva del progreso era irrealizable. Pero, ante este proyecto, la reacción porteña no se hizo esperar y la opinión se dividió entre una coalición separatista y otra integracionista que perduraría hasta la derrota de la provincia de Buenos Aires en 1880.

Fue en este contexto que llegaron del exilio, actuaron y debatieron los dos estadistas más importantes del país en el siglo XIX: Domingo Faustino Sarmiento (1811-1888) y Juan Bautista Alberdi (1810-1884). Su liberalismo, que devino en conservador, forjaría la nación argentina. Ellos fueron los portaestandartes del debate que se abrió sobre los caminos a seguir para encauzar el país . En este sentido, eran cuatro los problemas que preocupaban a los estadistas argentinos:

1) el fomento a la inmigración
2) el progreso económico
3) la ordenación legal del Estado
4) el desarrollo de la educación pública.

Es cierto que buena parte de estos puntos ya se habían planteado al final de la era “rosista”, sin embargo, ya llegaba la hora de materializarlos .

Alberti y Sarmiento, como vimos, eran liberales en tanto se oponían a la larga dictadura de Rosas, per su proyecto de desarrollo para la Argentina no se podría entender sin la herencia del “rosismo”. De otro lado, como muchos liberales, hacia 1850 su relación con Europa era ambivalente (Hale 1991). La mayoría de ellos compartía la opinión de Alberdi en el sentido que su civilización era la europea y que “nuestra revolución”, en cuanto a sus ideas, era simplemente una fase de la Revolución Francesa. Pero, pese a ello, esta parte del continente ofrecía esperanzas de progreso humano bajo instituciones libres, esperanzas que contradictoriamente se habían frustrado reiteradamente en Europa; la prueba es que desde los tiempos de la independencia, con excepción de Brasil, todos los países americanos habían rechazado la monarquía por el ideal republicano .

El famoso libro de Sarmiento, publicado en 1845, Facundo. Civilización y barbarie, identificaba la dictadura de Rosas con el ruralismo y la libertad con la civilización urbana, presentando la difícil situación de Argentina como un proceso dramático en el que la violenta barbarie agraria invadía una era de progreso y refinamiento urbanos (Romero 1978 y Merquior 1993). No obstante, durante su exilio en Chile, Sarmiento estuvo muy lejos de apoyar a los liberales chilenos. Cuando escribía en El Progreso, elogiaba el autoritarismo ilustrado del régimen establecido por Diego Portales, apoyó la candidatura del conservador Manuel Montt e insistía en la necesidad de un gobierno fuerte y estable. En su destierro, Sarmiento tuvo la convicción de que el único camino para Chile, como para el resto de América Latina, era el de un sistema gradual de liberalización en un contexto de orden social. Mientras el pueblo no estuviera lo suficientemente educado para entender el funcionamiento de las instituciones políticas republicanas, el orden público debía estar asegurado, aunque esto pudiera significar la restricción de las libertades individuales. Al igual que Montt, Sarmiento provenía de orígenes sociales modestos y había surgido gracias a la disciplina y a la ambición. Además, ambos habían prestado largos servicios en la educación pública (Jaksic 1991). Sarmiento era un educador y, en un viaje a Europa, enviado por el gobierno chileno para observar el sistema educativo en el Viejo Mundo, se convenció de que la democracia no era viable en países con mayoría de analfabetos (Merquior 1993).

Pero su desilusión europea fue más allá. Después del fracaso de las revoluciones de 1848, Sarmiento, al igual que el ruso Alejandro Herzen, cambió su modelo político. Habiendo descubierto miseria urbana y riqueza rural en la Europa en pleno proceso industrial, moderó su dicotomía ciudad-campo y emprendió un descubrimiento hacia Norteamérica. Encontró que en Estados Unidos funcionaba una democracia en sentido social: una vigorosa civilización basada en el mercado y la escuela. Allí Sarmiento se hizo muy amigo de un educador de Nueva Inglaterra, Horace Mann (1796-1859). Para Mann, el modo de superar la barbarie era construir la igualdad porque ella no era el fruto sino la condición del progreso (Merquior 1993). En Norteamérica, Sarmiento vio como ejemplo a imitar la sociedad de la colonización de la frontera, antes que la red de poblaciones históricamente asentadas. En aquella sociedad la propiedad de la tierra estaba ampliamente distribuida y había escuelas por todas partes; esas comunidades urbano-rurales eran la base de la libertad y la civilización. Esta fórmula podría aplicarse a la Argentina de entonces, un país con un gran territorio y con una enorme oferta agrícola-ganadera.

De otro lado, Sarmiento quería inyectar virtud cívica a la república moderna. Por ello, contemplaba la posibilidad de conceder ciudadanía a los inmigrantes europeos quienes, a sus ojos, eran los agentes naturales del progreso y la civilización en las pampas argentinas. Pero con los años, sobre todo luego de su difícil experiencia en la presidencia de la nación (1868-1874), entendió que las elites criollas habían conservado una hegemonía oligárquica y que los trabajadores extranjeros no habían adquirido ninguna ciudadanía. Ante la situación, aceptó el principio de un sistema patricio encabezado por criollos prominentes e inmigrantes propietarios, hasta que la educación central, su instrumento civilizador favorito, ampliara la base social de la república. Nunca previó que cuando la prosperidad y la alfabetización llegaran a los hijos de los inmigrantes, como en gran medida ocurrió en el siglo XX, éstos ingresarían a la política en un escenario social muy diferente de la democracia de pequeños propietarios rurales que tanto admiró en Norteamérica. Sin embargo, a estas alturas de su evolución política, Sarmiento estaba más cerca del mantenimiento del orden que de la virtud cívica. Él, que había sido admirador de Benjamin Franklin, se había convertido en un seguidor de Thomas Paine, el crítico de la Revolución Francesa. Él, que alguna vez soñó con la democracia, había terminado convertido en el típico “liberal conservador” que colocaba la autoridad a la misma altura que la virtud cívica, muy cerca de pensadores como Walter Bagehot y Alexis de Tocqueville.

El autor del Facundo, en suma, terminaría elaborando una imagen que rivalizaría, como veremos, con la “alberdiana”. Se alejó del modelo autoritario y estaba preocupado en cómo crear una nueva sociedad. En este sentido resaltó la importancia de la lecto-escritura organizada alrededor de un mercado nacional. Para Sarmiento, la sociedad necesitaba de una masa letrada y una mucho más amplia de consumidores y, para forjarla, no bastaba el alfabeto, era necesario, además, expandir el bienestar y las aspiraciones de lograr el crecimiento económico . Por último, para distribuir el bienestar a sectores más amplios debía ofrecerse la propiedad de la tierra.

Juan Bautista Alberdi, por su lado, nunca padeció de ilusiones democráticas. Consideraba fundamental el establecimiento de un gobierno fuerte para evitar los conflictos al interior de la elite. Alberdi creía en un férreo poder ejecutivo que no sólo aseguraría la hegemonía a quienes ya participaban del poder sino que ello respetaría su creciente prosperidad. El régimen autoritario que defendía, la república posible, se materializó en la Constitución de 1853. En ella el poder se concentraba en el presidente.

Alberdi se nutría del ataque general que se lanzaba en Europa contra la validez de las doctrinas de los derechos naturales y su utilidad. Se pensaba que eran abstractos, legalistas y de discutible aplicación universal . En su influyente ensayo Fragmento preliminar al estudio del derecho (1837), Alberdi decía que el derecho no debía considerarse como una colección de leyes escritas sino como un elemento vivo y continuamente progresivo de la vida social. Por otro lado, en sus Bases y puntos de partida para la organización política de la república argentina (1852), escritas desde su exilio en Chile, el estadista argentino, como Vitorino Lastarria, pedía originalidad en la Constitución. Esta debía reflejar las condiciones reales del pueblo y no ser una copia sin sentido de alguna constitución europea. Para Alberdi, la Constitución argentina de 1826 no armonizaba con las necesidades del pueblo. Ese fue el espíritu de reforma que hubo en Buenos Aires que inspiró a los redactores de la nueva Constitución de 1853.

En efecto, Alberdi se burlaba de las revoluciones latinoamericanas por su servil copia de ideas y principios inaplicables a la realidad de las nuevas repúblicas, es decir, una sociedad en la que la Independencia había generado una torpe unión entre el ideal del progreso decimonónico y la herencia española del atraso. Fue allí que se dio cuenta de las ventajas de la inmigración (Botana 1986). La única manera, pensó, de erradicar el gusto por la imitación teórica y erradicar la pobreza y el desorden social era transplantar a la Argentina las culturas europeas correctas. Por ello escribió “gobernar es poblar” para su proyecto de Constitución en 1853. Con la inmigración se creaba el ambiente social y moral adecuado y el país prosperaría. Su diferencia con Sarmiento es que creía más en la legitimidad del ambiente que en la legitimidad del contenido: si se transplantaba a la Argentina el contexto social adecuado el progreso llegaría.

Para Alberdi, la libertad seguía siendo el principal valor que debía resguardar la Constitución, pero debía ser completada por un espíritu más práctico y menos teórico. Influido por el positivismo, pensaba que los redactores de la Constitución debían estar versados en economía y no sólo en filosofía o metafísica. La Constitución debía garantizar la expansión del comercio, el nacimiento de un espíritu industrial, la libre búsqueda de la riqueza, la inversión extranjera, el respeto a la propiedad y, como vimos, la entrada de inmigrantes europeos. De esta forma, el culto al progreso material (que tanto anhelaban las elites latinoamericanas) armonizaba con el contenido de una constitución de espíritu pragmático.

Otro de los problemas que abordó Alberdi fue el de la organización territorial argentina. Para él, los ideales de la tradición unitaria de Buenos Aires y los intereses federalistas de las provincias debían conciliarse. Por ello, cuando finalmente se creó el distrito Federal en 1880, Alberdi vio el advenimiento de una vida civilizada en Argentina (Hale 1991).

Respecto a la educación, Alberdi criticó la postura de Sarmiento pues le pareció revivir la vieja pretensión eclesiástica de imponer al pueblo una guía moral desde arriba (Merquior 1993). Atacó duramente la teórica fe de Sarmiento en la alfabetización como solución nacional. Para Alberdi lo que rescataría a Argentina del atraso y el desorden no era la escuela sino la educación objetiva en las artes del progreso. Estaba convencido de que no era necesaria la educación formal y que la mejor instrucción la ofrecían el ejemplo de destreza y la habilidad que traerían los inmigrantes europeos. Asimismo, temía que una difusión excesiva de la instrucción pública propagara nuevas aspiraciones entre los pobres al hacerles conocer la existencia de bienes y comodidades.

El autor de las Bases admiraba el desarrollo de los Estados Unidos, pero, en lugar de seguir a Tocqueville, le prestó mayor atención al liberal santsimoniano Michel Chevalier (1806-1879) quien adivinó y calculó el futuro industrial de Norteamérica . Por ello, Alberdi estaba más cerca del modelo del Segundo Imperio Francés y su autoritarismo progresista. Aceptaba el autoritarismo siempre que produjera libertad económica sin trabas: Sólo los países ricos son libres, y sólo son ricos los países donde el trabajo es libre, escribía (citado por Grondona 1986: 102-103). Como anota Grondona (1986), obligado a escoger entre la libertad y el progreso, Alberdi optaría por el progreso, porque para el estadista argentino ambas cosas eran lo mismo. Esta era la receta clásica del “liberalismo conservador”, tratando de resistir a la ilusión democrática.

Centrándonos un poco más en la idea de progreso que tenía Alberdi, en La República argentina 37 años después de su Revolución de Mayo (1847) sostiene que la estabilidad política alcanzada gracias a la hegemonía de Juan Manuel de Rosas había hecho posible una prosperidad material -ya que Rosas había enseñado a los argentinos a obedecer- que serviría de base a cualquier institucionalización del orden político (Halperin 1995). Aquí vemos como Alberdi no es tanto un antirrocista (como sí lo fue Sarmiento). Asume el legado de Rosas, asume los logros del “rosismo”. Lo que pasa es que ahora quiere preservar ese orden social, esa prosperidad material, pero sin Rosas, es decir, sin un caudillo. Argentina ya no necesita un Rosas, está ya madura para logros más elevados.

A partir de esa constatación, Alberdi propone, inspirado en un liberalismo revisado (es decir un liberalismo más pragmático), un autoritarismo progresista. Era un convencido de que el progreso material no sólo estaba destinado a compensar las limitaciones impuestas a la libertad política, sino también a atenuar las tensiones sociales. Para Alberdi, la creación de una nueva economía debía estar dirigida por la élite económica y política que consolidó su poder bajo el régimen rosista. Esa elite había nacido, y por lo tanto se había nutrido, de los métodos de control social aplicados por Rosas. Esta elite, ahora, debía contar con el asesoramiento de los círculos ilustrados, dispuesta a aceptar su papel de definidora y formuladora de programas políticos capaces de asegurar el crecimiento económico de Argentina.

Como anota Halperin: “crecimiento económico significa para Alberdi crecimiento acelerado de la producción, sin ningún elemento redistributivo. No hay -se ha visto ya- razones político-sociales que hagan necesario este último; el autoritarismo preservado en su nueva envoltura constitucional es por hipótesis suficiente para afrontar el módico desafío de los favorecidos por el proceso. Alberdi no cree siquiera preciso examinar si habría razones económicas que hicieran necesaria alguna redistribución de ingresos, y su indiferencia por este aspecto del problema es perfectamente entendible: el mercado para la crecida producción argentina ha de encontrarse sobre todo en el extranjero” (Halperin 1995: 30).

Así de pragmático se mostraba el liberalismo de Alberdi. Había que poner los pies sobre la tierra. El crecimiento económico debía ser acelerado y unilateral. Nada de redistribución. El mercado no estaba dentro de Argentina sino en Europa y Norteamerica . Para este modelo de desarrollo se necesitaba una adecuada organización política: la república posible. Inspirado tal vez en Bolívar, Alberdi está convencido de que América Latina necesitaba por el momento monarquías disfrazadas de repúblicas: disimular la concentración de poderes en el Ejecutivo para impedir que surjan regímenes arbitrarios. Pero, al mismo tiempo, Alberdi buscaba impedir la arbitrariedad. Esto se lograría a través de un marco jurídico riguroso, imposible de modificar de forma caprichosa. Un escenario sin arbitrariedad convencería a capitalistas y trabajadores para integrarse a la nueva nación.

Se trata, a todas luces, de un sistema político provisional que daría paso a la república verdadera. Ella será “posible” cuando el país haya adquirido un perfil económico y social comparable al de las naciones más desarrolladas del planeta a nivel institucional. Por ahora había que estimular el trabajo y la inversión extranjera. El país necesita población, un contingente humano que esté dispuesto a compaginar su conducta con el modelo de desarrollo económico.


Juan Bautista Alberdi

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Bicentenario de Argentina: la dictadura de Rosas


Juan Manuel de Rosas

El conflicto entre “federalistas” y “unitarios” lo decidió uno de los más famosos caudillos latinoamericanos: Juan Manuel de Rosas (1793-1877), ganadero de la provincia de Buenos Aires. Nacido en las postrimerías del orden colonial en el Río de la Plata, la tradición familiar de Rosas, como la de tantos otros miembros de los sectores altos de la sociedad porteña en la primera mitad del siglo XIX, lo vinculaba a las tradiciones de gobierno del imperio borbónico y a la propiedad territorial criolla; su abuelo materno había sido uno de los mayores hacendados de Buenos Aires. Desde muy joven sería destinado a la administración de las propiedades rurales de su madre, hecho que, alejándolo de la vida urbana de Buenos Aires, lo pondría en contacto directo con la vida del campo. Entregado a su actividad de hacendado, sus primeros años estuvieron dominados por el afán de acrecentar su patrimonio. En asociación con otros comerciantes y hacendados, Rosas forjaría su personalidad y su fortuna en aquella sociedad dinámica, socialmente móvil y de relaciones fluidas, que era el campo bonaerense y la industria ganadera de entonces, como sostiene Jorge Myers. Con los años, Rosas se convirtió en el principal estanciero de la provincia de Buenos Aires: “en conjunto las conocidas por tierras de Rosas en la provincia de Buenos Aires, ya fueran compradas, ocupadas, obtenidas en enfiteusis o donadas, acabaron por constituir un total de 14 inmensos campos en la depresión del salado que sumadas a la estancia del Pino, en La Matanza, totalizaron unas 142 leguas 863 milésimas de tierras, esto es, un total de 362.500 hectáreas” (Mayo 1997: 57).

La primera gobernación de Rosas fue entre 1829 y 1832. Fue elegido por la Junta de Representantes que, casi por unanimidad, le otorgó facultades extraordinarias. Hubo orden administrativo, un control severo en los gastos y, prácticamente, se liquidó a la oposición. En 1835 Rosas fue nuevamente elegido gobernador de la provincia de Buenos Aires, esta vez con la suma del poder público y el manejo de las relaciones exteriores. Nuevamente la oposición fue combatida, casi mediante el terror, en una concepción política por la cual los opositores eran conjurados que debían ser eliminados (Lobato y Suriano 2000). El uso del terror era considerado necesario para asegurar el orden y la prosperidad.

Lo cierto es que el caudillo quería gobernar toda Argentina y para ello puso en práctica una política, por lo general sin escrúpulos, que favorecía a los estancieros y propiciaba la consolidación de una aristocracia latifundista. Era un ardiente “federalista” de Buenos Aires, poseía el carisma para someter a los caudillos rivales, impuso su autoridad personal, extendió el poder de la provincia de Buenos Aires sobre todo el país y edificó una nación sobre el principio del federalismo. También era un ardiente “nacionalista”, tanto que algunos extranjeros los consideraban un xenófobo.

Rosas dividía la sociedad entre los que mandaban y los que obedecían. Le obsesionaba el orden y lo que más exigía de la gente era la subordinación. Aborrecía el liberalismo, más que la democracia, y detestaba a los “unitarios” porque eran liberales que creían en los valores seculares del humanismo y el progreso. Para Rosas eran masones e intelectuales, es decir, subversivos que amenazaban el orden y la tradición, según John Lynch. No le interesaban las doctrinas constitucionales y tampoco fue un verdadero “federalista”. Pensaba y gobernaba como un centralista y siempre defendió la hegemonía de Buenos Aires. Acabó con la disputa entre “federalistas y “unitarios” y la sustituyó por el “rosismo” y el “antirosismo”. Gobernó con poder absoluto y, luego de un breve paréntesis, en el que las provincias se insubordinaron contra Buenos Aires y desataron la anarquía, Rosas volvió a ocupar el poder bajo sus propias condiciones y con su propio ejército. Como anota Jorge Myers, “demostraría ser durante todo su gobierno un político pragmático e improvisador, capaz de capear las turbulentas aguas de la revolución como una suerte de surfista (valga el anacronismo) que se colocaba sobre la marea de una sociedad extremadamente movilizada y lograba perdurar en esa posición”.

¿En qué consistió, entonces, el “rosismo”? El poder del sistema se basaba en la propiedad y el funcionamiento de la estancia que, a la vez, era el núcleo de los recursos económicos y un sistema de control social. Su dictadura consolidó el dominio de la economía a través de la estancia. Ella le dio dinero para la guerra, la alianza de sus colegas estancieros y los medios para reclutar un ejército de peones, gauchos y vagabundos. Rosas sabía cómo manipular a la gente pues la estancia fue su “escuela” política. Allí aprendió que solo la implantación de un férreo control podía lograr someter a una población móvil e indisciplinada, como la gaucha; también se dio cuenta que la única manera de obtener la lealtad y el control de aquellos gauchos, y peones itinerantes y celosos de su autonomía, era cortejarlos, “hacerse gauchos como ellos”, seducirlos mediante gestos y favores, convertirse en su apoderado, en un caudillo “protector” que pudieran también ellos considerar suyo (Mayo 1997). Era un hombre culturalmente “anfibio”, con capacidad para moverse entre mundos tan disímiles como lo eran entonces la ciudad y el campo. Ese conocimiento íntimo de la cultura rural, de sus valores, de sus creencias, de sus aspiraciones, le permitió durante varias décadas “tomarle el pulso” a la sociedad criolla que allí residía, tanto a peones como a terratenientes, y traducir ese conocimiento en acciones políticas concretas elaboradas a través del prisma cultural de la ciudad. Sin embargo, conviene no exagerar el aspecto “rural” de la personalidad de Rosas. Su educación formal había sido la acostumbrada, entonces, para personas de su condición social (Myers). Por ello, si bien Rosas se identificaba culturalmente con los gauchos, no formaba parte de ellos socialmente ni los representaba políticamente . El centro de sus fuerzas eran sus propios peones y sus subordinados, que más que apoyarle estaban a su servicio y cuya relación era más de clientelaje que de alianza.

Rosas estuvo lejos de ser un caudillo rústico, ignorante o bárbaro, como hubo muchos en América Latina por esos años. Su manera de gobernar, la “astucia” o el “cálculo” que proyectaba en sus acciones y en sus pronunciamientos contra sus más enconados enemigos, sugieren una forma de hacer política que dista mucho de los patrones de la rusticidad o del primitivismo (Myers 1999). Su dictadura no era militar: era un régimen civil que empleaba militares sumisos. Su herencia fue la hegemonía de los terratenientes (estancieros), la degradación de los gauchos y la dependencia de los peones. Fue una herencia que Argentina arrastró por muchos años. La sociedad tuvo un molde rígido al que la modernización política y económica tuvieron que adaptarse más adelante. El Estado “rosista” era como una estancia gigantesca. Todo el sistema social, en síntesis, se basaba en la relación patrón-cliente. Muchos entendían que la única alternativa no era otra cosa que la anarquía (Lynch 1993).

Asimismo, utilizó a la religión como instrumento político. Impuso la enseñanza religiosa en las escuelas y prohibió la participación de maestros que no tuvieran probadas cualidades morales y cristianas. Como anota Fernando Sabsay, el movimiento “rosista” transcurría desde la creación del mito de una realidad combinada de política, aprovechando los versículos de la religión católica y el uso del púlpito con fines propagandísticos. Habló de la “Santa Federación” mientras acusaba de “herejes”, “cismáticos”, “impíos” y “ateos” a los unitarios. Federación y religión, en síntesis, eran los dos pilares sobre los cuales había que fundar la vida en cada provincia.

Buenos Aires había sido la beneficiaria del “rosismo” pero, hacia 1850, el entusiasmo hacia su régimen había desaparecido. Sus afanes bélicos contra Paraguay y Uruguay, su excesivo autoritarismo y la despolitización que impuso a Buenos Aires, habían mermado el apoyo popular. Se esperaba que Rosas garantizara la paz y la seguridad, pero ahora su ejército era débil, desorganizado, y no se podía confiar en sus oficiales. Por ello, diferentes grupos de la oposición se unieron en torno a la figura del general Justo José de Urquiza (1801-1870) que quedó a la cabeza de los intereses regionales, de los exiliados liberales y de los patriotas uruguayos, todos aliados, que contaban con el suficiente dinero de las fuerzas brasileñas para derrocar al dictador (John Lynch). De esta manera, Rosas se vio con una oposición tanto en el interior como en el exterior (la Triple Alianza formada por Entre Ríos, Brasil y Uruguay) que lo hizo caer en 1851. Rosas tuvo que partir al exilio en Inglaterra. Pero a pesar de su dramática caída, el caudillo gaucho se convirtió en una figura legendaria. Los “nacionalistas” lo tomaron como el prototipo del patriota argentino que buscaba el desarrollo nacional frente a los apetitos extranjeros deseosos de impedir que el país se convierta e una nación plena. La figura de Rosas recuerda a la de Portales en Chile o a la de Iturbide en México, quienes también se convirtieron en políticos de mano dura tras la Independencia. La diferencia es que el paso de Rosas por el poder fue más prolongado.
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Bicentenario de Argentina: el legado de la Independencia

A diferencia del Perú o México, la antigua región del Río de la Plata, a pesar de su nombre, carecía de metales preciosos. Por ello, la actual Argentina fue un lugar desatendido dentro del Imperio español en América. Se trataba de un enorme territorio, de más de 2 millones y medio de kilómetros cuadrados, con una magra población que rondaba las 400 mil personas. Los indios eran escasos y nómadas; por ello, los criollos no dispusieron de abundante mano de obra como en los Andes centrales o en Mesoamérica. El mayor recurso era la tierra, una de las más ricas del mundo. Otra ventaja era la ubicación de Buenos Aires, frente al Atlántico, que podía convertirse en un gran puerto si se realizaba el dragado necesario. De todas maneras, hasta antes de las Reformas Borbónicas, el pequeño puerto sirvió para canalizar el rentable tráfico de contrabando al resto de Sudamérica. El centro más importante, en términos económicos, era el noroeste del territorio (Salta y Tucumán) por sus vínculos comerciales con el Alto Perú.

Cuando se creó el Virreinato, en 1776, Buenos Aires cobró importancia y el poder se trasladó desde el noroeste hacia la costa meridional. El puerto creció en términos demográficos (de los casi 14 mil habitantes que tenía en 1750 pasó a poco más de 40 mil en 1810) y se convirtió en la entrada de artículos europeos que competían directamente con la producción del noroeste. Hasta antes de 1776, la colonia estaba mal vigilada y la fidelidad a España no se apoyaba militarmente sino en los hábitos de inercia y obediencia, pero las Reformas de Carlos III “despertaron” al Río de la Plata y sus habitantes se sintieron contradictoriamente estimulados y coactados por las reformas y los controles imperiales.

Las guerras de independencia dieron un fuerte golpe a la economía del Virreinato, aunque sin los estragos que sufrieron México y Perú. Nació en la elite local un sentimiento antiespañol desde los años de la amenaza británica y produjo lo que se convertiría en una suerte de mito de valentía militar cuando San Martín derrotó a las últimas fuerzas realistas . Hacia 1820 ya se había consolidado la Independencia y los terratenientes dominaban el país.

Económicamente, la independencia supuso el enriquecimiento de Buenos Aires que se benefició del libre comercio. Se robusteció la economía porteña de intermediarios y se fue arruinando la de las provincias internas que sufriría las condiciones del descenso del precio de sus productos (textiles, azúcar y vinos), a la par de la subida de los artículos importados (manufacturas). En 1816 inició sus tareas el Congreso reunido en Tucumán. Se intentaba construir la integración nacional con una capital distinta de la porteña (donde seguía residiendo el ejecutivo), definir la constitución del nuevo estado y formalizar su independencia. En realidad todo se movía a impulsos de la política bonaerense, pues no sólo era de dicha ciudad la mayor parte de los diputados, sino que los representantes de las otras provincias eran también porteños, aunque residentes en aquéllas. La nueva nación soberana se llamaría Provincias Unidas de Sudamérica, por lo que seguía la idea de integrar los territorios independizados de América del Sur. Lo que originó problemas fue la forma de gobierno .

Los años que siguieron a la Independencia fueron testigos de una dura batalla entre los rioplatenses por el modelo económico y político del nuevo país. Allí estaban los “unitarios”, los liberales, quienes postulaban nacionalizar Buenos Aires, su ciudad, y despojarla de su autonomía y convertirla en la base desde la cual se redujeran las barreras provinciales al comercio para abrir todo el país al comercio mundial. Los “federalistas”, que eran los del interior, también querían nacionalizar el puerto de Buenos Aires para repartir su recaudación aduanera entre todas las provincias, que eran menos prósperas; por ello, batallaban para mantener la autonomía de las provincias e imponer aranceles internos a fin de proteger las industrias locales. Un tercer grupo, también “federalista”, era distinto. Sus miembros eran de la provincia de Buenos Aires y se oponían a la nacionalización de la ciudad portuaria porque significaba la pérdida del monopolio provincial sobre sus ingresos aduaneros. Eran partidarios del libre comercio pero, en realidad, deseaban que todo continuara igual .
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Conferencia sobre la Lima de entre finales del siglo XVIII e inicios del XIX

CONFERENCIA DE HISTORIA

“El Padre Jerónimo”: una calle, una época y un fraile en la Lima de fines del XVIII y comienzos del XIX

La directora del Instituto Riva-Agüero de la Pontificia Universidad Católica del Perú invita a sus miembros, historiadores y estudiantes a la conferencia que dará el historiador P. Javier Campos y Fernández de Sevilla, sobre el tema: “‘El Padre Jerónimo’: una calle, una época y un fraile en la Lima de fines del XVIII y comienzos del XIX”, el miércoles 9 de junio de 2010, a las 6 p. m., en el local del Instituto (Jirón Camaná 459, Lima 1).

El distinguido expositor es doctor en Historia y académico correspondiente de las Reales Academias de la Historia, de la de Ciencias, Nobles Artes y Bellas Letras de Córdoba, y de la de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría de Sevilla. Ha sido rector de los Estudios Superiores del Escorial (1990-1998), y fundador y director del Instituto Escurialense de Investigaciones Históricas y Artísticas, que a la fecha ha publicado 15 ediciones y una colección de actas y monografías de 35 volúmenes.

El Dr. Campos y Fernández de Sevilla ha investigado un amplio abanico de temas de la Edad Moderna: las relaciones topográficas de Felipe II, la Orden de San Agustín, El Escorial y la Orden de San Jerónimo, fiestas barrocas, religiosidad popular, temas de La Mancha y el mundo cervantista, el Virreinato del Perú, etc., además de cultivar la creación y la crítica literaria.

Margarita Guerra agradece su asistencia.

Informes en el teléfono 626-6600 (anexos 6600, 6601 y 6602).
Visite la página web del IRA: http://www.pucp.edu.pe/ira, o escríbanos al correo institucional: ira@pucp.edu.pe.

INGRESO LIBRE

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Bicentenario de Argentina: la Independencia

Ayer los argentinos celebraron el inicio de su independencia de España hace ya 200 años. Para comprender ese proceso, presentamos algunas ideas básicas. La independencia, según John Lynch, le llegó fácilmente a los rioplatenses y, si la consiguió el hombre, la preparó la naturaleza. El más reciente de los virreinatos tenía un enorme territorio de 2.6000.000 kms2. Inmensas distancias separaban a sus gentes no sólo de España sino entre sí mismas. Débilmente poblada (400 mil personas) la colonia estaba mal vigilada, y la fidelidad a la Metrópoli no se apoyaba militarmente sino en los hábitos de inercia y obediencia. Pero los hábitos eran cambiantes. Redescubierto en el XVIII, el Río de la Plata se sentía a la vez estimulado y coartado por las reformas y los controles imperiales.

Tras la victoria en Trafalgar, Inglaterra buscó puntos estratégicos para asegurar su dominio mundial. Uno de esos puntos fue Ciudad del Cabo (Sudáfrica), arrebatada a los holandeses en 1806, y ocupar el Río de la Plata, que según sus informes se hallaba indefenso. Inglaterra, que se encontraba en guerra con España, encomendó a SirHome Pophan, que estaba en El Cabo, la campaña contra el Río de la Plata. En junio de 1806 llegó la escuadra inglesa y empezó a ocupar el territorio. El 2 de julio era tomada la ciudad de Buenos Aires. El virrey Rafael de Sobremonte huyó causando el desconcierto de los habitantes quienes, no obstante, iniciaron los preparativos para expulsar a los invasores. Refuerzos enviados desde Montevideo al mando de Santiago Liniers se unieron a los bonaerenses liderados por su alcalde, el español Martín de Alzaga. Los ingleses fueron expulsados. Al año siguiente los ingleses repitieron la operación capturando Montevideo que se convirtió en base de operaciones contra Buenos Aires. Alzaga y Liniers organizaron la defensa y en una batalla, donde intervinieron hasta mujeres y niños, los ingleses fueron derrotados y se rindieron sin condiciones.

La revolución de Mayo (1810).- Un levantamiento popular, el 25 de mayo, destituyó al último virrey del Río de la Plata, Baltasar Hidalgo de Cisneros. El movimiento independentista, inspirado por el criollo Mariano Moreno, y sostenido en su primera etapa por el general Manuel Belgrano, y por uno de los organizadores de la defensa de Buenos Aires contra los ingleses, Juan Martín de Pueyrredón, inició la organización de las provincias y envió tres expediciones contra los realistas al Alto Perú, Paraguay y Montevideo. Belgrano derrotó a los realistas en Salta y Tucumán pero fue derrotado en el Alto Perú por las tropas de Abascal. Cuando las tropas volvían se hizo cargo del ejército José de San Martín, nombrado en 1814 gobernador-intendente de Cuyo. El Acta de Independencia de Argentina se firmó en Tucumán el 9 de julio de 1816. San Martín dispuso una defensa de guerrillas en las fronteras del norte y se dedicó a preparar el Ejército de los Andes.

1814-1820.- Económicamente la independencia supuso el enriquecimiento de Buenos Aires que se benefició del libre comercio. Se robusteció la economía porteña de intermediarios y se arruinó la de las provincias internas que sufriría las condiciones del descenso del precio de sus productos (textiles, azúcar y vinos), a la par de la subida de los artículos importados (manufacturas). Esta época coincide con el período político del Directorio. Se estableció la concentración del poder ejecutivo en una sola persona (se terminó con el triunvirato) denominado director supremo de las Provincias Unidas que tenía el apoyo de un Consejo de Estado. En 1816 inició sus tareas el Congreso reunido en Tucumán. Se intentaba construir una integración nacional con una capital distinta de la porteña (donde seguía residiendo el ejecutivo) y definir la constitución del nuevo estado, formalizando además su independencia. En realidad todo se movía a impulsos de la política bonaerense, pues no sólo eran de dicha ciudad la mayor parte de los diputados, sino que además los representantes de las otras provincias eran también porteños, aunque residentes en ellas. La nueva nación soberana se llamaría Provincias Unidas de Sudamérica, por lo que seguía la idea de integrar los territorios independizados de América del Sur. Lo que originó problemas fue la forma de gobierno.

Belgrano, apoyado por San Martín, era partidario de establecer una monarquía constitucional con la dinastía de los incas. Pensaba que así podía atraer a los indios del Perú y estar en consonancia con la moda europea de entonces que, según decía, era la inglesa. Eran las monarquías “temperadas” que sucedían a las repúblicas. Se le enfrentaron los republicanos seguidores de Moreno, aunque fueron pocos, y se evitó una definición peligrosa. La Constitución de 1819 siguió señalando que el ejecutivo era un “Director del Estado”, elegido por las dos cámaras legislativas de representantes y senadores.

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Conferencia: Nación y sociedades modernas

CONFERENCIA DE HISTORIA

“LA NACIÓN COMO INTEGRADORA DE LAS SOCIEDADES MODERNAS”

La directora del Instituto Riva-Agüero de la Pontificia Universidad Católica del Perú invita a sus miembros, historiadores y estudiantes a la conferencia que dará el doctor Paul-Ludwig Weinacht sobre el tema “La nación como integradora de las sociedades modernas”, el jueves 3 de junio de 2010, a las 7 p. m., en el local del Instituto (Jirón Camaná 459, Lima 1).

El Dr. Weinacht es un eminente filósofo político y cientista político alemán. Es profesor emérito de la Universidad de Würzburg (Alemania). Formado en las universidades de Friburgo, Munich y París, es autor de una importantísima obra escrita en torno a diversos aspectos de la filosofía, la historia y la ciencia política. Notable es su obra sobre el concepto de Estado, al igual que sus contribuciones en torno a la figura y el pensamiento de Montesquieu o sus reflexiones sobre la formación y el desarrollo de la Unión Europea en nuestros días.

Margarita Guerra agradece su asistencia.

Informes en el teléfono 626-6600 (anexos 6600, 6601 y 6602).
Visite la página web del IRA: http://www.pucp.edu.pe/ira, o escríbanos al correo institucional: ira@pucp.edu.pe.

INGRESO LIBRE

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Nuevo libro: ‘EN NOMBRE DE DIOS COMIENZO: MEDITACIONES SOBRE LA MÚSICA CRIOLLA’

PRESENTACIÓN DE LIBRO

EN NOMBRE DE DIOS COMIENZO: MEDITACIONES SOBRE LA MÚSICA CRIOLLA
de Eduardo Mazzini

La memoria es la mejor manera de mantener vigente una identidad, y es la memoria criolla la que Eduardo Mazzini recupera y transmite en su libro En nombre de Dios comienzo. Meditaciones sobre la música criolla (Centro Peruano de Estudios Culturales [CPEC], 2010), a partir de su rasgo más representativo: la música. Dice Luis Enrique Tord que la lectura de este libro «lleva a constatar que se ha requerido toda una vida para acopiar tan detenidas informaciones, analizarlas a profundidad y realizar algo tan exigente como haber escuchado con apasionada atención a los más auténticos cultores del criollismo, tanto en antiguas como en recientes grabaciones y, en casos, haber tenido la buena fortuna de conocerlos personalmente…».

A través de datos desconocidos producto de acuciosas pesquisas, brindados de manera muy amena, el autor demuestra erudición y gusto vital contagiosos que nos recuerdan la gracia y las formas de las Tradiciones Peruanas. Destacan, en ese sentido, sus precisos conocimientos sobre formas poéticas, musicales y rítmicas que le permiten aportar apreciaciones fundamentales sobre temas como la marinera limeña, la danza-habanera, el amorfino, el triste, el tondero, el propio vals criollo, entre otros géneros musicales costeños. En más de un caso, el tono risueño no le impide ser bastante polémico, y hasta se podría decir que ese tono risueño es elemento constitutivo de la polémica. Por otro lado, el conocimiento de la procedencia de ciertas letras de canciones permite al autor sorprendernos, desde el comienzo, con la relación que establece entre Shakespeare y el vals criollo, por ejemplo, para continuar con hipótesis tan inusitadas como la que vincula el propio título del libro, En nombre de Dios comienzo, con los poetas-cantores musulmanes de la España islámica.

El libro se presentará el sábado 29 de mayo a las 7: 30 p.m. en el Centro Cultural Ricardo Palma de la Municipalidad de Miraflores (Av. Larco 770, Miraflores). Las presentaciones estarán a cargo de los escritores Luis Enrique Tord y Óscar Limache.

El evento incluirá una Velada Musical que contará con la participación de varios de los más notables intérpretes de nuestra música, como son Carmen Flórez, Adolfo Zelada, Carlos Hayre, Ronald Díaz, Alfredo Calderón y Manuel Vásquez. Habrá además una excepcional presentación de la concertista Marcella Mazzini, y la participación del gran cantante Rubén Flórez en una de las piezas.

Organizan: Centro Peruano de Estudios Culturales y Municipalidad de Miraflores.

Día: Sábado 29 de mayo

Hora: 7:30 p.m.

Lugar: Centro Cultural Ricardo Palma de la Municipalidad de Miraflores (Av. Larco 770, Miraflores).

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Decreto contra la corrupción del Libertador Bolívar (1824)

DECRETO DICTATORIAL DEl 12 DE ENERO DE 1824

Aplicación de la pena capital a los funcionarios que hayan tomado dinero de los fondos públicos. Teniendo presente:

1º. Que una de las principales causas de los desastres en que se ha visto envuelta la República, ha sido la escandalosa dilapidación de sus fondos, por algunos funcionarios que han intervenido en ellos;

2º. Que el único medio de extirpar radicalmente este desorden, es dictar medidas fuertes y extraordinarias, he venido en decretar, y

DECRETO

Dado en el Palacio Dictatorial de Lima a 12 de enero de 1824, 4º de la República.

Artículo 1º : Todo funcionario público, a quien se le convenciere en juicio sumario de haber malversado o tomado por sí de los fondos públicos de diez pesos arriba, queda sujeto a la pena capital.

Artículo 2º : Los jueces a quienes, según la ley, compete este juicio, que en su caso no procedieren conforme a este decreto, serán condenados a la misma pena.

Artículo 3º : Todo individuo puede acusar a los funcionarios públicos del delito que indica el artículo 1º.

Artículo 4º : Se fijará este decreto en todas las oficinas de la República, y se tomará razón de el en todos los despachos que se libraren a los funcionarios que de cualquier modo intervengan en el manejo de los fondos públicos. Imprímase, publíquese y circúlese.

Simón Bolívar
Libertador Presidente

PD: ¿Y si este decreto estuviera vigente? Sigue leyendo