Archivo por meses: Febrero 2010

Monumentos en Lima durante las celebraciones del Centenario de la Independencia

Hacia 1921, a Lima aún le faltaba desarrollar el aspecto ornamental en comparación a sus pares latinoamericanas. Quizá por ello, las representaciones diplomáticas y las colonias extranjeras residentes en la capital comprendieron que la mejor manera de festejar en aniversario de la Independencia era regalándole conjuntos escultóricos que embellecieran sus plazas, parques y avenidas. El estado peruano también colaboró con este proyecto de modernización de la ciudad vinculado al ornamento de los espacios públicos.


Inauguración del monumento al libertador San Martín

En primer lugar, tenemos el monumento a San Martín. Con esta obra, el Estado saldaba una deuda de gratitud con el Libertador argentino. El concurso fue ganado por el escultor español Mariano Benlliure, director de la Academia Española en Roma. A pesar de que la maqueta fue objeto de severas críticas, el monumento se inauguró el 27 de julio de 1921 como parte de un proyecto mayor, la nueva Plaza San Martín, que se construyó sobre un espacio ocupado por el Hospital San Juan de Dios, frente donde se encontraba la Estación del Ferrocarril. El trabajo de diseño y jardinería fue encargado al escultor español Manuel Piqueras Cotolí. Respecto a los antecedentes e este monumento, cabe decir que, en 1904, el presidente José Pardo retomó la idea de dedicarle un monumento al libertador argentino y convocó a un concurso que terminó en escándalo porque se filtró el nombre del supuesto ganador. Frente a este enredo, en 1906, el coronel Lorenzo pérez Roca obsequió a la ciudad un obelisco con la escultura de San Martín al frente y coronado por un Ángel de la Victoria o de la Coronación, del artista español Pedro Roselló. El monumento fue emplazado cerca de la entrada al Parque de la Exposición en reemplazo del dedicado a Cristóbal Colón, que fue trasladado al centro de la avenida 9 de Diciembre, hoy Paseo Colón. Cuando se inauguró el nuevo monumento a San Martín el viernes 27 de julio de 1921, la obra de Roselló fue llevada a Barranco, partida en dos: el obelisco y la escultura del Protector fueron colocados en el cruce de la Alameda Sáenz Peña y la avenida San martín, donde puede verse hasta hoy; el Ángel, al que se le improvisó su propio obelisco, fue situado en la avenida Bolognesi, pero con el terremoto de 1940 quedó destruido. Cuatro años después del polémico descenlace del concurso de 1904, el gobierno designó directamente a un escultor para hacer el monumento. El escogido fue el valenciano Mariano Benlliure y Gil, y a contnuación se desencadenó otra polémica. Su proyecto fue publicado en los diariios limeños en 1909, pero solo 10 años después, ante la proximidad del Centenario, se firmó el contrato. Cabe señalar que Benlluire nunca vino al Perú, y encomendó el ensamblaje de las piezas en la nueva plaza a un discípulo, Jerónimo Domingo.


El Estibador, homenaje de Bélgica al Perú

Asimismo, tenemos el cargador o El Estibador, homenaje de Bélgica al Perú. La obra es de Constantino Meunier y fue inaugurada en la primera cuadra de la avenida Leguía, hoy Arequipa, en junio de 1922. Luego está la Fuente China, ubicada en la rotonda de las palmeras del antiguo Parque de la Exposición y regalo de la colonia china. El arquitecto Gaetano Moretti y los escultores Giuseppe Graziosi y Valmore Gemignani, vinculados al proyecto del Museo Italiano, fueron los encargados de llevarla a cabo. En la parte superior destaca una figura alegórica con una antorcha levantada y un libro que simboliza la libertad; está rodeada por las tres razas, todas en mármol, y, en los costados inferiores, dos desnudos ornamentales en bronce de muy buena factura, con reminiscencias manieristas. Fue inaugurada el 27 de julio de 1924.


Fuente obsequiada por la colonia china

En cambio, el monumento a Manco Cápac fue el regalo de la colonia japonesa, a 27 años de su llegada, y que representa las ideas en boga sobre nuestro origen asiático y nuestra relación con el Imperio del Sol. En 1921 se le encarga la obra a David Lozano y se inaugura, tardíamente, el 4 de abril de 1926. El primer inca, con bastón ceremonial y señalando al este con el brazo derecho, muestra una exagerada corpulencia y un modelado áspero y rudimentario. Fue el primer monumento compuesto por elemento de ornamentación “incaísta”, piedra ficticia, trapecios y animales míticos. Alrededor del pedestal se advierten cuatro relieves que ilustran sobre la labor civilizadora de los incas.


Monumento a Manco Cápac en La Victoria

Siguiendo con nuestro recuento, tenemos la Fuente de las Tres Figuras, obsequio de la colonia norteamericana. Se trata de una obra de la escultora Gertrude V. Whitney, cuyo original, que data de 1912, está en el Hotel Arlington de Washington; la obra fue premiada en una exposición en San Francisco y en otra en París en 1913. El costo de la fuente fue de 15 mil dólares americanos y se inauguró el 6 de agosto de 1924. Fue colocada en la avenida Leguía (actual avenida Arequipa) pues allí funcionaba la sede de la Embajada de Estados Unidos. Por su lado, el monumento a George Washington fue una obra financiada por el estado peruano, copia de un original del escultor Jean-Antoine Houdon (París 1741-1828). Fue levantado en la plaza del mismo nombre e inaugurado el 4 de julio de 1922.

El monumento al almirante Du Petit Thouars fue financiado por el estado peruano e inaugurado el 7 de diciembre de 1924; es obra del artista peruano Artemio Ocaña. En el monumento se personifica a Lima como una dama con amplio manto y corona en actitud agradecida entregando un ramo de flores al almirante francés cuya intervención decidida salvó a Lima de la destrucción durante la Guerra con Chile. Muy cerca, en el Parque de la Reserva, ubicamos el monumento al mariscal Antonio José de Sucre. Fue un regalo de la República del Ecuador y el autor fue David Lozano. Se levantó en bronce y sillar arequipeño y fue inaugurado por el presidente Leguía el 9 de diciembre de 1924 para recordar la batalla de Ayacucho.

Finalmente, ya más lejos para la Lima de entonces, tenemos el monumento al Soldado Desconocido, en el Morro Solar. La obra fue del artista Luis Agurto y Olaya y se inauguró en julio de 1922. Agurto fue también autor del gran relieve que representa la Jura de la independencia para el Salón de sesiones de la Cámara de Diputados, inaugurado por la misma época.


Monumento al Soldado Desconocido

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Esculturas en homenaje a César Vallejo en Lima


Estela del escultor Oteiza a Vallejo (skyscrapercity.com)

En 1961 se inauguró, en la Plazuela de San Agustín, esta obra del escultor vasco Jorge Oteiza, quizá la escultura más valiosa que hoy adorna Lima por la fama de su autor. Fue el primer monumento abstracto levantado en nuestra ciudad, en un lugar de tradición barroca, que significa la ruptura con la figuración y la exaltación romántica del héroe. Luego, una obra de Miguel Baca Rossi, inaugurada frente al Teatro Segura el 15 de abril de 1983, muestral poeta de pie y está hecha de bronce y granito. La escultura ha sido muy criticada, pues, según algunos, muestra a Vallejo sin altivez, con la cabeza gacha, cubierto con un sacón que va desde el cuello hasta las canillas, con las solapas entreabiertas y con las manos dentro de los bolsillos. Tampoco la frase que está en el pedestal es la más original de nuestro primer poeta: Hay, hermanos, mucho por hacer. Luego, no olvidemos que el municipio de Jesús María retiró una escultura de César Vallejo sedente -que daba la bienvenida al llegar Campño de Marte- y la trasladó a inmediaciones del Parque de los Próceres; en su lugar construyó una pileta ornamental. Luego, dieron marcha atrás y devolvieron a Vallejo al emplazamiento original, para colocarlo (¡una barbaridad!) encima de la pileta. Finalmente, en un lugar apacible, en el parque “César Vallejo” de Chacarilla del Estanque (altura de la cuadra 4 de la avenida Precursores), hay una escultura en bronce, de buena factura, del poeta sentado en su típica postura. Fue instalada en 1997 y no aparece el autor.


Escultura de Rossi frente al Teatro Segura

La escultura en Jesús María
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El monumento al presidente Manuel Candamo

Manuel Candamo, nacido en Arequipa en 1841, estuvo entre los fundadores del Partido Civil y, en noviembre de 1903, fue elegido presidente de la República. Lamentablemente, a siete meses de dar inicio a su mandato, le sobrevino la muerte, en una gira al sur del país, en 1904. El monumento a su memoria fue inaugurado por el presidente Augusto B. Leguía, en 1912, durante su primer mandato; la tradición atribuye la escultura al artista Líbero Valiente. Candamo, como vemos en la imagen de arriba (una antigua postal de Lima), había sido representado de pie, ante el sillón de Pizarro. Pero el vandalismo, meses después de su inauguración, hizo que una explosión de dinamita, durante el silencio de la noche, hiciera volar en pedazos la efigie en mármol del malogrado presidente; sorprendentemente, el sillón quedó intacto. Catorce años más tarde, en 1926, el mismo presidente Leguía, ya durante el “Oncenio”, reinauguró, en el Paseo Colón, otro monumento a la memoria de Candamo; esta vez, la obra fue del joven escultor peruano Artemio Ocaña. Ahora, como apreciamos en la imagen de abajo, el ex presidente estaba de pie, sin el sillón de Pizarro.

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La Casa Welsch

En su edición del 12 de diciembre de 1909, el diario El Comercio informaba: “Después de un año de constantes trabajos se inauguró ayer el elegante edificio de la Casa G. Welsch en la esquina de las calles de Mercaderes y Plateros de San Agustín. El nuevo local es sin duda el mejor de Lima y está montado a todo lujo, ostenta en sus escaparates valiosísimas joyas. Cuenta con cuatro pisos y un subterráneo. Como novedad tiene la tienda una higiénica y modernísima máquina para succionar el polvo, evitando así toda probabilidad de contagio por basura u otros desperdicios arrojados al suelo. La inauguración de la Casa Welsch dio lugar a que se reunieran personas muy distinguidas de nuestra sociedad”.

Una reseña histórica de esta tienda, una suerte de Harrods en Lima, encontramos en la página de esta empresa (hoy también llamada Cabuchon), ubicada en San Isidro: “G. WELSCH, EHNI Y CIA. FUNDADA EN 1858”, era la filial peruana de la empresa alemana GEO EHNI & CO., dedicada a la venta de, relojes, joyería, porcelanas, cristales, adornos, tabaco; así como artículos de plata hecha a mano. En l888, el Sr. Wilhelm Ehni, director de la matriz alemana, en uno de sus viajes a Lima, participo en la creación de la Cámara de Comercio de Lima. A fines del siglo la matriz alemana de GEO EHNI & CO. envió los montos para la construcción de un nuevo edificio, y en 1906 se inaugura el edificio en la esquina del Jirón de la Unión 498, a una cuadra de la Plaza Mayor. Este edificio moderno tuvo probablemente la primera estructura metálica del Perú traídos desde Alemania. Tenia una hermosa puerta principal de bronce de 4.60 metros de altura, diseñada y fabricada en Stuttgart y que no pudo estar en la inauguración del edificio, ya que el gobierno alemán obligó a que fuese primero expuesta en el Museo de Artes Aplicadas durante dos años. Con motivo del Centenario de la Republica en 1921, la empresa recibió un premio por su importante participación. Para estas festividades, se mandó manufacturar a la fabrica Longines, 3.000 relojes de bolsillo de tres tapas de plata y 200 de oro, con las imágenes de San Martín y Bolívar. La empresa durante toda su larga historia, siempre fomento y apoyo a los artesanos de plata y oro y es así como participo con una enorme colección de platería peruana en las ferias mundiales hasta la de Nueva York en 1939″.

Pero quizá lo que recuerdan más los limeños de esta tienda es su famoso reloj, marca Longines, que fue, durante muchos años, el Big Ben de Lima, pues se encontraba en la calle más transitada de la ciudad y daba la “hora oficial” a los limeños. Había sido instalado al exterior del edificio de la Casa Welsch, y que funcionó en este local hasta 1991. Sin embargo, pocos entendían por qué el reloj, siendo de marca suiza Longines (con sus clásicas tres estrellas), tenía más abajo las siglas de la multinacional IBM (International Business Machines). La razón es que, durante los años de la Segunda Guerra Mundial, el reloj se malogró y no se pudo importar el repuesto de la desangrada Europa. Entonces, los dueños del negocio encargaron a la IBM que lo reparen, por lo que la empresa colocó sus clásicas tres letras: IBM. Hoy el reloj ya no está más en el jirón de la Unión.


Vitrina de la Casa Welsch

Interior de la lujosa tienda


Primer local de la Casa Welsch

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Colección de estudios sobre la Revolución de Quito

La Universidad Andina Simón Bolívar, Sede Ecuador, en coedición con el Grupo El Comercio y la Corporación Editora Nacional, publicaron la obra La Revolución de Quito. 1809-1810, cuyo editor es Guillermo Bustos Lozano. Esta obra, dedicada al análisis histórico de la Revolución de Quito de 1809, circuló semanalmente (cada martes y sábado desde el 19 de septiembre de 2009) con el diario El Comercio de Quito, como una serie de fascículos coleccionables.

Esta publicación que se realizó a propósito del bicentenerario de la Revolución de Quito analiza con rigor científico los hechos y personajes que participaron en este acontecimiento histórico. Se trata de un esfuerzo conjunto que busca convertirse en una obra de divulgación académicos, docentes, estudiantes y público en general. El carácter crítico de sus estudios encomendados a varios especialistas, entre los que constan profesores e investigadores de las áreas de Historia, Letras y Educación de la Universidad Andina Simón Bolívar, estudiantes de su programa de Doctorado en Historia y un destacado grupo de historiadores nacionales e internacionales, hace del libro un aporte inédito al análisis histórico de los acontecimientos relacionados con la Independencia ecuatoriana, dentro de los contextos andino e internacional.

Los primeros fascículos abordan los significados históricos de la Independencia. Más adelante, la obra continúa con el análisis de la sociedad colonial, el colapso de la monarquía española y la instauración de las dos primeras juntas de autogobierno de Quito. Posteriormente, se hace un estudio de las reacciones de Guayaquil, Cuenca, Bogotá y Lima frente a las primeras juntas. Se estudia la participación de las mujeres, los indios, negros y la plebe en la Independencia. Y, por último, se analiza la influencia de la Independencia en las representaciones literarias y pictóricas de la época.

Contribuyen a esta obra los historiadores Guillermo Bustos Lozano, Rosemarie Terán Najas, Carlos Freile Granizo, Carlos Landázuri Camacho, Alonso Valencia Llano, Ana Luz Borrero Vega, Tatiana Hidrovo Quiñónez, Guillermo Sosa Abella, Juan Luis Orrego, Federica Morelli, Jorge Moreno Egas, Pablo Ospina Peralta, Rocío Rueda Novoa, Amy Taxin, Manuel Espinosa Apolo, Fernando Hidalgo Nistri, Jorge Núñez Sánchez, Fernando Balseca Franco, Alexandra Kennedy Troya, Carmen Fernández Salvador, Enrique Ayala Mora y Santiago Cabrera Hanna. Sigue leyendo

La Unidad Vecinal de ‘Mirones’

En 1937, un joven arquitecto, Fernando Belaunde Terry, futuro presidente del Perú, fundó la revista El Arquitecto Peruano, publicación muy influyente entre los arquitectos de entonces. En sus páginas se insistía que Lima necesitaba de un plan urbano y una clara política de vivienda para satisfacer la creciente demanda producida por las primeras oleadas de inmigrantes de los otros departamentos del Perú. Años más adelante, con la llegada a la presidencia de José Luis Bustamante y Rivero, su gobierno convirtió las propuestas de El Arquitecto Peruano en políticas de estado. Así en 1946 se crearon la Corporación Nacional de Vivienda, la Oficina Nacional de Planeamiento y Urbanismo, y la Oficina del Plan Regulador de Lima.

La primera de estas instituciones fue la que impulsó la creación de unidades vecinales para resolver el problema de la vivienda en nuestra ciudad. Se acordó la construcción de 7 unidades vecinales, cuatro en Lima y tres en el Callao. Se trataba de complejos habitacionales autónomos; por ello, contaban con mercado, posta médica, comisaría, centro cívico o local comunal, oficina de correos, escuelas primarias para niños y niñas, cine-teatro, cancha de fútbol, piscina y, lógicamente, una iglesia; además, tenían un sistema de circulación peatonal y vehicular propio. Recién, en 1955, se construyó la unidad vecinal de Mirones, diseñada por el arquitecto Santiago Agurto Calvo. Todos conocemos este ya tradicional complejo de viviendas, sobre la avenida Colonial, ex carretera del Callao. Durante gran parte del siglo XX, en este lugar estaba el primer paradero obligatorio de los tranvías que iban a nuestro primer puerto, al que se conocía como “Mirones”. Lo que pocos saben es de dónde viene el nombre. Bueno, el día del Combate del Dos Mayo (1866), en el contexto del conflicto co España, muchos limeños, con bastante sangre fría, llegaron a pie, con sus sillas de paja, a observar desde aquí, muy tranquilos, el resultado del combate. Desde ese momento, por mirar, viene el apelativo de “Mirones” de este popular barrio limeño.

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La portada lateral de la iglesia de San Agustín

Pocos limeños advierten que al costado de esta iglesia, altura de la cuarta cuadra del jirón Camaná (calle Lártiga) hay una portada de dos cuerpos, estilo renacentista, con dos columnas jónicas, que siempre está cerrada y, hoy, protegida por una sencilla reja de fierro color verde. Según algunas informaciones, sería la portada más antigua que queda en Lima, trazada y labrada por el alarife Francisco de Morales en 1596. Antiguamente, solo durante la Semana Santa, dicho portón se abría para facilitar la salida de los fieles que iban a visitar las el templo o a escuchar el Sermón de las Tres Horas. Asimismo, algunos antiguos limeños recuerdan que, hasta bien entrado el siglo XX, no era raro ver muy temprano por las mañanas, una o más personas orando con el rostro contra el portón. ¿Cuál era el motivo? Pues había la creencia de que rezando un Padre Nuestro y algunas Aves Marías, con la cara hacia el portón, se podía formular una petición a san Agustín. Luego, había que esperar que pasara una pareja, ya sea un hombre con una mujer, dos hombres o dos mujeres. Si al pasar la pareja, en el curso de la conversación pronunciaban “sí”, significaba que san Agustín accedería a la petición; por el contrario, si la pareja pronunciaba un “no”, la solicitud sería denegada. Finalmente, como vemos en la imagen, la portada, construida con ladrillo sobre bases de piedra labrada, todavía conserva algo de la policromía que la adornaba originalmente. Sigue leyendo

Gran entusiasmo en Roma por Caravaggio

Colas interminables y furor popular ante la más rigurosa exposición del maestro de la luz y la tiniebla, mientras los científicos buscan sus restos.


Varios asistentes a la exposición contemplan la obra Judith decapitando a Holofernes, presente en la muestra en el Quirinal romano.

Los misterios y leyendas de Caravaggio siguen en pie 400 años después de su muerte. Se cuenta por ejemplo que Michelangelo Merisi (Milán, 1571 – Porto Ercole, 1610) pintó en sus 38 años de vida y apenas 18 de oficio un centenar de obras, pero la exposición más rigurosa que se ha celebrado nunca sobre su pintura, la que se abrió el sábado en las Caballerizas del Quirinal romano, solo reúne 23 cuadros. Las filas para ver las tinieblas y la luz, la mirada a caballo entre lo hereje y lo sagrado del genial macarra lombardo, amigo de prostitutas, músicos y gitanos, protagonista de fugas y pendencias, mimado por nobles y papas hasta que fue condenado a muerte por asesinato, han sido enormes todo el fin de semana. Unas 55.000 personas tienen ya reservada su entrada.

La pasión por Caravaggio no tiene fin en Italia: es un ídolo nacional-popular, y en los años sesenta llegó a ser mixtificado como precursor del naturalismo impresionista de Pasolini. Como el amor es ciego, del centenar de obras atribuidas a él o a su taller, los responsables de la exposición (Rossella Vodret y Francesco Buranelli) han rebajado finalmente la cifra hasta 40. La exposición no reúne todas, pero todo lo que muestra tiene certificado de autoría “documentado”. Y se ve junto por primera vez, porque llegan de medio planeta: San Petersburgo, Berlín, Viena, Texas o Tokio. Además, cuelga una tela de dudosa atribución, La captura de Cristo en el huerto, traída desde Dublín para zanjar con un ejemplo la polémica.

El recorrido se abre con el bodegón Cesto de fruta, joya de la Pinacoteca Ambrosiana que en cuatro siglos no ha salido de allí, y ofrece tres versiones distintas del San Juan Bautista (Museos Capitolinos y galería Corsini de Roma, y Nelson Atkins de Kansas, Estados Unidos) y dos de la Cena en Emmaus (National Gallery de Londres y Pinacoteca de Brera). La visita es un placer exquisito, y se puede ampliar en las céntricas iglesias de Santa María del Popolo, San Luis de los Franceses y San Agustín, donde residen otros seis cuadros monumentales, o descubriendo un tesoro oculto: el óleo sobre pared del Casino Ludovisi, nunca antes expuesto al público. Algunos autores lamentan la ausencia de algunas obras sicilianas y napolitanas (La flagelación llegará desde Capodimonte en abril), pero todos han sucumbido a la belleza y el rigor de la propuesta, que permite reconstruir la vida nómada de Merisi desde su llegada como joven indigente a Roma hasta su muerte prematura.

Nacido en familia noble, Caravaggio tomó el apodo del pueblo donde se casaron sus padres y se quedó huérfano muy joven. Gracias a la amistad de su abuelo con la marquesa Colonna, hermana del cardenal Ascanio, a los doce años marchó a Roma con su tío Ludovico, que era cura, y fue alojado por el canónigo de San Pedro, Pandolfo Pucci, al que el pintor llamaba “monseñor ensalada”, se supone que por la austeridad de su cocina. Tras frecuentar varios talleres, los encargos públicos en San Luis y Santa María (1599) le dieron fama entre los coleccionistas religiosos, lo que implicaría algunos reveses y devoluciones: a su pintura le faltaba decoro. Enseguida su carácter bravío le llevaría a la cárcel: firmó un libelo contra dos pintores bien situados, y escapó a Ascoli Piceno y luego a Génova, donde mataría a Ranuccio Tomassoni por un banal duelo a la pallacorda, el tenis de entonces. Condenado a la pena capital, en 1606 aparece en Nápoles, donde realiza numerosas palas de altar. Un año después está en Malta, y el masón Alof de Wignancourt, al que retrata, intercede por él ante el Papa. Metido en otra bronca y otra vez en prisión, huye a Siracusa, Messina y Palermo, donde pinta en 1609 La Natividad. El cuadro fue robado por la mafia hace 40 años, y según certican varios pentiti preside todas las reuniones importantes de la cúpula de Cosa Nostra. Caravaggio huyó entonces a Nápoles, donde sufrió un atentado antes de navegar hasta Civitavecchia en una chalupa cargada de cuadros, que acabarían secuestrados por la fuerza pública. Enfermo y solo, muere en el hospital de Porto Ercole el 18 de julio de 1610. Allí, en la cripta de una capilla, un grupo de científicos busca estos días sus restos con pigmentos entre docenas de calaveras (por Miguel Mora para El País de España, 23/02/10).

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Exposición en Londres intenta demostrar la homosexualidad de Miguel Ángel


Detalle de la obra «The Dream», de Miguel Ángel (Courtauld Gallery)

Unos pocos dibujos de Miguel Ángel, rara vez juntos, centran una nueva exposición en la Courtauld Gallery de Londres. La muestra celebra el arte al lápiz del artista del Renacimiento, quien pocas veces hizo dibujos que no fueran bocetos para sus esculturas, cuadros y murales, pero la exposición quiere ir más allá de las evidencias gráficas e intenta proclamar la homosexualidad de Miguel Angel (1475-1564). Las propias palabras del genio, algunas manifiestas en poemas y cartas incluidos en la muestra, dejan pocas dudas sobre su atracción por la belleza del cuerpo humano, también la masculina, pero él siempre aseguró que se trataba de un interés platónico. Stephanie Buck, comisaria de Michelangelo’s Dream, como se titula la exposición que mañana abre en la Courtauld Gallery, reconoce que no existen pruebas, pero está segura de que el artista fue un gay completo que tuvo sexo con hombres.

Pasión homosexual.- Los dibujos recogidos en la muestra, entre ellos «El sueño», «Alegoría de un sueño», «La caída de Faetón» y «El rapto de Ganímedes», algunos procedentes de las colecciones del Vaticano y de Isabel II, fueron realizados por Michel Ángel en 1533, después de haber conocido a Tommaso de Cavalieri, un noble romano. El autor de las pinturas de la Capilla Sixtina tenía entonces 57 años y estaba en la cumbre de su fama. El joven tendría 16 o 17 años. La admiración por él -la pasión homosexual de acuerdo con Buck- hizo que el artista le presentara en los meses siguientes diversos dibujos en los que los desnudos masculinos son el elemento dominante. Buck precisa que, en todo caso, Miguel Ángel no tuvo relación carnal con Cavalieri, dado su alto rango social en la Roma de los Papas. Por lo demás, el noble se casó y tuvo hijos. Se desconoce la apariencia física de Cavalieri, aunque tuvo fama de ser especialmente atractivo. Consta que hubo un retrato de él, pero no se ha conservado. Algún crítico de arte británico advierte que quienes acudan a la Courtauld Gallery buscando una historia de amor gay encontrarán menos pruebas de las que desearían para ver confirmada esa teoría, pero al menos descubrirán lo hasta ahora claramente demostrado, que es la genialidad de Miguel Ángel como artista (tomado de El Mundo, 17/02/10). Sigue leyendo

Primeras damas en el Perú

Muchos estarán de acuerdo en afirmar que fue a partir de la actuación pública de doña María Delgado, esposa del general Odría, que las “primeras damas” alcanzaron notoriedad en la vida política nacional. Conocida fue la dedicación que tuvo esta señora, durante el Ochenio, a obras de apoyo o asistencia social; tanto fue así que algunos la llamaron la “Evita peruana”, en alusión a Eva Duarte, esposa del general Perón. Podríamos decir que, de alguna manera, la esposa de Odría marcó la pauta de lo que habría de ser el perfil de las “primeras damas”: colaborar o liderar programas de apoyo social promovidos por el gobierno de turno y acompañar a su esposo en ceremonias o viajes oficiales.

Sin embargo, a partir de allí se fue sembrando la polémica ya que el papel de la esposa del presidente no está reglamentado por ninguna ley. Y muchas veces ha dependido de la personalidad de cada una de las “primeras damas” que han pasado por Palacio de Gobierno la aprobación o no de la ciudadanía. Para algunos, por ejemplo, participar en programas de ayuda puede ser leído como “propaganda” para el régimen; para otros, no es una persona que deba opinar sobre asuntos políticos ni manejar dinero público. La polémica está servida. Lo que sí es cierto es que, con el paso de los años, no sólo en nuestro país sino en todo el mundo, el papel o la presencia de las primeras damas se ha ido multiplicando a medida en que la política se ha ido sofisticando. Incluso, ha habido “cumbres” internacionales de esposas de presidentes.

Esta vez, nosotros no entraremos en la polémica pues hablaremos de una época en que el papel de las “presidentas” era muy modesto y su presencia pasaba casi desapercibida; algunas ni siquiera vivían en Palacio de Gobierno. Sin embargo, esto no mermaba la influencia que podían ejercer sobre sus maridos en el ámbito privado. A su manera, estas damas ejercieron poder y, en ciertos aspectos, cogobernaron el país.


Francisca Benavides Diez Canseco, esposa del mariscal Benavides, en visita al Hospital Obrero.

Francisca Diez-Canseco y Corbacho, esposa del presidente Ramón Castilla.- Ya nos imaginamos la vida de esta dama arequipeña luego de contraer matrimonio, en 1834, con Ramón Castilla, el caudillo militar más importante del siglo XIX peruano. En un primer momento, lo acompañó fielmente en su azarosa vida en tiempos de la Confederación Perú-boliviana y en la anarquía política que vivió el país hasta 1845; luego, como “primera dama” en los dos periodos que gobernó Castilla. Durante el primer gobierno del Mariscal, fijaron residencia en la calle de Divorciadas, esquina de la calle Higuera (hoy Jirón Cuzco, casi esquina con el jirón Carabaya). Nunca doña Francisca vivió en las estancias de Palacio de Gobierno y a ellas solo concurría cuando debía hacer los honores a las fiestas ofrecidas por su marido en calidad de Jefe de Estado.

Bien sabido es que Castilla era bien aficionado al juego de cartas y en su casa de Lima, en Palacio de Gobierno o en su rancho veraniego de Chorrillos tomaba parte doña Francisca en el juego y es tradición que para lograr que su marido pudiera descansar por ratos o atender asuntos urgentes del mando, ocupaba su puesto en la mesa y seguía su juego hasta que el Mariscal volvía a renovar el partido hasta el amanecer. Precisamente, cuando el 8 de noviembre de 1860 tuvo lugar un ataque sorpresivo de opositores al gobierno contra la residencia del Presidente, en la calle Divorciadas, Castilla estaba disfrutando de un momento de descanso que solía tomarse durante el juego y doña Francisca, que lo sustituía, enterada de lo sucedido, despierta a su marido y con gran presencia de ánimo le ayuda a huir apenas con la ropa interior, por los techos de la casa. Hecho, esto, doña Francisca vuelve a tomar su puesto en el juego y espera ahí el desarrollo de los acontecimientos. Estos terminan con el fracaso del asalto debido a la arenga que dirigiera un coronel “castillista” desde el frente de la casa del Mariscal. Doña Francisca había cumplido, una vez más, su deber de esposa y compañera en un momento dramático en la vida del mandatario.

Cuando muere Castilla, en 1868, en una nueva intentona revolucionaria, doña Francisca se queda sola, sin el consuelo de los hijos pues no tuvo descendencia con el Mariscal. Con dignidad, además, enfrenta las estrecheces económicas por el desapego al dinero de su difunto esposo. Dicen que solo deudas dejó el Mariscal, y sus acreedores, por respeto a su memoria y a la soledad de su viuda, rebajaron sus créditos para facilitar a doña Francisca el pago de dichas obligaciones. Doña Francisca deja la casa de Divorciadas, demasiado grande y costosa de mantener, y va a ocupar una modesta vivienda en la calle de Mascarón hasta su muerte, en 1906, a los 94 años.


Francisca Diez Canseco y Corbacho

Jesús Iturbide, esposa de Nicolás de Piérola.- En la iglesia del Sagrario, el 18 de febrero de 1861, tuvo lugar el matrimonio de esta dama limeña con su primo, Nicolás de Piérola, ministro de Hacienda de Balta, caudillo civil, Dictador durante la Guerra con Chile y presidente del Perú entre 1895 y 1899. Luego de vivir por un tiempo en una casa de la calle Lampa, instalaron su hogar conyugal, en forma definitiva, en la calle del Milagro, al costado del convento de San Francisco (hoy Jirón Ancash).

Fue en esa casa que doña Jesús, en compañía de sus hijos, conoció los sinsabores de la política cuando su marido vivió prolongados destierros o fue víctima de todo tipo de acusaciones, ya sea por su actuación como Ministro de Hacienda, como tenaz opositor al gobierno civil de Pardo o por su actuación en la Guerra con Chile o en su lucha contra el gobierno de Cáceres. Sin embargo, ya hacia 1895, cuando Piérola asumió por última vez la presidencia, el país comenzó a vivir una etapa de sana convivencia, y, como todos sabemos, dicho gobierno sentó las bases de la prosperidad económica que vivió el país en las primeras décadas del siglo XX. Su marido se había reconciliado con el país y con la historia.

Doña Jesús sabía de lo que era capaz de hacer su marido pero ella no alteró el apacible ritmo de su existencia. Jamás habitó en Palacio de Gobierno y solo fue a él en contadas ocasiones para asistir a banquetes oficiales en los que su presencia era inevitable; asimismo también lo acompañaba a actos religiosos no solo por ser esposa del Jefe de Estado sino por su conocida religiosidad. Su profundo sentimiento religioso y su espíritu caritativo la llevaron a promover la llegada a nuestro país de la institución piadosa Hermanitas de los Pobres, que fundó el asilo para ancianos desamparados.

Concluido su gobierno, uno de los más notables de nuestra historia republicana, don Nicolás siguió bregando en política pero cada vez menos, debido al paso de los años. Su salud se fue deteriorando y el 18 de junio de 1913 se esparció por la ciudad la noticia de su gravedad. Miles de personas hicieron guardia frente a su casa en espera de los boletines de los médicos. Doña Jesús no se separó ni un instante del ilustre enfermo prodigándole sus cuidados y oraciones. Lamentablemente, el 23 de junio, se extinguió la vida del caudillo. Su entierro fue apoteósico. Doña Jesús quedó muy afectada con la pérdida, a tal extremo que su salud se fue quebrando se manera irreversible. Postrada en su lecho, le sobrevivió apenas 7 meses; murió el 17 de febrero de 1914.

Julia Swayne y Mariátegui, esposa de Augusto B. Leguía.- Sabido es que el futuro jefe del Oncenio nació en el pueblo de Lambayeque de una familia sin gran patrimonio; digamos que pertenecía a la “clase media” provinciana. Pero don Augusto, gracias a su talento, visión para los negocios y trabajo tesonero se convirtió en uno de los empresarios más prósperos de su tiempo. Cuando se casó con doña Julia Swayne, en 1890, él ya contaba con una apreciable fortuna personal.

El matrimonio se llevó a cabo en Lima, en la Iglesia de la Recoleta. Doña Julia, nacida en 1868, era hija de un empresario de origen escocés y, por línea materna, descendía del ilustre Francisco Javier Mariátegui, prócer de la Independencia. La familia de doña Julia era muy acaudalada, así que don Augusto, al contraer matrimonio, multiplicó su fortuna e ingresó a los círculos sociales y políticos más altos: entró al Club Nacional y al Partido Civil. Luego de pasar luna de miel en Chorrillos, el joven matrimonio fijó su residencia en un chalet de la calle Shell, en Miraflores; luego se mudaron a una mansión en la calle Pando. Don Augusto había asumido la gerencia de la empresa agrícola British Sugar Co., constituida por las haciendas de la familia Swayne.

Pronto don Augusto ingresó a la política como Ministro de Hacienda en los gobiernos de Manuel Candamo y de José Pardo. Doña Julia acompañó a su esposo a llenar las obligaciones sociales que le exigía su alto cargo. Y en su casa de Pando, hizo más de una vez, con su innata distinción, los honores en las comidas y recepciones que Leguía ofreciera a sus amigos políticos, personalidades nacionales así como a ilustres figuras extranjeras que fueron en esa época huéspedes de Lima, como el presidente argentino Roque Sáenz Peña (compañero de Bolognesi en Arica) o el erudito español Ramón Menéndez Pidal (Comisario Regio de don Alfonso XIII en la cuestión limítrofe peruano-ecuatoriana).

En 1908, el Partido Civil postuló a don Augusto a la presidencia de la República. Triunfante en las elecciones, asumió el poder hasta 1912. De doña Julia puede afirmarse que nunca estuvo en Palacio de Gobierno. Durante todo el periodo presidencial, continuó viviendo en su residencia particular en la que algunas veces se realizaron algunos agasajos ofrecidos por el Presidente y en las que cumplió su misión social al lado de éste, con dignidad y gentileza de gran dama. Asimismo, estuvo siempre dispuesta a hacer todo el bien que le fuera posible prestando acogida a cuantas personas iban a verla en solicitud de auxilio, para resolver situaciones angustiosas o justas expectativas.

Sin embargo, el gobierno de su marido estuvo marcado por la feroz campaña de sus opositores, los del Partido Demócrata. Esto le dio a doña Julia más preocupaciones que satisfacciones. Así, el 29 de mayo de 1909, pasó horas de indecible amargura cuando un grupo de opositores asaltó Palacio de gobierno, capturó a su esposo y lo pasearon por las calles de Lima y, en la Plaza de la Inquisición, le exigieron su renuncia. Con gran firmeza, y arriesgando su vida, su marido se negó a firmar su dimisión, y fue rescatado después por las tropas. Doña Julia recibió la noticia del grave suceso por doña Emilia Dyer de Durand, esposa del jefe del Partido Liberal quien tuvo el noble gesto de ofrecerle refugio en su casa. La señora de Leguía declinó la invitación y prefirió permanecer con su familia en su propia casa y esperar allí el desenlace de los acontecimientos. Felizmente para ella, volvió a la calma cuando su marido regresó a casa y le hizo saber que estaba sano y salvo y que el movimiento había fracasado.

El 23 de julio de 1913, cuando Leguía ya no era presidente, la casa de la calle Pando fue violentamente atacada por las turbas y el expresidente, sus hijos y algunos parientes que allí se encontraban tuvieron que defenderse a balazos. En medio de la refriega, doña Julia, a pesar de su deseo de estar al lado de los suyos, se vio obligada a buscar asilo con sus tres hijas en una casa vecina. Ese mismo día, su marido era apresado por el gobierno de Guillermo Billinghurst y conducido al Panóptico; luego, fue deportado. Meses después, doña Julia, acompañada de sus tres hijas, embarcó para Europa a reunirse con su esposo y sus demás hijos que se hallaban ya en Inglaterra. En Londres, la familia fijó su residencia en una casa en Holland Park 28. Este destierro, que duró cinco años, para la señora sería el definitivo. Vivió doña Julia estos cinco años en Londres con la misma sencillez de siempre. En la intimidad familiar, practicaba el inglés, cuidaba su jardín y cultivaba su afición por la pintura.

A comienzos de 1919, su marido regresó a Lima para postular nuevamente a la presidencia. Doña Julia se quedó en Londres con sus hijos en la esperanza de poder regresar a su país. Pero el destino no le permitió cumplir con sus deseos. Su salud estaba quebrantada y la muerte le sorprendió en su casa de Londres el 20 de septiembre de 1919, cuando ya su esposo estaba nuevamente en el poder. Un año después, vinieron sus restos a reposar en suelo patrio, recibiendo el respetuoso homenaje que se merecía, no solo por haber sido la esposa del Jefe de Estado sino, sobre todo, por su vida ejemplar.

Francisca Benavides Diez Canseco, esposa de Óscar R. Benavides.- En 1912, el coronel Benavides estaba en la cúspide de su carrera militar. No sólo había sido el primer puesto de su promoción en la Escuela Militar de Chorrillos sino que había recibido luego, con los máximos honores, instrucción militar en Europa y era, prácticamente, un héroe nacional al comandar un batallón de tropas peruanas en la frontera colombiana que rechazó una incursión a nuestro territorio. Ese año, doña Francisca Benavides, educada en el colegio San Pedro de Lima (hoy Sophianum), y en Europa, contrae matrimonio con el entonces coronel, de 37 años de edad.

Desde ese momento, doña Francisca se convertía en esposa y compañera de uno de los hombres más influyentes en el Perú en los primeros 50 años del siglo XX. En 1914, su esposo era nombrado “presidente provisional” luego de la caída del polémico gobierno de Guillermo Billinghurst; su esposo ocupó el mando solo por unos meses, hasta 1915, en que la situación política se estabilizó y se convocaron a elecciones. Luego lo acompañó a Europa pues fue enviado como observador en la Primera Guerra Mundial, embajador del Perú en Italia y representante de nuestro país en la Conferencia de Versalles. Luego regresaron al Perú pero como su esposo era opositor a Leguía fue deportado y la familia, nuevamente, tuvo que residir en Europa hasta que cayó el jefe del Oncenio en 1930. En todos estos años de destierro. Doña Francisca supo mantener unida a su familia y darle el todo el apoyo que su esposo necesitó; la pareja ya tenía 4 hijos: Francisca, María, Óscar y José Benavides Benavides.

Los años 30 fueron de grandes trastornos políticos y económicos. Como sabemos, ala caída de Leguía le siguió el accidentado gobierno de Sánchez Cerro quien murió trágicamente como consecuencia de un atentado en el antiguo hipódromo de Santa Beatriz en 1933. Esta tragedia obligó al Congreso a designar a una personalidad fuerte para estabilizar el país: el indicado era el general Benavides. De esta forma, doña Francisca, o “Paquita” como le decían sus más allegados, era nuevamente “primera dama”, papel que desempeñó con gran distinción hasta 1939 en que su esposo dejó la presidencia. Fueron años difíciles: había que recuperar al país de la crisis económica que arrastraba desde 1929 y despejar el panorama político impregnado por la oposición del APRA. Doña Francisca acompañó, cuando pudo, a su esposo en ceremonias oficiales y acudió, en contadas ocasiones, a ver cómo funcionaban los comedores populares. Ella sí vivió en Palacio de Gobierno pues el nuevo edificio fue inaugurado por el gobierno de su marido. La renovada sede de gobierno ahora contaba con un área privada, la residencia del presidente, donde una familia podía vivir con todas las comodidades. Esta quizá fue una de las razones por la que las anteriores “primeras damas” prefirieron permanecer en su residencia particular. Doña “Paquita” también colaboró en inaugurar y decorar la famosa casa de La Perla, desde entonces residencia de verano de la pareja presidencial, propiedad del estado.

En 1939, cuando termina su gobierno, el general recibe, por los servicios prestados a la nación, la vara de Mariscal del Perú. Desde ese momento, en círculos íntimos, a doña Paquita también se le llama, cariñosamente, la “Mariscala”. Y ahora tiene que acompañar a su esposo a otra misión: la embajada del Perú en Madrid. El mariscal Benavides, nunca se alejó de la vida política hasta su muerte, en 1945. Doña Paquita, desde ese entonces, sólo atendió compromisos familiares y, prácticamente, se retiró de la vida pública viendo por sus hijos y disfrutando del cariño de sus nietos. La noble señora limeña, dos veces “primera dama”, murió a inicios de los años 70 cuando vivía en su departamento de San Isidro.

NOTA.- Parte de la información desarrollada en este post ha sido tomada del libro de Ricardo Vegas García, “Las presidentas del Perú” (Lima: Biblioteca Nacional, 2001). Sigue leyendo