Archivo por meses: febrero 2009

La peste bubónica en Lima, 1903 (2)

Las respuestas de la población.- La peste llegó en una época cuando no era común que la medicina afectase la vida cotidiana de las personas. Además, como no hubo uniformidad respecto al origen y contagio de la enfermedad, esto se tradujo en una diversidad de tratamientos, jabones y remedios producidos por farmacéuticos y charlatanes que eran vendidos como la salvación de la peste. Entre los más notables estuvieron el “Jabón Fénico”, que aludía al nombre de un ácido; “Tanglefoot”, que destruía a las moscas; “Fernet Branca”, un licor que se tomaba como aperitivo antes de la comida; y la “Legía Anti-bubónica” que, además de desinfectar, refrescaba el cutis, dejaba limpios los pisos de las habitaciones y mataba todo tipo de insectos (ver edición de El Comercio, 27 y 28 de mayo de 1903). La frecuente propaganda de estos “remedios” en los periódicos sugiere que fueron aceptados por parte de la población. Por último, la medicina doméstica y tradicional tenía sus propias explicaciones. Muchos consideraban a la peste como un ser maligno que no había que ofender ni obstaculizar.

Por su lado, los sueros y las vacunas promovidos por la Junta fueron objetos de polémicas. Se acusaba a los miembros de la Junta de sacar provecho de la situación porque eran caros e importados de Francia, y eran vendidos en la botica de uno de los inspectores de la Municipalidad. Otra razón que explica la resistencia a la vacuna fue la rudeza con que se trató a los enfermos. La búsqueda de casos escondidos por los familiares y el aislamiento forzoso, infringieron el límite entre lo público y lo privado. Las autoridades usurpaban algo tradicionalmente reservado para las familias: el cuidado de los enfermos. Este resentimiento se reflejó en un artículo de Manuel Gonzáles Prada: Nada más sagrado que el dormitorio; pero ni a él se le respeta. Al sólo indicio de infección pestosa, los agentes del Municipio asaltan un cuarto de dormir… examinan al dueño, para saber si en alguna de sus glándulas quieren asomar los infartos de la bubónica.

Otra resistencia fue a la incineración. Un caso emblemático fue el del Molino Milne, el foco de la epidemia. La noticia de la construcción de una zanja a su alrededor para preparar la incineración levantó la protesta de los accionistas ingleses del Molino y del cónsul inglés. Las protestas se extendieron a Chile, de donde venía buena parte del trigo y la harina de los molinos de Lima y Callao. Para impedir al medida, los interesados negaron la existencia de al peste y dijeron que los trabajadores del Molina habían muerto por intoxicación. A pesar de que la Junta ofreció pagar el justiprecio del local, la oposición creció. Los comerciantes temían la interrupción del comercio del trigo y perder el Molino, al que le habían hecho importantes mejoras. Finalmente, las presiones de los propietarios se impusieron y con el convincente argumento de que no tenía sentido incendiar un local cuando ya se había extendido al epidemia, impidieron que la medida se aplicara.
Las reacciones más comunes para resistir la intervención médica fueron individualñes y familiares como:

1. La negación de la enfermedad (ocultar a los enfermos)
2. La huida de los lugares afectados
3. La fuga de los lazaretos
4. Pequeñas revueltas

Otra imagen que alimentó el temor popular fue la de los lazaretos. El Lazareto de Guía se levantó en una pampa árida que existía en la entrada norte de Lima (a la altura de lo que es hoy San Martín de Porres). Construido de madera, estaba rodeado de vallas de alambres y de calaminas con varias cerraduras en las rejas y penetrado por una atmósfera de ácido fénico. Los médicos del Lazareto vestidos con camisa oscura de cuello alto, botas y gorro de hule, transmitían una imagen de autoridad y asepsia. El Lazareto contaba con dos pabellones para varones y dos para mujeres. Los enfermos debían tomar un purgante y mantener una rígida dieta de leche y agua de grama (una planta medicinal) y llegaban a la convalescencia muy débiles. Por ello, recuperarse de la peste era para muchos una antesala para caer víctima de otros males, como al tuberculosis que se ensañan con cuerpos debilitados. El temor popular al lazareto se incrementó por la mortandad entre sus “pacientes” que, entre 1903 y 1905, llegó al 52%.

Peste y racismo.- Como la mayoría de enfermos provenían de barrios pobres, la peste se convirtió en un mal considerado típico de la clase baja. Los enfermos eran albañiles, jornaleros, penes, lavanderas, domésticas, carniceros y otros vendedores de alimentos. Del total de casos, 252 fueron hombres y 134 mujeres. De las 386 que se atendieron en el lazareto de guía, 186 eran de raza india y 65 mestizos, es decir, un 65% del total. En realidad, ello no indica algún tipo de susceptibilidad racial sino que revela la relación entre bajos ingresos y escaso acceso a servicios médicos.

Los mismos nombres con que se denominaba a los pacientes (“pestosos” o “apestados”), aumentaron la connotación negativa y el estigma hacia al suciedad, la inmundicia y al enfermedad. Por ello, la negación de la peste fue una manera de diferenciarse de los grupos inferiores. Los médicos se lamentaban que en las familias pudientes ocultaban el mal, antes que admitir que habían caído víctimas de al peste. Los doctores del lazareto se quejaron de que a pesar de que existían pabellones especiales que podían recibir a personas de recursos, éstas preferían atenderse en sus domicilios y la mayoría de enfermos pagantes eran inmigrantes italianos y japoneses.

También se creyó que el origen de la peste se debía a los chinos. En el Callao, por ejemplo, a pesar de que el primer enfermo fue pedro Figueroa, sea tribuyó el inicio de la epidemia la cocinero chino Manuel Hubi, que en realidad fue la sexta víctima entre los trabajadores del Molino Milne. Fueron las condiciones miserables en que vivían los chinos lo que contribuyó a la asociación de raza y enfermedad. Uno de los callejones más célebres fue el de Otaiza, en el centro de Lima; sus habitantes eran en su mayoría chinos y el callejón fue quemado públicamente (hay fotos). La identificación entre chinos y peste provocó una serie de leyes y debates sobre la inmigración asiática. Cuando en octubre de 1904 llegó al Callao un grupo de trabajadores chinos se produjo una gran alarma porque se creyó que traían enfermedades. Un senador, incluso, quiso prohibir la inmigración de asiáticos al Perú. Una medida más extrema se tomó en 1905: se exigió “pasaporte sanitario” a los inmigrantes asiáticos.
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La peste bubónica en Lima, 1903 (1)

Tomamos la información del excelente trabajo del historiador Marcos Cueto (El regreso de las epidemias salud y sociedad en el Perú del siglo XX. Lima: IEP, 1997) para reseñar el miedo que embargó a nuestra ciudad a principios del siglo XX cuando una epidemia de “peste negra” causó estragos en la población de aquellos años.

Puerto del Callao, 1 de mayo de 1903.- Cuando la señora Figueroa vestía el cuerpo de su hijo Pedro para el entierro, palpó una extraña hinchazón en el cuello del cadáver. Nadie le dio importancia al descubrimiento hasta días después cuando 10 de los 60 trabajadores del Molino donde trabajaba Pedro Figueroa enfermaron gravemente de un mal desconocido que les secaba la lengua, les hinchaba los ojos, los bañaba en fiebre y les producía bubones del tamaño del huevo de una paloma en el cuello, la ingle y las axilas. Quizás algunos pensaron que había una relación entre su sufrimiento, la muerte de Pedro y el hedor de las decenas de ratas muertas en el Molino.

El regreso de las epidemias.- Esa fue la primera noticia de la llegada de la terrible peste bubónica. Se trataba de una enfermedad transmitida por la picadura de las pulgas de las ratas infectadas con el parásito yersinia pestis. Entre 1903 y 1905 la peste se extendió hasta Lima y los principales puertos del país.

El origen de esta peste fue atribuido a la embarcación “Serapis” proveniente de Bangok, el foco de la pandemia de peste negra que se extendió por el mundo desde 1894. La peste acodó en el Callao a fines de diciembre de 1902 con más de 10 mil sacos de arroz para el Molino Milne provenientes del sudeste asiático; entre esos sacos también viajaban cientos de ratas infectadas. El crecimiento del número de viajes, pasajeros, mercancías y de ratas entre los puertos peruanos, puso en contacto a poblaciones sanas con enfermas.

No habíamos aprendido mucho.- A principios del siglo XX, Lima y otras ciudades de la costa estaban idealmente ambientadas para cobijar ratas, pericotes y otros roedores. Estos podían difundirse rápidamente por el hacinamiento de la población, la tugurización de las viviendas, la precariedad de las construcciones, la acumulación de basuras y la persistencia de conductas antihigiénicas.

Estas costumbres incluían el miccionar y defecar en la vía pública y el arrojar cualquier desperdicio confiando en el apetito de gallinazos, perros, burros y otros animales que deambulaban por la calle. Una solución parcial a este problema fue el traslado de basuras en carretas a los muladares. Hacia 1903, los limeños producían diariamente 60 toneladas de basura que eran llevadas a los muladares ubicados en las márgenes del río Rímac. Cerdos (y gallinazos) se alimentaban de estos desperdicios, y cerca del muladar de Monserrat había un matadero.

A la ausencia de un sistema eficiente de baja policía se sumaba la pésima condición del sistema de desagües. A pesar de los esfuerzos del siglo XIX por construir tuberías de desagüe subterráneas, la mayoría de las calles de Lima tenía acequias abiertas. Por su lado, las viviendas tenían silos poco profundos y eran magníficos criaderos de ratas. La mayoría de las casas tenían paredes huecas, cavidades amplias entre el entablado y las habitaciones y el suelo, adobes en la planta baja y telares de quincha en la planta alta, es decir, condiciones propicias para el refugio de las ratas. Ni siquiera las mejores casas de Lima eran de concreto (lo que hubiera frenado el ingreso de ratas).

La tugurización era alarmante. Los cuartos amplios y techos altos de las viejas casonas estaban separados con maderas para formar varios pisos de pequeñas habitaciones. El objetivo de estas subdivisiones era obtener el mayor número de inquilinos en las llamadas “casas de vecindad”. También se produjo otra forma de hacinamiento: los callejones. En ellos se aglomeraban las familias, la suciedad y las ratas. Por ello, no es extraño encontrar el siguiente testimonio en El Comercio: Enormes ratas casi domesticadas viven allí en amable intimidad con los chicos del vecindario.

Finalmente, a estas condiciones que facilitaban la multiplicación de roedores, se sumó el crecimiento del comercio internacional a comienzos del siglo XX que acentuó el contacto de los puertos peruanos con embarcaciones que provenían de regiones donde la peste era endémica.

El pánico y la campaña en Lima.- A fines de 1903, toda muerte súbita era atribuida a la peste; a pesar de que era desconocida en el país, muchos la relacionaron con las historias apocalípticas de la peste en al Europa medieval. Según una editorial de El Comercio (septiembre 14, 1903): no se trata simplemente de salvar vidas sino de salvar nuestros intereses económicos y fiscales.

Un gran obstáculo para combatir la peste fue la inexistencia de un aparato sanitario eficiente. La Municipalidad, que estaba encargada de la higiene urbana y de la baja policía en calles, mercados, mataderos y edificios, y la Sociedad de Beneficencia, que controlaba hospitales y hospicios, fueron rebasadas. Este vacío fue cubierto por 3 instituciones nuevas: el Instituto Municipal de Higiene, la Dirección de Salubridad Pública y la Junta Directiva de la Campaña contra la Peste Bubónica de la Provincia de Lima. De estas, fue la Junta la que alcanzó mayor notoriedad durante la epidemia.

Su presidente y tesorero fue el destacado médico italiano Juan B. Agnoli. Formado en la Facultad de Medicina de Bologna, llegó a Lima en 1887 y se convirtió en uno de los médicos más importantes del Hospital Italiano. Gracias a su talento, dedicación, formación europea y lazos con la elite limeña (se casó con una dama de la alta sociedad), Agnoli pudo alcanzar en pocos años lo que muchos profesionales siempre esperan: admiración por parte de sus colegas y numerosa clientela. Ese prestigio le permitió imponer con rigor medidas severas. Estaba convencido que se podía controlar la enfermedad en corto tiempo si se le daban los fondos suficientes y poderes ejecutivos.

La Junta y Agnoli emplearon a 100 peones encargados de:

1. La visita a los domicilios
2. La caza de roedores
3. El traslado de de los enfermos al Lazareto
4. Entierro de los muertos

Agnoli también dirigía albañiles encargados de tapar las bocas de las madrigueras de las ratas, echar alquitrán a los zócalos, destruir los tabiques y cielos rasos por donde podían entrar los roedores y eventualmente destruir las edificaciones. También bajo su autoridad había una policía de salubridad encargada de vencer la resistencia de la población.

El procedimiento que habitualmente se seguía cuando era detectado un caso de peste consistía en llevar al enfermo al Lazareto, aislar a los parientes y fumigar con azufre la vivienda. En casos extremos se destruía (quemaba) la casa del enfermo. El traslado al Lazareto se hacía en carros de zinc; las camillas en las que eran trasportados los enfermos eran incineradas y los que fallecían eran enterrados rápidamente en lugares apartados del cementerio.

Durante la campaña, Agnoli estableció estrictas medidas como:

1. La prohibición que en las casas se ferien aves domésticas, perros, cuyes, conejos y gatos, por el temor que estos difundiesen la enfermedad
2. La clausura temporal de colegios, templos, circos y lugares donde existiera aglomeración de personas.
3. Para ganar la colaboración de la población, ser estableció premios. La Municipalidad compró en 5 soles cada rata muerta y pagaba una cantidad parecida por la denuncia de un enfermo de peste. La medida no duró mucho porque se denunciaron pocos casos y porque indujo a personas de pocos recursos y menos escrúpulos a organizar criaderos de ratas para venderlos a la Junta.
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La fiebre amarilla en la Lima del siglo XIX (4)

Aquí presentamos una propuesta bibliográfica para abordar históricamente el tema de las enfermedades y epidemias en Lima y el Perú:

ALLISON, Marvin J; GERSZTEN, Enrique; MUNIZAGA, Juan; SANTORO, Calogero; MENDOZA, Daniel. “Tuberculosis in Pre-Columbian Andean populations”. In: BUIKSTRA, Jane (ed.) Prehistoric tuberculosis in the Americas . Evanston: Northwestern University Archeological Program, 1980. p. 49-61.

BUSTÍOS ROMANÍ, Carlos. Perú: la salud pública durante la república oligárquica: primera parte 1821 – 1895. Lima: Universidad Nacional Mayor de San Marcos, 1996.

BUSTÍOS ROMANÍ, Carlos. Cuatrocientos años de la Salud Pública en el Perú (1533-1933) Lima: Universidad Nacional Mayor de San Marcos, 2004.

CLEMENT, Jean Pierre. “El nacimiento de la higiene urbana en la América Española del siglo XVIII”. Revista de Indias XLIII:171 (1983). p.: 77-95.

COOK, Noble David. “El impacto de la enfermedades en el mundo andino del siglo XVI” Histórica XXIII: 2 (1999). p.: 341-165.

CUETO, Marcos. “La ciudad y las ratas: La Peste Bubónica en Lima y en la Costa Peruana a comienzos del siglo XX”. Histórica XV:1 (1991). p.: 1-26.

CUETO, Marcos. “Sanitation from above: yellow fever and foreign intervention in Peru , 1919-1922”. The Hispanic American Historical Review 72:1 (1992). p.: 1-22.

CUETO, Marcos. El regreso de las epidemias: salud y sociedad en el Perú del siglo XX. Lima: Instituto de Estudios Peruanos, 1997.

CUETO, Marcos. Culpa y coraje: historia de las políticas sobre el VIH/SIDA en el Perú. Lima: Universidad Peruana Cayetano Heredia, 2001.

GARCIA CACERES, Uriel. La implantación de la viruela en los Andes, la historia de un holocausto. Rev. perú. med. exp. salud publica, ene./Mar.2003, vol.20, no.1, p.41-50.

LASTRES, Juan. La salud pública y la prevención de la viruela en el Perú. Lima, Universidad Nacional Mayor de San Marcos, 1957.

LOSSIO, Jorge. “Fiebre Amarilla, Etnicidad y Fragmentación Social” Socialismo y Participación 93 (2002): 79-90.

NEYRA RAMÍREZ, José. “La peste en el Perú” Diagnóstico 19:5 (1987). p.: 150-154.

NEYRA RAMÍREZ, José. Imágenes históricas de la Medicina Peruana. Lima: Fondo Editorial UNMSM, 1999.

PAMO REYNA, Oscar. Temas de la Historia Médica del Perú . Lima: CONCYTEC, 1990.

QUIRÓS, Carlos. “La viruela en el Perú y su erradicación: recuento histórico” Revista Peruana de Epidemiología 9:1 (1996). p.: 41-53.

QUIRÓS, Carlos. “La campaña mundial de erradicación de la viruela: papel de la Organización Panamericana de la Salud en el Perú” Revista Peruana de Epidemiología 9:1 (1996). p.: 6-11.

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La fiebre amarilla en la Lima del siglo XIX (3)

CONSECUENCIAS DE LAS EPIDEMIAS DE FIEBRE AMARILLA.- Desde el ángulo estrictamente sanitario, las dos epidemias de fiebre amarilla obligaron a ciertas mejoras en el saneamiento de Lima:

1. Canalización subterránea con tuberías de plomo.- Los primeros ensayos de canalización subterránea se hicieron en 1859 en la calle de Mantas, en una longitud de 117 metros, pero la obra quedó paralizada un tiempo, para reanudarse, a partir de 1862, siendo alcalde de la ciudad Manuel Pardo. Debido a los escasos recursos municipales, los trabajos se desarrollaron en forma lenta y empírica. Fue ante los estragos ocasionados por al epidemia del 68, y bajo la intervención de la Comisión de Salubridad, que se adoptaron medidas para llevar la ejecución de tan importante obra pública con mayor regularidad y amplitud. Una de ellas fue la resolución del 27 de agosto de 1869 que señalaba la contribución del vecindario de una cuota de 10 pesos por valor lineal de canalización. En 5 años se construyeron 31 mil metros de canales, que sumados a los ejecutados en años anteriores hacían un total de casi 34 mil metros, con un costo de 700 mil pesos.

2. Derribo de las murallas de Lima e implementación de espacios amplios en la ciudad.- Para combatir la contaminación ambiental, en 1869, el ahora alcalde de Lima, Manuel Pardo, destinó una parte importante del presupuesto municipal al plantío de árboles y al cuidado de parques y jardines; por ejemplo, transformó en jardín la antigua Plaza Bolívar y convirtió en Alameda la calle Malambo (Rímac). Desde el gobierno central, la administración del presidente Balta decidió el derribo de las innecesarias murallas coloniales y la apertura de espacios abiertos en forma de alamedas (como luego fue la alameda “Grau) o parques (como el de “La Exposición”). Todas estas transformaciones urbanas no respondieron sólo a una aspiración “parisina” de Lima sino a un verdadero plan sanitario de nuestra ciudad.

3. Construcción del hospital Dos de Mayo.- A partir de la segunda mitad del siglo XIX, la Sociedad de Beneficencia de Lima intentó mejorar el sistema hospitalario (hospitales de San Andrés, San Bartolomé y Santa Ana) , tanto en infraestructura como en asistencia médica. Se ampliaron los cuartos y se abrieron ventanas para mejorar la ventilación; se instalaron catres de fierro, se mejoró la iluminación de los cuartos, se abastecieron las boticas, se estableció un sistema de vigilancia para asegurar la presencia continua de médicos y practicantes y, para elevar el nivel de atención a los pacientes, se recurrió a las Hermanas de la Caridad (congregación francesa conocida por sus labores de asistencia en hospitales de diversas partes del mundo). Sin embargo, cuando se desataba una epidemia, eran notorias las carencias de siempre: falta de médicos y sobrepoblación. Además, por ubicarse en pleno centro de la ciudad, eran considerados focos de infección e emanación miasmática. Un cambio importante fue la fundación del “Dos de Mayo”, un hospital moderno, amplio, en las afueras de la ciudad, cuya construcción fue impulsada por el colapso que sufrió el sistema hospitalario durante la epidemia de 1868.

Desde 1868 hasta el final del siglo XIX, casi no transcurrió un año sin que se presentasen, al finalizar el verano, algunos casos de fiebre que por su cuadro general y sus síntomas particulares debían considerarse como fiebre amarilla; al menos así se refleja en las informaciones que durante esos años El Comercio publicó con alarma. En el verano de 1883, la fiebre amarilla fue llevada al Callao, desde el Norte, y los numerosos casos que se presentaron tuvieron un carácter muy pernicioso; en los años sucesivos, el fantasma de la epidemia fue una amenaza constante. Para prevenirla, la Junta de Sanidad Municipal (apoyada por dicho diario) periódicamente disponía que las calles de Lima fuesen regadas con hipoclorito de cal y los zócalos de las casas frotadas con alquitrán.


Trazo de la antigua muralla de Lima

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La fiebre amarilla en la Lima del siglo XIX (2)

LA EPIDEMIA DE 1868.- Quince años después, por segunda vez, apareció la fiebre amarilla en pleno verano y duró hasta mediados de julio. Se propagó lentamente desde Panamá, a lo largo de la Costa, estalló en el Callao en el mes de febrero, y las personas que huían la llevaron a Lima en marzo. Según los testigos, fue un verano extremadamente caluroso y además del malestar que producía el calor sofocante, se tenía entonces una peculiar sensación de presión sobre la cabeza que ocasionaba, a veces, un vértigo. Esta sensación de opresión observada en el Callao ya en febrero, solo apareció en Lima en marzo y abril, por lo que era muy natural atribuirle a la causa generadora de la fiebre.

La enfermedad cambió varias veces de carácter en el curso de su duración de 4 meses. Al principio, predominaba una gran predisposición a hemorragias, y todos los casos mortales terminaban en vómito negro, la forma típica en India Occidental. En el punto máximo de la epidemia, eran frecuentes las violentas congestione cerebrales, y la muerte se producía a menudo en el periodo de fiebre, antes de la remisión, y no pocas veces bajo convulsiones. Al final, los casos parecían ser más leves, pero la mortandad fue, en relación al número de enfermos, la más alta, a consecuencia de la inflación de los riñones y de la detención de la secreción. Los enfermos se sentían bien al ceder la fiebre y deseaban levantarse, pero se cansaban muy pronto y caían, poco a poco, en un estado de somnolencia del que ya no despertaban más.

Se afirma que en la epidemia de 1868 hubo más víctimas que en la de 1853, pero en comparación con otros lugares del Perú que fueron también atacados por la fiebre, la mortandad no fue tan grande. Según cifras oficiales, el número de los enterrados en Lima y Callao en los cuatro meses de epidemia ascendió a 6 mil sobre una población total de 180 mil. Otros lugares de la Costa, como Arica y Tacna, fueron fuertemente castigados, especialmente Islay, el puerto de Arequipa; la epidemia también se extendió hasta Iquique y Cobija, dos lugares que habían sido “respetados” en 1853.

Cuando al epidemia azotaba y diezmaba implacablemente a Lima y al litoral peruano, Manuel Pardo era director de la Beneficencia de Lima: eran los días tétricos en que las calesas llevaban a los enfermos a los hospitales, hasta entonces insuficientes y los carros mortuorios atravesaban las calles, llevando el terror y la desolación, en que los hombres se evitaban unos a otros, a veces por no comunicarse noticias funestas, otras por temor a contagiarse, nos dice una fuente.

En medio de este cuadro sombrío, Pardo emprendió una heroica cruzada. Improvisó lazaretos, organizó el sistema de ambulancias, boticas y puestos asistenciales, repartió personalmente sustancias desinfectantes, dictó medidas de higiene pública, regularizó el servicio médico gratuito, ordenó la rápida sepultura de los fallecidos y visitó el lecho de los mismos enfermos. Con vigor incomparable y sin mirar el peligro, Pardo llevó el contagio a su propio hogar, viendo desaparecer, víctima del flagelo, a uno de sus hijos más queridos. Agradecida la ciudad, le ofrendó una medalla de oro.

Esta epidemia arrebató, entre otras valiosas vidas, la del eminente jurista José Toribio Pacheco y la del talentoso y aún joven pintor Luis Montero. Como dato anecdótico, mencionamos que para combatir las miasmas que afectaban la atmósfera, la artillería estuvo haciendo disparos con pólvora en las calles y esquinas de Lima durante 15 días. Fue tal el pavor que el arzobispo Goyeneche dispuso que el 15 de abril saliera el Señor de los Milagros en procesión solemne.

En la revista Perú Ilustrado, la poetisa limeña Lastenia Larriva recordaba sí los detalles de esta atroz epidemia: Como sucede con la enfermedad que, endémica por estas regiones, toma de vez en cuando un carácter epidémico, raros eran los hijos del país atacados por el mal. Este se cebaba casi exclusivamente en las personas de la Sierra y en los europeos; pero, en cambio, con qué fuerza atacaba a éstos. Alemanes, ingleses, franceses, italianos (italianos sobre todo) morían en modo aterrador. Al principio, y con el objeto de impedir que el pánico se apoderara de los ánimos y contribuyera tal vez a propagar la epidemia, trataron las autoridades de ocultar o, por lo menos, disminuir la cifra de víctimas que diariamente hacía la fiebre. Pero este trabajo resultaba inútil pues, aunque los periódicos y las notas oficiales atenuaron los estragos del mal, todos veíamos caer a deudos, amigos y conocidos a nuestro alrededor y podíamos fácilmente deducir la gravedad de la situación. Hoy era un alto personaje como Mr. Edmundo de Lesseps el ministro de Francia o el ingeniero Blackley que tan poderosamente había contribuido dos años antes a la defensa del Callao en el memorable Dos de mayo, lo que daban el adiós a la vida, resultando impotentes los esfuerzo de la ciencia para salvarlos; mañana eran dos esposos, honrados industriales, antiguos y estimados huéspedes nuestros, los que desaparecían en pocas horas dejando huérfanos y abandonados en tierra extraña a varios tiernos niños; ya entrábamos a tal establecimiento de comercio y al echar de menos al joven alemán que de continuo nos atendía en nuestras compras, contestábamos un compañero suyo, arrasado en lágrimas los ojos, que aquél había expirado durante los pocos días que habíamos dejado al ir al almacén; o bien nos daba alguien bruscamente la noticia de que nuestra vecina de palco en el teatro, señora con quien habíamos cambiado nuestras impresiones dilettanti, acababa de recibir los últimos auxilios espirituales. Suspendiéronse entonces los espectáculos públicos y la ciudad, una de las capitales más alegres y bulliciosas en Sud-América, en estado normal, tomó un aspecto tristísimo. Por todas partes se miraban cruzar los fatídicos celestines con sus cortinillas verdes, detrás de las cuales se entreveían los amarillos y macilentos semblantes de los moribundos o el espectáculo más triste y aterrador aún de algún convoy fúnebre; y a todas horas del día y de la noche se escuchaba el sonido uniforme y clamoroso de la campanilla que anunciaba el paso del Santo Viático por las solitarias calles.


Manuel Pardo, presidente de la Beneficencia Pública de Lima durante la epidemia de 1868

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La fiebre amarilla en la Lima del siglo XIX (1)

Las epidemias, como las guerras, son momentos en los que las normas y las costumbres dejan de tomarse en consideración y las poblaciones son invadidas por el pánico y el temor. Lima fue azotada por dos grandes epidemias de fiebre amarilla, una enfermedad infecciosa, endémica en América tropical. Se caracteriza por la degeneración adiposa del hígado y congestión de las membranas mucosas del estómago e intestinos. Es debida al Leptospira icterodes transmitido al hombre por la picadura del mosquito Stegomya fasciata. Después de una incubación de 2 a 15 días, la enfermedad comienza por escalofríos, frío, cefalgia frontal y, sobre todo, por dolor en la región lumbar y vómitos. La fiebre se eleva rápidamente, hay estreñimiento, los vómitos se suceden con frecuencia y, hacia el cuarto día, las materias vomitadas son de color rojo y negro (“vómito negro”), debido ala presencia de sangre. La piel es ictérica, la orina escasa, albuminosa y puede haber hemorragias intestinales. El enfermo es presa del delirio furioso o se halla en estado de coma.

LA PRIMERA EPIDEMIA: 1852, 1853 y 1854.- A finales de 1851, los periódicos limeños informaban del “flagelo amarillo” en Nueva Orleáns, Panamá y Guayaquil. Como medida preventiva, las autoridades del Callao pusieron en cuarentena dos naves procedentes de tales regiones y que tuvieron tripulantes muertos a causa de la temida enfermedad. Aparentemente la cautela no fue suficiente. A finales de diciembre llegó a Lima, procedente de Panamá, el ciudadano José María Vásquez, quien se alojó en el Hotel Victoria, cayendo súbitamente enfermo de fiebre amarilla en enero de 1852; fue llevado al hospital de San Andrés donde falleció. Durante 1952, la incursión de la enfermedad fue benigna y, al finalizar el año, todo había vuelto ala normalidad. En enero de 1853, la trama parecía repetirse con la aparición de casos aislados, básicamente tripulantes de embarcaciones procedentes de regiones infectadas de Centro América que poco después de arribados fallecían de fiebre amarilla.

Pero esta vez el impacto aumentó. Una de las primeras reacciones oficiales fue solicitar la el establecimiento de lazaretos (edificaciones para aislar a las personas presuntamente contagiosas); específicamente, se recomendaba establecer uno en la isla de San Lorenzo. También se establecía que las embarcaciones procedentes de zonas infectadas tenían la obligación de anclar a sotavento del puerto a fin de evitar que las otras embarcaciones o la población vecina corriesen riesgo de contagiarse a través del aire. Pero todas estas medidas para impedir la entrada de fiebre amarilla al recinto urbano fracasaron en 1854.

Fue la primera epidemia de fiebre amarilla que estalló en Lima en el siglo XIX. Según refiere el doctor Hermilio Valdizán en su Diccionario de la medicina peruana, el número de enfermos fue muy elevado pero relativamente pequeño el de la mortandad. En total, hubo 810 víctimas (367 hombres, 201 mujeres y 110 niños). Se inició en las Antillas y marchó, progresivamente, de Norte a Sur. Apareció en el Callao con el arribo de barcos de la “Línea del Pacífico” procedentes de Panamá; finalmente, la epidemia llegó hasta Tacna.

Los primeros casos fueron tratados en el hospital de San Andrés. Se advirtió a la población que se debían tomar medidas para no infestar toda la ciudad de la enfermedad. Se insistió en fundar un hospital fuera de la ciudad. Aquí, las recomendaciones aparecidas en el diario El Comercio (lunes 16 de enero de 1854): Los casos de fiebre amarilla que ha habido en el Hospital San Andrés de esta capital han sido desgraciados, han muerto cuatro individuos; sólo uno de ha salvado, que llegó al hospital en la primera invasión del mal. Nos parece que si continúan curando los pacientes de esa enfermedad en un hospital que tiene seiscientos enfermos es el modo de formar un foco de infección que pronto hará desarrollar la fiebre en toda la ciudad de un modo doloroso. Los más de estos desgraciados han venido del Callao, donde también ha habido varios casos. Nada es más fácil que establecer un hospital en Bellavista, aunque sea una ramada y remitir allí todo el que apareciera con síntomas de esa terrible enfermedad. Esta medida y la de poner en práctica todos los principios de higiene que han producido tan buen resultado a todas partes, harían que las fiebres otoñales que en este año veremos adelantarse, no produzcan la fiebre que con tanta razón es temible.

Como vemos, se habla de la necesidad de abrir un hospital en Bellavista, pues el de San Andrés, al estar dentro de las murallas de la ciudad, exponía a todos sus pobladores a tan grave mal. La Junta Suprema de sanidad tuvo que reunirse y dio el siguiente informe, que revela el poco conocimiento de las autoridades frente a una enfermedad tan peligrosa:

1. No debe haber mayor alarma: los enfermos solo son extranjeros y del interior, no de la población
2. No se expandirá el mal porque los casos son esporádicos y el clima se opone al desarrollo del mal
3. Se tiene como precaución la formación de un Lazareto, destinado el Hospital del Refugio para ello.

La Junta, además, dio las siguientes “recomendaciones”:

a. Mayor aseo en cocinerías, mantequerías, paradas, caballerizas, curtidurías, camales, conventos, etc.
b. Ningún cadáver del cementerio sea movido por 5 años
c. Se examine la “buena calidad de los víveres” u “sobre las reses tocadas o enfermas por la más ligera causa, se extraigan del consumo público”
d. En los depósitos de víveres en al plaza del mercado haya mayor limpieza y ventilación; se prohíbe cocinar o prender todo tipo de fuego.
e. Se mantengan limpias –desatoradas y desobstruidas- las acequias de la ciudad

Como vemos, las condiciones de salubridad eran muy deficientes pero también lo eran las medidas presentadas. No se tenía la más mínima sospecha de que iba a desencadenarse una epidemia de fiebre amarilla en Lima; por otro lado, hubo muy poca colaboración de los vecinos. Todos estos días fueron muy agitados con el fin de evitar la expansión de la enfermedad. La Junta puso mucho énfasis en al necesidad de mantener limpias lasa cequias interiores y exteriores. Se trataba de cambiar los hábitos y costumbres de los limeños en relación a las medidas de higiene y limpieza. Se reiteró que el mal se propagaba con mayor rapidez cuando había descuido de las indicaciones higiénicas.

A pesar de todas las recomendaciones, la epidemia se produjo. ¿Qué pasó?:

1. No fue suficiente establecer medidas si no se contaba con la garantía de poderlas ejecutar y hacerlas cumplir
2. La población no actuó rápidamente para poder evitar la propagación
3. No se tenía conciencia de la magnitud de la epidemia.

Durante esta epidemia, el único “lazareto” que se habilitó fue la “Huaca” (situado junto al portal de Maravillas, en el extremo oriental de la ciudad) que hasta entonces había funcionado como un tambo perteneciente a Martín de Osambela. Esto ocurrió el 22 de enero de 1854. El también llamado lazareto “Maravilas” estaba entre el convento de Santo Domingo y el río Rímac.


Estragos de la fiebre amarilla según cuadros del siglo XIX

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Enfermedades, epidemias y muerte en Lima, siglo XIX

A lo largo del siglo XIX, los estudios realizados por Hipólito Unanue fueron los que marcaron la pauta para establecer los conceptos sobre salud, enfermedad y muerte. La salud estaba ligada al clima y al medio ambiente. Para los médicos, el hombre era sano cuando vivía en armonía con la naturaleza. Un estado de anomalía en esta relación definía la enfermedad, producida por agentes ambientales. En este sentido, la muerte era concebida como el efecto de la ruptura total de esta relación con la naturaleza.

La pregunta era ¿Lima y los limeños vivían al filo de esta ruptura en el siglo XIX? La respuesta es sí. Veamos. La densidad fue siempre uno de los problemas de nuestra capital. El crecimiento de la población no fue correspondido con un incremento en la oferta de viviendas ni se ampliaron las fronteras de la ciudad (hasta la década de 1870, por ejemplo, todavía estaban en pie las murallas coloniales). Lima creció hacia adentro, impulsando la tugurización. Una consecuencia fue la proliferación del uso del callejón y de las casas con cuartos de vecindad (las antiguas casonas eran subdivididas para el arrendamiento).

De otro lado, había el hacinamiento de hombres y animales. Dentro de los domicilios era común la existencia de corrales, gallineros y huertas y, en el caso de casonas más grandes, de establos y acequias interiores. El panorama era el de un espacio de vida semirural. Los limeños convivían con una enorme cantidad de bichos (roedores e insectos) y animales domésticos (gallinas, gallos, pavos perros, gatos, cerdos, caballos…). En suma, las condiciones de vivienda facilitaban la infección de enfermedades de animales a los seres humanos.

En las calles de la ciudad era usual cruzarse con el ganado vacuno saliendo de las lecherías para dirigirse hacia los establos o lomas, con pobladores bañando a sus caballos con el agua de las acequias, y recuas de mulas transportando toda clase de mercaderías que llegaban a la capital desde el interior del país. Particular importancia tenía la mula, un animal bastante apreciado por su fuerza y resistencia; era el medio más utilizado por los comerciantes peruanos. Los gallinazos se hallaban usualmente asentados en los rincones más altos de la ciudad (techos de las casas, torres de las iglesias, copas de los árboles) o volando en círculos alrededor de los mercados y mataderos. La presencia de masiva de estas aves es un indicador bastante elocuente de las condiciones ambientales e higiénicas de la Lima de entonces: abundancia de inmundicias y restos de animales abandonados en las calles.

Otro problema, muy grave, era el primitivo sistema de desagüe de nuestra capital. En 1860, el famoso médico e higienista Francisco Rosas, presentó un informe acerca de las pésimas condiciones sanitarias de Lima y sus graves consecuencias en la salud de sus habitantes. En él, puso énfasis en el sistema de los desagües públicos que, a la manera de cloacas, atravesaban abiertos en las calles de la ciudad y eran un foco de infección: Nada más desagradable a la vista, más repugnante al olfato y más dañino a la salud que esas grietas irregulares, que conduciendo en más o menos abundancia un líquido espeso tan variado en sus matices como en sus olores, recorren todos los puntos de la ciudad con el nombre de acequias. Destinados a ser para las poblaciones lo que los ríos para los campos, es decir, la vida y la alegría, se han convertido entre nosotros en poderosos agentes de disgustos y enfermedades… Cuando aumenta la cantidad de agua o se detiene su curso por algún obstáculo, rebosa y se derrama el líquido elemento, inundando las calles de uno y otro lado. Este acontecimiento, que se repite con frecuencia, suele dar a la Ciudad de los Reyes el aspecto de un pantano, convirtiéndose en causa principal de las terribles intermitentes, de los tabardillos, de las graves disenterías y de otras enfermedades que diezman ala población, especialmente en el otoño.

Cuando el doctor Rosas escribió esta cruda realidad, existían 196 acequias en las calles limeñas y 894 en las casas privadas.

Indudablemente, las mejoras que se operaron en el sistema de desagües públicos a partir de 1868, durante el gobierno del presidente Balta, incidieron en la merma de los males señalados por el doctor Rosas. En este sentido, a partir de la década de 1890, raras veces estallaron en Lima enfermedades epidémicas. El tifus se daba en casos aislados; la fiebre de la escarlatina era conocida solo por el nombre; el cólera era solo una amenaza ocasional y aislada; los casos de viruela, si bien se presentaban cada año entre la población pobre, nunca alcanzaban la categoría de epidemia; la difteria, tan propagada antes de la década de 1850, prácticamente había desaparecido. En cambio, el cuadro sanitario de Lima se vio constantemente afectado por la presencia de la fiebre amarilla, que causaba temidas epidemias.


Lima en el siglo XIX: calle Judíos, al costado de la Catedral

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Monumento a José Antonio del Busto: un acto de justicia

Ayer viernes 20 de febrero, se cumplió un acto de justicia: se develó en el distrito de Barranco un monumento que honra la memoria de uno de los historiadores más notables que dio nuestro país, José Antonio del Busto Duturburu (Lima, 1932-2006). Ubicado en el cruce de la avenida San Martín con la calle Sucre, es un homenaje que le rinden sus amigos barranquinos.

Tuve el honor de conocerlo cuando ingresé a la Universidad Católica. Fue mi profesor en la especialidad de Historia y luego colega en el Departamento de Humanidades; mi oficina estaba junto a la suya, lo que facilitó nuestra amistad. Viajero inagotable, me contaba sus viajes a la Polinesia, a la Antártica, al norte del África, o su reconstrucción de la travesía de Orellana por el río Amazonas. Cuando fui su alumno, quedé marcado con su descripción de los viajes de Pizarro y la captura del inca Atahualpa en la plaza de Cajamarca. Luego, tuve la responsabilidad de reemplazarlo durante un mes en su curso de Historia del Perú 1 en Estudios Generales Letras cuando se fue a reconstruir el segundo viaje de Colón. Así fue don Antonio del Busto, un viajero tenaz; el único historiador peruano -como decía- que había pisado los seis continentes. A inicios de los 90, tuve el privilegio de recorrer con él buena parte del Perú. Y de todos esos periplos, quizá el que más me marcó fue el que hicimos a Ayacucho. Recuerdo su reflexión sobre nuestra independencia en la Pampa de la Quinua; su reconstrucción de la batalla de Chupas en el mismo lugar donde se dio y que significó la derrota de los almagristas; la escalada a la cueva de Pikimachay, primera huella del hombre en los Andes; la travesía a la mítica y espectacular Vilcashuamán, donde está el único ushnu -o trono del Inca- que se conserva en el Perú. Conversar con él era un deleite, una enciclopedia viva. Sin duda, una de las personas más honestas que conocí, en todos los sentidos. De él aprendimos la terca apuesta por el Perú.



Fotos: Juan Luis Orrego

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Bares célebres de Lima ya desaparecidos

Durante los años 50 del siglo pasado, funcionaron en Lima algunos bares que aún despiertan alguna nostalgia entre los viejos limeños. Por ejemplo, EL PALERMO, en el Parque Universitario. Tenía un local amplio, el más grande que se recuerde en la zona. Estaba ubicado en la segunda cuadra de La Colmena, a pocos metros del Parque Universitario. La atención era esmerada pero nada especial en los servicios de la cafetería, el restaurante y el bar. Sus 22 mesas familiares, alfombradas de aserrín, acogían casi las 24 horas del día a un público que reunía a profesores y estudiantes de la universidad de San Marcos y alguno que otro de la Universidad Católica; la mayoría procedía de las Facultades de Letras y de Derecho. Pero también eran clientes muchos periodistas porque, al cierre de la edición, redactores y reporteros de La Prensa, La Crónica y El Comercio, se daban cita en EL PALERMO. Juntos pero no confundidos, se podía ver al novelista José María Arguedas y al maestro Raúl Porras Barrenechea, a los poetas Alberto Escobar y Francisco Bendezú, al estudiante de historia Pablo Macera, y al pedagogo Oscar Franco. A los periodistas Pedro Álvarez del Villar y al crítico y poeta Augusto Salazar Bondy. Al filósofo Víctor Li Carrillo y al estudiante de Derecho Félix Arias Schereiber. Al sociólogo Aníbal Quijano y al narrador Eleodoro Vargas Vicuña -en el 55, recién llegado de Arequipa-, al poeta Juan Gonzalo Rose y al historiador Emilio Choy, al cuentista Oswaldo Reynoso y al crítico de cine Hugo Bravo, a las estudiantes de Letras Esperanza Ruiz, Nécida Coronado y Evelina Gayoso. Todos, jóvenes personajes que vivieron la férrea dictadura militar del General Odría. Para muchos, fue la extensión del Patio de Letras de la Universidad de San Marcos. El negocio fue fundado por la familia italiana Cocchella que, a principios de los 50, lo vendieron a una familia japonesa, los Kuniyoshi (el jefe del clan era don Santiago Kuniyoshi).

Tambien se recuerda al ZELA, en el Portal del Norte de la Plaza San Martín, donde acudían el pintor Sérvulo Gutiérrez y gente de la Universidad Católica. Asimismo, el NEGRO-NEGRO, en un sótano de la Plaza San Martín, que fue un centro nocturno muy especial. Decorado al estilo parisién por la artista francesa Odile Marley, con la colaboración de Juanito Pardo de Zela, le dieron un ambiente intelectual que hizo de este local el lugar predilecto de artistas, literatos y personajes de la más fina bohemia de los años 50, que algunos llaman los “años felices”. Era “el Ateneo de la intelectualidad del momento, que venía de la Segunda Guerra Mundial…”, dice uno de los habitués de ese inolvidable centro nocturno que ofrecía el placer de conversar, brindar, escuchar música, ver teatro (especialmente comedias) y exposiciones de pintura y, finalmente, hacer bohemia. Funcionaba a media luz, con un jazz de fondo que tocaba un pianista invidente: Freddy Ochoa. Sus dueños eran los hermanos Leo y José Barba, este último padre del ex congresista José Barba Caballero. A la entrada de NEGRO NEGRO había una galería-librería, cuyos dueños eran Paco Moncloa y Sebastián Salazar Bondy, uno de los intelectuales más importantes de esos años. La librería funcionaba hasta poco más de la medianoche. Entre sus más asiduos concurrentes estaban: Sérvulo Gutiérrez, Alfonso Tealdo, Juan Ríos, Catita Recavarren, el torero Juanito Doblado, Alberto Brun, Carlos Eduardo Zavaleta, Fernando de Szyszlo, Blanca Varela, Edgardo Pérez Luna, Alfonso Grados Bertorini, etc.

Finalmente, no podemos dejar de mencionar LA CATEDRAL , célebre por la novela Conversación en la Catedral de Mario Vargas Llosa. En realidad, se trató de una conocida chingana de obreros, artesanos y desocupados; estaba ubicada al borde del cuartel primero de la vieja Lima, en las inmediaciones del Puente del Ejército y de la avenida Argentina. Allí se desarrollaron las conversaciones entre Santiago Zavala y Ambrosio Pardo (hoy se encuentra en estado ruinoso).

MVLL en “La Catedral” hacia 1970


Local del bar “La Catedral”, tal como se encuentra hoy

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Carta sobre Patricio Lynch

Una amable lectora de este blog, que reside en Nueva York, nos envió un correo sobre la entrevista que unos corresponsales norteamericanos le hiciera a Patricio Lynch. En ella, el que fuera responsable de las tropas chilenas durante la ocupación del Perú, presenta algunas impresiones, nada favorables, sobre nuestro país. Presentamos lo que nos dice la lectora como un intento de reflexionar sobre la imagen que se llevaron los chilenos sobre el Perú y que,a lo largo del tiempo, quizá hasta hoy, no ha variado mucho en el país del sur.

De mi consideración:

En atención a su sugerencia, en su blogs estuve buscando temas relacionados a la guerra de Perú y Chile (1879), pero lamentablemente no los he ubicado. Es comprensible que todos los pormenores relacionados a este tema son muy extensos, se han contado tantas versiones, unas oficiales y otras extraoficiales, y ya que se presenta la ocasión, permítame realizarle un pequeño comentario:

Hace bastante tiempo atrás, me topé con una pequeña información, sobre la existencia de una entrevista periodística que le hizo un reportero del New York Herald en 1883 al jefe chileno Alm. Patricio Lynch relacionado a la culminación de la Guerra del Pacífico y la terrible humillación experimentada por el Perú. No pensé que esta entrevista existiera (en mis épocas de estudiante escolar, los profesores ni siquiera hicieron alusión alguna de la existencia de esta entrevista) pero lo que me llamó poderosamente la atención fueron los comentarios vertidos en su momento por el oficial chileno a este reportero, en relación a la política interna de nuestro país “…que tenía que existir un gobierno moderado y honrado y que era de esperar que todo lo sobrevenido iba a ser una lección útil para los peruanos para que sepan disciplinarse…” y en otra parte de la entrevista enfatiza “que si el comercio e industria prosperó en medio de la ocupación chilena, ha sido gracias a ellos, a su buena administración…”.

Me puse a pensar en el sufrimiento y humillación experimentado por nuestros compatriotas en esos años de ocupación chilena, y resulta enervante el solo imaginarlo. Bajo estos hechos, ¿a quién se le puede atribuir la autoría de esta guerra? ¿acaso no fueron algunos de nuestros compatriotas los causantes de la ignominia por la que padeció el pueblo peruano vencido por el ejército chileno en aquel entonces?.

Desde hace algún tiempo atrás, me he ido informando sobre temas relacionados a este triste episodio, y definitivamente la historia que enseñan en los colegios es muy mínima, basada en medias verdades que en nada se ajustan a la realidad de lo que realmente ocurrió entre los años 1789 a 1883 aproximadamente.

Le quedo muy agradecida por su amable atención.

Le saluda atentamente,

Pilar Chanduv


Patricio Lynch

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