Archivo por meses: Septiembre 2014

Comentario al libro de V.A. Belaunde, ‘El expediente Prado’

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Contaba el historiador Jorge Basadre, en sus conversaciones con Pablo Macera, que Nicolás de Piérola, ya anciano, recibía en su casa de la calle El Milagro a jóvenes para hablar sobre el país y su trayectoria política. Le había llegado la versión que el viejo caudillo decía que, cuando le preguntaban por qué no se defendía de los ataques que recibía por su actuación durante la guerra con Chile, prefería guardar silencio, que como peruano no quería verse en la obligación de exponer temas muy vergonzosos o desagradables.

Creo, como historiador, que ya es tiempo de hacer una reparadora autocrítica de lo que le sucedió al Perú en la coyuntura de la década de 1870, que culminó con la debacle de la pomposamente llamada Guerra del Pacífico, que no fue nada más que una guerra por el salitre. La historia oficial, aquella historia “patria”, quiso maquillar los hechos victimizando al Perú, presa de un histórico expansionismo chileno, y cuya dignidad solo pudo salvarse con la inmolación de sus héroes, motivo de orgullo nacional. Toda esta trama se tejió intencionalmente, tratando de ocultar o pasar por alto, en la medida de lo posible, a los responsables de esta debacle, a pesar de las denuncias de Manuel Gonzáles Prada o de las mismas Memorias de Cáceres, en las que se reseña cómo algunos peruanos colaboraron en el repase a los campesinos heridos que peleaban junto al caudillo de la Campaña de la Breña.

La vergüenza nacional por la derrota y la posterior frustración o impotencia frente al tema del plebiscito de Tacna y Arica hicieron que el recuerdo de los héroes sea mayúsculo y que los mismos historiadores, en sus relatos de la guerra, se cuidaran, en la medida de lo posible, de que no saltara la pus en sus textos. Esta versión se instaló no solo en el ámbito académico sino también en el discurso del espacio público y, obviamente, en los textos escolares. Y así hemos vivido, casi hasta hoy.

Todo ejercicio de autocrítica debe empezar por dejar de cargar la responsabilidad al otro. Empezar, por ejemplo, en reconocer públicamente, y no en cerrados círculos académicos, los terribles errores geopolíticos que cometió la clase política peruana de 1870, como fueron la nacionalización del salitre o la firma del innecesario (y torpe) tratado secreto con Bolivia llevadas a cabo por el gobierno de Manuel Pardo; se trató de medidas de exclusiva responsabilidad nuestra, pues nadie nos empujó a tamaño despropósito, y sus consecuencias fueron nefastas. Le dimos a Chile los pretextos perfectos para que estallara la crisis en 1879, y no solo respecto al Tratado sino que los sureños entendieron que Hilarión Daza, luego de decretar el impuesto de los 10 centavos, declarara también la nacionalización de su salitre “empujado” por el Perú. En su momento, como reconoce el mismo Basadre, los salitreros peruanos advirtieron, sin éxito, a Pardo sobre la inconveniencia de su política frente al salitre.

Otro tema que no se aborda con objetividad es el tema de la defensa. Es cierto que Pardo anuló los contratos para la construcción de un par de blindados que había ordenado Balta en astilleros ingleses, debido a una adquisición similar que había efectuado Chile. También es cierto que Pardo redujo considerablemente los gastos de defensa debido a la crisis fiscal. Pero lo que no se dice es que el “expansionista” Chile hizo lo mismo, debido a la recesión económica que afectó a toda la región, en parte, por la crisis de la bolsa de Londres, en 1873. Allá también se redujo el gasto en defensa, se disminuyó el número de movilizables y el gobierno dio órdenes a sus representantes en Europa de poner a la venta al menos uno de los blindados que había mandado construir; todo eso está documentado. Recordemos que la versión peruana insiste en que uno de los factores de la derrota en la campaña naval fue la diferencia que marcaron los blindados Cochrane y Blanco Encalada frente a las naves peruanas, incluidos, por supuesto, los casi inservibles monitores Manco Cápac y Atahualpa, adquiridos irregularmente por el personaje que nos convoca esta noche, como bien lo reseña el autor del libro. 

Y entre otros temas, los peruanos parecemos no querer enterarnos, por ejemplo, que, debido a que no había gobierno, durante los dos días que transcurrieron entre la derrota en Miraflores y el ingreso de las tropas chilenas a Lima no sólo hubo desmanes con asaltos a negocios e incendios a locales de chinos, acusados injustamente de la derrota, sino también un primer saqueo de edificios públicos, incluida nuestra sufrida Biblioteca Nacional. Tampoco queremos reconocer que, según diversos documentos, durante la ocupación de Lima, se desató un mercado negro de tráfico objetos de arte, en el que precisamente no participaban generales o soldados chilenos. Dicho de manera más clara: no todo el patrimonio cultural, incluido el bibliográfico, que desapareció durante la guerra se fue a Chile, y gente como Ricardo Palma lo sabía.

El libro que nos convoca esta noche va en esta dirección de la autocrítica y debemos felicitar al autor por la copiosa reunión documental que apoya al texto. Creo que es uno de los aspectos más relevantes del libro. Podemos estar de acuerdo o no con algunas de sus conclusiones o interpretaciones, pero no podemos regatear el hecho de que éstas se basan en una paciente recolección empírica, no solo en archivos peruanos y chilenos, sino también de británicos y norteamericanos. Eso ya es un logro. Víctor Andrés se ha convertido en un congresista del siglo XIX, pues ha utilizado todas sus habilidades fiscalizadoras como parlamentario de nuestros tiempos a rastrear la fortuna privada de un personaje que, siendo Presidente, abandonó el país en su hora más crítica. Esta inaceptable deserción es otro de los temas centrales del libro.

Un punto que quisiera destacar, y que lo he tratado en tiempos de la guerra de la Independencia, es el comportamiento de los “actores sociales”, ya sea de manera individual o colectiva, durante un conflicto. En el caso de la guerra con Chile, se trata de un tiempo relativamente largo, pues el conflicto duró más de lo esperado, en parte porque el Perú no quiso firmar la derrota luego de la campaña del sur: fueron 5 años agobiantes, si tenemos en cuenta que el ejército chileno recién abandonó el Perú en 1884, para sostener el gobierno de Iglesias y garantizar el cumplimiento del Tratado de Ancón.

Cuando estalla un conflicto, el comportamiento de los actores sociales es muy complejo, y las motivaciones de sus acciones no solo obedecen a principios políticos o ideológicos, en este caso nacionales o “patriotas”, sino también procuran, en lo posible, salvar su patrimonio, ver la seguridad de su familia. No todos están dispuestos a inmolarse, como lo demuestran tantos conflictos en la historia contemporánea, incluso en esta época romántica y nacionalista del siglo XIX. Al momento de defender sus intereses, aunque sea muy poco el patrimonio, el nacionalismo pasa a un segundo plano.

Para el señor Prado la guerra fue la peor de las noticias, como él mismo reconoció. Tenía muchos intereses en Chile, como documenta detalladamente el libro que presentamos. Cabe recordar que hasta 1879, con el país de la región con el que teníamos más relaciones y contactos de todo tipo era con Chile; y no solo Prado tenía negocios allá sino, por ejemplo, muchos salitreros peruanos, como Guillermo Billinghurst, quien también ha merecido recientes estudios muy bien documentados. Esta es una interesante línea de investigación, pues también varios empresarios chilenos, con intereses en el Perú, se vieron afectados.

Respecto al señor Prado, ya sabemos qué escogió, como otros también lo hicieron. Hubiera preferido declara la neutralidad del Perú frente al problema entre Chile y Bolivia, pero el tratado secreto y el fanatismo nacionalista que algunos se encargaron de exacerbar en 1879 lo empujaron a la guerra. Él, como pocos, sabían que el país no estaba preparado, por ello allí están sus telegramas ordenando a nuestros representantes en Europa la compra urgente de armamento, mientras hacía tiempo enviando a José Antonio de Lavalle a una misión que sabía no tenía ninguna posibilidad de éxito. Si leemos atentamente las Memorias de Lavalle, nos daremos cuenta cómo Prado casi no le dio crédito a lo que podía lograr su Embajador Plenipotenciario en su viaje a Santiago. La versión chilena que afirma que la Misión Lavalle era una estrategia para ganar tiempo, lamentablemente, es cierta. La deserción de Prado también se explica porque temía por su vida, por la creciente amenaza del movimiento insurrecto de Piérola.

Hoy presentamos El Expediente Prado pero, para ser justos, otros “expedientes” también debieran ser estudiados y publicados, y tener así una visión más amplia del conflicto que estalló en 1879. Me refiero, por ejemplo, al “Expediente Piérola”, otro de los personajes claves del periodo y que ha pasado en la memoria colectiva relativamente bien, en parte porque hizo un medianamente aceptable gobierno entre 1895 y 1899. Sin embargo, como bien lo ha documentado el trabajo de Alfonso Quiróz, en su libro Historia de la corrupción en el Perú, publicado el año pasado, la actuación del conspirador arequipeño fue más que lamentable, y no solo por su errática estrategia en la defensa de Lima y su rocambolesco gobierno en las alturas ayacuchanas. 

Prado huyó, pero Piérola, durante su dictadura, siguió comprando armas y municiones muy costosas y en ocasiones defectuosas a Grace Brothers & Co., así como a otros proveedores. Gracias a estos negocios, se hizo muy amigo de M.P. Grace, como lo revela su correspondencia. Durante su gobierno, Piérola impuso decisiones financieras muy nocivas que aceleraron la debacle militar. Encontró, como anota Quiroz, excelentes oportunidades para malversar y saquear los fondos destinados a la defensa nacional Nunca presentó cuentas o registro oficial para justificar los retiros de dinero, entre 95 y 130 millones de soles en un año de dictadura. Una investigación oficial llevada a cabo en 1884 encontró que durante la guerra hubo irregularidades extremas en el manejo de los fondos, pero no hubo sanción alguna.

Piérola también huyó, pero su itinerario fue distinto. Primero lo hizo al interior, a la sierra ayacuchana, sometiendo a diversas aldeas y pueblos a expoliaciones para recuperar su caudal político. No le sirvió, por lo que tuvo que dejar el país en marzo de 1882. Se fue a París, gracias a los fondos y hospitalidad de su amigo Dreyfus, que le apoyaría en otra campaña para volver al poder cuando las condiciones así lo permitieran. Su amigo Grace también lo apoyó, con “préstamos” en reconocimiento por sus pasados servicios y con la expectativa de su regreso a la presidencia.

Esperando, entonces, la aparición de otros “expedientes”, saludamos el libro de Víctor Andrés, que merece una lectura detenida, sin tempranas conclusiones producto de una revisión apresurada. Hemos de tomarnos tiempo para digerir cuidadosamente su trabajo y analizarlo con seriedad, con sentido académico, sin apasionamientos nacionalistas, que nublan el entendimiento. Muchas gracias.  

Nota.- Este texto fue leído por el autor de este blog el día de la presentación del libro de Víctor Andrés García Belaunde (Feria del Libro de Lima, 1 de agosto de 2014).

 

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Un gran baile en la Lima de 1839

El 29 de septiembre de 1839, para celebrar la batalla de Yungay y el fin de la Confederación Perú-boliviana, la dama limeña Mercedes Subirat Cossio, esposa del general Antonio Gutiérrez de La Fuente, ofreció un gran baile en su casa. A continuación, el texto del redactor de El Comercio:

Digan lo que quieran los que gustan alabar los tiempos pasados y deprimir los presentes. Lima es siempre ciudad de alegría y diversiones; lo mismo antes que despues[sic] de cambiar la ciudad de los libres, su antiguo nombre de ciudad de los reyes. Las personas y aun parte de las clases, que figuraban antes de 1830, es el único que ha cambiado despues[sic] en la escena política y social; pero las mismas fiestas han quedado, la misma disposición á divertirse entre las jentes[sic], el mismo ardor por los espectáculos públicos, para aprovecharse de cualquiera circunstancia en que pueda reunirse un cierto número de curiosos á otro de picantes tapadas. Lo hemos visto en estos días pasados; la fiesta insignificante de Cocharcas, atrajo ácia[sic] la portada, por 8 dias, un concurso lúcido de elegantes carruajes y no menos vistosos caballeros, con un indispensable salsa de tapadas; y mas[sic] recientemente las vísperas y procesión de la Virgen de Mercedes, presentaban cierto aire de alegría y fiesta, que raras veces se vé[sic] en otras partes. Pero en lo que seguramente llevamos hoy grandes ventajas á nuestro s antepasados, es en las reuniones ó fiestas domésticas. La misma fiesta de Mercedes ha sido celebrado á un tiempo en muchas casas, en obsequio de varias interesantes Merceditas: en unas un banquete de familia, en que reinaba el buen gusto á la par del mejor humor; en alguna de estas mesas dos amantes próximos á reunirse con el lazo indisuluble, despues[sic] de haber livado juntos porque se acercase el deseado dia[sic] han vuelto tal vez los ojos á una tierna amiga y han brindado con ella por el amante ausente, á quien no era dado tomar parte de tanta alegría…..

Pero dejemos á un lado los banquetes del día, y sus incidentes, más ó menos interesantes, que los bailes de la noche del 24 y los que con el mismo motivo han sucedido hasta el 29, reclaman por ahora toda nuestra atención. Entre estos ninguno como el que ha dado el jeneral[sic] La Fuente en obsequio de la S[eñor]a su esposa: ha sido seguramente digno de la muy cumplida señora a quien se dedicaba: felicitamos al jeneral[sic] por su buen gusto en todos los preparativos, por la acertada elección en de sus huespedes[sic], y por la cortesía y elegancia con que no cesó toda la noche en atenderlos y obsequiarlos. La casa del jeneral[sic] La Fuente nuevamente reparada, se prestaba maravillosamente para una fiesta en que la juventud y las gracias dabían[sic] hacer el papel principal y la iluminacion[sic] y amueblado correspondían perfectamente a este designio.  A las 9 de la noche estaban poblados todos los salones de personas de ambos sexos vestidas con elegancia y ya alternaban las vistosas contradanzas nacionales con la alegre y rápida valza alemana. Notamos entre los personajes de distincion[sic] (y toda lar reunión se merecía calificarse de ese modo) al señor jeneral[sic] del ejército Restaurador con su estado mayor, señores encargados de negocios británicosy chilenos, el comandante de la fragata de S.M.B. “Presidente” con algunos de sus oficiales, el cónsul jeneral[sic] del Ecuador, los señores jenerales[sic] Raigada y Salazar, el señor Álvarez de la Corte Suprema, el coronel Ugarteche , los señores de  Mendiburu, &. &. Nada diremos de las damas, sus atractivas y sus galas: cada una de ellas merecería nombrarse y elogiarse en un artículo por separado; y a nosotros, a quien escasamente le toca un rinconcito del diario, abandonamos la empresa para otra ocasion[sic] en que nos sea permitido dar algun[sic] ensanche á nuestros sentimientos de admiracion[sic] por parte selecta del bello sexo de la capital.  A eso de las 11 y media fueron conducidas las señoras, por caballeros designados al efecto, á una suntuosa mesa de refresco, preparada en el patio interior que habia[sic] sido entoldado y entapizado con sumo gusto: el efecto de este salon[sic] improvisado, medio rustico[sic] por decoracion[sic], iluminado brillantemente, animado con una musica[sic] melodiosa, y sobre todo por la presencia de tantas bellas damas, era verdaderamente majico[sic] y parecía que hubiésemos sido transportados á una escena de ilusion[sic] y de encantos. Un intermedio de musica[sic] siguió inmediatamente despues[sic] de la mesa: y aunque es menester confesar que en esta parte no ha hecho todavia[sic] grandes progresos nuestra sociedad, debemos citar el placer que nos causo[sic] la señorita Vivero en algunas arias italianas, cantadas con sumo gusto y la mas deliciosa voz: un buen acompañante creo habria[sic] hecho brillar mas[sic] el bello talento de esta señorita. Otras arias italianas fueron desempeñadas por un caballero extranjero, cuyo nombre ignoramos, atrayendo nuestra atencion[sic] en trozo escojido[sic] de piano por la Señorita D[oñ]a Carolina La Fuente (que sea dicho de paso es un modelo de buen tono y eduacacion[sic]) y que por su ejecuacion[sic] rápida y brillante y su estilo puro y delicada espresion[sic], va a ser sin duda la primera pianista de la capital. A las contradanzas sucedieron las contradanzas interpoladas con cuadrillas y bailes aislados, todo con el mejor orden y decoro, hasta la hora de la cena, que se sirvió en el mismo salon[sic] de refresco, y correspondió en un todo al primer servicio de refrescos. La luz de la mañana se mezclaba ya con la luz artificial de las arañas y lámparas, y en nada había disminuido la alegría y la buena disposicion[sic] de los concurrentes solamente á la sonora orquesta militar y al piano del salón, habia[sic] succedido[sic] la guitarra con el tamborilero popular que hace danzar á los mas[sic] graves, y que retuvo á casi toda la concurrencia hasta las 7 de la mañana, en que se separaron todos muy contentos y satisfechos. Así, pues, ha sido suficiente el que renazca entre nosotros la calma para que hayan vuelto con ella todas aquellas diversiones que hacen el encanto de nuestra sociedad. Por nuestra parte preferiremos siempre las que se parezcan á la del Sr. Jeneral[sic] La Fuente, por el buen humor y franqueza unidas con el mas[sic] perfecto decoro y cortesania[sic] entre los convidados.

Fuente: El Comercio, miércoles 2 de octubre de 1839, p. 2.

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