Archivo por meses: Abril 2013

Laura Esther Rodríguez Dulanto, pionera de la medicina peruana

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Esta vez queremos recordar y rendir homenaje a la doctora Laura Esther Rodríguez Dulanto, una mujer de extraordinaria vocación quien, desoyendo los prejuicios de su época, culminó la secundaria y siguió estudios universitarios, convirtiéndose en la primera médico-cirujana del Perú. En efecto, fue la primera mujer peruana que ingresó a la universidad, en mayo de 1892, y juramentó como médico-cirujana el 25 de octubre de 1900 en la Facultad de Medicina de San Fernando, un hito sin precedentes de la medicina peruana.

Su fecha de nacimiento variaba según las fuentes: 1874, 1875  y 1876; otros dieron fechas más precisas, como el 13 de octubre de 1875. Respecto al lugar, nació en Supe “Antiguo”, distrito de Supe, en la ex-provincia de Chancay, pues ahora está dentro de la jurisdicción de la provincia de Barranca (departamento de  Lima). Su lugar natal fue destruido por lluvias torrenciales y huaycos durante el mes de marzo de 1891, por lo que los libros bautismales de su época fueron derivados a los pueblos de Pativilca, Barranca y Puerto Supe; esto dificultó hallar su partida bautismal.

Pero, afortunadamente la encontramos. En la partida dice: “María Laura Ester, bautizada el 28 de octubre de 1872, de diez días de nacida, en la Capilla de Santa María Magdalena de Supe, hija legítima de Don Marcelo Rodríguez y de Doña María Cristina…”. Su nombre completo fue María Laura Ester Rodríguez Dulanto, y su verdadera fecha de nacimiento es el 18 de octubre de 1872 (en Supe).

En el siglo XIX, Supe “Antiguo” estaba ubicado en lo que actualmente se denomina Campiña de Supe, y Laura Esther nació en la zona denominada actualmente Campiña Baja, primer lugar del Perú donde por iniciativa de los lugareños y vecinos se proclamó la Independencia Nacional, un lunes 5 de abril de 1819, como lo afirma el virrey Joaquín de la Pezuela en sus Memorias de Gobierno.

En Supe “Antiguo” pasó parte de su infancia. Luego, sus padres se trasladaron a Lima, en donde estudió la primaria en el colegio Badani. Su capacidad intelectual le permitió ser precoz preceptora de tercer grado. Fue en ese momento cuando tomó la firme decisión de continuar sus estudios, a pesar de que no había colegios de secundaria para niñas. En aquellos años, se asumía que las mujeres con solo los rudimentos de lectura y escritura debían prepararse para el matrimonio. Pero, Laura Esther ya se había propuesto seguir Ciencias y Medicina. Tercamente, se impuso una meta definitiva: para cuando su hermano Abraham hubiera terminado la secundaria, ella también lo habría hecho. Al respecto, decía: “Mi hermano, al regresar del Colegio Guadalupe, donde estudiaba la secundaria, se prestaba los cuadernos de sus compañeros y me los traía también y durante dos horas me repetiría las lecciones”. Muy joven terminó su instrucción secundaria pero, como no existían colegios oficiales de instrucción secundaria para señoritas, la Dirección de Instrucción nombró un jurado especial para tomarle el examen y la aprobaron con nota sobresaliente.

Luego se preparó con igual persistencia e ingresó, en mayo de 1892, a la Facultad de Ciencias de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, con el calificativo de 20, mereciendo comentarios del diario El Comercio, ya que era la primera mujer en el Perú que ingresaba a la Universidad; tenía 19 años. Aún antes de concluir los estudios en la Facultad de Ciencias, se matriculó en la Facultad de Medicina, en el año de 1894; así consta en el Quinto Libro de Matrículas, página 109 (Primera matrícula N° 3022. Expediente N° 38). Con 21 años, fue la primera mujer peruana en iniciar estudios médicos.

Para sus trabajos de anatomía, por entonces con severas restricciones para las mujeres, debió estar detrás de un biombo. A veces preguntaba y sus compañeros la comparaban con un ciego que quiere reconocer una realidad que no ve. En su casa repasaba con su hermano Abraham, quien también estudiaba medicina, todos los pormenores, como si estuviera en la sala de disección. Por sus altas calificaciones (su caso era comentado su caso en los pasillos del Congreso de la República), una Resolución Legislativa del 15 de diciembre de 1895 le concedió un subsidio de 40 soles mensuales hasta el término de sus estudios. A la vez que cursaba el tercer año, tuvo una autorización especial del Decano de la Facultad de Medicina para realizar disecciones anatómicas en una sala aparte, en compañía de su hermano Abraham. Tales circunstancias representaron un enorme adelanto y superación para su tiempo. Su rendimiento fue brillante y a través de sus estudios mereció premios y estar calificada para los grados de Bachiller y Doctorado, según anota Alberto Tauro del Pino en su Enciclopedia Ilustrada del Perú.

Cuando estudiaba el quinto año de medicina, fue la primera mujer en el Perú en obtener el grado de Bachiller en Ciencias, el 27 de octubre de 1898, con calificativo sobresaliente. Su tesis fue sobre “Estudios Geológicos en la Provincia de Chancay”, y por su calidad fue publicada en los Anales Universitarios, tomo XXVI. Este acontecimiento fue publicado al siguiente día en el diario El Comercio.

Continuó estudios y prácticas clínicas y de laboratorio en la Facultad de Medicina. Alcanzó el grado de Bachiller en Medicina con la Tesis “Empleo del Ictiol en las Inflamaciones Pelvianas”, que lo obtuvo el 23 de diciembre de 1899. Y, luego de rendir los exámenes integrales, recibió el Título de Médica Cirujana, por primera vez otorgada a una mujer, con fecha 25 de octubre de 1900. De esta manera, comenzó el ejercicio de la profesión.

Como “interna” del doctor Constantino T. Carvallo, publicó en la Crónica Médica el trabajo “Enorme quiste ovárico, acompañado de otro pequeño” (año 1898); posteriormente, en la misma publicación, escribió sobre “Fibroma uterino” (año1900). La trayectoria profesional de la doctora Rodríguez Dulanto no fue muy amplia, pero puso las bases de un ejercicio profesional integral. Fue clínica asistencial al lado de los maestros Bello y Corpancho. Su espíritu solidario le hizo fundar la primera Escuela de Enfermería del país, donde ejerció la docencia, enseñando anatomía, fisiología e higiene con prácticas en los hospitales Santa Ana y Dos de Mayo. Con el producto de las erogaciones compró un equipo completo de cirugía, que entregó al Hospital Militar. Igualmente, fue solidaria durante el conflicto con Ecuador, en el año 1910, pues organizó la “Unión Patriótica de Señoras”. Como en el país había alta mortalidad materno-infantil y por tuberculosis, investigó sobre la tuberculosis y presentó una ponencia al respecto en el V Congreso Médico Latinoamericano celebrado en Lima en 1913 titulada “La necesidad de la declaración obligatoria de la tuberculosis pulmonar y del establecimiento de sanatorios por el Estado”. Contribuyó así al desarrollo de la salud pública nacional. También trabajó en la Escuela Normal de Mujeres, el Liceo Fanning y en los conventos de La Concepción, Jesús María y Nazarenas.

Lamentablemente, cuando todavía se esperaban mayores contribuciones suyas a la vida nacional, la pionera de la medicina peruana, después de padecer una prolongada enfermedad, falleció en Lima el 6 de julio de 1919, a la edad de 46 años. La Beneficencia Pública le erigió un busto en el Parque de la Historia de la Medicina Peruana, con una placa, en 1972, en la que dice: “Placa Recordatoria a la Dra. Laura Esther Rodríguez Dulanto. 1876-1919. UNMSM 22-IX-1900”. Hoy, su nombre perdura en el Hospital MINSA de su pueblo natal Supe. En Lima es homenajeada por la Asociación Cultural Vidal Hijos de Supe y por su Alma Mater.

 

 

 

 

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Notas sobre los nombres de las calles del Cuzco

El Cuzco es una ciudad de extraordinaria tradición y sus calles, como era de esperar, se han encargado de perpetuarla. Nos referimos, sobre todo, a las viejas calles coloniales, cuyos nombres de sabor añejo se pueden agrupar así:

Marianas: Carmen Alto, Carmen Bajo, Loreto y Belén.

Santorales: San Cristóbal. San Juan de Dios, San Bernardo, San Agustín, San Andrés y Santo Domingo; Santa Teresa, Santa Clara, Santa Catalina y Santa Mónica; debiendo añadirse la Cuesta de San Blas, en el barrio de Tococachi, y la Cuesta de Santa Ana, en el barrio Carmenca.

Devocionales: Alabado, Triunfo, Cruz Verde, Tres Cruces, Tres Cruces de Oro, Recoleta, Romeritos, Angeles y Siete Angelilos.

Sísmicas: Ruinas, Afligidos, Desamparados, Ceniza, Ladrillos.

Tétricas: Ataúd, Purgatorio, Amargura , Desesperados, Cadenas, Cárcel, Crimen.

Pícaras: Abracitos, Miracalcetas, Resbalosa.

Artesanales: Plateros, Espaderos, Heladeros, Tocuyeros, Mantas y Herrerías.

Zoonominadas: Tigre, Siete Culebras, Pavitos, Tordo, Borreguitos.

Fitonominadas: Lechuga, Zetas, Romerito y Arrayán.

Aristocráticas: Marqués (de Valleumbroso) y Almirante.

Toponímicas: Granada y Córdova del Tucumán.

Variadas: Media, Teatro, Procuradores, Siete Cuartones, Beaterio, Máscaras, Vaquería, Nueva, Siete Ventanas, Fierro, Trinitarias, y Mesón de la Estrella.

Las calles con nombre mestizo son menos: Pampa del Castillo, Concebidayoc, Cabracancha, Ahuapinta, Carmen Quicllo, Coricalle, Collacalle, Lucrecalle, Arcopata, Arrayaniyoc, Tambo de Montero y Monjaspata.

Por todo lo expuesto, cuando se camina por las calles del Cuzco y se descubre una calle nueva, en realidad es muy vieja y, al encanto de su vista, debe añadirse la belleza de su nombre.

Asimismo abundan las calles con nombre quechua. Entre las principales estarían: Atoc, Cancahrian, Canchispata, Cocuichi, Cuitucata, Chihuanpata, Choquechaca, Huaranquilca, Hatun Rumiyoc, Humanchata, Huaynapata, Inticahuarina, Limacpampa, Malampata, Mutuchaca, Pumacurcu, Pantipata, Puluchapata, Puncu, Quiscapata, Saphi, Tullumayo, Tecsecocha y Tocto.

Siete Mascarones.- Ese es el nombre del tranquilo callejón ubicado entre Almudena y la parroquia de Santiago. Cuentan que allí vivió un fundador español apellidado Mascareñas, cuyos 6 hijos le ayudaban a moldear y fundir piezas de bronce convexas con cariátides, las que eran destinadas para las puertas de las iglesias, además de otras piezas como clavos para las puertas de calle, campanas, etc. Actualmente se encuentra muy descuidada pero aun así guarda parte de su historia.

Siete Ventanas.- Nombre que hasta hoy conserva la calle que hace esquina con la cuesta del Alabado y es continuación de la calle Ruinas. Cabe anotar que, antes de la destrucción del templo de San Agustín, hubo tras él una casa de estudios del convento, que tenía 4 ventanas grandes y 3 pequeñas de lo cual ha quedado el nombre. Actualmente se encuentra en contradicción con el número de ventanas de las casas modernas actuales.

Siete Cuartones.- Debe su nombre a 7 largueros de piedra en forma de cuartones alineados de trecho en trecho sobre el río Huatanay y se encontraban junto al puente de cal y piedra que mandó construir don Diego de Vargas y Carbajal al costado de la “ventana de las peticiones”. Actualmente solo se aprecia un larguero sobre la calle. Al parecer, el paso del tiempo se encargó de desaparecer dichos adornos.

Siete Borreguitos.- Nombre de la calle con pendiente por la cual solían bajar pobladores llevando sus bultos en animales de carga a lavar trapos y canastas en el río Tullumayu desde el final de la calle Pumaq-Kurkun (el nombre antiguo que aparece en el plano del Cuzco es Cchipu-Pata), que actualmente es llamada calle Palacios. Esta calle fue remodelada para una mejor transitabilidad y de vez en cuando se aprecia pasar una que otra manada de llamas.

Siete Diablitos.- Entre las calles más interesantes se encuentra esta que cuenta la historia que por esta calle estrecha y apartada se daban cita muchas parejas de enamorados que eran tentadas por el diablo, lo que dio origen al nombre, actualmente las parejas ya no se dan cita en esta calle las parejas pero si es bastante transitada por estas.

Siete Angelitos.- En contraposición con la calle anterior existe esta calle, llamada 7 Angelitos. Esta calle está a la derecha de Carmen alto, observando en el claro del tejado de una de las casas de la calle existen 7 figuras de angelitos , las cuales fueron pintadas allí por orden de Blas de Bobadilla, quien fue propietario de la casa además de ser de costumbres lujosos descansos para la procesión del Corpus de la parroquia, además de las 7 figurillas mencionadas se aprecian otras que son dignas de ser contempladas levantando la cabeza que usualmente pasan desapercibidas.

Siete Culebras.- Una de las calles más hermosas del Cusco llamada antes callejón Amaru Ccata en la época de los Incas, debido a que la plazoleta de las Nazarenas tenía el nombre de Amaru Ccatta por las 14 serpientes gravadas en relieve en la pared de piedra de la escuela del Yachay wasi, 7 a cada lado, de la que actualmente se dice llamar la casa de las Sirenas, las serpientes talladas en la piedra se aprecian con detenimiento y paciencia, suerte.

Calle del Medio.- Este nombre lo lleva desde el momento de la fundación de la ciudad. Al medio de la boca-calle y enfrentada a la Plaza Mayor, hubo una gran cruz de piedra con tallados en relieve, la que fue colocada allí a los tres días del terrible castigo de un perjuro (que juró en falso) de apellido López. Poco más arriba, en la pared derecha, y junto al umbral de la segunda ventana de una casa con balcón sobre el portal, se ve hoy una pequeña cruz de madera por la causa que indica la cruz titulada: “Tu lengua por mi honra”.

Calle de Loreto.- Este callejón tuvo el nombre de Amaru Kancha, porque frente a la casa llamada Acllawasi o “casa de las escogidas”, estuvo el palacio del inca Huayna Cápac, al que llamaban “Amaru Kancha” o “cercado de la serpiente” y que se extendía hasta el lugar que hoy ocupa la Iglesia de la Compañía. La puerta lateral de dicho palacio tiene en el dintel la figura de serpientes talladas en alto relieve. Hoy llaman callejón de Loreto al antiguo Amaru Kancha, por su cercanía a la capilla de nuestra señora de Loreto que fue construida por el jesuita Juan Ruiz con el nombre de Iglesia de Indios.

Calle Mantas.- Fue llamada “Calle de Cajonerías” o “Calle de Siete Cajones” por las tiendas estrechas que en ella se ubicaban, de cuyas mercaderías europeas, importadas por Diego de Sillerigo, solía abastecerse la aristocracia cuzqueña; dicen que las tiendas pertenecían a judíos y portugueses. Pero el comerciante Sillerigo puso en venta las famosas mantas de vapor de seda, mucho antes de que llegaran a Lima la moda de la saya y el manto (traje de la “tapada”). El nombre de “Calle de las Mantas” fue conocido desde 1744.   

Calle de la Coca.- Su primer nombre fue “Calle de los Castillo”, pues en la esquina tuvieron casa dos españoles así apellidados. Años después, las mujeres la llamaron “Calle de los Condenados”, por el terrible castigo narrado en la tradición de “Dos juramentos fatales”. Luego, desde 1744, según los Anales del Cuzco, fue llamada “Calle de Esquivel”, por las casas de que fue dueño un individuo de aquel apellido, frente a la casona de los Marqueses de Chacón y Becerra. En la esquina derecha está la casa de los Valverde, donde nació el cronista e historiador Garcilaso de la Vega.

Su nombre actual proviene de una “ramera” llamada Margarita Ginés, cuyo apodo era “Cocacc qqhintun” o “La flor de la coca”. Ella se casó en sonado matrimonio, cuya fiesta se desarrolló en la calle Procuradores. Pero ya viuda, en 1746, se mudó a la “Calle de Esquivel”, que ahora los transeúntes empezarían a llamarla “calle de la Coca”.

Calle del Marqués.- Su nombre data desde la época en que hizo construir su casa aquí don Diego de Esquivel y Jaraba, primer marqués de San Lorenzo de Valleumbroso, dueño de la hermosa hacienda “La Glorieta” (Quispicanchi), cerca del pueblo de Oropesa. El Marqués, además, explotaba las minas de oro y plata de “Yanantin”, y los informes cuentan que fue muy odiado por sus crueldades y avaricia.   

Vale la pena visitar la Casona del Marqués de Valleumbroso. De su portada nace de un hermoso muro incaico con vanos, dintel y sobredintel de piedra. Surge entre dos pilastras pétreas, teniendo otras dos en el segundo cuerpo que encuadran el balcón, encima del cual hay un triángulo isósceles que aprisiona el escudo marquesal.  Protege a esta portada un alero de tejas.  Se trata, juzgando en conjunto, de un paramento incaico y de una portada barroca con resabios renacentistas.  Tal como está, debió haberse hecho a fines del siglo XVII o comienzos del XVIII por Rodrigo de Esquivel y Zúñiga, su hijo Rodrigo de Esquivel y Cáceres o su nieto Diego de Esquivel y Járaba, que fue el primer Marqués de San Lorenzo de Valleumbroso en 1687. La casona posee un patio del que se conserva un lienzo antiguo con doce arcos y galería alta que los repite.  Los demás lienzos tienen arcos nuevos, balcón corrido con barandal de madera o un muro ventanado del que nace la escalera.  Esta, toda de piedra, tiene descanso y recodo, mostrándose muy cusqueña.

Calle del Tigre.- Su nombre data del gobierno del obispo Manuel de Mollinedo y Angulo, quien tomó posesión de su sede en 1673, y la gobernó durante 25 años y 10 meses. Mollinedo dotó a la Catedral de coro y retablos tallados, óleos, imágenes y joyas que hasta hoy constituyen su riqueza; asimismo, hizo construir los templos de San Pedro y La Almudena, anexos al Hospital de Naturales y al convento de los Bethlemitas. Logró que el antiguo seminario San Antonio Abad fuera elevado a la categoría de Universidad (1692) y, finalmente, llevó a cabo una fecunda labor de restauración y ornato en iglesias y capillas de su jurisdicción.

Regresando al nombre de la calle, resulta que un aprendiz de pintor, que estuvo al servicio del famoso Diego Quispe Tito, y cuyos padres vivían en una de las casas de esta vía, tuvo el mal gusto de pintar en la pared la figura de un gato montés, con el fin de asustar a los chicos transeúntes. Desde entonces la llamaron “Calle del Gato”, nombre que derivó a “Calle del Tigre”.

Calle Purgatorio.- Fue llamada así debido a la superchería practicada por un alcabalero (cobrador de alcabalas, impuesto por la compra-venta de mercaderías), de apellido Colmenares, destituido de su cargo por el Cabildo cuzqueño. Cuenta la tradición que para obtener dinero sin trabajar, explotaba la fe, el miedo y la piedad de los transeúntes para reunir “limosnas”.

¿Cómo surge esta historia? Se cuenta que en la casa ubicada en la esquina de las calles Purgatorio y Huaynapata vivía una vieja “de malas pulgas, cascarrabias, camorrista y difamadora”. Tras su muerte, empezó a correr el rumor que el alma de la vieja penaba. De hecho, los vecinos oían golpear sus puertas a medianoche y escuchaban una voz extraña y dolorida que clamaba perdón y helaba la sangre en las venas.

Aprovechando estos sucesos, Colmenares, hijo de la difunta y alcabalero del barrio, se vestía con una túnica negra y un antifaz que imitaba una calavera y, sujetando una olla con trapos enmantecados que ardían, salía después de las nueve de la noche sobre zancos de madera y con una caja en la que decía: “Una limosna para las almas del Purgatorio”. Tal era el miedo que sentían los escasos transeúntes que de inmediato echaban monedas en la alcancía. Contento con el negocio, Colmenares se limitó en adelante a pintar una calavera sobre huesos cruzados en la esquina de su casa, colgando debajo la alcancía para que los asustados vecinos depositaran sus monedas. Fue así como la gente no tardó en llamar “Calle del Purgatorio” a este angosto callejón.

Cuesta de la Amargura.- Esta empinada y fatigante cuesta debería su nombre a que por allí los alarifes españoles hacían rodar las piedras que se sacaban de Sacsayhuamán (por orden de Francisco Pizarro) para emplearlas en la construcción de la Catedral del Cuzco. Los indios que se encargaban de esta dura labor muchas veces sufrían accidentes y por eso le habrían puesto a la calle el nombre de “Mucchuicata”, que traducido al español significa “Cuesta de la Amargura”. Cuenta Ángel Carreño, “las enormes piedras que rodaban por la cuesta eran contenidas a duras penas por decenas de indios armados de tranqueras, quedando muchos de ellos con los pies fracturados, porque los capataces españoles los hacían trabajar a palo y látigo desde la madrugada hasta el anochecer, dándoles un ardite de las lágrimas y sufrimientos de los infelices indios”.

Calle Palacio.- Esta calle debería su nombre a que las “viejas trotatemplos” de la época virreinal acostumbraban llamar “Palacio” a la casa contigua al seminario de San Antonio Abad, en la que residían los obispos rectores del seminario. Pero el nombre que los indios daban a la misma calle fue el de “Ñucchu-calle” porque en los días de “solemnidad religiosa” los seminaristas esperaban al Rector con un bonete rojo con borla que se parecía la flor del Ñucchu.

Calle Ceniza.- Esta calle no tuvo nombre  hasta la terrible peste de 1719, que causó más de 90 muertes diarias solo en la ciudad, sin que nadie pudiera precisar el nombre de la enfermedad (hoy sabemos que fue cólera o fiebre amarilla, “con dolor al vientre y cabeza, delirio y vómito de sangre, muriendo de disentería”, que desde Buenos Aires pasó hasta el Cuzco y otras ciudades de Sudamérica).

Dicen que una mujer medio “beata” y que vivía en esta calle aconsejó a los vecinos que pidieran a los sacristanes de los conventos los restos de la quemada de hostias pasadas, palmas del Domingo de Ramos y aceite consagrado en Jueves Santo, es decir, la mezcla que usaban los curas el miércoles de Ceniza, y que con ella hicieran dos cruces en cada puerta para liberarse del contagio de la peste. Su consejo fue practicado sin reparos por todo el vecindario que, “gracias a su fe”, quedó libre de la peste y el contagio. Además, cuenta la tradición, que diariamente echaban montones de ceniza sobre los charquillos de sangre que por boca y nariz arrojaban los transeúntes apestados, algunos de los cuales caían de bruces pidiendo socorro. Ese fue el origen del nombre de esta calle.

Calle de Suecia.- En realidad, en tiempos del Virreinato los cuzqueños la llamaban “Calle Sucia”, porque las vendedoras del mercado de la Plaza Mayor y los animales (acémilas y llamas) que portaban los comestibles hacían en ella un inmundo basural que era barrido en faena colectiva solo en la víspera del Corpus o Lunes Santo (realmente debió ser un muladar). De “Calle Sucia” derivó al impropio y raro nombre “Calle Suecia” o “Calle de Suecia”, quizá para ocultar su feo pasado. También se sabe que la calle fue trazada por el salesiano Francisco Paglia.

Calle Pampa del Castigo.- Se dice que a solicitud del obispo Fray Vicente de Valverde, el conquistador Francisco Pizarro hizo trasladar la horca plantada en la Plaza Mayor a esta pequeña plazuela que impropiamente ha sido llamada también “Pampa del Castillo” o “Pampa donde se llora”, esto último por los indios en la Colonia. La idea es que aquí se alzaba la horca, el poste al cual amarraban a los sentenciados a la pena de azotes y también el tronco sobre el cual eran cortadas las cabezas de los condenados a la pena máxima.

Dicen que al día siguiente de la toma del Cuzco por las tropas de Diego Centeno (conquistador español fiel a la Corona y enemigo de los encomenderos), el verdugo Juan Enríquez cortó en este sitio la cabeza del capitán Martín de Robles, y al otro día degolló por orden de Centeno, al compadre de este, un tal Francisco de Almendras. El último ahorcado en este lugar fue Francisco Chávez, quien robaba a los ricos para socorrer a los pobres.

Callejón Pierna de Calzón.- A la izquierda de la Pampa del castigo hubo en los años del Virreinato un callejón angosto, que no pasaba hasta la calle San Agustín, sino que formaba un codal en dirección oblicua, desembocando en mitad de la plazoleta Santo Domingo, de allí su nombre “Callejón Pierna de Calzón” (recordar que hace referencia a los calzones largos que se usaban antaño).

Calle de Afligidos.- Así llamaron los cuzqueños a esta pequeña calle ubicada entre la “Pampa del Castigo” y el Coricancha porque a lo largo del paredón opuesto a las casas eran alineados los cadáveres de los ajusticiados, cuyos deudos hacían demostraciones de dolor.

Calle Camino a Banco Pata.- en este lugar estuvo la Cárcel de la Inquisición, cuyos crueles carceleros, disfrazados con hábitos de frailes dominicos y con caretas, los cuzqueños llamaban en quechua “huanccocuna” (sordos). Tal apodo les caía bien a estos desalmados, porque eran sordos a los ruegos y lamentos de los parientes de los infelices que gemían desde los subterráneos de la cárcel, cuya entrada en caracol es visible aún hoy. El grotesco nombre de “Huanccopata” que los antiguos cuzqueños pusieron a este lugar, con el devenir del tiempo se convirtió en “Banco Pata”.

Cuesta Mira Calcetas.- Este es el nombre de la antigua, pequeña y mal empedrada cuesta, llamada así porque la persona que sube no solo ve calcetas o las medias de las “hijas de Adán” sino también sus pantorrillas.

Calle de los Desesperados.- Los curiosos que se apiñaban en la “Pampa del Castigo” antes de la ejecución de las sentencias, dieron este nombre a la estrecha y corta callejuela por las angustias, alaridos y desesperación de los deudos de los sentenciados, a quienes querían abrazar por última vez, siendo rechazados brutalmente por la soldadesca.

Calle de los Abrazos o Abracitos.- Su nombre hace alusión a los abrazos que recibió el licenciado Juan José Ricalde cuando hizo su entrada triunfal al Cuzco como nuevo Corregidor de al ciudad. La historia cuenta que cuando se acabaron las flores, dos señoras, Teresa Villafañe y Francisca Montes, le arrojaron, desde los balcones de sus casas, plata sellada y labrada. Fue la Montes quien, para darse más valía como acaudalada ante su rival, le rajó la cabeza al corregidor Ricalde con un pesado mediano de plata que le cayó y lo arrojó del caballo. Por tal motivo, sea apresuró a pedirle perdón abrazándolo en repetidas ocasiones. DE “Calle de los Abrazos” a pasado a llamarse “Calle de los Abracitos”.

NOTA.- Mucha de esta información ha sido recogida del libro de Ángel Carreño, El origen de los nombres de las calles del Cusco. Cusco: Municipalidad del Cusco, 1987, 59 p.

 

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El Cuzco (y Lima) en la vida de Túpac Amaru II

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Durante el siglo XVIII, la Corona hispana, ahora bajo el reinado de los borbones, introdujo una serie de cambios para restaurar la autoridad del Estado, disminuir el poder de la aristocracia, devolverle a España su poderío militar en Europa y recuperar el dominio en sus colonias americanas. Era un plan ambicioso que requería, en primer lugar, aumentar los recursos. Las reformas cobraron gran auge bajo el gobierno de Carlos III, el máximo exponente del despotismo ilustrado español. En el proceso España logró aumentar notablemente sus ingresos, pero perdió un Imperio. A la presión tributaria se sumó el desplazamiento de los criollos de la administración pública en beneficio de los peninsulares. El camino estaba allanado para pensar en la independencia.

Las reformas atacaron, en primer lugar, a la administración pública. Se crearon nuevos virreinatos (Nueva Granada y Río de la Plata), se reorganizó la defensa militar (establecimiento de las capitanías de Venezuela y Chile) y se implantaron las intendencias que reemplazarían a los corruptos corregimientos. Luego, en el plano religioso, se expulsó del Imperio a los jesuitas y el Estado asumió el control de la educación. Finalmente, el problema económico fue el que despertó mayor interés. Era prioritario elevar los impuestos y ampliar la base tributaria; también se debía estimular la producción minera para aumentar el flujo de metales hacia España, controlar el contrabando y estimular el libre comercio entre la Península y América.

La aplicación de las reformas en América fue a través de visitas generales. Al Perú fue enviado el “visitador” José Antonio de Areche. Rápidamente atacó el problema fiscal y elevó la alcabala a un 6%. Estableció las aduanas interiores para elevar la recaudación y tuvo que hacer frente al descontento de casi toda la población, especialmente cuando se rebeló en 1780 el curaca Túpac Amaru II, descendiente de los incas.

Las rebeliones indígenas del siglo XVIII, que pasaron de un centenar en el territorio del virreinato, tuvieron como marco la recuperación de la cultura andina, especialmente el mesianismo en la mentalidad popular: el retorno del inca generaría un futuro mejor. Esta idea se vio claramente en el levantamiento de Juan Santos Atahualpa en la selva central (1742), quien sublevó a los indios campas contra las misiones franciscanas de la zona.

El movimiento de Túpac Amaru II, que contó con el apoyo de muchos curacas (como los hermanos Catari), fue más complejo. No solo porque movilizó una cantidad mucho mayor de indios, sino porque incluyó en su programa de reivindicaciones a población no andina: criollos, mestizos y negros. Su base social fue más amplia porque la rebelión coincidió con el descontento general ante las medidas borbónicas. Los impuestos se elevaban y el comercio con el mercado de Potosí se vio afectado al crearse el virreinato de Río de la Plata (1776), que incluía al famoso centro minero. Por ello el territorio de la rebelión fue más amplio: abarcó todo el sur andino y el Alto Perú.

Túpac Amaru se rebeló contra el mal gobierno pero no necesariamente contra el Rey. Al final fue ajusticiado y ejecutado en la plaza del Cuzco (1781), sin embargo las consecuencias de su rebelión tuvieron largo alcance. La Corona tuvo que crear una audiencia en el Cuzco, una demanda de Túpac Amaru, abolir los repartos y los corregimientos y acelerar el establecimiento de las intendencias. De otro lado tuvo suprimió los curacazgos y prohibió la lectura de los Comentarios Reales de Garcilaso para no despertar la reivindicación incaica entre la población.

Finalmente el intento de Túpac Amaru por incluir en su rebelión a criollos no dio resultado, pues estos tuvieron temor ante la posibilidad de conceder excesivas reivindicaciones a los sectores populares. La imposibilidad de compaginar los intereses entre criollos e indios le restó al movimiento la capacidad de tornarse en separatista.

El siglo XVIII no trajo buenos resultados al Perú. Su virreinato perdió importancia al verse amputado su amplio territorio. Asimismo, al eliminarse el monopolio comercial del Callao, su aristocracia mercantil ya no dominaba todo el mercado del Pacífico sur. Finalmente, tras el estallido de numerosas rebeliones indígenas, quedaba una secuela de recelos y odios difíciles de borrar en el tiempo, claves para entender el futuro movimiento independentista.

 TÚPAC AMARU ANTES DE LA REBELIÓN

SURIMANA.- Nuestra Señora de la Purificación de Surimana es uno de los pueblos más hermosos de la serranía cuzqueña. “Surimana” es voz del quechua suri (ave) y manam (de ninguna parte). Ubicado en el distrito de Tinta (provincia de Canchis), está enclavado en una repisa de los Andes, sobre un desfiladero que sirve de paso al río Apurímac. Lo más pintoresco es su pueblo, con una iglesia de barro, plaza de guijas blancas (piedras peladas y pequeñas) y casas con tejas. Se llega al pueblo bordeando un acantilado.

Su plaza es hundida, de trazo rectangular. La iglesia, con su torre y atrio, por su lado, duplican el encanto de Surimana. La cruz del atrio dividía al pueblo en hurin y hanan, y marcaba el ingreso al templo. Por un lado ingresaba el Cabildo de Indios (los varayocs y sus regidores) y por el otro las Cofradías (con sus mayordomos y priostes). El interior de la iglesia era de extraña luminosidad: estaba pintado de color arcilla; su techo era tijeral y el piso de gruesos ladrillos; y tenía una sola nave. Su altar mayor data del XVII pero fue reformado el XVIII; es bien labrado, cubierto en pan de oro (supuestamente tiene una escultura de la Virgen de la Candelaria y un lienzo de la Virgen con el Niño en brazos). El púlpito es barroco, data del siglo XVIII y no legó a dorarse: es de madera color natural. Es muy probable que la advocación del pueblo de Surimana haya sido la Virgen de la Candelaria, cuya fiesta se denomina la “Purificación de la Virgen”.

José Gabriel Condorcanqui Noguera nació en marzo de 1738, entre los días 8 y 24, en la casa curacal de sus padres, en el barrio de Arco Punco, en la parte hurin Callca, a la que pertenecían los Condorcanqui. Según la tradición, vino al mundo en el ala derecha de la casa, en uno de los dormitorios, posiblemente el primero. Esta casa no solo fue su morada natal sino también su morada bautismal, pues allí recibió el primer sacramento (por necesidad: quizá el infante nació con algún mal) por el fraile agustino Miguel Severiche. Era época del año con mucho frío y lluvias. Le impusieron el nombre del patriarca san José (19 de marzo), seguido por el del Arcángel san Gabriel (24 de marzo), por las cercanías calendáricas de su nacimiento.

Posteriormente el niño, ya curado de su mal, fue llevado a Tungasuca, en cuya iglesia parroquial de San Felipe, el 1 de mayo del mismo año (1738), recibió del cura Santiago López, el óleo y la crisma. Fue entonces que se le llamó formalmente José y se le inscribió como hijo legítimo de Miguel Túpac Amaru y de María Rosa Noguera, vecinos de Surimana.

Según José Antonio del Busto, el niño “creció en el pueblo que lo vio nacer. El primer escenario de sus juegos infantiles fue sin duda el patio de su casa, empedrado y húmedo, salpicado de hierba. Desde allí aprendería a ver el sol paseando por el cielo azul de la sierra con su cortejo de nubes, como un pastor de oro seguido por sus alpacas blancas. Posteriormente saldría el niño a la calle, acompañado por los criados indios a traer agua del puquio o, tal vez, con una india vieja, a recoger plantas curativas junto a la capilleja de la Santa Cruz…. Luego vendrían las salidas de aventura, sin criados ni testigos, pasando debajo del Arco a la carrera para seguir a la plaza y subir al atrio de la iglesia. Apreciaría entonces por la Calle Alta el salir de los pastores con sus rebaños balantes o el llegar de los llameros con sus rumiantes altivos. Las mujeres, con los hijos a la espalda, hilarían hacendosas, y los viejos, sentados en el suelo, tejerían cestos o fabricarían sogas mientras los niños, grupo aparte, se ocupaban de desgranar mazorcas de maíz. Todos hacían algo, no había gente ociosa en el pueblo. Alguna tarde –con compañeros de su edad- descendería hasta el río, miraba de cerca sus aguas, arrojaría pedrezuelas a su cauce. Correría liberado entre cañas, visitaría las pequeñas cuevas de la orilla y se detendría finalmente, con sus emociones calmadas, para ver caer, frente a él, ese manantial de plata que desde lo alto se precipitaba ofrendoso al Señor de los Ríos Habladores”.

CURACA DE TUNGASUCA, SURIMANA Y PAMPAMARCA.- La familia de José Gabriel descendía de los Incas del Cuzco. Esto hizo que sus miembros pudieran llamarse por igual Condorcanqui (apellido curacal) que Túpac Amaru (apellido imperial), o lo que es lo mismo, tener derecho a usar dos apellidos por separado. Condorcanqui se traducía “eres cóndor” (apellido mágico, casi mesiánico), mientras que Túpac Amaru significaba “Real Señor de la Gran Serpiente”, apellido mitológico y ordenador. Los Condorcanqui, al firmar también Túpac Amaru, actuaban como nobles castellanos, con apellido y título. Esta noble ascendencia quecha iba a gravitar en la mentalidad infantil de José Gabriel, en especial en lo que se refería a la sangre de los Incas.

LA EDUCACIÓN.- El niño creció a la sombra de la estirpe de los Incas, se sabía descendiente de una estirpe imperial. Pero su formación o carácter no solo se la debió a su sangre incaica. Se sabe que sus primeros preceptores fueron Carlos Rodríguez de Ávila (nacido en Guayaquil y cura de Yanaoca) y Antonio López de Sosa (nacido en Panamá y cura de Pampamarca). Ellos le enseñaron a leer, a hacer sus primeros grabados con la pluma y las bases de la fe cristiana. Junto a sus padres, ambos curas cincelaron su incipiente personalidad, los jesuitas harían el resto.

En efecto, alrededor de 1748, a los 10 años, su padre lo llevó a la ciudad del Cuzco y lo matriculó en el Colegio de Caciques de San Francisco de Borja, regentado por los padres de la Compañía de Jesús. Este plantel fue creado para educar a los hijos de los caciques o curacas que algún día sucederían a sus padres.  Lo fundó el Virrey Francisco de Borja y Aragón, Príncipe de Esquilache, el 16 de setiembre de 1620 y desde un primer momento se confió a los jesuitas, quienes lo regentaron hasta 1767, año de su expulsión del Perú. La mayor gloria del local es que dentro de sus muros vivió y se educó el gran José Gabriel Condorcanqui. Hoy, del viejo plantel, no queda casi nada, salvo su ubicación en la plazoleta que hace esquina en las calles Ataúd y Córdoba del Tucumán, así como un viejo escudo de piedra con las armas de Castilla y de León en su portada.

Para la matrícula, su padre, don Miguel, debió presentar la partida de bautismo del niño, que aseguraba haber nacido en Surimana, diócesis del Cuzco, y un certificado firmado por el corregidor de Tinta y el cura de Pampamarca, asegurando que José Gabriel era futuro Curaca.

El niño tuvo que adaptarse  a las rígidas normas del plantel  y a la formación jesuita: “Los colegiales se levantaban a las seis de la mañana a son de campana, pasaban a meditar a la Capilla un cuarto de hora y luego asistían a una misa que dos de ellos acolitaban. Tomaban el desayuno (que entonces  se nombraba almuerzo) y seguían dos horas de estudio que gastaban en aprender a leer, escribir y contar, más tarde restarían, multiplicarían y dividirían., pero siempre se les enseñaba la doctrina cristiana, lecciones de ética y algo de derecho natural. Cuando era menester, s eles enseñaba pluma, papel y tinta. En otros momentos se les enseñaba pintura y música… A las once y media de la mañana almorzaban (que entonces se decía comer), haciéndolo en el refectorio todos juntos  y con mucho orden, sirviéndose los unos a los otros, mientras el colegial de turno leía en voz alta la vida del santo del día. Esta comida consistió, en el siglo XVIII, en un pan de a dos por medio y dos platos con viandas que podían ser españolas o indias; en los días festivos había otro plato más, también dulce y fruta. Nunca se servían leche, por ser los naturales prejuiciosos de ella; en cambio, sí maíz tostado o cocido, asimismo papas… El recreo duraba hasta las dos de la tarde y a partir de entonces seguían tres horas de estudio. Otro descanso, esta vez corto, era seguido por el toque de oración, acudiendo todos nuevamente a la Capilla para rezar el rosario. Después de esto jugaban. Alguna vez, por 1754, se les puso a los caciques una mesa de trucos, una cancha de bolas y otros juegos. En todo momento se exigía a los muchachos tratarse de Vuestra Merced, vale decir, el tratamiento de hidalgos, para que se vayan enseñando cómo han de tratar con los demás cuando salgan del Colegio… Un cuarto de hora antes de la comida (que todavía se nombraba cena) rezaban las Letanías Marianas, y los domingos y fiestas las cantaban. Después de cenar había tiempo libre hasta que la campana llamaba a examen de conciencia. Al cabo de él los colegiales se acostaban en un dormitorio común: a un extremo estaba la habitación del Padre Rector del Colegio, al otro la del Hermano Maestro” (José A. del Busto).

Otros datos de su estancia escolar:

  1. Los colegiales ingresaban a los 10 años y salían antes de cumplir los 18.
  2. Los alumnos llevaban el cabello cortado hasta los hombros.
  3. Para salir a la calle, vestían el uniforme del plantel: medias, pantaloncillo, camiseta y manto corto, todo de lana verde, zapatos y sombrero negros, más una banda que cruzaba el pecho que contenía un escudo de plata con las armas de Castilla y León y el emblema del colegio.
  4. Los paseos escolares, bajo la atenta mirada de un jesuita, eran  ala fortaleza de Sacsayhuamán, al pueblo de San Sebastián (en cuya iglesia estaban los lienzos de Diego Quispe Tito) y al Colcampata, el palacio de Manco Cápac.
  5. Es posible que en el colegio haya leído los Comentarios Reales del Garcilaso, que le idealizó el recuerdo del Imperio, un mundo de perfección que no le pareció imposible alcanzar.
  6. Fue aquí que recibió la noticia de la muerte de su padre, el 29 de abril de 1750, ocurrido en Surimana.
  7. Salió del colegio en 1758 y volvió a Surimana a relevar a su padre, que estaba siendo reemplazado por los tíos José Noguera y Marcos Condorcanqui.

PAMPAMARCA: MICAELA BASTIDAS.- El antiguo pueblo de la Asunción de Pampamarca es hoy un distrito (creado en 1834 por el presidente Orbegoso) de la provincia de Canas. Cuando yo fui, el pueblo carecía de veredas y sus calles de empedrado, pero había casas de dos pisos con pintorescos balconcillos y una Plaza Mayor muy amplia, aunque ya había perdido sus arcos. Es notable su iglesia parroquial, rodeada por un atrio cercado, con una Cruz y muro de ventanas; todo el conjunto es de color blanco. Este fue el pueblo de los Puyucahua(familia importante de la zona), donde nació (1742) y creció Micaela Bastidas Puyucahua, y en este templo rezó. Fue hija natural del “español” Manuel Bastidas (y parece falsa la versión que haya sido cura este señor). Visitar el lago del pueblo, llamado Pomacanchi, muy bello.

No se sabe nada de su infancia. Debió crecer con sus padres y sus hermanos, Antonio y Miguel. Dicen que tuvo porte distinguido y una extraña belleza (intuimos que su belleza no era estrictamente andina, sino que también influía su sangre africana, por lo que posteriormente sus enemigos la llamaron “zamba”). Antes de los 20 años la pretendió José Gabriel, que debió conocerla a través de su tío carnal Marcos Túpac Amaru, cuya suegra era una Puyucahua.

Formalizada la relación, Micalela se mudó con sus padres a Surimana. La boda se realizó en la iglesia de Surimana el 25 de mayo de 1760, y ofició el sacramento el cura Antonio López de Sosa, antiguo preceptor de José Gabriel y amigo de la familia (cuando fuimos, los indios de Surimana guardaban las alfombras que, supuestamente, Túpac Amaru regaló a la novia con motivo del enlace).

Del matrimonio nacieron tres hijos:

  1. Hipólito, nacido en Surimana en 1761, señalado para la sucesión curacal.
  2. Mariano, nacido en Tungasuca en 1762
  3. Fernando, nacido en Tungasuca en 1766

Se sabe que fue un matrimonio feliz. Ella lo llamaba cariñosamente Chepe (abreviatura de Jusephe) y él a ella Mica o Micaco (diminutivo afectuoso de Micaela).

TUNGASUCA.- Visita a la comunidad y al pueblo de Tungasuca, donde hay una laguna muy hermosa. En la plaza mayor de Tungasuca tenía otra casa curacal José Gabriel, esta vez de dos pisos, con portón y balconcillo de baluastres, ventanas altas y bajas, propiedad que ocupa la parte norte de la plazuela, y llegaba hasta la esquina del este. Desde Tungasuca, José Gabriel debió surtir a Pampamarca y Surimana, sus otros dos pueblos de gobernación, ya que aquí había algo que Tinta no poseía: una feria.

La feria de Tungasuca (del 8 de septiembre al 4 de octubre) fue muy importante en el XVIII. Se realizaba frente a la casa de José Gabriel y, debido al gran movimiento comercial, las demás casas de la plaza mostraban una fisonomía particular: casi todas tenían su primera habitación, la de la fachada, sin muro exterior, reemplazándolo una pilastra de piedra que sostenía el techo; de esta forma, la habitación era una tienda abierta a los visitantes. Esto no se ve en otro pueblo del Perú. En la feria se celebraba al Señor de Tungasuca, el Cristo de los Arrieros, que hoy guarda la iglesia del pueblo.

El templo de Tungasuca, paralelo a la plaza, estaba advocado a San Felipe y era hermoso. Su retablo mayor tenía tres cuerpos, era barroco y dorado; al altar contenía cuatro Arcángeles en lienzo, uno de ellos san Gabriel, el patrono del Curaca, y el otro san Miguel, el patrono de su difunto padre. El púlpito, también barroco, era azul y oro.

Fue en la plaza de Tungasuca donde fue ajusticiado el corregidor Antonio de Arriaga el 10 de noviembre de 1780 (de esto hablaremos en el segundo programa).

VIAJE A LIMA.- Diego Felipe Betancourt, un rico mestizo del Cuzco, presentó una demanda ante el Corregidor del Cuzco tratando de probar que era descendiente (cuarto nieto) de Don Felipe Túpac Amaru, ajusticiado en la plaza imperial por el virrey Toledo en 1572. Denuncian que José Gabriel era un impostor, que no debía usar el apellido real ni su cargo de cacique. La acusación escandalizó a muchos, José Gabriel se indignó, presentó una contra-demanda pero, sabedor de la influencia de los Betancourt en el Cuzco, decidió viajar a Lima ante la Real Audiencia y, de ser posible, hasta España a defender sus títulos.

En abril de 1777 llegó a la Ciudad de los Reyes y se alojó en una casa de la calle de la Concepción (cuadra 5 del jirón Huallaga), frente al monasterio del mismo nombre, al este de la ciudad, a dos cuadras de la Plaza de Armas. Se descuenta que José Gabriel recorrió todo lo que pudo la Lima de entonces. Su mayor contacto fue Miguel Montiel y Surco, mestizo de Oropesa, que fue su apoderado; era “cajonero en la calle Judíos y gran lector de los Comentarios Reales. A la sombra de la Catedral limense y de su torre, el Curaca de Tungasuca y el mercader debieron conversar de todos los temas: la situación de los mestizos del Cuzco, sus antepasados comunes, el linaje de los Incas, entre otros. José Gabriel también venía a Lima a denunciar el maltrato de los indios mitayos de Tinta que morían en las minas de Potosí.

Dato:   El lugar donde se alojó Túpac Amaru vendría a estar al lado de la Casa   Salinas; hoy vemos allí un edificio, en el que hay una tienda de cristalería   y menaje. Una curiosidad es que a un lado de una columna existió una placa de   bronce, la que tenía escrita la información del hospedaje del Curaca de   Tungasuca, y que desapareció misteriosamente en los años 90, aproximadamente.   Sin embargo, hasta el día de hoy, podemos observar la marca de la placa y una   pequeña pestaña de bronce de la placa.

EL MARQUESADO DE OROPESA.- José Gabriel luchó por su derecho a obtener este título nobiliario vacante, que también era pretendido por la familia Betancourt. El Marquesado de Oropesa había sido propiedad del Inca Felipe Túpac Amaru. De salir ganando los Betancourt, José Gabriel perdería el apellido Túpac Amaru, el marquesado de Oropesa e incluso los curacazgos de Surimana, Pampamarca y Tungasuca. Para ello tuvo que exhibir sus probanzas genealógicas y demostrar su ascendencia real, exponiendo que su línea familiar no tenía errores ni vacíos, como la presentada por los Betancourt. Los oidores de la Audiencia de Lima se dieron por convencidos: José Gabriel era descendiente de los Incas de Vilcabamba. Los papeles de los Betancourt eran fraudulentos.

OROPESA.- Visita a este pueblo y visitar sus famosas panaderías y, especialmente su iglesia virreinal, la que conoció el propio Túpac Amaru. Fue fundado por el virrey Francisco de Toledo, segundo hijo del Marqués de Oropesa, de allí el nombre de este pueblo que funcionó como “reducción” de indios. Desde 1825, por orden de Simón Bolívar, es distrito de la provincia de Quispicanchi.

La iglesia de San Salvador de Oropesa es toda de piedra, con techumbre de tijeral y espadaña de seis arquillos.  Sobre el arco de medio punto hay un balcón con balaustres  verdes de madera; la fachada  tiene hornacinas pintadas con figuras de Papas, obispos y Doctores de la Iglesia; en algún lugar se lee: “Alabado sea el Santísimo Sacramento”. Su altar mayor es barroco, tallado y orificado, de tres cuerpos y cinco calles, todas con imágenes antiguas o pinturas en lienzo.  Destaca de modo peculiar su frontal de plata labrada con motivos ornamentales.  El púlpito es barroco, de color nogal, con cátedra de cinco paneles cuyos nichos alojaron a los Evangelistas y probablemente a la Virgen (pues hay dos imágenes desaparecidas) separando a los paneles columnillas  salomónicas.  A esta cátedra la sostienen tres tenantes -tres barbados y tres lampiños- terminando ella en un florón.  El tínoano es la puerta del púlpito y tiene la efigie de un santo, al parecer Apóstol, con un libro en la mano izquierda y que debió tener una pluma en la derecha.  El sombrero o tornavoz  luce bien trabajado, tiene cresterías crispadas, linterna o templete, y un Cristo Salvador predicando. Los altares laterales son cuatro y renacentistas, igual que un retablillo  con un lienzo del crucificado frente al púlpito y otro  pintado en el muro de la epístola.  Hay frisos altos y bajos, pintura decorativa que se esmera en correr a lo largo de la iglesia, especialmente en el coro alto, sotacoro y baptisterio.  Es templo que merece visitarse con detenimiento en razón de sus antigüedades y obras de arte.

EL ARRIERAJE.- Además de ser indio noble, Túpac Amaru era hombre de trabajo, y su principal negocio era ser dueño de una recua de 600 mulas (solo de su padre heredó unas 350). Ello no significaba ser arriero, sino ser administrador del mejor negocio de transporte terrestre que existió en tiempos del Virreinato.

Tinta era uno de los principales centros del arrieraje en el Cuzco; las mulas se “importaban” de varios lugares, especialmente desde Salta y Tucumán, en el norte de la actual Argentina. Con estos animales, que se adaptaron perfectamente a la geografía andina, Túpac Amaru repartía mercancías en el camino que unía Lima, Cuzco, Potosí y Buenos Aires.

La recua tenía una singular composición. Delante iba la mula madrina con un cencerro al pescuezo: era el anuncio para los pueblos y la guía de sus congéneres. Luego venía el hato, compuesto por mulas de carga y silla, esto es para bultos y viajeros. Finalmente, marchaban las mulas de relevo, libres de alforjas, acompañadas por muletos y mulillas que de esta manera se iban acostumbrando a la dificultad de los caminos. Según Concolorcorvo, los mejores arrieros eran los de las inmediaciones del Cuzco: eran hombres recios y de hablar borrascoso, tenían fama de peleadores pero también de cumplir sus compromisos. Eran, finalmente, supersticiosos en extremo cuando viajaban de noche: creían que los seguía el Chujchu, duende de los caminos que era señor del paludismo y las tercianas.

TÚPAC AMARU Y LA REBELIÓN

La rebelión se inicia en Tinta el sábado 4 de noviembre de 1780, día de San Carlos Borromeo, con el apresamiento del corregidor de Tinta, Antonio de Arriaga, y su posterior ejecución en la plaza de Tungasuca.

¿Qué ocurrió ese día sábado? En Yanacea, según Carlos Daniel Valcárcel, a tres leguas de Tinta, el cura Carlos Rodríguez ofrecía una comida con el fin de celebrar su cumpleaños y el natalicio del rey Carlos III. Ente los comensales estaba el párroco de Pampamarca, Antonio López de Sosa, y el cacique Túpac Amaru. Procedente de los pueblos “altos” llegó el corregidor Arriaga. Comió y conversó “hasta las cuatro de la tarde”, hora en que se despedía para volver a Tinta urgido por despachar el correo. Con insistencia y cortesanía, Túpac Amaru ofreció escoltar al Corregidor. Este reiteró sus agradecimientos y no quería aceptar tanto comedimiento. Pero Arriaga terminó por acceder. Túpac Amaru mandó permanecer en el pueblo a un grupo de vecinos de Yanaoca, que porfiaban por formar la escolta. Ya en el camino, el Curaca propuso al Corregidor pasar a Tungasuca. Este se negó, alegando urgencia de llegar a Tinta. En estas insistencias, al “salir de una cuesta, lo rodearon” gente apostada por Túpac Amaru. Arriaga huyó y logró esconderse, siendo descubierto por una india. Atontado por una pedrada en la cabeza, cayó al suelo. De inmediato “lo trincaron y puesto en un sillón de mujer” fue escondido en un cerro cercano y, al anochecer, conducido hasta Tungasuca. El secretario del caudillo afirmó durante el proceso que el grito iba a producirse el 2 de octubre, aunque quedó aplazado en espera de mejor ocasión.

TINTA.- La plaza principal de Tinta es amplia y empedrada, en ella destacan los monumentos a Diego Cristóbal Túpac Amaru, Micaela Bastidas, Hipólito Túpac Amaru, el coronel Mamani y Túpac Amaru II, en cuya base aparece escrito “En esta población el 4 de noviembre de 1580 José Gabriel Túpac Amaru dio el grito de insurrección que repercutió en todo el continente”. Una pileta adorna el centro de la gran plaza, la cual se haya rodeada por una serie de construcciones de una planta, de típica construcción en adobe y techos a dos  aguas con ventanas enrejadas.

Aún se puede distinguir la casa de Túpac Amaru, y entre las otras, tal vez entre la más grande del lado oriental se encontraría la del corregidor Arriaga, quien gobernaba la localidad en tiempos de Túpac Amaru. Es de recordar que este funcionario español recibió el corregimiento en mérito a su trabajo marítimo en el extremo sur del continente, pero una vez llegado a la región no supo tratar adecuadamente a los lugareños desatando la histórica rebelión que tal repercusión tendría en la historia de la emancipación americana.

Cerrando la plaza se encuentra la iglesia de San Bartolomé y la sencilla capilla de Nuestra Señora de las Nieves las cuales comparten un atrio cercado. La iglesia de Tinta, por su lado, está ubicada de modo lateral a la plaza. Construida de piedra y barro, en su interior destaca el altar mayor, de pan de oro, sus retablos y los lienzos de la escuela local y marcos dorados. La estructura de la iglesia es del siglo XVII y en ella destaca  la torre del campanario de gruesa mole dividida en tres cuerpos, con cuatro campanas de melodiosa voz bajo el chapitel rodeado de pináculos. En el siglo XIX se añadió la capilla lateral.

El pueblo tiene sus fiestas de San Isidro Labrador (15 de mayo), que simula la siembra, y la fiesta de la Virgen de las Nieves, el 5 de Agosto, donde aparece la Quillancada, que es una especie de diablada. Fiesta de San Bartolomé del 22 al 26 de agosto, en honor del patrón de Tinta, su día principal es el 24. Hay también una fiesta agropecuaria. Fiesta de San Francisco de Asís el 4 de octubre. También está el carnaval en febrero donde se danza en llamado carnaval de Tinta donde las jóvenes cantan y tiran hondas a sus galanes declarándoles su amor, también rinden culto al rey del carnaval. Se puede probar en la feria artesanal el cuy, el asado y el timpu.

La iglesia de Tinta.- El templo de San Bartolomé de Tinta en antiguo.  Su retablo mayor es barroco, tallado y dorado, de dos cuerpos y tres calles, teniendo la central un cuerpo más.  En torno al tabernáculo hay espejerías, el nicho central pertenece a la imagen de una Virgen, siendo el frontal, el sagrario y las gradillas de plata, también, aunque modernas las puestas del tabernáculo. La techumbre de tijeral ha sido reconstruida totalmente y esta sin pintar,  habiéndose perdido su decoración colonial. En el presbiterio de Caín y Abel, los Patriarcas (Abraham, Isaac y Jacob), Moisés y de los pasajes tocantes a los Evangelios de los Domingos de Pascua con el Señor Resucitado; hay también seis lienzos de la Vida de San Juan Bautista; once de la Vida de la Virgen; y  nueve sobre los Apóstoles (pues faltan tres) del pincel de Diego de la Puente. El púlpito es barroco, tabaco y oro, con cátedra de circo de paneles (los cuatro Evangelistas y  san Bartolomé al centro) entre columnillas  salomónicas pareadas y sobre cada santo un medallón, terminando inferiormente en seis cresterías bajas que corren sobre el cuerpo escamado y mueren en un perillón; el tímpano es una puerta con monograma mariano; y el tornavoz, de siete cresterías con dos pináculos cada una, culmina en linterna sin cimera. Los fileteados dorados dan mucha vida ha este púlpito. El piso del templo es de tabla, el sotacoro decoro a pincel y lo mismo el intradís de la entrada lateral. Hay en el sotacoro seis lienzos de la Vida de San Antonio de Padua. Es de notar, volviendo a la serie de los Apóstoles, las ejecución de San Bartolomé, desollado vivo atado a un árbol, y seguidamente el de Santo Tomás, muerto por los “indios” de la india oriental presentados como “indios” de las Indias Occidentales.

SANGARARÁ.- Las tropas tupamaristas obtuvieron su primera, y temprana, victoria en la batalla de Sangarará. La provincia de Acomayo comprende la zona ubicada entre el río Apurímac y la cumbre de la Cadena Central, desde la laguna de Pascococha hasta el río Kehuar. Tiene siete distritos, ellos son Acomayo, Acopía, Acos, Mosoc, Lacta, Pomacanchi, Rondocán y Sangarará. Su capital es Acomayo, población ubicada sobre la margen izquierda del río del mismo nombre y a una altitud de 3,3600 metros del nivel del mar. Sus habitantes se dedican, básicamente, a la producción de maíz, cebada y trigo, así como al pastoreo de ovinos y camélidos. Su clima es seco y frío; para llegar a ella es necesario hacer un largo viaje desde el Cusco por carretera.

Sangarará está ubicada en una pampa extensa, a 3,700 msnm y su clima es frígido. Es un pueblo dedicado a la agricultura y está dividido en cuatro parcialidades: Ilave, Manacollanayoc, Sulcabep, Alalia y Supamarca. Aquí, el 18 de noviembre de 1780, después de 6 horas de duro combate, las fuerzas rebeldes vencieron a las tropas realistas, comandadas por Fernando Cabrera y Tiburcio Landa, corregidores de Quispicanchi y Paucartambo. Lluvias de piedras y fuego graneado de fusilería caía sobre los combatientes de ambos bandos. Los sitiados ya llevaban la peor parte cuando estalló el polvorín que tenían en la iglesia. Se desplomaron el techo y una de las paredes. Un terrible incendio envolvió a muchos realistas causando gran mortandad en el templo. Entre los setecientos realistas caídos estaban el corregidor Cabrera, el gobernador Tiburcio Landa y el cacique Pedro Sawaraura. De los rebeldes murieron menos de veinte. Pero el caudillo rebelde no supo aprovechar su victoria y retrocedió a Tungasucaa pesar de tener vía libre para tomar la ciudad del Cuzco. Se cuenta que al terminar la batalla, el Inca respetó la vida de los prisioneros, mandó curar a los heridos y ordenó la reconstrucción de la iglesia de Sangarará, muy sencilla, de color claro.

CHECACUPE.- Es un pueblo de la provincia de Canchis, notable por su iglesia y por haberse desarrollado, en sus inmediaciones, la derrota de las tropas tupamaristas el 6 de abril de 1781. La batalla se dio, exactamente en Puyca, y los realistas estuvieron bajo el mando del general José del Valle.

Respecto al hermoso templo de Checacupe, su altar mayor es churrigeresco y dorado, de tres cuerpos y tres calles, con varias columnas salomónicas una imagen de la Inmaculada al centro y en lo alto una Piedad en lienzo. Las demás imágenes, todas viejas con San Joaquín y Santa Ana, San José y el Niño así como un San Jerónimo y un San Juan Precursor en lienzo. El altar, tiene, además, el frontal y el sagrario de plata labrada.

El comulgatorio es caso único. Contiene a los doce Apóstoles tallados, carnados, policromados y dorados dentro de arcos separados entre sí por amorcillos. Es una verdadera joya, obra de excepción. El púlpito es de color nogal con cinco paneles que sostienen a la Inmaculada y a cuatro Doctores de la Iglesia, rematándose la cátedra en su parte baja confluyentes en un florón; el tímpano es un Apóstol no identificado, acaso el Evangelista, con un libro en la mano izquierda y la pluma en la diestra; el tornavoz de siete cresterías tiene linterna y a San Pablo en la cimera. Hay dos altares renacentistas -uno de la Virgen coronada y al frente, en el muro epístolas, otro de la Virgen del Carmelo- ambos inmediatos al presbiterio. En lo alto de ambos muros está la Vida de Jesús, de no excelente pincel más sí en soberbios marcos dorados, y debajo de esta serie otra de la Vida del Alma o del Amor Divino. En el sotacoro hay expresivas pinturas murales de rayana antigüedad que se refieren a San Sebastián asaeteado, San Antonio Abad, san Pablo Ermitaño, Santiago Matamoros y San Lorenzo mártir.

El baptisterio con fuente de piedra blanca de amorcillos en el cuello, guarda el tabernáculo del primer altar mayor renacentista, obra de bello trabajo, y un mural sobre el Bautismo de Jesús en el Jordán, cargado en tarzos oscuros, en lo alto de la habitación. Volviendo al templo tuvo decoración en sus muros que simula colgaduras, variando el motivo en el intradós del arco de la portada lateral, donde predominan las líneas curvas y los colores vivos. Sobre el presbiterio son también muy bellos los faldones y el harneruelo.

En el coro alto, en friso de murales, aparecen las santas Victoria, Inés y Cecilia, más una cuarta desconocida o difícil de identificar. Hay también en este coro varios lienzos menores e imágenes de vestir. En el muro del Evangelio finalmente, hay restos de un muro incaico y de una hornacina grande con la imagen pintada de San Cristobal, apareciendo en los vanos, asimismo a pincel, la Virgen y San Juan Evangelista. La iglesia de Checacupe es de una sola nave y torre muy gruesa con chapitel tejado.

LANGUI.- En este distrito de la provincia de Canas, a 168 kilómetros del Cuzco, ubicado en la ribera norte de la laguna de Langui-Layo, fue capturado Túpac Amaru. Derrotado en Checacupe, el rebelde pudo reorganizar sus fuerzas en Combapata, pero vio frustrada su postrera intentona de atacar por sorpresa a los realistas. Entonces, el caudillo cruzó a nado el río Vilcamayo y siguió a Langui a prepararse a resistir. En este pueblo fue traicionado por su compadre Francisco Santa Cruz y el cura Antonio Martínez, quienes lo entregaron con toda su familia al visitador Antonio de Areche.

Hoy este pueblo es conocido en la región por la celebración de la fiesta de la Virgen de Asunta (15 de agosto) con misa, procesión y los bailes de los “abanderados” y los “turcos”.  Se cree que el nombre del distrito viene del quechua llanqui, que significa “ligoso” o “pegajoso”. Su altitud es de 3,850 metros del nivel del mar y las visitas son recomendables de mayo a octubre. Su templo colonial fue construido en el siglo XVII. Es de una sola nave, en el frontis destacan arquerías, su interior guarda hermosos lienzos y sus altares están retocados en pan de oro. Es interesante, además, su puente colonial, una joya arquitectónica. Tiene 8 metros de largo, presenta tres arcos que permiten la solidez de la infraestructura, está construido de cal y canto y por su estructura desfogan las aguas de la hermosa laguna, punto interesante para el ecoturismo de la zona (tiene criaderos de trucha y pejerrey; se ven gaviotas y patos silvestres).

LA EJECUCIÓN DE TÚPAC AMARU II (viernes 18 de mayo de 1781).- Sometido a tormento, al punto que le descoyuntaron un brazo, Túpac Amaru fue condenado a morir. Sacado a la Plaza Mayor del Cuzco, fue obligado a presenciar el ajusticiamiento de sus más fieles seguidores. Entre ellos fue ahorcado su joven hijo Hipólito, a quien se le cortó la lengua antes de subir a la horca. Luego pisó el cadalso Micaela Bastidas, acusada de haber ayudado a su marido en la lucha. Se le puso en el garrote para que muriese asfixiada, pero por tener el cuello muy delgado el torno no funcionó; para acabar con ella, los verdugos le echaron sogas al cuello y la mataron a puntapiés en el vientre.

Túpac Amaru, sin pronunciar palabras, vio estas muertes y otras más. Entonces le tocó a él. Maniatado como estaba y con esa entereza tan suya, dejó que el verdugo se acercara y le cortara la lengua. Los españoles decían que esto se había hecho porque habló contra el Rey, pero todos sabían que era por no haber delatado a sus amigos. Acto seguido lo derribaron en tierra y, atándole las extremidades a cuatro caballos, se pretendió descuartizarlo; los brutos partieron fustigados por sus jinetes, pero no pudieron continuar con su carrera, siendo frenados por la fortaleza física del héroe. Acorde con esta robustez corporal  estaba su gran robustez moral; sangrándole la boca y mirando al cielo, sin lanzar un quejido de dolor, entendía perfectamente que moría por defender a los suyos. Suspendido por las cuerdas tensas estaba como una gran araña en su tela. Impresionados los españoles por esta monstruosa grandiosidad del espectáculo, se les hizo difícil seguir soportándolo. El Visitador General, José Antonio de Areche, venido desde Lima en representación del Virrey, hizo una seña y los caballos fueron desenganchados. El cuerpo descoyuntado del Curaca mestizo fue arrastrado hasta la horca y arrojado sobre el tabladillo. Allí, a otra orden de Areche, se acercó el verdugo, quien acomodó el cuello del sentenciado sobre un grueso madero. Entonces fue que levantó el hacha y, dejándola caer, le cercenó la cabeza. Su cabeza fue colocada en una lanza exhibida en Cuzco y Tinta, sus brazos en Tungasuca y Carabaya, sus piernas en Livitaca (actual Provincia de Chumbivilcas) y en Santa Rosa (actual Provincia de Melgar, Puno).

Un testigo anónimo describe la muerte del cacique revolucionario indio [Túpac Amaru II]: “Se le sacó a media plaza: allí le cortó la lengua el verdugo, y despojado de los grillos y esposas, lo pusieron en el suelo: atáronle a las manos y pies cuatro lazos, y asido éstos a la cincha de cuatro caballos, tiraban cuatro mestizos a cuatro distintas partes: espectáculo que jamas se había visto en esta ciudad. No sé si porque los caballos ni fuesen muy fuertes, o el indio en realidad fuese de fierro, no puedieron absolutamente dividirlo, despues de un largo rato lo tuvieron tironeando, de modo que le tenían en el aire, en un estado que parecía una araña. Tanto que el Visitador, movido de compasión, porque no padeciese más aquel infeliz despachó de la Compañía una órden, mandando le cortase el verdugo la cabeza, como se ejecutó. Después se condujo el cuerpo debajo de la horca, donde le sacaron los brazos y los pies… Este día concurrió un crecido número de gente, de que entre tanto concurso no se veían indios, á los menos en el traje mismo que ellos usan, y si hubo algunos, estarían disfrazados con capas ó ponchos. Suceden algunas cosas que parece que el diabolo las trama y dispone, para confirmar á estos abusos, agüero y supersticiones. Digolo porque, habiendo hecho un tiempo muy seco, y días muy serenos, aquel amaneció tan toldado, que no se le vió la cara al sol, amenazando por todas partes á llover; y á hora de las 12, en que estaban los caballos estirando al indio, se levantó un fuerte refregón de viento, y tras este aguacero, que hizo que toda la gente, y aun las guardias se retirasen á toda prisa. Esto ha sido causa de que los indios se hayan puesto á decir, que el cielo y los elementos sintieron la muerte del Inca, que los españoles inhumanos é impíos estaban matando con tanta crueldad. …De este modo acab[ó] José Gabriel Túpac Amaru […]”.

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Algunas notas sobre la tapada limeña

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Sumilla.- Según el   diccionario de Alberto Tauro del Pino, la tapada era la mujer limeña cuyo   rostro se ocultaba discretamente bajo un manto dispuesto de tal forma que   apenas dejaba ver un ojo.

Fue una de las notas pintorescas de la ciudad desde los tiempos inmediatos a su fundación, y duró hasta mediados del siglo XIX, ya en tiempos republicanos, cuando llegó la moda desde París gracias a la bonanza guanera. Por lo tanto, tuvo una duración de poco más de 300 años. La costumbre se adoptó por imitación de una fugaz moda entre las mujeres sevillanas (el velo “islámico” de influencia mora). En 1590, cuando hizo su entrada a Lima el virrey García Hurtado de Mendoza, abundaban las tapadas.

Intentos de prohibición.- El marido podía no reconocer a su esposa y flirtear con una desconocida, por lo que el atuendo fomentaba la transgresión. Por ello, la a Iglesia y la Corona intentaron varias veces prohibir las tapadas. Había multas por vestir así pero no sólo fue inútil sino que de hecho la prohibición estimuló más esta usanza. La primera ordenanza que prohibía el uso del manto se dio en el año 1561 por Diego López de Zuñiga y Velasco, cuarto virrey del Perú; no tuvo éxito. Entre 1582 y 1583, el Tercer Concilio Limense declaró que incurrían en falta las tapadas. Por esa anónima coquetería que se permitían, el arzobispo Toribio de Mogrovejo propuso su prohibición en el Concilio Limense de 1601, pero fracasó. Lo mismo intentaron los virreyes Marqués de Montesclaros, Marqués de Guadalcázar y Conde Chinchón, pero tampoco tuvieron eficacia. Según algunos testimonios, cuando el Cabildo de Lima celebró la proclamación de la Independencia, las tapadas colmaron la parte inferior del salón y mantuvieron un fuego graneado de bromas e insinuaciones con los caballeros presentes.

La vestimenta.- Uno de los distintivos de la vida en la Lima virreinal era el lujo en el vestir. Los vestidos eran de las más finas telas. Las sedas, los encajes y los bordados decían del gusto exquisito de las tapadas y de la opulencia de la época. La moda, incluso en la saya, imponía su norma. Se conocieron hasta cinco clases: la de canutillo, la encarrujada, la de velo, la pilitrica y la filipense. Asimismo, para ciertos días, como la asunción y San Jerónimo, usaban la saya de tiritas, famosa por el carácter de pobreza o mendicidad que infundía en la tapada.

Cabe aclarar que la tapada se tiene por peruana, casi exlusivamente limeña, y se le supone ya adoptada hacia 1560. Se sabe que en México la virreina Teresa de Castro y su numerosa servidumbre adoptaron esta indumentaria en homenaje a las limeñas. En Nueva España se les llamó “enfundadas” a estas tapadas, aunque la moda duró muy poco. Pero en México solo fue una moda.

Según Carlos Prince, la saya era una especie de vestido hecho en seda muy fina, negra,   castaña, azul o verde, que las cubrían de los pies a la cintura, con una   hebilla o cintas en esta parte para podérsela ajustar, de modo que   demostrarán todas sus formas. El manto   era como una toca de seda negra que se ataba en la cintura, subiendo por la   espalda hasta encima de la cabeza, cubriendo el rostro enteramente, de modo   que no permitía ver sino un ojo. Cabe destacar que una de las últimas   modificaciones que sufrió la vestimenta fue ya en el siglo XIX, que consistía   en pañolones y zapatos de raso elegantes, medias de seda que ”aprisionaban”   el pie.

¿Qué perseguía la limeña con este disfraz o indumentaria? Para algunos, cabría una respuesta casi freudiana: la inquietud sexual, exhibida, es verdad, en el área de la coquetería fina, de la lata agudeza, de la gracia criolla y de la singular inteligencia de la mujer limeña. Ojo que no fue una moda, pues tuvo resistencia al cambio y se convirtió en una tradición que hacía muy cómodo también el chismorreo, las intrigas y otras costumbres limeñas.

Respecto a su uso político, se sabe que las tapadas, gracias a su atuendo, participaban de las intrigas en la corte virreinal, así como en las guerras de independencia apoyando a ambos bandos, llevando mensajes y “desparramando” rumores. Fueron también claves, como lo informan los viajeros decimonónicos, en las luchas caudillescas y favorecieron a algunos como a Felipe Santiago Salaverry (1835) con la saya salaverrina; a Agustín Gamarra (18291833 y 18381841) con la saya gamarrina; y a Luis José de Orbegoso y Moncada (1833) con la saya orbegosina. Se dice, por ejemplo, que la caída de la Confederación Perú-Boliviana (1836-1839) y de su líder, Andrés de Santa Cruz, se debió a una conspiración de tapadas. Se sabe, también que las tapadas abarrotaban las galerías o balcones del Senado y de la Cámara de Diputados intrigando y presionando en sus decisiones, como nombrando o destituyendo ministros y otros funcionarios del estado. Ahora diríamos que eran “operadoras” políticas. Se cuenta que una vez una tapada, esposa de un político, sorprendió al analfabeto José Calderón, conocido por “Ño Bofetada”, pidiendo limosna en la iglesia Santo Domingo. La tapada le dio unos centavos a cambio de repartir algunos volantes por la ciudad, panfletos revolucionarios a favor del esposo. Como era lógico el pobre “Ño Bofetada” fue detenido por la policía.

El contexto: la limeña del siglo XIX.- Al igual que durante el Virreinato, la limeña de inicios de la República tenía en su hogar el espacio de sociabilidad más importante, pues por esos años la ciudad no contaba con demasiadas alternativas de fiestas y bailes. A pesar de ello, lejos estuvieron las mujeres de mantenerse fuera de la vida pública. Como anota Alicia del Águila (Los velos y las pieles. Lima: IEP, 2003), la mujer que recibe a caballeros en su hogar, sin la presencia del marido, es una imagen frecuente de la época. Adecuadamente vestida, la limeña esperaba las visitas, tanto de mañana como de tarde.

De todos modos, a los viajeros europeos, como Flora Tristán, les sorprendía que en Lima las mujeres pudieran aparecer (tapadas) en casi cualquier escenario, incluyendo los políticos (como el Congreso), tanto de día como de noche. Sin embargo, tanto en el Virreinato como en la temprana República, las mujeres debían andar con recato por la calle para cuidar su honra. Solo un matiz: luego de las guerras de Independencia el ambiente social fue más permisivo.

Para una limeña blanca (antes criolla o española) era común “disfrazarse” de noche para entrar donde quería, incluyendo diversiones públicas. Ricardo Palma en sus Tradiciones peruanas cuenta que “En la época colonial, casi no se podía transitar por el Puente en las noches de luna. Era éste el punto de cita para todos. Ambas aceras estaban ocupadas por los jóvenes elegantes que a la vez con el airecito del río hallaban refrigerio al calor canicular, deleitaban los ojos clavándolos en las limeñas que salían a aspirar la fresca brisa…”.

En 1834, Flora Tristán dedicó buen aparte de sus observaciones sobre Lima y las limeñas. Escribió que cada vez que asistió al Congreso encontró un buen número de limeñas: “Todas estaban con saya, leían un periódico o conversaban sobre política”. También concurrían al teatro, donde fumaban igual que los hombres (a diferencia de Europa, el cigarro parece haber sido un vicio bastante frecuente en las limeñas). En sus Impresiones de Lima, Gabriel Lafond (1822)  escribía que “nada tan atractivo como ver a todas estas mujeres en toilette, fumando un cigarrillo”. Pero ya en tiempos del guano, cuando desaparecería la tapada el cigarro pasó a ser considerado impropio para las mujeres.

De mañana, las limeñas solían visitar a sus amigos e ir a la iglesia. También podían hacer un paseo y luego regresar a casa para almorzar. Si era verano, al igual que los hombres, podían ir a los baños para refrescarse. Los “baños de mujeres” también funcionaban como espacios de encuentro entre amigas, para la charla o el acicalamiento: para “coquetear” su cuerpo. Las alamedas y la Plaza Mayor eran más transitadas en la tarde, incluso por la noche (las mujeres acomodadas solían levantarse tarde y después de adornarse tomaban el desayuno).

Respecto a su participación en la vida política, en estos años de anarquía política, sumados a las condiciones sociales provocadas por las guerras de Independencia, hicieron que en la práctica las mujeres participaran en política, aunque fuera informalmente. En suma, la vida cotidiana de la limeña se desenvolví con independencia de la compañía masculina. Todo esto, más los paseos en las tardes o por las noches, se debía a las facilidades que otorgaban la saya y el manto. Otra actividad común, luego particularmente censurada, fue el juego, tan popular entre hombres y mujeres.

Como vemos, el mundo de las mujeres se extendía más allá de las casas por una serie de espacios públicos a lo largo del día. Es contante encontrar buenos comentarios de los viajeros sobre las limeñas, quienes destacan su inteligencia y carácter. Para Jorge Basadre, en la Lima del XIX predominó un espíritu femenino. Conocida es la afirmación de Flora Tristán: “No hay ningún lugar en la tierra en donde las mujeres sean más libres y ejerzan mayor imperio que en Lima. Reina allí exclusivamente. Es de ella de quien procede cualquier impulso. Parece que las limeñas absorben ellas solas la débil porción de energía que esta temperatura cálida y embriagadora deja a los felices habitantes”.

Finalmente, los testimonios coinciden en la devoción de las limeñas. La iglesia, al igual que durante el Virreinato, continuaba siendo punto obligado de asistencia femenina. Sin embargo, la manera de hacerlo también causaba sorpresa entre algunos extranjeros: en las primeras décadas de la República todavía se sentaban en el suelo, sobre una alfombra que les llevaba la sirvienta. Dato curioso es que los viajeros no dan cuenta de una actividad pública importante: las compras en el mercado para el consumo del hogar. Parece que o bien los sirvientes hacían las compras o los mismos comerciantes (“caseros”) iban a las casas cuando querían que las señoras les compraran un producto que fuera de especial necesidad o agrado.

 

 

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Nueva biblioteca ‘Guillermo Lohmann Villena’

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La oferta cultural del Centro Histórico de Lima sigue creciendo. La biblioteca “Guillermo Lohmann Villena” del Centro Cultural Inca Garcilaso del Ministerio de Relaciones Exteriores abrirá sus puertas el jueves 11 de abril para brindar servicios de información especializada sobre arte, antropología, arqueología, literatura, gastronomía, gestión cultural, historia, patrimonio y otras materias relacionadas a la cultura. La inauguración se realizará a las 12 m., en Jr. Ucayali 391, Lima. El ingreso es libre.

La biblioteca se ha propuesto cubrir las necesidades de información de investigadores, estudiantes universitarios y público en general con interés en las artes nacionales e internacionales, con un acervo inicial cercano a 4.600 libros y publicaciones; donde destacan las colecciones de literatura e historia peruana del librero Juan Mejía Baca. Cuenta también con libros del Inca Garcilaso de la Vega y publicaciones editadas por la Cancillería, sus misiones en el exterior y el propio centro cultural.

La atención de la biblioteca será gratuita, previa presentación del DNI, en el horario de lunes a viernes de 10 am. a 4 pm.

Los usuarios de la biblioteca también podrán disfrutar de las actividades del Centro Cultural Inca Garcilaso (exposiciones de arte, ciclos de conferencias y de cine, conciertos y presentaciones de libro) y/o adquirir libros en la sucursal de la Librería El Virrey de Lima, que funciona en el mismo recinto.

Más información
T: (+51-1) 204-2661
bibliotecaccig@rree.gob.pe

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Nuevo libro del doctor José Agustín de la Puente: ‘La independencia del Perú’

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El Congreso de la República publica “La Independencia del Perú” del doctor José Agustín de la Puente Candamo, destacado y querido profesor de los Estudios Generales Letras de la PUCP. La presentación del libro será el miércoles 10 de abril en la sala Grau, ubicada en el Congreso de la República, a las 6:30 p.m.

Los comentarios estarán a cargo de Armando Nieto S. J. y Domingo García Belaunde. Vale mencionar que la publicación integra la serie conmemorativa con la que el Congreso de la República ha comenzado a evocar el Bicentenario de la Independencia, próximo en el tiempo.

Sobre el libro

El Dr. José Agustín de la Puente Candamo apoya su visión de la Independencia del Perú en el convencimiento de un mestizaje positivo, según el cual, para la época de la Emancipación, el Perú constituía cabalmente una unidad espiritual nutrida de la herencia española, indígena y en menor grado africana.

El Dr. De la Puente Candamo identifica una idea de patria mucho antes de la Independencia, asegurando que esta no es hispana ni indígena, sino obra de un “nuevo hombre mestizo”. Para el autor el ánimo independentista se encuentra ya instalado en la segunda mitad del siglo XVIII, aunque sin contornos definidos, en figuras influenciadas por el humanismo de la Ilustración, como Baquíjano y Carrillo y Rodríguez de Mendoza, y más tarde Unanue.

A su modo, sin sentirse alienados de la Corona, ellos acunan un reformismo cuyo desenlace inevitable será el trance de la Independencia. En ese sentido, el autor los ubica entre sus impulsores, en parte también para defender la raíz nacional de la Emancipación contra las voces que la denominan un fenómeno importado e impuesto. En dicha percepción palpita sin duda otra de las ideas centrales de su libro: la de la continuidad en el cambio, para denotar un Perú creyente, tradicionalista y de base familiar.

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Nuevo libro: ‘La ciudadanía corporativa’ de Alicia del Águila

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Este libro propone una lectura de la ciudadanía en el Perú del siglo XIX. Una ciudadanía que, lejos del anhelado ideal republicano de la igualdad ante la ley, bien pronto sería acomodada a la estructura y mentalidad corporativa del país, a la debilidad del Estado y sus élites así como a los intereses caudillistas. De allí el término “ciudadanía corporativa” que emplea Alicia del Águila para denominar las regulaciones sobre el derecho al sufragio que, entre 1834 y 1896, con intermitencias, rigieron en el Perú. Es decir requisitos alternativos que permitían el acceso al sufragio a sujetos que cumplían diferentes condiciones. Así, si bien buscaban restringir, también procuraban incorporar una pluralidad de grupos o “cuerpos sociales”. Entre ellos tuvieron un peso especial las comunidades indígenas.

Introducción

Sección primera. De la ilusión liberalal “realismo” corporativo (ensayos en la anarquía), 1821-1834
Capítulo 1. Lima, su élite y la crisis postindependencia
Capítulo 2. La Constitución de 1823. Tradición gaditana, ciudadanía y sufragio indirecto
Capítulo 3. La incorporación de la sierra: los indígenas y el nuevo Estado republicano
Capítulo 4. Del péndulo liberal a la fórmula corporativa

Sección segunda. El “equilibrio” republicano. Ciudadanía corporativa y formación del Estado peruano, 1834-1860
Capítulo 5. El anhelo del orden
Capítulo 6. El Estado del boom guanero
Capítulo 7. La pugna por la ciudadanía
Capítulo 8. La Constitución de 1856. Liberales, eclecticismo y confluencias organicistas
Capítulo 9. El equilibrio corporativo

Sección tercera. Crisis y fin de la ciudadanía corporativa, 1860-1896
Capítulo 10. Transformaciones sociales y recomposición de las élites
Capítulo 11. Del liberalismo al civilismo “práctico”
Capítulo 12. La ampliación de las distancias: la posguerra y el discurso positivista
Capítulo 13. La eliminación del voto analfabeto
Capítulo 14. El cerco a las provincias
Capítulo 15. La ciudadanía corporativa. Apuntes a modo de conclusión

Bibliografía

 

Anexo 1. Publicación de la ley referente a la renovación de las municipalidades, 12 de octubre de 1893, Boletín Oficial, Puno, 7 de noviembre de 1893, Biblioteca Nacional del Perú

Anexo 2. Cuadros sobre los requisitos para acceder a la ciudadanía en las constituciones hispanoamericanas del siglo XIX

Año edición:
2013
Nro. Páginas:
327
Serie:
Estudios históricos
ISBN:
978-9972-51-388-6
Precio dólares:
$ 14.50
Precio soles:
S/.40.00
Peso (en gramos):
420 gr.
Alto (cm.):
20.50
Ancho (cm.):
14.50
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Mesa redonda: ‘La rebelión de Huánuco de 1812’

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La Facultad de Estudios Generales Letras de la Pontificia Universidad Católica del Perú y el Círculo de Investigación Militar del Perú (CIMP), con apoyo de un grupo de estudiantes de la especialidad de Historia, realizará una mesa sobre la rebelión de Huánuco (1812). Se contará con la presencia de los historiadores Cecilia Méndez, Eduardo Torres y Antonio Zapata, quienes discutirán la importancia de la rebelión de Huánuco en el marco de las celebraciones del bicentenario de las independencias iberoamericanas.

De corta duración, la insurrección en Huánuco fue uno de las principales rebeliones en el período de la Emancipación, ya que logró establecer en la ciudad la primera Junta de Gobierno del virreinato del Perú. Entonces, ¿por qué hubo un silencio en torno a dicho acontecimiento en la celebración de su bicentenario? La presente mesa responderá esta interrogante. Para ello, los ponentes expondrán las investigaciones que se han realizado sobre el tema, discutirán la importancia de las rebeliones anticoloniales en el contexto de las celebraciones del bicentenario y reflexionarán acerca de los motivos por los cuales la rebelión de Huánuco ha sido la gran ausente en la agenda académica y nacional durante el año de su bicentenario

Este seminario es de INGRESO LIBRE, y se realizará el jueves 11 de abril en auditorio de la Facultad de Estudios Generales Letras de la PUCP, de 12:00 a 1:30 p.m. Personas externas a la PUCP deben inscribirse hasta el martes 9 de abril en el siguiente link: http://campusvirtual.pucp.edu.pe/pucp/procinsc/jsp/Inscripcion.jsp?t=037&i=710

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