Cine Teatro Casapalca

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Un domingo hace algunas semanas se programó en mi curso Seminario de Integración en Teoría General del Derecho un viaje grupal a la localidad de Casapalca, pueblo establecido a más de cuatro mil metros sobre el nivel del mar camino a La Oroya, en una zona donde se realiza una explotación minera. El tema principal del viaje en los días anteriores a él, e incluso durante el mismo viaje, no fue la Teoría General del Derecho; fueron los cuatro mil metros sobre el nivel del mar. Una horda de citadinos limeños de nacimiento o por adopción como nosotros se las iba a ver con los cuatro kilómetros que tendríamos que recorrer en sentido vertical para llegar a nuestro destino (cuatro kilómetros que yo ni a duras penas podría seguramente correr alrededor del Pentagonito) con los efectos que ello –entiendo que el enrarecimiento del aire- seguramente tendría en nuestro cuerpo. Por ello, el día anterior al viaje, el sábado, tuve que pasar por la farmacia a comprar una pastilla a recomendación de mi mamá. El nombre no lo recuerdo ahora, solamente recuerdo que me alegré de vivir en un lugar tan bien ubicado que la primera farmacia se encontraba a tres cuadras y la siguiente a cuatro cuadras de mi casa.

La universidad lamentablemente no está tan bien ubicada para mí y tengo que darme un viajecito de cuarenta y cinco minutos todos los días. Ahí me pasé, como todos los sábados, todo el día, ahí estudié, ahí conversé con los profesores, con los compañeros y con los amigos, ahí también la universidad me dio de comer a la hora de almuerzo y me proveyó de un café a la hora del lonchecito. Al volver de vuelta a casa en la noche, me quejé de ya encontrar los supermercados cerrados y no poder comprar alguna merienda para el viaje del día siguiente, compré solamente una bolsa de pan y un poco de yogurt en el chino de la esquina. Como dije en la introducción de mi historia, llegué a mi casa solamente para plantar el pico.

Al día siguiente con el apuro de toda la vida llegué al lugar de encuentro, el cruce de Javier Prado con Aviación, otra vez a solo cinco cuadras de mi casa, y emprendí el viaje junto al grupo en el bus. Del camino no recuerdo nada porque me dormí de cabo a rabo. Volví a la consciencia cuando ya estábamos estacionados al lado del letrero verde de “Casapalca 4200 metros sobre el nivel del mar”, al lado también de los letreros con las demandas laborales de los trabajadores de la minera. Pastilla y mucho cuidado de por medio me bajé del bus y acompañé al grupo a interrumpir el partido de futbol de los pobres trabajadores para la conversación sobre derechos laborales.

Mi interés en esa primera conversación llegó hasta que mi mochila empezó a pesar el doble y no se me ocurrió nada más que buscar un asiento en las bancas del parquecito aledaño junto con los chicos que la estaban viendo algo peor que yo. Organizado y conversado todo por el profesor, me uní a un grupo de chicos y no sé con qué fuerzas me fui a caminar el pueblo. Cruzamos los negocios que se encontraban al lado de la carretera, el letrero del café o mate de coca escrito en la pizarra con tiza, la oferta del caldo de cabeza y de la mazamorra de calabaza. En la esquina del locutorio y de venta de tarjetas claro y movistar volteamos hacia la izquierda para emprender la bajada hasta el mismo pueblito.  No sé cuántas gradas de bajada (que a la subida se multiplicaron por diez) fueron las que bajamos hasta llegar a las rieles del tren y cruzar hacia el pueblito

Ya en el pueblito de Casapalca, lo primero es lo primero, así que nos dirigimos a comer. Encontramos un restaurante para los trabajadores, en una casa que se encontraba sobre una plataforma de loza, con un salón largo y grande con unas 15 mesas en dos filas. Me pedí un caldito que tuve que tomar muy rápido por el apuro del frío y departimos algunos momentos. Al momento de pagar, la cajera casi no tenía sencillo, casi no tenía dinero, el cobro era casi en su totalidad con anotación en la cuenta llevada en unos cuadernos. Solo con la habilidad contable de algunos de los compañeros logramos arreglar el pago y salir contentos todos. Esta cajera fue mi primer intento de entrevista, pero ella no sabía ni conocía nada, ella también era recién llegada a Casapalca.

Cruzamos, a continuación, el pequeño mercadillo, acá o en cualquier parte de Sudamérica hubiéramos encontrado uno igual, aunque éste era en pequeñas proporciones, solo uno o dos pasillos en unos habitáculos más bien oscuros. Entramos por un lado y salimos por el otro, con nuestras mismas propias existencias más unos cubitos de cacao para la resequedad de los labios que la delegada de la clase tuvo la amabilidad de regalarnos.

Caminamos unos cuantos pasos calle arriba hasta llegar a la placita en cuyo centro había un viejo carro de transporte de mineral. Un grupo se dirigió al pequeño puesto policial, el que estaba a la derecha de un cajero del banco, otro grupo se dirigió a las habitaciones de los obreros pasando al lado del “Plaza Hotel”. Yo me quedé a comer mi lata de pringles y a observar a las camionetas 4×4 que bajaban por la maltrecha pista, mirando con curiosidad cada detalle de la ciudad, mirando la gente caminar, escuchando las conversaciones, apreciando la arquitectura de las casas “mineras” y sintiendo el aire frío, las nubes, el sonido de esta localidad.

Ya junto el grupo otra vez emprendimos la caminata de retorno, hubo algunas entrevistas a trabajadores de la mina y de las empresas terciarizadoras, ellos ya no tan molestos con los empleadores como los representantes de la conversación inicial. Al seguir el camino, un poco adelantado de los demás me crucé por segunda vez con lo que más me llamó la atención de todo el pueblo: El Cine Teatro Casapalca. Cerrado. ¿Quién sabe desde hace cuánto tiempo? A lo mejor desde el anterior sábado solamente. En calle desierta nadie me podría dar razón. Por eso decidí entrar a la tienda de abarrotes y venta de periódicos que se encontraba a mi izquierda. Compra de un keke de por medio, me explicaron que el Cine Teatro hacía años que no funcionaba. Que también se usó para hacer reuniones de los trabajadores. Satisfecho con la poca información que mi elocuencia limitada extrajo, salí de la tiendita y solo tuve tiempo de observar el Salón de belleza, rayitos, laciado que quedaba al frente antes de unirme de nuevo al grupo.

Alto! cuidado con el tren que acaba de llegar, con un sonido terrible y un impresionante tamaño. Solo una vez estacionado pudimos pasar al otro lado y aprestarnos a subir las gradas hasta el paradero. Una vida después, que es lo que me costó subir de vuelta las gradas, estuve arriba a la altura de la pista, recuperé el aire, mi alma y mi consciencia apoyado al lado de una tiendita de sacado de copias y venta de dvds, y seguí el flujo hasta el grupo de gente de la cancha de fútbol. Foto respectiva, indicaciones finales, nos subimos de nuevo al bus, y de nuevo otras 4 horas de sueño. Ya en Lima, en Javier Prado con Aviación, me bajé con Nanda y Caro del bus, nos despedimos del amable profesor, con menos energías que al comenzar el día, y con la redacción de un entretenido testimonio por hacer, y caminando a mi casa, no supe más en mi cabeza de este viaje hasta el momento en que me puse a escribir estas líneas y reflexionar ideas que ya no escribí aquí.

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