Futurismo

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Llegué con mi abuelita y algunos familiares a la avenida, era una calle de la zona antigua y porteña de la ciudad, esa de veredas estrechas y de asfalto oscuro, de letreros en pizarras y de humedad. En la esquina en una fachada de estuco añejo estaba el pequeño letrero de la academia. Los bohemios lucían su secreto en el acertijo de ese cartel. Invitados de antemano, sin razón ni repetición, tocamos el pequeño botón negro del timbre y entramos sin esperar respuesta. Seguimos el callejón en una vuelta en u hasta llegar al miniteatro. Amplia, de techos altos, de tules blancos colgando, de sillas grupales arrimadas, de un altillo de madera y fierro, una habitación escenario. Ante la vista de ella, procedí a pasar a la sala contigua. Me dieron la indicación. Solamente palabras y no actuación se esperaba de mí. Mis palabras ya habían sido conocidas, pero la declamación es también el arte de los subterráneos y hoy salían ellos del subsuelo a escuchar burlonamente a los tibios, envidiados y envidiosos, nadie se escapaba. Yo no pensaba en el círculo. Tampoco pensaba en mi mochila. Solo pensé en mi papel. En mi lápiz y en mi mano que me sirvió de apoyo para escribir esas pocas palabras. Me llamó el contralor. Salí y les enfrenté. Pero solo con la primera mirada. Luego solo estuvo ella. Solo ella me miró entendiéndome, solo ella ignoró mi tartamudez, solo ella se concentró en mis palabras, solo yo contra todos, pero en serio dirigiéndome a ella, declamando palabras ya tontas, ya no artísticas, solo circunstanciales, solo excusas, para verme aprobado por ella, hoy que estaba ajena, hoy que no había cómplices, ella aún era mi cómplice, me prestó atención y no me compadeció.

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