Ya el día está terminando, ya nos atrapó la noche, estamos en el auto de camino a casa. Solo luces alrededor, fugaces que se van, se ven por las ventanas desde esta caja de intimidad, desde estos dos asientos. Unas luces rojas en el tablero dan hacia mí, yo estoy conduciendo. En la parte posterior nuestra compañera más entusiasta ya se está quedando dormida, ya mis intentos de hacer conversar a los tres, de apuntar edificios o letreros llamativos en el camino, de esforzar la voz, ya no son necesarios. Ahora solo conversamos los dos. Es una conversación silenciosa, no sé si por una actitud mutuamente respetuosa, no sé si por la aprensión que te causa compartir la oscuridad. Pero es una conversación también intensa, una danza de dos, hay mucho que decir, hay mucho que compartir. Me da miedo voltear a la derecha y mirarle. Solo miro hacia el frente, hacia el timón y el camino iluminado, hasta me da miedo equivocarme en el manejo, causar un accidente, pues mi mente no está en el camino, está en el intento de recordar todos los detalles que habla con los que me gustaría conectar; en que no me pase que deba decir “se me olvidó lo que quería decirte”, que pueda recordarlo y que lo que comparto sea acogido en ese intercambio. El camino es felizmente largo, atravesamos en velocidad rectas largas, luces que parecen efectos psicodélicos de los años noventa; se reflejan en nuestra caja de intimidad, iluminan por unos instantes nuestros rostros. La conversación silenciosa, en cambio, no tiene rectas largas. Viramos cada vez. Hemos hablado de política, nuestra propia experiencia en ella, algunos secretos que se comparten con miedo y nostalgia. Eventualmente llegamos al problema de la pertenencia, la pertenencia como acción performativa, como un rumor. No había sabido con otros expresar lo que hablo ahora, aquí parece que alguien atravesó lo mismo y tenía muchas ganas de contarlo. Lo que compartimos son como artefactos pequeños que nosotros animalitos ponemos por delante y que tímidamente empujamos con las narices hacia el otro, con la expectativa de que los reciban y hagan suyos. ¿Dónde habíamos estado antes? No sé. ¿Nos conocíamos y no nos conocíamos? Ahora ha quedado claro (¿será que solo a mí?) esa presencia muy sin esfuerzos a tantos niveles, los de la empatía por lo trágico, los de habitar espacios locales antiguos, los de la curiosidad y capacidad de asombro con ideas y objetos. Y la simpatía, paciencia y aceptación de una voz suave. La llegada, sin embargo, es intempestiva, queda todo incompleto, se han despertado atrás, descendemos del coche y hacemos como si no hubiera pasado más que un viaje de rutina.
